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Capítulo 2

Author: Cocojam
En mis sueños, regresé al momento en que Jaxon y yo nos convertimos en compañeros.

En un banquete de la Alianza, él peleó con furia contra el Consejo por los derechos de nuestra manada. Muchas lobas suspiraban por él, yo incluida. En ese instante, mi loba supo que él era nuestro compañero destinado.

Luché con garras y colmillos para unirme a su manada, para demostrar que yo era una guerrera digna de estar a su lado.

Tiempo después, tras ganar la fusión de un territorio minero, lo invité a cenar. Noté un cambio en sus ojos. Su mirada hacia mí era distinta. Aproveché la oportunidad y lo perseguí sin descanso.

Nuestros lobos confirmaron sus sentimientos durante nuestras caminatas bajo la luz de la luna. Al fin, mi deseo se hizo realidad. Me marcó y completamos el vínculo.

Creí que era el inicio de nuestro felices para siempre, pero solo era el comienzo de mi peor pesadilla.

Después de la marca, se volvió más frío. Cada vez que teníamos una cita, estaba ocupado con los deberes de la manada o lidiando con supuestas «emergencias».

Jamás dudé de él, hasta el día de nuestra Ceremonia de Emparejamiento.

Hattie acribilló mi teléfono con mensajes arrogantes, alardeando de cómo Jaxon siempre estaba ahí para olerle el culo. Yo sabía que Hattie era la hermana menor de su difunto Beta. Me repetía una y otra vez que él jamás cruzaría esa línea. Pero cada vez que me dejaba plantada por una llamada de ella, mi corazón se encogía de dolor.

Lo más triste era que yo ni siquiera tenía las agallas para confrontarlo. El pánico a que me abandonara me paralizaba.

En mi vida pasada, cuando Hattie murió, él se mostró tan sereno que llegué a pensar que al fin me había ganado su corazón. Por mi bien y el del cachorro, recorrió las casas de subastas por todo el continente en busca de hierbas raras, solo para estabilizar a mi loba y mantenerme a salvo.

Esa avalancha repentina de afecto se me subió a la cabeza. Perdí mi capacidad de pensar con claridad.

No fue hasta que sostuve a nuestro cachorro moribundo y sentí su daga en mi corazón que al fin lo entendí. Mientras más me amaba, mientras más deseaba a ese cachorro, más lo destrozaba su moral al decidir que yo era una asesina.

Al final, lo único que quedó fue su venganza.

Yo solía caer en la desesperación, pensando que Hattie era la única loba que de verdad le importaba.

Cuando desperté, creí estar en una cama del Centro de Sanación de la manada. Pero el rostro que me observaba junto a mí no era el de Jaxon. Era el de un completo desconocido.

—Luna, ¿despertaste? Soy Liam, un novato en el escuadrón de rescate de la Alianza —se presentó el lobo con un tono amable—. Escuché que hubo un choque. Pasé por ahí y te vi tirada en un charco de sangre, sola, así que te traje al Centro de Sanación de la Alianza. ¿Cómo te sientes?

Luché por mover mis extremidades rígidas. Pero en el instante en que mis manos rozaron mi vientre plano, me quedé helada.

—Lo siento —murmuró Liam, y bajó la mirada con tristeza—. El sanador dijo que el cachorro ya no estaba cuando llegaste...

Esbocé una sonrisa amarga a la fuerza.

—No es tu culpa. Lo sé. Gracias por traerme al Centro de Sanación —le agradecí con la voz rota.

Incluso un extraño de otra manada podía notar que algo andaba muy mal conmigo. Sin embargo, mi Alfa y compañero de cinco años creía que yo montaba un espectáculo, incluso después de todas las veces que había acariciado mi vientre y había soñado con ansias con la llegada de nuestro cachorro.

Al verme tan decaída, Liam se mostró más furioso que yo.

—¡¿Qué coño le pasa a esa patrulla?! ¡¿Te dejaron ahí tirada?! —exclamó indignado—. ¡Si yo no hubiera pasado, estarías muerta! ¿Dónde está tu compañero? ¿De qué manada eres? Los llamaré por ti. ¡Ya reporté a esa patrulla! ¡Rompieron las leyes de la Alianza!

Asentí levemente.

—Mi compañero... —Mi voz salió como un susurro ronco y quebrado—. Está muerto para mí.

La lástima se reflejó en el rostro del novato. Se ofreció a cuidarme hasta que me dieran el alta. Rechacé su amabilidad. Después de pagar las facturas de los sanadores, lo convencí de marcharse.

Tras su partida, revisé mi teléfono. El tema «Compañera del Alfa de Silver Moon provoca accidente de auto» ya era la tendencia principal en la red de PackLink.

Con buenas intenciones, Liam publicó en los comentarios la foto donde yo yacía en el charco de sangre. Eso desató una tormenta en internet. Todos culpaban a la patrulla por priorizar los restos del auto e ignorar a la Luna preñada y al cachorro del Alfa. Los lobos exigían su disolución inmediata por considerarlos indignos de proteger a la manada.

Deslicé la pantalla por los comentarios y sentí que una reacción violenta en internet era un castigo demasiado ligero para Jaxon.

Busqué el contacto de mi Alfa, lista para enviarle un mensaje para romper el vínculo.

Pero los mensajes de regodeo de Hattie saltaron a la pantalla antes de que pudiera escribir. Resultó que la habían ingresado en el mismo centro de sanación, justo un piso más abajo.

En la foto, Jaxon le daba un caldo nutritivo en la boca y soplaba con cuidado cada cucharada para evitar que se quemara.

Al ver el cuidado estricto pero indulgente en sus ojos, no sentí nada. Cerré el chat en silencio y llamé a Jaxon. Al quinto intento, al fin contestó. Su voz estaba cargada de un cansancio extremo y furia.

—¿Al fin terminaste con este truco ridículo? —exigió saber Jaxon, sin piedad—. Anya, ¡¿tienes idea de que casi la matas?! ¡Todo por tu maldita envidia! Si llamas para ver si Hattie está muerta, no tienes suerte. Está sana y salva. ¿De qué va esa foto en internet? Bórrala ahora mismo. Detén esta ridiculez, Anya. ¡Piensa en tu salud, en nuestro cachorro! Baja aquí y discúlpate con Hattie, y tal vez te perdone.

Antes de que yo pudiera decir algo, escuché los sollozos de Hattie de fondo.

—Jaxon, no culpes a tu Luna. Todo es mi culpa —gimoteó la loba—. Mientras no lastime más a tu cachorro, empacaré mis cosas y me iré del territorio...

Jaxon soltó un suspiro profundo, sonando decepcionado hasta la médula.

—Eres demasiado amable. Por eso te pisotea. ¿Qué derecho tiene ella a lastimarte? —murmuró él hacia ella, antes de volver a hablarme—. Escúchame, Anya. Te daré media hora. ¡Si no bajas y admites tu error, romperé el vínculo!

Justo cuando ambos creyeron que yo cedería y suplicaría como siempre, respondí con total frialdad.

—Okey —sentencié con una voz desprovista de cualquier emoción—. Rompamos el vínculo.

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