LOGINEl auto avanzaba por las colinas de Sicilia, y aunque el sol brillaba sobre los viñedos, Alessa solo veía neblina en su mente. Sostenía a Gabriela contra su pecho con una manta suave, como si pudiera protegerla de todos los males… incluso de los que aún no entendía.
Aún sentía el aroma. “Shumukh.”
Y esa certeza imposible de explicar, alguien la había devuelto. Alguien que la conocía mejor que ella misma.
Isabella, sentada a su lado, la observaba en silencio.
— ¿Vas a decirlo en voz alta? —preguntó al fin, con suavidad.
Alessa negó apenas, con la mirada perdida.
—No. Porque si lo digo… lo vuelvo real.
Isabella asintió. Y el resto del viaje continuó en un silencio espeso, más denso que el aire húmedo que las rodeaba.
La gran reja de la Villa Lombardi se abrió. Banderas de la familia ondeaban al viento. La casa estaba adornada con flores blancas y cintas rosadas.
Antonio esperaba de pie en la entrada, impecable, pero con los ojos ligeramente rojos.
A su lado estaban Charly y Chiara, y un grupo de niños formados como un ejército diminuto.
Fiorella, con un vestido de tul rosa, y Alessandro, con una camisa de manga larga azul, un blazer negro a juego con el pantalón y los zapatos, sostenían un cartel que decía:
“Bienvenida, Gabriela”.
A su lado, Matteo, con una flor en la mano, se mordía el labio de la emoción. Detrás de ellos, Marcos Jr. sostenía un ramo de rosas para su tía.
Cuando Alessa bajó del auto, un coro de gritos estalló:
— ¡Tía Alessa! —gritaron los mellizos.
— ¡Mira, yo hice el dibujo! —dijo Matteo, corriendo con un papel en la mano.
Alessa sonrió por primera vez en horas. Se arrodilló, recibiendo el abrazo de los niños sin soltar a Gabriela.
—Gracias, mis amores. Ella va a amarlos tanto como yo.
Antonio se acercó y, sin palabras, la besó en la frente.
—Bienvenida a casa, figlia mia (hija mía).
La mesa del desayuno en la terraza estaba servida con esmero: frutas, pan fresco, café caliente, dulces sicilianos. Las risas infantiles llenaban el aire.
Pero Alessa no comía. Solo observaba a Gabriela mientras dormía en una cuna improvisada junto a la mesa.
Los niños corrían alrededor. Alessandro jugaba a ser guardia personal. Fiorella le colocaba flores en la cabeza a Matteo, quien parecía indiferente… hasta que la empujó y Marco lo regañó.
— ¡No empujes a las niñas!
— ¡Ella me puso flores! —se quejó Matteo.
Charly y Chiara intervinieron entre risas.
Antonio tomó la mano de Alessa un momento.
—Sé lo que estás pensando.
— ¿Lo sabes? —susurró ella, sin mirarlo.
—Sí. Porque yo también lo sentí. Algo… algo no está bien.
Alessa miró hacia el campo abierto, más allá del jardín. Una brisa levantó los cabellos de su frente. El perfume dulce de los almendros flotaba en el aire. Pero no logró calmarla.
— ¿Crees en fantasmas, Antonio?
Él no respondió. Solo apretó su mano. Fuerte.
Esa tarde, Alessa salió sola al jardín trasero, con Gabriela dormida en brazos. Caminó descalza sobre la hierba húmeda.
Detrás del seto que bordeaba el muro perimetral, un hombre observaba.
No respiraba.
No se movía.
Solo miraba a través del follaje.
Su perfil quedó expuesto por un segundo, lo suficiente para que la cámara de vigilancia lo captara. Pero el rostro… no fue reconocido por el sistema.
En el monitor de seguridad, minutos más tarde, Thiago miró la imagen.
Y en lugar de alertar a alguien, cerró la laptop lentamente y se quedó en silencio.
Mientras los niños jugaban en el jardín, Alessa se acomodó en uno de los sillones exteriores, con Gabriela dormida en brazos. El vaivén de las hojas en los árboles parecía querer traer calma… pero su mente no descansaba.
Chiara se sentó a su lado, sosteniendo una taza de té de hibisco. Charly estaba de pie, no muy lejos, vigilando a los mellizos.
— ¿Cómo está el hijo de Leonardo? —preguntó Alessa en voz baja—. ¿Y Madeleine?
Chiara cruzó una mirada breve con Charly antes de responder.
Él fue quien lo hizo.
—Leo está bien. Madeleine… ha respondido bien a las terapias. Lentamente, pero hay días difíciles… pero aun así, es una victoria. El pequeño siempre está con Don Marcos y Francesco. Lo cuidan como si fuera un pedazo más de su alma.
—Me alegra saberlo… —susurró Alessa—. Después de tanto… se merecen un poco de paz.
Isabella se unió a la conversación, trayendo una bandeja con más tazas y frutas frescas. Se acomodó a los pies del sillón, como solía hacer en los viejos tiempos.
Alessa la miró con cariño, y entonces preguntó en voz baja:
— ¿Y Francesco?
Isabella bajó la mirada. La sonrisa que tenía se apagó un poco.
—Se quedó al frente de los negocios en Calabria. Alguien debía mantener el equilibrio mientras estamos aquí…
Hizo una pausa.
—Y… Sicilia le trae demasiados recuerdos.
— ¿Por mí? —preguntó Alessa, con un nudo en la garganta.
Isabella la miró con ternura.
—No. Por Leonardo. Por todo. Francesco no sabe olvidar… solo entierra.
Alessa asintió. Cerró los ojos un instante, escuchando las risas de los niños, el canto de los pájaros y el leve latido de Gabriela contra su pecho.
Por un momento, el mundo parecía en calma.
Pero ni ella, ni Isabella, ni Chiara sabían que esa calma tenía fecha de vencimiento.
El veintisiete de mayo amaneció con un cielo despejado sobre Palermo, tiñendo el mar de un azul cobalto que parecía competir con el brillo de la mansión Lombardi. La propiedad bullía con una energía completamente distinta a la de hace dos semanas. No había manteles de encaje rosa ni ositos de felpa; esta vez, el ala norte exhibía una espectacular hilera de autos deportivos clásicos y modernos que hacían las delicias de los invitados masculinos, mientras que el ala oeste se había transformado en un circuito dinámico con estaciones de videojuegos de última generación y la rugiente pista de karts lista para la acción. Los ocho años del heredero se celebraban con el dinamismo y la fuerza que el apellido exigía.Desde la barandilla de mármol de la terraza principal, Alessandra observaba el panorama con una sonrisa que le iluminaba los ojos. Se tomó un momento para admirar todo desde aquella posición elevada, contemplando la hermosa estampa de las familias unidas: los Moretti, los Rossi y lo
El tiempo parecía correr con una cadencia propia, una mezcla de urgencia estratégica y momentos de paz ganados a pulso. Tras el inolvidable cumpleaños de la pequeña Gabriela celebrando su primer año de vida rodeada de flores pastel y la calidez de la familia, el calendario de los Lombardi no dio tregua. Dos semanas se escurrieron entre informes de seguridad, rutas comerciales y el murmullo constante de una mansión que nunca dormía. Sin embargo, la atmósfera festiva no se había desvanecido del todo; simplemente se estaba transformando. El veintisiete de mayo estaba a la vuelta de la esquina, marcando el cumpleaños de Gabrielle, el primogénito y futuro heredero del Don.En el despacho privado de la mansión, el ambiente era inusualmente cálido esa tarde. Alessandra se encontraba sentada frente al gran escritorio de madera oscura, rodeada de catálogos de diseño, bocetos de iluminación y notas sobre el menú. A diferencia de la celebración de la bebé, que había sido un despliegue de fantasí
Una de las fechas más importantes para los Lombardi había llegado: la fiesta de cumpleaños de la pequeña Gabriela. Tan solo habían pasado tres días desde la intensa conversación virtual con Charly, pero los días se habían escurrido como agua entre los dedos en medio de un frenesí de preparativos, llamadas de seguridad y arreglos de último minuto. La mansión de Palermo se había transformado por completo, despojándose por unas horas de su habitual sobriedad de piedra y mármol para vestirse de gala, fantasía y una sofisticación diseñada exclusivamente para celebrar el primer año de vida de la heredera más joven de la dinastía.El inmenso jardín trasero, que normalmente servía como un recordatorio del poder y la privacidad de la familia, se convirtió en un escenario de ensueño. Alessandra había supervisado personalmente cada detalle, logrando un equilibrio perfecto entre la magia infantil y la elegancia que exigía el apellido. Miles de globos en tonos pastel (rosa viejo, blanco perla y de
Después de contemplar aquellos imponentes atardeceres dorados, la pareja regresó a la propiedad para recoger las maletas y salir de inmediato hacia el aeropuerto, donde ya los esperaba el jet privado. El trayecto al aeropuerto fue un borrón de luces que se desvanecían a través de los cristales blindados, marcando el final de su burbuja de aislamiento. Salvatore y Alessandra abordaron con melancolía la aeronave; el avión se posicionó en la pista y, minutos después, despegó con un rugido potente, elevándose hacia el cielo nocturno y dejando atrás al México lindo y querido que tantas veces había recibido al Don en circunstancias muy diferentes, pero que esta vez le había regalado los días más pacíficos de su vida.El jet privado de la familia Lombardi tocó tierra en Palermo justo cuando las primeras luces de la tarde comenzaban a teñir el cielo siciliano de un azul plomizo y frío. El contraste no pudo ser más drástico; la calidez dorada y la libertad indomable del Pacífico mexicano queda
El mediodía entró sin contemplaciones en la suite de la villa, tiñendo el suelo de madera con una luz blanca y radiante. El silencio de la habitación solo era interrumpido por el murmullo lejano de las olas y el ritmo acompasado de dos respiraciones que compartían el mismo espacio. Salvatore fue el primero en reaccionar. El cansancio de una noche entregada por completo a la pasión se reflejaba en la pesadez de sus párpados, pero en cuanto sintió el calor de Alessandra atrapado contra su costado, cualquier rastro de sueño se disipó. Ella dormía con una expresión de absoluta serenidad, con el cabello castaño alborotado sobre las almohadas oscuras y una sábana que apenas cubría la línea de sus caderas, dejando al descubierto la tersura de su espalda.El Don se incorporó sobre un codo, tomándose su tiempo para contemplarla. En Sicilia, despertar al mediodía habría sido un lujo inaceptable, una debilidad que un hombre en su posición no podía permitirse. Pero allí, bajo el cobijo del anonim
La propiedad privada de Emiliano en las afueras del complejo parecía haber sido transformada por arte de magia en una auténtica hacienda mexicana de gala. Hileras de luces cálidas colgaban de los árboles centenarios, iluminando un patio empedrado donde los colores de los agaves resaltaban bajo la noche estrellada. Al fondo, un imponente grupo de mariachis, impecablemente vestidos con trajes de charro negros con botonadura de plata y sombreros de gala traídos directamente de Sahuayo, afinaban sus guitarras y violines, inundando el aire con una energía vibrante.Salvatore y Alessandra salieron a la terraza. Ella lucía espectacular con un vestido largo de seda color esmeralda que contrastaba con su piel, mientras que el Don, por insistence de su amigo, había dejado de lado sus trajes oscuros sicilianos para vestir una camisa de lino blanco finamente bordada, que llevaba con los primeros botones abiertos, exponiendo la base de sus tatuajes.Emiliano los vio acercarse y alzó los brazos con







