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Capítulo 4

Author: Circle Master
A la mañana siguiente, Cassian se acercó a mí con una ternura que ya no encajaba entre nosotros. Quizá era la culpa por haberme fallado de esa forma, o el nerviosismo típico de un macho que acababa de ser descubierto. Fuera lo que fuese, actuaba como el Alfa con el que había completado el vínculo hace cinco años, mostrando un nivel de afecto que yo no sentía desde el nacimiento de Dora. Se paró detrás de mí frente al espejo y comenzó a cepillar mi cabello con cuidado, sin prisa, antes de depositar un beso dulce cerca de la comisura de mis labios.

—Eva... estos últimos días con Dora deben haberte agotado —murmuró, con la voz baja y cálida.

Miré el reflejo de la hembra que me devolvía la mirada en el espejo. Ya no quedaba calidez en sus ojos, solo un vacío insondable. Asentí y aparté sus manos de mi cuerpo. La acción lo tomó por sorpresa. Hubo un tiempo en que nada me gustaba más que sentir su cepillo en mi cabello o recibir el cariño de sus besos. Al alzar la vista, noté la confusión y un fugaz destello de dolor en su rostro.

Sin embargo, esa vulnerabilidad desapareció tan rápido como la vi. Una sonrisa devota le transformó las facciones. Después pasó un brazo alrededor de mi cintura y tiró de mí para obligarme a sentarme sobre su regazo.

—¿Sigues molesta por cómo olía anoche? —preguntó, bajando el tono hasta volverlo tan suave como el terciopelo. Al no obtener respuesta, su sonrisa se ensanchó aún más—. Vamos, huéleme ahora. Ya no tengo nada impregnado, ¿verdad? No te enojes. Te llevaré a pasear y te compraré ese collar de rubíes que tanto querías. El que te encanta.

Hundió el rostro en la curva de mi cuello, frotándose contra mi piel en un intento obvio de buscar consuelo. Esa era la manera ridícula de Cassian de hacer las paces conmigo.

No reaccioné a su contacto. Me levanté, caminé hacia la ventana y bajé la vista hacia el jardín. Kayla ya estaba ahí.

La observé levantar a Dora en brazos con la soltura de quien lo ha hecho cientos de veces. La forma en que le palmeaba la espalda a mi cachorra resultaba tan natural e hipócrita que verlo me provocó un ligero mareo. Al descubrirme en la ventana, Kayla alzó el rostro y me llamó con una voz clara. El tono de su alegría bien actuada me molestó.

—¡Cuánto tiempo sin verte, Eva! —saludó.

Dora, recostada sobre el hombro de esa loba, me sostuvo la mirada y me sacó la lengua a modo de desafío.

Su gesto me cortó la respiración.

Desde el día en que nació, Dora había odiado que cualquier otra hembra la cargara. Una vez le pregunté el motivo y me respondió que esa clase de afecto era para lobos débiles. Me aseguró que ella quería ser fuerte, igual que yo. En aquel entonces, el orgullo me desbordó. Llegué a pensar que esa cachorra sería la heredera perfecta que nuestra manada merecía, capaz de llevarnos a alturas que yo nunca alcanzaría.

Ahora entendía la cruda verdad: en realidad, le asqueaba mi contacto. Nunca fui su refugio. Ni por asomo fui su hogar.

Kayla se percató de mi silencio y el triunfo se le marcó en la cara. Apretó la mejilla de Dora con suavidad y elevó el volumen de su voz para asegurarse de montar un buen espectáculo.

—La tía y papi están muy ocupados hoy. ¿Por qué no dejas que mami juegue contigo un rato? —sugirió.

Como si recibiera una señal, Dora estalló en un llanto histérico.

—¡No! ¡No! ¡Tía Kayla, yo te quiero a ti! —berreó, aferrándose al cuello de la secretaria.

Me quedé inmovilizada frente a la ventana. Un ardor intenso me subió a los ojos, pero me obligué a tragar saliva y contuve las lágrimas. En mi interior, la loba aulló herida por el rechazo.

¿Qué error imperdonable cometí para que mi propia sangre me repudiara de esa manera? Era la cachorra que casi me arrancó la vida en el parto, la pequeña loba a la que protegí en la palma de mi mano.

Mientras yo intentaba asimilar el zarpazo de su traición, Cassian bajó al jardín a toda prisa, tomó a Dora en brazos y comenzó a consolarla.

—Está bien, tranquila. La tía Kayla jugará contigo. Ya no llores más —le prometió en voz baja, palmeándole la espalda.

Las lágrimas de Dora cesaron por arte de magia y soltó una risita cómplice. Un segundo después, se retorció para escapar del agarre de su padre, saltó de regreso a los brazos de Kayla y frotó la cabeza contra el pecho de esa hembra. Kayla empezó a reír, encantada. Cassian se quedó junto a ellas, observando la escena con una expresión cargada de ternura y complacencia.

Los miré a los tres desde lo alto. Ellos eran la verdadera familia. Yo sobraba en esa escena.

—El tiempo se nos acaba, la reunión está por empezar —advirtió Cassian, alzando el rostro hacia mí con una patética expresión de disculpa.

Kayla, aún con Dora en brazos, levantó la barbilla en mi dirección.

—Ya nos vamos, Eva. Es un asunto importante y vamos tarde. No nos esperes despierta —aclaró ella.

Me tragué la amargura que amenazaba con asfixiarme y forcé una sonrisa tensa en los labios. Sería la última vez que cualquiera de esos tres recibiría un gesto amable de mi parte. Él pisoteó nuestro vínculo y mi cachorra eligió darle la espalda a su verdadera madre. Mi relación con ambos estaba muerta.

Esperé a que salieran de la casa principal y los seguí de cerca.

No existía ninguna junta del Consejo. Por supuesto que no. La famosa reunión era solo una burda excusa para alejarse de mí. En el segundo en que se creyeron fuera de mi vista, el brazo de Cassian se deslizó de forma posesiva alrededor de la cintura de Kayla, y él rio con ganas contra su cabello.

Los vi entrar a la joyería más exclusiva de la ciudad. Cassian le compró una tiara de rubíes, la pieza más costosa de toda la exhibición. Para coronar la escena, fue la misma Dora quien estiró los bracitos y le colocó la joya en la cabeza a la loba. Al finalizar la transacción, el empleado de la tienda le entregó una pequeña caja de regalo que venía con la compra. Cassian echó un vistazo rápido a su interior: un collar de rubíes.

El mismo collar que me prometió esa mañana para apaciguarme. Y no era más que un artículo gratuito. Un simple obsequio promocional de relleno.

Tuve que tensar los músculos al máximo para detener el temblor de mis manos y acallar el gruñido salvaje de mi loba, cerrando los puños hasta arrugar la tela de mi abrigo. Cuando por fin logré estabilizar el pulso, di media vuelta y regresé a la mansión antes de que me descubrieran.

Una vez allí, me dirigí directo a la sala del Consejo, saqué el teléfono y convoqué a todos los miembros veteranos y a los Ancianos de la manada con carácter de urgencia.

Si Cassian no pensaba asistir a la reunión, yo misma la presidiría por él.

Me instalé en la cabecera de la mesa. Los Ancianos no tardaron en aparecer, atravesando las puertas apresurados, confundidos y con un evidente rastro de temor en el rostro. Al chocar contra la densidad de mi aura, todos y cada uno de ellos bajaron la cabeza en señal de sumisión.

Bien. Quedaba claro que mi autoridad sobre la manada seguía intacta. Cassian era el único imbécil que lo olvidó.

—Eva, ¿qué ocurre? ¿Qué es tan urgente? —preguntó uno de los ancianos.

Antes de que alguien más pudiera abrir la boca, saqué la bolsa hermética, rompí el sello y la arrojé en el centro de la mesa de roble. La lencería quedó a la vista de todos y el hedor rancio del apareamiento impregnó cada rincón de la sala.

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