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La bibliotecaria y la bestia #5

last update publish date: 2026-01-02 12:15:33

Emery

El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos. Levanté la vista de mi libro, ajustándome las gafas, y observé mi santuario.

Ambrose no había mentido. Había tardado casi un año, trabajando cada fin de semana, cada noche libre después de sus patrullas, pero me había construido mi propia biblioteca. Una extensión de nuestra cabaña diseñada solo para mí, con una chimenea y estanterías altas.

—¡Mami! ¡Mami, mira! —una vocecita aguda rompió el silencio sagrado. Bastian entró corriendo, sus pies descalzos sobre la alfombra.

A sus cuatro años, era una copia en miniatura de su padre. Tenía el mismo cabello rubio oscuro que siempre parecía despeinado, la misma mandíbula fuerte y una energía inagotable que a veces me dejaba exhausta antes del mediodía.

—Bastian, cuidado con los libros —advertí suavemente, dejando el mío sobre la mesa auxiliar.

—¡Mira lo que encontré! —se frenó en seco frente a mi sillón, con las manos sucias de tierra extendidas hacia mí—. ¡Es un diente de dragón!

Sonreí, mientras inspeccionaba su tesoro.

—Es un diente de dragón impresionante, cariño. ¿Dónde lo encontraste?

—Cerca del río. Papá dijo que es mágico.

—Si papá lo dice, debe ser verdad.

El sonido pesado de unas botas en el porche exterior hizo que las orejas de Bastian se movieran ligeramente. Su herencia híbrida era fuerte, tenía el oído de un lobo, aunque su forma humana era la dominante por el momento.

—¡Papá! —gritó, olvidando la piedra mágica y corriendo hacia la puerta.

Lo seguí.

Cada vez que miraba a Ambrose, mi pecho se apretaba. Cada vez me parecía más atractivo, si eso era posible. Su presencia llenaba cualquier espacio que ocupaba, no solo con su cuerpo masivo, sino con esa aura de autoridad y peligro que nunca lo abandonaba del todo.

Llevaba su ropa de trabajo, pantalones tácticos negros manchados de barro y una camiseta gris oscura, pegada al cuerpo por el sudor, que marcaba cada músculo de su torso y brazos. En su antebrazo derecho había una mancha de sangre seca, oscura y costrosa.

Pero cuando Bastian se estrelló contra sus piernas, Ambrose soltó las bolsas que traía y se agachó con una agilidad sorprendente para atrapar a nuestro hijo.

—¿Extrañaste a papá, cachorro? —alzó a Bastian como si fuera una pluma, haciéndolo reír—. ¿Cuidaste a mamá?

—¡Sí! ¡Y encontré un diente de dragón! El que tu dijiste que era mágico.

—Porque lo es —Ambrose bajó al niño, le dió una palmada cariñosa en la espalda y luego sus ojos oscuros me buscaron a través de la habitación.

Esa mirada.

Cuatro años después, y todavía lograba que mi corazón se saltara un latido. Me miró con esa intensidad depredadora.

Caminó hacia mí. Su mirada descendió de la mía hacia mis manos sobre mi vientre redondo. Sus manos fueron a mis caderas y las mías a su pecho.

—¿Descansaste? —fué lo primero que preguntó.

—Estoy cansada de descansar —protesté débilmente, pasando mis manos por sus hombros anchos, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela—. ¿Estás herido? Tienes sangre en el brazo.

Ambrose ni siquiera miró la mancha.

—No es mía. Un renegado estúpido en la frontera sur. No volverá a molestar.

Se inclinó para besarme.

—Te extrañé —admití contra sus labios.

—Yo también —se separó un poco y su mirada bajó hacia mi vientre. Llevaba un vestido holgado de lana, pero la curva de tres meses ya era innegable para él—. ¿Comieron bien?

—Bastian comió como un lobo. Yo... he tenido náuseas con el olor del pollo.

Ambrose frunció el ceño, su instinto protector activándose al instante. Su mano se posó sobre mi vientre, cubriéndolo casi por completo.

—Necesitas carne roja —dictaminó con voz grave—. Traje venado fresco. Haré estofado. Te sentará bien.

—Ambrose... estás agotado. Acabas de llegar de la patrulla.

—Nunca estoy demasiado cansado para cuidar de lo que es mío —dijo, y no era una frase hecha. Era una ley absoluta en su vida.

Se giró hacia Bastian.

—Bastian, ve a lavarte las manos y la cara. Tienes tierra hasta en las pestañas. Luego ven a ayudarme a pelar las papas.

—¡Sí, señor! —el niño salió disparado hacia el baño.

Ambrose volvió a mirarme, sus ojos suavizándose. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón cargo y sacó algo envuelto en una hoja grande y verde.

—Casi lo olvido.

Desdobló la hoja. Dentro había un puñado de bayas silvestres de color azul oscuro y unas flores de manzanilla que parecían haber sido arrancadas con sumo cuidado para no dañar los pétalos.

—Las ví cerca del arroyo —explicó, con ese tono que usaba cuando intentaba ser tierno—. Es para tus tés. Y las bayas son dulces.

Tomé las flores, sintiendo un nudo en la garganta. El gran ejecutor, el hombre que acababa de enfrentarse a un renegado, se había detenido en medio del bosque, con sus manos manchadas de violencia, para recoger flores delicadas para su esposa embarazada.

—Gracias —sonreí—. Eres increíble.

Él resopló, incómodo con los elogios.

—Voy a cocinar —dejó un beso en mi frente antes de escaparse de mí para que no viera el ligero rubor en sus mejillas.

(***)

La cena fué tranquila. Ver a Ambrose en la cocina era un espectáculo. Se movía con eficiencia, cortando, sazonando y probando. Bastian estaba sentado en la encimera, pasándole las verduras y charlando sin parar sobre dragones y piedras mágicas. Ambrose lo escuchaba con paciencia, respondiendo con seriedad a cada teoría fantástica de nuestro hijo.

Después de comer, y tenía razón, el venado me sentó de maravilla, Ambrose bañó a Bastian y lo acostó, leyéndole un cuento sobre lobos antiguos con su voz profunda y retumbante que funcionaba mejor que cualquier nana.

Cuando regresó a nuestra habitación, yo ya estaba en la cama, leyendo bajo la luz tenue de la lámpara. La cabaña estaba en silencio, envuelta en la seguridad de la noche. Ambrose cerró detrás de sí.

Comenzó a desvestirse sin apartar la mirada de mí. Se quitó la camiseta, revelando la espalda ancha llena de cicatrices viejas, mapas de batallas pasadas. Luego los pantalones. Cuando quedó desnudo, se acercó a la cama.

Su cuerpo era una obra maestra de fuerza bruta, pero lo que siempre me cortaba la respiración era cómo esa fuerza se contenía cuando estaba conmigo.

Se subió al colchón, gateando sobre mí hasta enjaularme con sus brazos y piernas, teniendo cuidado de no apoyar su peso sobre mi vientre. Hundió su rostro en mi cuello, inhalando profundamente.

—Hoy estabas muy tenso —observé, dejando mi libro a un lado y enredando mis dedos en su cabello rubio—. ¿Fué un día difícil?

—Todos los días son difíciles ahí fuera, Emery —levantó la cabeza y me miró a los ojos—. Pero luego llego aquí... y te veo en tu biblioteca... y veo al cachorro... y nada de eso me importa.

Me besó con una necesidad repentina, hambrienta. Sus labios eran exigentes, su lengua barriendo mi boca, reclamando su territorio. Respondí con la misma intensidad, arqueando la espalda hacia él.

Su mano se deslizó bajo mi camisón, sus dedos acariciaron mi muslo hasta llegar a mi centro, sus nudillos me acariciaron sobre las bragas.

—Estás mojada —gruñó contra mi boca, complacido.

—Siempre me pones así —admití en un susurro.

Ambrose se deshizo de mis bragas. Se colocó entre mis piernas y admiré su torso ancho y de abdominales tallados por las sombras de la habitación. No hubo juego previo, estaba goteando por él y él estaba hambriento por mí.

Sus grandes manos en mis muslos me abrieron para él y pasó saliva al ver mi coño empapado de excitación. Frotó su miembro duro sobre mis pliegues.

—Ambrose, por favor…

Me miró a los ojos mientras se hundía en mi interior, lentamente, llenándome por completo, estirándome de esa manera deliciosa que solo él lograba.

Solté un gemido largo, mi cabeza cayendo hacia atrás en la almohada.

Esa noche me folló con delicadeza, pero de esa forma intensa y profunda que me hacía arquear la espalda de placer. Sus caderas golpeaban contra las mías con un ritmo lento, pesado y delicioso.

—Mírame —ordenó, entrelazando sus dedos con los míos, y obedecí. Mi corazón golpeó con fuerza mi pecho al encontrarme con sus ojos oscuros llenos de una devoción absoluta y devastadora.

Cambió el ángulo, penetrando más profundo, rozando ese punto exacto que me hacía ver estrellas. Al mismo tiempo, inclinó la cabeza hacia mi hombro, buscando la vieja cicatriz en la curva de mi cuello. La marca de compañeros.

—¿Recuerdas? —jadeó—. ¿Recuerdas cuando te marqué?

—Sí...

Sus dientes rasparon la cicatriz sensible. Mi cuerpo se tensó. La conexión entre la marca y mi centro era directa, brutal.

Me dió tiempo a detenerlo, pero no lo hice.

Y mordió.

No fué una mordida para romper la piel, sino una presión firme, posesiva, sus colmillos hundiéndose lo suficiente para activar el vínculo primitivo. El placer estalló en mi cuerpo, blanco y cegador.

—Dios, sí… —gemí, arqueando mi espalda contra su cuerpo, apretando mis piernas a cada lado de su cadera mientras él me embestía más fuerte.

Inmediatamente después de morder, su lengua cálida y húmeda lamió la zona, calmando el dolor, enviando ondas de ternura que chocaban con la rudeza de sus profundas penetraciones.

Mis uñas se clavaron en sus hombros y me aferré a su cuerpo cuando sentí mi coño apretar su miembro mientras sus embestidas me empujaban cada vez más cerca del clímax.

Ambrose jadeaba en mi oído, un sonido excitante y masculino. Se anudó dentro de mí, su cuerpo expandiéndose para sellarnos juntos, derramándose en mi interior mientras sus brazos me envolvían como si quisiera fusionarnos en un solo ser.

Nos quedamos así durante mucho tiempo, respirando al unísono, envueltos en el aroma del sexo y la intimidad. Ambrose besaba mi sien, mi mejilla, mis párpados, murmurando palabras de adoración en mi oído.

—Te amo —susurró, su voz ya tranquila—. A ti y a los cachorros.

Tomé su rostro entre mis manos y lo besé, lento y suave, su lengua se abrió paso dentro de mi boca y el gesto se extendió unos minutos.

—Gracias por la biblioteca, Ambrose —dije cuando nos separamos.

Él soltó una risa baja, vibrando contra mí.

—Te construiría un castillo si me lo pidieras. Pero prefiero tenerte aquí,

en nuestro hogar.

Dejó un beso sobre mi frente y se acostó a mi lado, envolviéndome entre sus brazos. Me acomodé, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.

Pensé en la chica tímida que se escondía detrás de los libros, aterrorizada del mundo. Esa chica ya no existía. Ambrose la había encontrado, la había sacado de las sombras y le había dado un hogar.

Afuera, el viento soplaba entre los árboles del bosque, pero aquí dentro, con el brazo del guerrero más temido de la manada rodeándome y nuestro hijo durmiendo en la habitación de al lado, no había miedo.

Solo paz.

Y la promesa de un futuro soñado.

La bestia me había atrapado, sí. Pero yo había domado su corazón. Y en nuestro rincón salvaje del mundo, éramos infinitamente felices.

(***)

SIGUIENTE HISTORIA

El sabor favorito del depredador.

SINOPSIS

Creí que Gabriel era adicto a mis muffins de arándanos, pero cuando despedaza a unos matones para defenderme con un gruñido inhumano, descubro que mi cliente silencioso es en realidad un depredador letal.

Con la sangre de mis enemigos en sus manos, me confiesa la verdad: odia el azúcar y lleva semanas visitando mi pastelería solo como excusa para verme, pero su paciencia se ha terminado y ahora su bestia exige probar el único bocado que realmente desea... a mí.

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