MasukMe di media vuelta, intentando huir de aquella vergonzosa situación.
—¿Anarela? La voz de Ramsés volvió a recorrer mi espalda. Me obligué a girarme lentamente. Su expresión no había cambiado. No parecía confundido, sino furioso. Sus ojos me recorrieron con una frialdad intimidante. —Sí —respondí, intentando mantener la calma. Ramsés frunció el ceño. —Así que eres tú... No supe qué decir. Había imaginado muchas veces cómo sería volver a encontrarlo, pero nunca pensé que ocurriría en una oficina, con él como jefe y yo como una simple empleada. —¿Se encuentra bien? —preguntó Bianca, observándonos con evidente desconcierto. —Estoy perfectamente —respondí antes de que Ramsés pudiera hacerlo. Él no apartó la mirada de mí. —¿Qué haces tú aquí? Su tono fue áspero, casi acusador. Parpadeé, desconcertada. —Trabajo aquí. —¿Desde cuándo? ¿Quién te contrató? ¿Cómo se te ocurre presentarte en ésta empresa? No comprendía su actitud ni el motivo de tantas preguntas. Había pasado tiempo desde aquella noche y, aunque su presencia me había tomado por sorpresa, jamás imaginé que me trataría como si hubiera cometido algún delito. —Soy la secretaria del señor Raúl Montreal. Ramsés soltó una breve risa carente de humor. —¿Secretaria? La forma en que pronunció aquella palabra me incomodó. Torcí los labios, incapaz de disimular mi molestia. —Si no necesita nada más, debo regresar a mi puesto. No esperé su respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia el ascensor. —Anarela. No me detuve. No quería seguir escuchándolo. Las puertas se abrieron y entré. Antes de que se cerraran, alcancé a ver su rostro por última vez. No entendía qué le ocurría. Y decidí que tampoco valía la pena averiguarlo. Tenía un trabajo que conservar y un hijo que mantener. No podía permitir que Ramsés volviera a alterar mi vida... Regresé al séptimo piso e intenté concentrarme en mis tareas. Raúl se encontraba en una reunión, así que aproveché para organizar algunos documentos y revisar su agenda. Sin embargo, mi mente no dejaba de regresar al décimo piso. A la forma en que Ramsés me había mirado, a su tono de voz y a la frialdad que había aparecido en sus ojos en cuanto comprendió quién era yo. Sacudí la cabeza, obligándome a concentrarme en mis deberes. No tenía por qué importarme lo que pensara de mí. Él no formaba parte de mi vida. Nunca lo había hecho realmente. —Anarela, ¿podrías traerme esos informes? Levanté la mirada. Estaba tan absorta en mis pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había regresado Raúl. Tenía la puerta de su oficina abierta y permanecía de pie junto a su escritorio. —Claro. Le entregué los documentos que necesitaba y regresé a mi puesto para continuar con mis tareas. Estaba revisando unos papeles cuando escuché unos pasos firmes que se aproximaban. Al levantar la mirada, me tensé en mi asiento. Ramsés entró en el área de recepción y pasó de largo, ignorándome por completo. Llamó a la puerta de Raúl para anunciar su llegada y, después de entrar, la cerró a sus espaldas con más fuerza de la necesaria. La oficina de mi jefe no estaba insonorizada y, aunque no fuera su intención, desde mi escritorio podía escuchar con bastante claridad todo lo que hablaban. Además, sus voces eran lo suficientemente elevadas como para que me resultara imposible ignorarlas. Por momentos, incluso, tuve la impresión de que hablaban así a propósito. Intenté concentrarme en mi computadora y fingir que no escuchaba nada, hasta que una frase me dejó completamente paralizada: —Despide a tu secretaria. Mis manos se quedaron inmóviles sobre el teclado. ¿Despedirme? —¿Qué estás diciendo? —preguntó Raúl entre risas, como si creyera que se trataba de una broma. —Te conseguiré otra. —¿Has perdido la cabeza? Me encanta cómo Anarela hace su trabajo. —Mmm... ¿Te encanta? ¿Ya la tuteas? No supe por qué, pero percibí una insinuación desagradable en su tono. Como si aquellas palabras escondieran una acusación que no se atrevía a formular directamente. —Ana es eficiente, responsable y muy puntual —replicó Raúl, perdiendo poco a poco la paciencia. —Estoy hablando en serio. Despídela. Ahora. —No tienes ningún motivo para pedirme algo así. —No necesito motivos. Soy el accionista mayoritario. Sus palabras me revolvieron el estómago. Sentí que el corazón me daba un vuelco. —Claro que necesitas un motivo. Además, Ana ya superó su período de prueba. Me quedé mirando la puerta de la oficina. Quería entrar y defenderme. Quería plantarme frente a Ramsés y preguntarle por qué intentaba destruir mi única oportunidad de salir adelante. Pero sabía que no podía hacerlo. Si entraba en ese momento, solo empeoraría las cosas. —No voy a despedirla solo porque te haya caído mal —continuó Raúl, esta vez con un tono mucho más serio—. Y te recuerdo que yo también soy accionista de esta empresa. —Está bien. Entonces, mantén los ojos bien abiertos y no te confíes de ella. —¿Qué se supone que significa eso? —Lo que oíste. No bajes la guardia. —¿Qué te pasa, Ramsés? Estás actuando de una manera muy extraña. Yo me hacía exactamente la misma pregunta. ¿Qué le pasaba a ese hombre? Se produjo un breve silencio al otro lado de la puerta. —Haz lo que te estoy diciendo —respondió Ramsés con una frialdad que me erizó la piel—. Después no digas que no te lo advertí. Escuché el chirrido de una silla al desplazarse. Unos segundos después, la puerta se abrió. Ramsés salió de la oficina y yo fingí estar concentrada en los documentos que tenía delante, aunque podía sentir su presencia acercándose. Se detuvo junto a mi escritorio. Levanté la mirada. Sus ojos eran dos glaciares. No quedaba en ellos ni rastro del hombre que me había sostenido minutos antes, cuando estuve a punto de caer, y mucho menos del desconocido con quien había compartido aquella noche en el hotel. Frente a mí solo había un hombre cuya frialdad me resultaba tan desconcertante como dolorosa. No entendía por qué me trataba de aquella manera ni qué pretendía conseguir con su comportamiento. ¿Por qué le pedía a mi jefe que desconfiara de mí? ¿Qué había hecho yo para merecer semejante desprecio? Nada. No le había hecho absolutamente nada. Ramsés sostuvo mi mirada durante unos segundos, como si quisiera dejarme claro que aquello no había terminado. Después, se marchó sin pronunciar una sola palabra. Lo observé alejarse por el pasillo, sintiendo cómo se me oprimía el pecho. No podía creerlo. Había regresado a mi vida después de tanto tiempo y, por alguna razón, parecía decidido a borrarme de ella a cualquier precio... Como si mi sola presencia fuera una ofensa que no estaba dispuesto a tolerar.El trayecto hasta el hotel fue otra experiencia inolvidable. No podía dejar de mirar por la ventanilla. Sin poder creer que hacía solo unos meses estaba limpiando baños ajenos y ahora me encontraba allí, en Japón. Sentada en un vehículo que me llevaba hacia uno de los proyectos tecnológicos más interesantes de mi vida, aunque fuera en calidad de secretaria. No era exactamente como lo había imaginado, pero tampoco podía negar que me sentía feliz. —¿Siempre miras todo con tanta atención? —preguntó Raúl desde el asiento de al lado. Me volví hacia él. —¿Cómo? —Los edificios. Las calles. Las estructuras. Llevas todo el camino observándolos como si estuvieras estudiando. Me encogí de hombros. —Es una costumbre. Me gusta la arquitectura. —Lo sé. Lo ví en los documentos que preparaste. Tienes buenas observaciones. —Gracias —murmuré. —No tienes que agradecerme por decir la verdad. Antes de que pudiera contestar, Ramsés intervino desde el asiento delantero. —Espero que también ob
—Mami, ¿por qué tienes esa cara?Bajé la mirada y encontré a Randall observándome con sus enormes ojos curiosos.—¿Qué cara, mi amor?—Esa —respondió, señalándome la frente—. Tienes muchas rayitas aquí.No pude evitar sonreír.—¿Ah, sí? ¿Y sabes por qué?Randall negó con la cabeza.—Porque estoy pensando en muchas cosas.—¿En cosas buenas?Me senté a su lado y le acomodé un mechón de cabello que le caía sobre la frente.—En algunas buenas y en otras no tanto.Mi pequeño guardó silencio unos segundos, como si estuviera reflexionando sobre aquella respuesta.—Cuando yo pienso en cosas que me ponen triste, la tía Samy me da chocolate.—¿El chocolate te hace sentir mejor?—Sí, siempre.—¡Ah, con que esas tenemos! Ahora entiendo por qué te gusta tanto quedarte con ella.Randall rio y se acurrucó contra mi brazo.Aquella escena me hizo sentir una mezcla de ternura y tristeza. Dentro de unas horas tendría que dejarlo para viajar a otro continente. Aunque sabía que estaría bien con Samantha,
ANARELA El lunes comenzó con una taza de café que se había enfriado por culpa de tres informes pendientes y una lista interminable de tareas que, por alguna razón, parecían multiplicarse. A veces me preguntaba si realmente trabajaba como secretaria o si, en realidad, me habían contratado para resolver todos los problemas que los demás no querían atender... Estaba terminando de organizar una carpeta cuando Raúl apareció frente a mi escritorio. —Buenos días. Levanté la cabeza. —Buenos días, señor. ¿Necesita algo? —¿Tienes unos minutos? Su tono me hizo dejar el bolígrafo sobre la mesa. —Por supuesto. Se apoyó ligeramente en el borde de mi escritorio y miró los documentos. —¿Cómo vas con los informes? —Estoy terminando los de la semana pasada. Después debo organizar los contratos de los proveedores. Raúl se incorporó y cruzó los brazos. —Bueno, vine a informarte que esta semana tenemos que viajar a Japón. Parpadeé. —Ramsés, Víctor y yo debemos visitar las instalaciones don
RAMSÉS. *Sonido de vasos chocando* —Salud —decimos al unísono. —Te juro que, si vuelves a mirar el teléfono, voy a quitártelo y a lanzarlo por la ventana —amenazó Víctor, señalándome con su vaso de whisky. Levanté la mirada de la pantalla y bloqueé el teléfono. —¿Puedes dejar de pensar en el trabajo por un momento? —intervino Raúl. Los observé a ambos con expresión aburrida. —¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté. —Por supuesto —respondió Víctor con una sonrisa sospechosa—. Hablemos de tu inexistente vida amorosa y de cómo te refugias en el trabajo para no admitir que estás solo. Raúl soltó una carcajada. —Tiene razón. A este paso, la única mujer que vas a tener cerca será Bianca. Negué con la cabeza, con una leve sonrisa. Aquello era precisamente lo que necesitaba: una noche tranquila, unas copas y sus bromas estúpidas. Y de la nada, su nombre apareció en mi mente como una provocación. «Anarela». Apreté la mandíbula y bebí un sorbo de whisky. —¿Qué te
La comida llegó unos minutos después. Randall comenzó a comer con entusiasmo, aunque de vez en cuando interrumpía su almuerzo para contarle a Ramsés alguna historia de la guardería. —Hoy pintamos un árbol —explicó, levantando su tenedor—. Pero no me quedó bien. —¿Por qué dices eso? —Me salí de las líneas. Ramsés se encogió de hombros. —¿Y quién dijo que todos los árboles tienen que verse iguales?, de vez en cuando es bueno salirse de las líneas. Randall lo miró con curiosidad. —¿No tienen que ser iguales? —Claro que no. Los árboles tienen que ser asimétricos, diferentes. Si todos fueran iguales, el mundo sería bastante aburrido. Mi hijo sonrió. —Entonces mi árbol está bonito. —Estoy seguro de que sí. Me mordí el interior de la mejilla. —¿Y tú qué haces en tu trabajo? —preguntó Randall. Ramsés dejó los cubiertos sobre el plato. —Diseño edificios. —¿De juguete? —No exactamente Randall abrió los ojos. —¿Edificios de verdad? Ramsés asintió y mi hi
Era miércoles por la mañana y habían pasado días desde aquel beso que me hacía temblar el estómago cada vez que lo recordaba. Y, curiosamente, desde aquel sábado Ramsés no había vuelto a molestarme. Ni una llamada, ni una montaña de documentos que no me correspondían, ni una de sus desagradables observaciones sobre mi capacidad para hacer mi trabajo. Nada. Al principio, pensé que se trataba de una trampa. Quizá estaba esperando el momento oportuno para hacerme pagar por haberle plantado cara en su propia casa. Sin embargo, los días transcurrieron sin incidentes. No sabía si sentirme aliviada o preocupada. —Esto es demasiado extraño —murmuré mientras organizaba unos documentos en mi escritorio. Suspiré. Quizá Ramsés finalmente había decidido dejarme en paz. Tal vez el beso había sido un error que él también prefería olvidar. Después de todo, me había pedido que me marchara, y antes de irme yo le había dejado claro que no volvería a acercarme a él si no era estrictamente







