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Capítulo 3

Penulis: Cher
Un dolor repentino y violento me atravesó el corazón. El vínculo de pareja me desgarraba por dentro y aullaba exigiendo respuestas. Mi cara se puso pálida y el cuerpo se me tambaleó sin que pudiera controlarlo.

—¡Kath! —Derek me atrapó; el pánico inundó su cara—. ¿Qué tienes?

Los invitados que estaban cerca voltearon a vernos con preocupación.

—Yo... —Me agarré el pecho, respirando con dificultad—. Estoy bien...

—¡Te voy a llevar al hospital! —Le temblaba la voz.

—No. —Me estabilicé con esfuerzo—. A lo mejor es... la energía de la piedra lunar. Me está abrumando.

—¿La piedra lunar?

—Sí. —Respiré hondo—. Su poder es demasiado fuerte. Mi cuerpo necesita tiempo para acostumbrarse.

Derek dudó, pero luego me acercó a él.

—Vamos a casa. Si te sigues sintiendo mal, nos vamos al hospital.

Vi su expresión de angustia y casi me da risa. Qué buen actor era. Asentí con debilidad.

Ya en el auto, me recargué en el asiento con los ojos cerrados. El dije de la gema ardía bajo mi ropa, suprimiendo desesperadamente la furiosa reacción del vínculo de pareja.

—Derek —dije.

—¿Mmm?

—Alguna vez escuché una vieja leyenda.

—¿Cuál leyenda? —Me tomó la mano.

—Que a los Alfas que traicionan a sus compañeras, la Diosa de la Luna les quita su poder.

La mano de Derek se tensó sobre la mía. Se quedó callado por varios segundos. Un momento después, se rio.

—Entonces no corro ningún peligro.

Se inclinó hacia mí, mirándome seriamente a los ojos.

—Katherine, te juro que nunca te voy a traicionar. Eres lo más valioso de mi vida. —Me besó en la frente—. ¿Cómo podría traicionarte?

Cerré los ojos y dejé que sus mentiras me bañaran. Si no supiera la verdad, probablemente estaría conmovida hasta las lágrimas. A mitad de camino, sonó el celular privado de Derek. Solo el grupo interno de la manada y sus contactos más cercanos tenían ese número.

Vio quién llamaba y su expresión cambió.

—Detén el auto —le dijo a nuestro chofer, David Knight.

El auto se orilló. Derek volteó a verme con cara de disculpa.

—Kath, hay una emergencia en la frontera.

—¿Qué emergencia?

—Una invasión de una manada rival. Tengo que ir para allá. —Sonaba ansioso—. Ve a casa y descansa. Regreso en cuanto arregle esto.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, la frontera es peligrosa. —Derek abrió la puerta del auto—. Descansa. Espera a que regrese.

Me bajé del auto y él rápidamente me paró un taxi. Luego vi cómo su auto desaparecía en la noche.

—¿A dónde...? —preguntó el taxista.

—Siga a ese auto. —Lo interrumpí.

—Pero acaba de...

—Que lo siga.

El chofer dudó un segundo y luego pisó el acelerador. Seguimos el auto de Derek a distancia. No iba hacia la frontera. Al contrario, manejó hacia el otro extremo de la ciudad.

El auto entró a un aeródromo privado.

—Disculpe, pero aquí es... —El chofer sonaba sorprendido.

—Deténgase aquí.

Me bajé y me escondí en las sombras del estacionamiento. La figura de Derek apareció en la pista. Fue entonces cuando la vi.

Su cabello rubio se agitaba con el viento nocturno y tenía un cuerpo que llamaba la atención. Llevaba un uniforme ajustado de azafata, con la falda lo suficientemente corta para lucir sus piernas largas y delgadas. Sus tacones resonaban con fuerza contra el pavimento.

Era la hembra de la transmisión en vivo, Sheila Thorne. Corrió hacia Derek con una sonrisa y se le echó a los brazos. Él no la apartó.

La rodeó por la cintura y la besó. Bajo la luz de la luna, las dos figuras se abrazaron con fuerza. Luego caminaron juntos hacia el jet privado, subieron y entraron a la cabina.

Las luces de la cabina se encendieron. A través de la ventanilla, vi dos siluetas enredadas.

Sus cuerpos se entrelazaban. Las manos de ella le subieron por el cuello y él la presionó contra el panel de control. Me di la vuelta y regresé a tropezones al taxi.

—¿Está bien? —El chofer me miró por el espejo retrovisor.

No contesté.

—Pues, ¿qué le puedo decir? —El chofer suspiró—. Los ricos son todos iguales. Tienen una en la casa, pero mantienen a otra afuera. Usted solo... solo resista, ya se le pasará. Hacer un escándalo por estas cosas no vale la pena.

Apreté el dije de la gema contra mi pecho. Se sentía helado, igual que mi corazón en ese momento.

—No. —Mi voz salió ronca, pero firme—. Esto no se lo perdono.
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