Compartir

05

Autor: Susan
last update Fecha de publicación: 2025-07-31 21:51:54

La noche envolvía las calles con una calma medida mientras el Lexus LC 500 cobrizo naranja deslizaba su silueta perfecta entre luces tenues. James conducía sin prisa, el volante firme entre las manos, su mirada dividida entre el camino y los gestos de Isabelle, sentada junto a él, con la ventana a medio abrir y la respiración más acelerada de lo habitual.

Ella se desabrochó el blazer con torpeza, dejándolo caer sobre sus piernas.

—Hace calor —murmuró—. Mucho más del que debería.

James la miró de reojo.

—¿Estás bien? Si quieres, te llevo al hospital. Mi mejor amigo es el dueño, podrían atenderte enseguida.

—No —dijo ella, apretando los labios—. No necesito un hospital. No quiero volver a la mansión así. No en este estado.

Él frunció el ceño, sin soltar el volante.

—¿Qué estado?

Isabelle tardó en responder.

—Este. En el que estoy ahora. No sé cómo explicarlo... solo sé que no quiero volver. No así.

James asintió sin palabras. El silencio entre ellos tenía textura. Una que se estiraba sin romperse.

—Podemos ir a un hotel —sugirió él con prudencia—. Estarás más tranquila. Te llevo hasta ahí.

—Sí... pero solo si tú te quedas.

James giró suavemente en la próxima salida, dejó que el coche cambiara de dirección con la misma delicadeza con la que le tomaba una decisión importante.

—Pensándolo bien —dijo, bajando la voz—. Prefiero llevarte a otro sitio. A mi casa. Está más cerca que cualquier hotel y no será necesario que expliques nada si alguien pregunta.

Isabelle lo miró con curiosidad.

—¿Tu casa?

—Sí. Es en Belvedere Hill. Justo detrás de la línea de los viñedos. Te gustará.

Ella asintió después de pensarlo. El calor se intensificaba en su piel, pero la duda no. Quería aire. Quería silencio. Quería respuestas que aún no se traducían.

El trayecto continuó en quietud compartida, hasta que el coche giró entre dos columnas de mármol e ingresó en una propiedad que parecía sacada de un libro olvidado por el tiempo. Puertas altas de madera, luces cálidas, jardines precisos como relojes.

Isabelle bajó primero, no por protocolo, sino por necesidad. Caminó hacia la entrada, dejando que la brisa la atravesara. James la siguió de cerca, su paso calmo, pero atento.

—¿Esta mansión... es tuya? —preguntó, todavía dudando si soñaba.

—Sí.

—¿Y cómo…?

—Tengo un trabajo —sonrió—. Aunque no lo parezca, no todo lo que hago se queda en la sombra de los Moore. Me permitió esto... y otras cosas.

Ella se giró lentamente, ya con las mejillas más sonrojadas que por el calor.

—Espero que algún día me cuentes qué haces realmente.

—Cuando sea el momento, lo sabrás.

James abrió el portón principal y dejó el auto encendido frente a la entrada, como si supiera que lo que venía no necesitaba seguir las reglas.

Isabelle subió las escaleras de mármol. James tras ella. Pero antes de que él pudiera alcanzarla, ella se detuvo en el descanso de los escalones. Se giró. Lo miró.

—Detente —dijo, apenas, como si contuviera algo más fuerte que las palabras.

James bajó el paso.

—Me estás preocupando. Dime qué te pasa, por...

Pero no terminó la frase.

Isabelle cruzó la distancia entre ellos en un instante, lo tomó del cuello de la camisa y lo besó. No fue una caricia. Fue hambre, fue impulso, fue todo lo que había contenido desde el bar, desde la mansión, desde la última vez que lo había mirado con más miedo que deseo.

James no se resistió. La mano se deslizó por su cintura, el cuerpo respondió como si hubiera esperado ese momento desde antes de saber que lo necesitaba.

El beso no había sido un accidente, ni un impulso pasajero. Fue una decisión compartida, un puente que ambos habían estado evitando cruzar, hasta ahora.

James subió los últimos escalones de la entrada junto a Isabelle, sin apartar los ojos de los suyos. La puerta de la mansión se abrió con un suave click, como si el lugar reconociera la urgencia que habitaba entre ellos.

Dentro, las luces eran tenues, el mármol reflejaba sombras cálidas, y el silencio era casi ceremonial. Isabelle avanzó primero, sus pasos resonando con una mezcla de curiosidad y necesidad. James la siguió sin prisa, observando cómo sus manos rozaban las paredes como si quisieran entenderlas.

—Es precioso —dijo ella, apenas audible, como si temiera romper la atmósfera con una palabra demasiado fuerte.

—Tú lo haces parecer mejor —respondió él.

No hubo más preguntas. No hacía falta. El lenguaje se volvió otra cosa —miradas que se prolongaban más de lo habitual, silencios que decían más que las frases bien estructuradas, el roce accidental que se volvió intencional.

Isabelle se giró, lo miró desde el centro de una sala que parecía diseñada para una película y dio el siguiente paso sin miedo. James la recibió con los brazos abiertos, como si su mundo finalmente hubiera encontrado equilibrio en medio del caos.

James apoyó a Isabelle contra la pared de mármol, su respiración entrecortada contagiando al silencio de una tensión casi eléctrica. James la rodeó sin tocarla aún, pero la cercanía era un imán irrenunciable.

Sus cuerpos se reconocían antes de rozarse, como si el aire mismo empujara el deseo entre ellos. Las miradas se volvieron más oscuras, más urgentes. Isabelle deslizó los dedos por la camisa de James, no con torpeza, sino con la determinación de quien había dejado atrás cualquier duda. Él respondió bajando la cabeza hasta su cuello, sin besarla todavía, pero haciéndola temblar solo con la proximidad.

—Belly… estás segura de lo que estamos haciendo?

Ella lo miró directamente, sin vergüenza. Sus manos en el pecho de él, su voz temblando pero firme.

—Sí... Quiero que seas tú. Quiero entregarte eso que nunca le he dado a nadie.

James cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió, algo en su mirada se volvió solemne, pero aún más ardiente.

Los segundos se dilataron. Isabelle terminó por desvestir a James y James a ella. El calor no era del ambiente, era de su piel contra la expectativa, del roce intencionado, del deseo contenido que se había gestado desde hacía demasiado.

Se perdieron en un rincón discreto de la mansión, donde las luces eran más tenues y los espejos parecían cómplices mudos. Las caricias llegaron como olas, primero suaves, luego arrebatadas. Cada gesto era una confesión, cada palabra susurrada entre jadeos era una promesa que no necesitaba cumplirse en voz alta.

No se trataba de seducción, sino de rendición mutua.

Cuando finalmente terminaron, llenos de satisfacción, se separaron, con las mejillas encendidas y el cabello revuelto, Isabelle lo miró como si acabara de redescubrirlo.

James no dijo nada. Tampoco hacía falta. El fuego aún ardía en sus miradas.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    EPÍLOGO

    La tarde en Belvedere Hill era suave, dorada, como si el sol supiera que debía quedarse un poco más. En los jardines de la mansión, globos pastel flotaban entre las ramas, mesas decoradas con guirnaldas esperaban a los invitados, y el aroma a vainilla y frutas frescas se mezclaba con las risas de los niños. Dos años habían pasado desde aquella doble promesa: primero la de James e Isabelle, luego la de Noah y Celeste, casados apenas dos semanas después. La boda de Noah y Celeste había sido todo lo que soñaron: íntima, luminosa, llena de música y miradas que hablaban de futuro. Hoy, sin embargo, no se celebraban votos. Hoy se celebraba vida. Era una celebración doble —o triple, según cómo se contara—. Los mellizos "Jack y William" de Noah y Celeste cumplían su primer año, y el tercer hijo de James e Isabelle "Aiden" también. Tres niños nacidos el mismo día, como si el destino hubiera querido sellar la unión de sus padres con una sincronía perfecta. Leah y Alex, ya con seis año

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    310

    El oficiante recorrió la sala con la mirada. —¿Hay alguien que se oponga a esta unión? El silencio fue absoluto. Ni un suspiro. Ni un movimiento. —Entonces, por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. James se acercó. Isabelle lo recibió. El beso fue suave, contenido, pero lleno de todo lo que no se había dicho. No era un gesto para los demás. Era para ellos. Para lo que habían vivido. Para lo que estaban por vivir. Los invitados aplaudieron. Leah y Alex se abrazaron. Lucie y Camille se miraron con lágrimas discretas. Noah y Oliver intercambiaron una mirada cómplice. Y en medio de todo, James e Isabelle seguían ahí. Unidos. Reales. Finalmente, juntos. Después del evento, cuando los últimos pétalos habían caído y las luces del Club Altavista comenzaban a apagarse, James e Isabelle se retiraron discretamente. La ceremonia había sido perfecta, pero ahora les esperaba algo más íntimo: su luna de miel. Isabelle, fiel a su estilo, había dejado que Ja

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    309

    Un mes después, esa certeza se transformaba en ceremonia. Era el día de la boda. Por órdenes estrictas de Camille —con el respaldo entusiasta de Lucie— James había tenido que dormir en la Mansión Moore la noche anterior. Él protestó, con su habitual sarcasmo elegante: —¿De verdad creen que separarme de mi casa va a cambiar algo? Isabelle ya está embarazada. Hemos compartido la cama más veces que el número de invitados. Esto es teatro. Lucie soltó una carcajada. —Exactamente. Y el teatro necesita que el novio no vea a la novia antes del acto final. Finalmente, entre bromas y miradas cómplices, James cedió. Pasó la noche con Noah, en la Mansión Moore, mientras Belvedere Hill se convertía en el centro de los preparativos. Esa mañana, la casa estaba llena de movimiento. Leah y Alex corrían por los pasillos con sus pequeños estuches de terciopelo, emocionados por llevar los anillos. Linda los ayudaba a vestirse, mientras Camille y Lucie, ya listas con sus vestidos color lila

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    308

    La tarde se deslizaba con calma sobre York, como si el tiempo supiera que no debía apresurar nada. Los cuatro —James, Isabelle, Noah y Celeste— habían compartido el día entre risas, cafés breves y conversaciones que giraban en torno a la boda que se acercaba. Había una ligereza en el aire, como si todos supieran que estaban viviendo algo que pronto se convertiría en recuerdo. Después de almorzar juntos, James se alejó momentáneamente para ir a recoger su traje a *Sarto Privé*, el atelier donde había mandado a hacerlo a medida. Isabelle lo acompañó hasta la entrada, curiosa. —¿Y la corbata? —preguntó, con una sonrisa que escondía expectativa. James se giró, con ese aire de misterio que a veces usaba para provocarla. —Eso lo sabrás el día de la boda. Isabelle entrecerró los ojos, divertida pero no del todo conforme. —No me gusta que guardes secretos con estilo. —Es parte del encanto —respondió él, guiñándole un ojo antes de entrar. Isabelle no insistió. Sabía que James d

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    307

    La luz de la mañana se filtraba con suavidad por las cortinas de la habitación principal en Belvedere Hill. Era sábado, y el silencio en la casa tenía ese ritmo lento que solo los fines de semana conocen. Isabelle se despertó antes que el sol terminara de elevarse. No se detuvo a mirar el reloj. Se levantó con una sensación que ya no podía ignorar. Fue directamente al baño. Al salir, James aún dormía, con el rostro relajado y el torso descubierto entre las sábanas. Isabelle comenzó a vestirse con movimientos silenciosos, pero al abrocharse la blusa, escuchó su voz ronca detrás de ella. —¿A dónde vas tan temprano? Isabelle se giró, sonriendo. —Saldré con Lucie. Solo un rato. James se incorporó un poco, apoyándose en los codos. —Disfruta. Te lo mereces. Isabelle se acercó a la cama, se inclinó y le dio un beso lento. —Te veo después. James cerró los ojos de nuevo, y ella salió de la habitación. Lucie ya la esperaba en la entrada, con gafas de sol y una chaqueta lig

  • ENTRE HERMANOS Y SOMBRAS    306

    Las risas de Leah y Alex se mezclaban con el murmullo de las hojas, mientras Gregory caminaba con ellos entre los senderos de piedra. Isabelle los observaba desde la terraza, con una copa de agua entre las manos. Adrien se acercó con discreción, deteniéndose a su lado. —¿Estás bien? —preguntó, con voz baja. Isabelle asintió, aunque su gesto decía otra cosa. —Solo un poco de náusea. Nada grave. Adrien la miró con atención, sin presionar. —Lo noté en el restaurante. Y ahora otra vez. Isabelle se giró hacia él, con una sonrisa suave. —No digas nada aún. Por favor. Adrien asintió, respetando el silencio que ella pedía. Se quedaron así unos segundos, observando a los niños correr entre los arbustos, a Gregory intentando seguirles el paso con una sonrisa que parecía más tímida que paternal. El sonido de un motor interrumpió la calma. El auto de James se estacionó frente a la entrada principal. Isabelle se enderezó, Adrien dio un paso atrás. James bajó del vehículo con paso

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status