LOGINHace cuatro años, Elara De Luca juró vengarse. Su objetivo, Dante Montaño, el oscuro CEO al que cree responsable de la muerte de su padre. Disfrazada de la fría ejecutiva Lyra Rossi, Elara está lista para destruirlo. Pero el plan fracasa explosivamente, tras ser incriminados en un crimen que no cometieron, Dante la acorrala. Para escapar de la ley y del obsesivo Fiscal Alejandro, el Príncipe Oscuro pronuncia su ultimátum posesivo, ¡Ahora eres mi cómplice y mi coartada, y si tengo que casarme contigo para que lo entiendas! ¡Lo haré! Forzada a convertirse en la esposa de conveniencia del hombre que más odia y más desea, Elara negocia su precio, acceso total a su imperio. Ella lo ve como la llave para su Vendetta, pero la proximidad forzada en el Palazzo desata una atracción prohibida que amenaza con quebrantar su juramento. Pronto, Elara descubre la verdad, Dante fue incriminado por su propio tío. Atrapada en un juego de doble agente, debe decidir si el odio que la impulsó puede transformarse en la alianza que necesitan para sobrevivir. Un matrimonio por coartada. Un deseo irrefrenable. En este juego, la pasión es el arma más peligrosa.
View MoreEl sol de la Toscana no solo calentaba la piedra de la Villa di Pietra, parecía purificarla. Cinco años habían pasado desde que el rastro de pólvora y las identidades falsas quedaron sepultadas bajo los olivos.En la capilla privada de la villa, el agua bendita resbalaba por las frentes de dos niños que eran el vivo retrato de un milagro imposible. Vittorio Pace y Liberta Valenti no lloraban, observaban el mundo con los ojos cargados de una herencia que ya no era una maldición.Dante De Luca permanecía al lado de Elara, su mano posesiva descansando en la curva de su cintura. Sus dedos trazaban el relieve de la seda de su vestido, una caricia que quemaba a través de la tela. Ya no era el verdugo de Milán, pero la ferocidad en su mirada al ver a sus hijos dejaba claro que el m0nstruo solo estaba dormido, cuidando su tesoro.— Vittorio Pace... Paz — susurró Elara, sintiendo un nudo de gratitud que le oprimía el pecho — Y Liberta. Libertad.Los nombres no habían sido elegidos por azar. Er
El mármol de la Villa di Pietra estaba cubierto de miles de rosas blancas que exhalaban un perfume dulce, casi anestésico. No había prensa, ni socios externos, ni guardaespaldas con fusiles a la vista.Dante esperaba frente al altar improvisado en el jardín. Lucía un traje negro a medida que acentuaba la envergadura de sus hombros y esa mandíbula de acero que, por primera vez, no estaba apretada en un gesto de guerra.Cuando Elara apareció, el aire se detuvo. Caminaba sobre la alfombra de pétalos con un vestido de seda que parecía fundirse con su piel. Ya no era una prisionera de la venganza, ni una fugitiva. Era la mujer que había domado al príncipe oscuro de Milán.Dante la observó avanzar y su garganta se cerró. Sentía el pulso martilleando en sus oídos, una vulnerabilidad violenta que lo hacía querer arrodillarse y, al mismo tiempo, quemar el mundo para que nadie más la mirara.— Estás temblando — susurró Dante cuando ella llegó a su lado, tomando sus manos. Las suyas, marcadas po
El despacho de la Villa di Pietra olía a café amargo y a la electricidad estática de las pantallas que Caelum estaba inclinando sobre la mesa de caoba, sus dedos volando sobre el teclado como si estuviera desactivando una bomba de tiempo.Dante permanecía de pie, una sombra imponente contra el ventanal que daba a los olivos. Elara, sentada frente a la pantalla principal, sentía el martilleo del pulso en su garganta. El documento suizo de Nicolás era la última cadena que los ataba al pasado.— Si la fiscalía accede al servidor de Ginebra antes de que yo termine la limpieza, la estructura sobre la que hemos estado trabajando colapsará — masculló Caelum, sin apartar la vista del computador — Nicolás era un imbécil, pero sus abogados eran genios del mal.Marco De Luca entró en la habitación con la parsimonia de quien ha visto imperios caer y levantarse. Lanzó una carpeta de cuero sobre la mesa. Elara reconoció el sello de la flor de lis, el archivo final de Vittoria que Enzo había custodi
El aire en Siena era puro, no sabía a asfalto quemado. Sabía a tierra húmeda, a romero silvestre y a una libertad que escocía en los pulmones por su pureza. Elara apoyó la frente contra el cristal del coche mientras avanzaban por el sendero flanqueado de cipreses.La Villa di Pietra se alzaba sobre la colina como un gigante de piedra ocre, bañada por un sol de tarde que parecía derretirse sobre los tejados de terracota. Era el final del camino. El silencio de la Toscana era tan absoluto que Elara podía escuchar el latido de su propio corazón, rítmico y por primera vez, despojado de pánico.Dante detuvo el vehículo frente a la escalinata principal. Se bajó y, con esa elegancia letal que ahora usaba para proteger su paz, rodeó el coche para abrirle la puerta a Elara. Sus manos se encontraron, la piel de él estaba cálida, un ancla sólida en este nuevo mundo de luz.— Hemos llegado, Elara — murmuró Dante. Su voz, siempre una vibración de mando, tenía ahora un matiz de asombro — Aquí el pa


















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