MasukMe sentía como un toro enjaulado.
Quería matar a alguien. Quería destruirlo todo. Pero en lugar de eso, estaba sentado en el despacho que había sido de mi padre. Su sillón. Su escritorio. Su olor todavía impregnado en las paredes. Y frente a mí, una docena de abogados intentando explicarme que todo estaba perdido. Que las empresas por las que mi padre luchó durante años estaban en bancarrota. Que después del juicio nadie quiso seguir teniendo ningún vínculo con nosotros. —Tiene que vender algunas propiedades para saldar las deudas —dijo uno de los abogados, ajustándose las gafas. Mi madre estaba en el sofá, con los ojos rojos e hinchados. Miraba el suelo como si ya supiera que no había salvación. Sabía que todo estaba arruinado. Que no podríamos levantarnos de esto nunca más. Que el escándalo nos perseguiría para siempre. —¿No se puede hacer nada? —pregunté desesperado, sintiendo que la rabia me quemaba por dentro. —Vender es la única opción, señor Bellucci —respondió otro. ¿Vender? ¿Vender lo que mi padre construyó con su vida? Apreté los puños hasta que me dolieron. —Vendan —dije al final, con la voz rota—. Ya no me importa nada. Me levanté bruscamente. Necesitaba aire. Caminé hacia la puerta sin despedirme. No podía seguir escuchando cómo enterraban el apellido Bellucci frente a mí. Salí del edificio. Estaba lloviendo. Respiré profundo y caminé bajo la lluvia sin importarme nada. El clima estaba igual de miserable que yo. Avancé un poco sin rumbo, hasta que la vi. Una silueta pequeña, encorvada, en la esquina. Me acerqué sin pensar. Y cuando estuve lo suficientemente cerca, me detuve en seco. Era ella. ¿Qué m****a hacía aquí? Elena levantó la vista y me miró. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Parecía rota. No me importó. —¿Con qué cara puedes venir aquí? —le pregunté con desprecio. No respondió. Solo me miró. El cólera me atravesó como una descarga eléctrica. Ella me había arruinado. Había arruinado la memoria de mi padre. Había destruido mi familia. La odiaba con toda el alma. La odiaba tanto que quería hacerla pedazos. La tomé del brazo con brusquedad y la levanté de un jalón. —¿Qué carajo haces aquí? —le grité. Seguía en silencio. Eso me enfureció aún más. La empujé contra la pared. Un gemido escapó de sus labios cuando su espalda chocó contra el ladrillo. Y entonces me quebré. La atraje contra mi pecho y la abracé con fuerza, casi con desesperación. La amaba. Maldita sea, la amaba. Pero también la odiaba. Quería apretar su cuello y vengar la muerte de mi padre, pero era un maldito cobarde. —Te odio —le dije entre lágrimas, apoyando la frente contra su cabello mojado. Sentí sus brazos rodear mi cintura. Y mi corazon empezo a latir con fuerza. —Ódiame —susurró—. Ódiame todo lo que puedas. La aparté de mí como si me quemara y la miré directo a los ojos. Elena se veía tan frágil, tan pequeña, parecía un cachorro en busca de calor. Y eso me molesto aun mas, porque yo debería despreciarla con todas mie fuerzas, no tener lastima. —Te desprecio… y voy a destruirte. Ella no discutió. No se defendió. Solo asintió. Como si mis palabras fueran nada. Y entonces se abalanzó sobre mí y estampó sus labios contra los míos. Me quedé inmóvil. No supe qué hacer. Su boca comenzó a moverse, buscando una respuesta, buscando algo… pero yo no reaccioné. Estaba paralizado entre el amor y el odio. Responder su beso seria como traicionarme, como traicionar a mi padre. La separé de mí y la empujé. Cayó al suelo mojado, sus manos apoyadas en el pavimento, el cabello pegado a su rostro por la lluvia. Me miró desde abajo. Y por un segundo… por un maldito segundo… dudé. Pero recordé el juicio. Recordé su voz. Recordé a mi padre en un ataúd. La recorde a ella diciendo que mi padre la había atacado. Y algo pesado se instalo en mi pecho. —Lárgate —dije con frialdad—. No quiero verte nunca más. Intentó tocar mi pierna, pero retrocedí como si su contacto me contaminara. Ella me daba asco. — Damien... Trague en seco. escuchar su voz suplicante me molestaba demasiado. —¿Sabes qué es lo peor, Elena? —mi voz salió más baja, más peligrosa—. Que yo tenía un futuro contigo. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez. —Me imaginé una casa… hijos… una vida entera a tu lado. Tragué saliva, sintiendo cómo cada palabra me arrancaba algo por dentro. —Soñé con casarme contigo. Con que llevarás mi apellido. Con que fueras la madre de mis hijos. Ella negó con la cabeza, como si quisiera detenerme. Pero no iba a hacerlo. —Ahora desprecio ese futuro —continué—. Desearía nunca haberte conocido. Desearía arrancarte de mi vida como si nunca hubieras existido. Elena dejó escapar un sollozo. —No por favor — Me suplico. Yo me rei, una risa amarga. Mirarla era un mal chiste. —Eres una mentirosa, destruirte mi vida, la de mi familia—La acuse. Y aun así… no se defendió. No dijo nada. Solo aceptó cada palabra como si las mereciera. —Te amé más que a nadie —añadí con la voz quebrándose—. Y tú me enterraste junto con mi padre. El silencio entre nosotros fue más violento que cualquier grito. La miré por última vez. —Desde hoy, estás muerta para mí. Me di la vuelta y caminé bajo la lluvia sin mirar atrás. No sabía si ella seguía allí. No quería saberlo. Porque si me volteaba… tal vez correría hacia ella. Y no podía permitírmelo. Ese día no solo murió mi padre. Murió el hombre que la amaba. Y en su lugar… empezó a nacer alguien que aprendería a odiarla.El dolor comenzó de madrugada. Al principio pensé que eran las mismas molestias de las últimas semanas. Nada importante. Nada diferente. Pero cuando sentí la segunda contracción tuve que apoyarme contra el borde de la cocina y cerrar los ojos. —Dios… Era demasiado doloroso. —¿Elena? La voz de Nicola llegó de inmediato. Levanté la vista. Había entrado recién. Todavía llevaba la taza de café en la mano, como si fuera un día normal. Solo le bastó mirarme para entenderlo todo. La taza casi termina en el suelo. —¿Ya? —preguntó, tenso. No pude evitar reír. Era la primera vez que pasábamos por esto de verdad… y los dos estábamos completamente nerviosos. Demasiado. Parecíamos dos padres primerizos sin la menor idea de lo que hacían. —Creo que sí —le respondí, intentando mantener la calma. Su rostro perdió el color. —¿Ahora? Pero… faltan dos semanas. Otra contracción me atravesó y cerré los ojos con fuerza. —Nicola… los bebés no suelen pedir cita —murmuré. Él pasó una mano po
Nunca imaginé que organizar mi propia boda sería tan estresante.Ni tan divertida.Ni tan emocionante.Durante semanas enteras René y yo vivimos rodeadas de telas, flores, catálogos, muestras de pastel y listas interminables.—¿Blanco marfil o blanco perla? —preguntó René por quinta vez aquella mañana.La miré desde el otro lado de la mesa.—René.—¿Qué?—Son exactamente iguales.—No son iguales.—Sí son iguales.—No, y debes elegir.—Lo que más te guste a ti.Ella cruzó los brazos.—Por eso tú haces pasteles y no decoración.Terminé riéndome.Porque aquella discusión llevaba casi cuarenta minutos.Y ninguna de las dos pensaba rendirse.Pero la verdad era que estaba disfrutando cada segundo.Porque por primera vez en mi vida estaba planeando algo bonito.Algo feliz.Algo que no estuviera rodeado de dolor.Ni de miedo.Ni de tragedias.Solo amor.Y eso seguía pareciéndome un milagro.Al final decidimos que todo sería blanco.Completamente blanco.Las flores.Las mesas.Las cintas.Las
El sonido de las olas llegaba suavemente desde la distancia.La brisa movía mi cabello.Y el aroma de las flores decorando el lugar hacía que todo pareciera un sueño.Sonreí mientras observaba a René caminar hacia el altar.Se veía hermosa.Radiante.Feliz.Tan feliz que por un momento sentí ganas de llorar.Después de todo lo que habíamos vivido.Después de todos los años de dolor.Ver a mi mejor amiga encontrar la felicidad se sentía casi como un milagro.A mi lado, Nicola entrelazó sus dedos con los míos.Bajé la mirada hacia nuestras manos unidas.Y una sonrisa apareció automáticamente en mis labios.Todavía me seguía pasando.Todavía me seguía emocionando cuando me tomaba de la mano.Cuando me abrazaba.Cuando me miraba.Como si una parte de mí todavía no terminara de creer que realmente estábamos juntos.Que realmente habíamos sobrevivido a todo.La ceremonia continuó.Las voces del sacerdote se mezclaban con el sonido del mar.Las sonrisas.Las lágrimas.Las risas de algunos in
Habían pasado ocho meses.Ocho meses desde que Nicola se había marchado.Y, aunque al principio pensé que aquello me rompería el corazón otra vez, la verdad fue muy diferente.Porque Nicola nunca desapareció.Ni un solo día.Me llamaba todas las mañanas.Todas las noches.A veces incluso durante la tarde solo para preguntarme cómo estaba.O para escuchar al bebé balbucear cosas sin sentido.O simplemente para decirme que me extrañaba.Y poco a poco...La distancia dejó de doler.Porque nunca me sentí sola.Además, la vida empezó a acomodarse.Por primera vez.Como si después de años de tormenta finalmente hubiera llegado la calma.Las revisiones médicas del bebé comenzaron a mejorar.Mes tras mes.Hasta que una mañana el cardiólogo nos dio la noticia que llevaba tanto tiempo esperando.La afección cardíaca había desaparecido.Todavía recordaba haber llorado durante media hora seguida.Y también recordaba a Nicola llorando conmigo a través de una videollamada.Aquel día los dos termina
Había pasado un mes.Un mes desde que desperté en el hospital.Un mes desde que recuperé a mi hijo.Un mes desde que mi vida dejó de sentirse como una pesadilla constante.Me sentía en paz, me sentía protegida.Estaba sentada sobre la cama con el bebé entre mis brazos.La habitación estaba iluminada por la luz suave de la tarde.Todo estaba tranquilo.Tan tranquilo que todavía me costaba creerlo.Bajé la mirada hacia mi hijo.Sus pequeños dedos se aferraban a mi ropa mientras se alimentaba tranquilamente.Una sonrisa apareció en mis labios.Todavía me parecía increíble.Durante tanto tiempo había creído que jamás podría tener algo bueno.Que la felicidad siempre terminaba escapándose de mis manos.Pero ahí estaba él.Mi pequeño milagro.Mi razón para seguir adelante.Mi razón para levantarme cada mañana.Escuché unos golpes suaves en la puerta.—Pasa.La puerta se abrió lentamente.Y mi corazón dio un pequeño salto.Nicola.Entró en silencio.Como siempre.Sus ojos fueron directamente
La oscuridad iba y venía.A veces escuchaba voces.A veces solo silencio.Todo se sentía lejano.Como si estuviera flotando.Como si mi cuerpo ya no me perteneciera.Intenté abrir los ojos.Pero me pesaban demasiado.Entonces escuché una voz.Una voz que reconocería en cualquier lugar.—Elena.Mi corazón dio un salto.Nicola.Intenté moverme.Intenté abrir los ojos.Y esta vez lo conseguí.Solo un poco.Lo suficiente para distinguir una silueta de pie junto a mi cama.La visión seguía borrosa.La cabeza me daba vueltas.Pero entonces vi algo más.Un pequeño bulto entre sus brazos.Mi respiración se cortó.No.No podía ser.Nicola debió notar mi reacción porque inmediatamente se acercó.—Tranquila.Su voz estaba rota.Cansada.Pero también había algo más.Alivio.—Todo está bien.Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos.—N-Nicola...—Está a salvo.Miró al pequeño que sostenía contra su pecho.—Nuestro hijo está a salvo.Un sollozo escapó de mi garganta.Las lágrimas comenzaron a corr







