FAZER LOGINMi cachorra siempre detestó el frío. Por eso me desconcertó tanto que, de un día para otro, empezara a insistir en que pasáramos unas vacaciones en los Territorios del Norte. Al principio lo tomé como un simple capricho y me negué. Nunca imaginé que llegaría al extremo de meterse en una bañera con hielo durante dos días seguidos, solo para demostrarme que no le asustaban las bajas temperaturas. Terminé cediendo y la llevé conmigo. Cassian, mi compañero, se quedó en casa con la excusa de gestionar los asuntos de la manada. El clima allí era severo. En unos pocos días, la cachorra empezó a mostrar síntomas de resfriado, tosiendo hasta quedarse casi sin aliento. No estaba dispuesta a arriesgar su salud, así que tomé la firme decisión de volver a casa de inmediato. Sin embargo, hizo un berrinche incontrolable. En ese momento, llegué a pensar que le fascinaba tanto la nieve que, simplemente, no soportaba la idea de marcharse. Eso creía, hasta que, por accidente, la descubrí hablando a escondidas con Cassian por videollamada. —¡Papi, fui muy lista! —exclamó a la pantalla con entusiasmo—. Todos los días aquí en el Norte le pongo el bloqueador de enlace en el agua a mami. ¡Así jamás se enterará de lo que tienen la tía Kayla y tú! Además, es insoportable. Ojalá la tía Kayla fuera mi mamá. El aire me faltó en los pulmones al escuchar semejante traición a través del altavoz. Apreté con fuerza el pequeño frasco que había encontrado al revisar la mochila de mi cachorra: el bloqueador de enlace. Una droga diseñada específicamente para adormecer nuestro vínculo a la distancia. Perfecto. Si tanto adoraban a Kayla, podían quedarse con ella. Yo misma les daría mi bendición. Pero entonces, después de hacerme a un lado y entregarles exactamente lo que querían... ¿por qué los tres terminaron arrastrándose de rodillas para suplicar mi perdón?
Ver maisLa aparté de un solo empujón. Cayó sentada sobre el asfalto, parpadeando hacia mí, completamente atónita. Nunca esperó que yo, la madre que la consintió durante toda su vida, la apartara con semejante dureza. Hasta se olvidó de llorar; se quedó inmovilizada en el suelo, mirándome. Cassian fue el primero en reaccionar. Dio un paso al frente y me tomó de la mano.—Eva, ¿qué ocurre? ¿Pasó algo hoy? —preguntó, desconcertado.No le respondí. Me limité a verlo sin mostrarle nada del fuego que ardía en mi pecho. Kayla se apresuró a levantar a Dora del suelo y se volvió hacia mí para regañarme, asumiendo un papel que no le correspondía.—¡Eva! ¡¿Cómo pudiste tratar así a una cachorra?! —reclamó, fingiendo indignación—. Sea cual sea tu problema, no te desquites con ella. ¡Ese no es el comportamiento de una madre! Con razón la cachorra no quiere estar cerca de ti.Sus palabras bastaron para que Cassian frunciera el ceño y me soltara la mano.—¡Kayla tiene razón! —me reprochó él, alzando la
Una vez asegurada mi posición y reorganizada la cadena de mando de la manada, ordené desmantelar las oficinas de Cassian y Kayla hasta que no quedara más que la pintura de las paredes. El lugar entero apestaba al perfume de la secretaria: una fragancia penetrante y dulzona que ya me tenía harta. Fruncí el ceño para contener la náusea y comencé a tirar sus pertenencias a la basura, una por una.Al pararme en medio del despacho de mi marido, el asco se intensificó. Resultaba imposible imaginar que pudiera llevar una doble vida con tanta naturalidad. Perfeccionó la farsa de esposo devoto para mantenerme tranquila, mientras le reservaba el papel de amante entregado a otra hembra. La fotografía enmarcada sobre su escritorio ya no era un retrato nuestro, sino una imagen de él abrazando a Kayla. Encontré nuestra foto, la que debía ocupar ese lugar de respeto, tirada boca abajo en la papelera de la oficina de al lado.Arranqué de cuajo la cerradura del cajón inferior de su escritorio y me to
Respiré hondo y paseé la mirada, escrutando los rostros de todos y cada uno de los presentes.—Cassian me traicionó —anuncié, dejando que las palabras cayeran con peso en el silencio—. En cuanto al otro aroma impregnado en esa tela... me parece evidente que todos aquí saben con exactitud a quién le pertenece.La tensión en la sala se volvió asfixiante. Varios de los Ancianos palidecieron y esquivaron mis ojos al instante, delatándose a sí mismos. Ese simple gesto de cobardía me dio la respuesta: un grupo de ellos, o tal vez la mayoría, estaba al tanto de la aventura de Cassian y Kayla. Y nadie tuvo el valor de decírmelo. Esa era la manada que yo misma había forjado, la misma por la que derramé mi sangre en el campo de batalla, y ahora me daba cuenta de que estaba repleta de cómplices.La indignación hizo que la presión de mi aura se intensificara, sofocando el aire a nuestro alrededor hasta obligarlos a hundirse un poco más en sus sillas.—¿Desde hace cuánto tiempo? —exigí saber.
A la mañana siguiente, Cassian se acercó a mí con una ternura que ya no encajaba entre nosotros. Quizá era la culpa por haberme fallado de esa forma, o el nerviosismo típico de un macho que acababa de ser descubierto. Fuera lo que fuese, actuaba como el Alfa con el que había completado el vínculo hace cinco años, mostrando un nivel de afecto que yo no sentía desde el nacimiento de Dora. Se paró detrás de mí frente al espejo y comenzó a cepillar mi cabello con cuidado, sin prisa, antes de depositar un beso dulce cerca de la comisura de mis labios.—Eva... estos últimos días con Dora deben haberte agotado —murmuró, con la voz baja y cálida.Miré el reflejo de la hembra que me devolvía la mirada en el espejo. Ya no quedaba calidez en sus ojos, solo un vacío insondable. Asentí y aparté sus manos de mi cuerpo. La acción lo tomó por sorpresa. Hubo un tiempo en que nada me gustaba más que sentir su cepillo en mi cabello o recibir el cariño de sus besos. Al alzar la vista, noté la confusión
Alguien en el centro de sanación debió avisarle a Cassian sobre mi abrupta salida. En lugar de demorarse, trajo a Dora directo a la casa principal. En el instante en que ella cruzó el umbral y me vio, corrió para lanzarse a mis brazos, frotando su mejilla contra la mía con el mismo gesto de apego qu
Salí de la habitación del centro de sanación con paso firme. Ya no estaba enojada, pues en mi interior reinaba una calma que adormecía todos mis sentidos. Caminé sin rumbo fijo hasta detenerme bajo la sombra del inmenso árbol que custodiaba el exterior. Era el mismo tronco bajo el cual, años atrás,
Debido al resfriado de Dora, no tuve más remedio que regresar al territorio de la manada antes de tiempo.Cuando nos acercábamos a la frontera, la cachorra tenía el rostro enrojecido por la fiebre y tosía contra mi pecho hasta quedarse casi sin aliento. Apenas cruzamos los límites de nuestras tierr












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