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ERES MI CONDENA
ERES MI CONDENA
Autor: Aragones

1:Tu odio me quema. (Elena)

Autor: Aragones
last update Fecha de publicación: 2026-02-26 09:44:31

Capitulo 1: Tu odio me quema

(Elena )

El aire en la sala del tribunal pesa.

Pesa tanto que siento que si respiro demasiado fuerte voy a romper algo.

O a romperme yo.

Siento el mundo girando a mi alrededor. Mi cuerpo no me pertenece, como si estuviera viéndome desde afuera. Todo parece una pesadilla. De esas que sabes que no son reales… pero no puedes despertar.

Trago el nudo que se me formó en la garganta e intento no pensar demasiado. Si pienso, me derrumbo.

—Elena Villalba, acérquese al estrado.

Mi nombre suena extraño en boca del juez. Frío. Distante. Como si ya no fuera mío.

Todo mi cuerpo tiembla cuando me levanto.

No mires atrás.

No mires atrás.

Pero lo hago.

Y lo veo.

Damien.

De pie al fondo de la sala, con el traje negro perfectamente ajustado, las manos cerradas en puños. Sus ojos oscuros ya no me miran como antes… ya no me miran como si yo fuera lo único bueno en su mundo, como si yo fuera su único amor.

Ahora me miran como si fuera lo peor que le ha pasado en la vida.

Trago saliva y subo al estrado. Juro decir la verdad.

Qué ironía.

La verdad.

Si digo la verdad, mi padre va a prisión.

Si digo la verdad, mi familia se destruye.

Si digo la verdad… lo salvo a él.

—Señorita Villalba —dice el fiscal—, ¿puede decirnos qué ocurrió la noche del catorce de octubre en el despacho de su padre?

Esa noche…

El disparo todavía vive en mis oídos.

Recuerdo la discusión. La voz del señor Héctor Bellucci. La puerta cerrándose con fuerza. La pistola en la mano de mi padre.

Y después…

Sangre.

—Yo estaba… —mi voz tiembla, como si no quisiera salir—. Yo estaba en el despacho porque mi padre me pidió unos documentos.

No llores.

No llores.

Trago una bocanada de aire, pero mis pulmones arden. Me estoy ahogando.

—Continúe —ordena el fiscal.

—El señor Héctor Bellucci entró después. Estaba alterado.

Siento la mirada de Damien clavándose en mi piel.

No me atrevo a mirarlo.

Si lo hago, me derrumbo.

—¿Alterado de qué manera? —insiste el fiscal.

Mi padre está frente a mí. Su mirada es firme, dura. Puedo sentir cómo me quema la piel… el alma.

Horas antes me sostuvo el rostro con fuerza y me susurró al oído:

—Si dices la verdad, nos arruinas. A todos.

Mi hermano. Mi hermana mayor. Mi madre. Nuestra empresa. Nuestro apellido.

Todo depende de mí.

Las lágrimas comienzan a caer antes de que pueda detenerlas.

—Él… me sujetó.

Un murmullo recorre la sala.

—Intentó tocarme. Yo le pedí que se detuviera. Mi padre entró y vio lo que estaba pasando.

El silencio se vuelve espeso.

Y entonces lo escucho.

—¡Eso es mentira! —grita Damien con todas sus fuerzas.

Mi corazón se detiene.

Levanto la mirada.

Está de pie, mirándome con una mezcla de rabia y dolor que me desarma.

Los guardias intentan detenerlo, pero él avanza un paso más.

—¡Dilo bien, Elena! —me grita—. ¡Di la verdad! ¡Mi padre jamás te habría tocado!

Mi pecho arde.

Quiero decirle que lo siento.

Quiero decirle que tengo miedo.

Quiero decirle que lo amo.

Pero si lo hago… si digo cualquier cosa que no sea esta versión… mi padre irá a la cárcel.

Y yo seré responsable de destruir a toda mi familia.

—Mi padre… —las palabras no salen. Me siento como la peor persona del mundo.

—¡Eres una mentirosa! —su voz se quiebra, pero sigue siendo fuerte—. ¡Estás protegiendo a un asesino!

El juez golpea el mazo.

—¡Orden en la sala!

Pero yo ya no escucho nada.

Solo veo a Damien.

El chico que me enseñó a manejar bicicleta.

El que me besó bajo la lluvia por primera vez.

El que me prometió que nos casaríamos después de graduarnos.

El hombre con el que soñé formar una familia.

Lo estoy perdiendo.

Lo estoy perdiendo para siempre… y eso me está destrozando el corazón.

—Mi padre me defendió —digo finalmente, aunque siento que cada palabra me corta la garganta—. El señor Héctor Bellucci intentó abusar de mí. Mi padre disparó para protegerme.

—¡Mientes! —grita Damien, aún más alterado.

Mi mandíbula tiembla. Quiero correr hacia él, abrazarlo, suplicarle que me perdone.

Pero es imposible.

Todo terminó.

Ahora él me odia.

Y yo… yo me odio aún más.

Miro a mi padre. Él asiente levemente con la cabeza, satisfecho.

Yo me siento mareada. Tengo náuseas. Quiero salir de mi piel, desaparecer.

Hoy algo dentro de mí murió.

La sentencia está dicha.

No la del tribunal.

La mía.

Damien sigue gritando hasta que los guardias lo reducen. Lo veo borroso a través de mis lágrimas.

De pronto deja de forcejear.

Me mira.

Y en sus ojos ya no hay dolor.

Hay algo peor.

Desprecio.

—Te odio —leo en sus labios.

No lo grita.

No necesita hacerlo.

Esas dos palabras me atraviesan más que el disparo que mató a su padre.

Quiero correr hacia él.

Quiero explicarle.

Quiero suplicarle que me perdone.

Pero me quedo allí.

Inmóvil.

Cobarde.

Cuando termina la audiencia, los guardias lo sacan primero. No vuelve a mirarme.

Mi padre se acerca y me abraza.

—Hiciste lo correcto —susurra.

¿Correcto?

Salvé a mi familia.

Salvé nuestro apellido.

Salvé nuestra fortuna.

Pero destruí al hombre que amo.

Mientras salgo del tribunal rodeada de cámaras y flashes, lo entiendo con una claridad aterradora:

Damien Bellucci nunca me perdonará.

Ahora soy la persona que más odia.

Yo… la que alguna vez fue la que más amó.

Siento que mis piernas pierden fuerza.

Caigo al suelo.

Los flashes me ciegan.

El murmullo se vuelve un zumbido lejano.

Y mi mundo…

Se vuelve completamente negro.

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