LOGINLa aparté de un solo empujón. Cayó sentada sobre el asfalto, parpadeando hacia mí, completamente atónita. Nunca esperó que yo, la madre que la consintió durante toda su vida, la apartara con semejante dureza. Hasta se olvidó de llorar; se quedó inmovilizada en el suelo, mirándome. Cassian fue el primero en reaccionar. Dio un paso al frente y me tomó de la mano.—Eva, ¿qué ocurre? ¿Pasó algo hoy? —preguntó, desconcertado.No le respondí. Me limité a verlo sin mostrarle nada del fuego que ardía en mi pecho. Kayla se apresuró a levantar a Dora del suelo y se volvió hacia mí para regañarme, asumiendo un papel que no le correspondía.—¡Eva! ¡¿Cómo pudiste tratar así a una cachorra?! —reclamó, fingiendo indignación—. Sea cual sea tu problema, no te desquites con ella. ¡Ese no es el comportamiento de una madre! Con razón la cachorra no quiere estar cerca de ti.Sus palabras bastaron para que Cassian frunciera el ceño y me soltara la mano.—¡Kayla tiene razón! —me reprochó él, alzando la
Una vez asegurada mi posición y reorganizada la cadena de mando de la manada, ordené desmantelar las oficinas de Cassian y Kayla hasta que no quedara más que la pintura de las paredes. El lugar entero apestaba al perfume de la secretaria: una fragancia penetrante y dulzona que ya me tenía harta. Fruncí el ceño para contener la náusea y comencé a tirar sus pertenencias a la basura, una por una.Al pararme en medio del despacho de mi marido, el asco se intensificó. Resultaba imposible imaginar que pudiera llevar una doble vida con tanta naturalidad. Perfeccionó la farsa de esposo devoto para mantenerme tranquila, mientras le reservaba el papel de amante entregado a otra hembra. La fotografía enmarcada sobre su escritorio ya no era un retrato nuestro, sino una imagen de él abrazando a Kayla. Encontré nuestra foto, la que debía ocupar ese lugar de respeto, tirada boca abajo en la papelera de la oficina de al lado.Arranqué de cuajo la cerradura del cajón inferior de su escritorio y me to
Respiré hondo y paseé la mirada, escrutando los rostros de todos y cada uno de los presentes.—Cassian me traicionó —anuncié, dejando que las palabras cayeran con peso en el silencio—. En cuanto al otro aroma impregnado en esa tela... me parece evidente que todos aquí saben con exactitud a quién le pertenece.La tensión en la sala se volvió asfixiante. Varios de los Ancianos palidecieron y esquivaron mis ojos al instante, delatándose a sí mismos. Ese simple gesto de cobardía me dio la respuesta: un grupo de ellos, o tal vez la mayoría, estaba al tanto de la aventura de Cassian y Kayla. Y nadie tuvo el valor de decírmelo. Esa era la manada que yo misma había forjado, la misma por la que derramé mi sangre en el campo de batalla, y ahora me daba cuenta de que estaba repleta de cómplices.La indignación hizo que la presión de mi aura se intensificara, sofocando el aire a nuestro alrededor hasta obligarlos a hundirse un poco más en sus sillas.—¿Desde hace cuánto tiempo? —exigí saber.
A la mañana siguiente, Cassian se acercó a mí con una ternura que ya no encajaba entre nosotros. Quizá era la culpa por haberme fallado de esa forma, o el nerviosismo típico de un macho que acababa de ser descubierto. Fuera lo que fuese, actuaba como el Alfa con el que había completado el vínculo hace cinco años, mostrando un nivel de afecto que yo no sentía desde el nacimiento de Dora. Se paró detrás de mí frente al espejo y comenzó a cepillar mi cabello con cuidado, sin prisa, antes de depositar un beso dulce cerca de la comisura de mis labios.—Eva... estos últimos días con Dora deben haberte agotado —murmuró, con la voz baja y cálida.Miré el reflejo de la hembra que me devolvía la mirada en el espejo. Ya no quedaba calidez en sus ojos, solo un vacío insondable. Asentí y aparté sus manos de mi cuerpo. La acción lo tomó por sorpresa. Hubo un tiempo en que nada me gustaba más que sentir su cepillo en mi cabello o recibir el cariño de sus besos. Al alzar la vista, noté la confusión
Alguien en el centro de sanación debió avisarle a Cassian sobre mi abrupta salida. En lugar de demorarse, trajo a Dora directo a la casa principal. En el instante en que ella cruzó el umbral y me vio, corrió para lanzarse a mis brazos, frotando su mejilla contra la mía con el mismo gesto de apego que me dedicó mil veces en el pasado.Cassian, sin embargo, se quedó un paso atrás. Su postura era tensa y una incomodidad le endurecía los hombros mientras forzaba una sonrisa.—Eva, no debí hablarte con ese tono hace un rato —se disculpó, rompiendo el silencio—. Que Dora se enfermara... también es responsabilidad mía. Fui yo quien aceptó dejarla ir al Norte, para empezar.Asentí despacio, sin emitir una sola palabra. Luego aparté a Dora de mi pecho y la bajé al suelo con suavidad. Mis rasgos se mantuvieron completamente inexpresivos. Dora me miró desde abajo con desconcierto y tristeza en los ojos. Hasta ese momento, nunca había sido distante con ella, ni una sola vez en toda su vida. Esa
Salí de la habitación del centro de sanación con paso firme. Ya no estaba enojada, pues en mi interior reinaba una calma que adormecía todos mis sentidos. Caminé sin rumbo fijo hasta detenerme bajo la sombra del inmenso árbol que custodiaba el exterior. Era el mismo tronco bajo el cual, años atrás, había aceptado convertirme en la compañera de Cassian.Todo había comenzado hace cinco años, cuando el clima se volvió inclemente. Las manadas se dividieron bajo la presión de la catástrofe y el mundo entero de los lobos terminó haciéndose pedazos debido a la escasez de recursos. Fue en medio de ese caos donde salvé a Cassian de una muerte segura.Al principio, no tenía la menor intención de ayudarlo. En la manada donde crecí, los débiles siempre eran sacrificados para garantizar la supervivencia del resto. Así funcionaba la naturaleza. Sin embargo, la terquedad que demostró al aferrarse a la vida terminó por quebrantar mis reglas. Lo acogí y, desde que recuperó las fuerzas, asumió el rol
Debido al resfriado de Dora, no tuve más remedio que regresar al territorio de la manada antes de tiempo.Cuando nos acercábamos a la frontera, la cachorra tenía el rostro enrojecido por la fiebre y tosía contra mi pecho hasta quedarse casi sin aliento. Apenas cruzamos los límites de nuestras tierr







