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Capítulo 3

ผู้เขียน: Cocojam
Jaxon no esperaba que yo iniciara la ruptura. Se quedó en silencio, paralizado por el asombro, y luego estalló de furia. Pero justo antes de que pudiera empezar a gritar, le colgué el teléfono.

Antes de que me diera tiempo a bloquear su número, una avalancha de mensajes llenó mi pantalla.

Jaxon: ¿Te haces la difícil? ¿Crees que esto funciona conmigo? ¡¿Llegarías tan lejos solo para evitar disculparte?! ¿Romper el vínculo? ¿Acaso tienes la fuerza que se necesita para eso? ¡Qué eres tú sin mí, malnacida! Te lo advierto por última vez: ¡borra la publicación en PackLink! ¡O te echo de la manada en este maldito instante!

No leí más. Borré todos los mensajes y bloqueé su contacto.

Incluso después de la lección sangrienta de mi vida pasada, salir herida por su desconfianza otra vez hizo que mi corazón se encogiera de dolor.

Unas asistentes de sanadores entraron a la habitación para cambiar mis vendajes. Ajenas a mi estado de ánimo, no paraban de parlotear.

—Ese Alfa del piso de abajo reservó toda la planta VIP. Está mimando a su «amiga de la infancia» hasta pudrirla —comentó una de las asistentes mientras ajustaba la gasa en mi brazo.

—¿No te has enterado del último chisme? El Alfa contrató a diez sanadores. Dice que necesita calmar a la loba traumatizada de la paciente —respondió la otra en un susurro cómplice.

Clavé la mirada en la marca de la vía intravenosa en el dorso de mi mano, sintiéndome entumecida. Mis brazos, arrugados y despellejados por el tiempo que pasé en el agua, ardían y picaban como si tuviera sarna.

Cuando se fueron, me sentí como una prisionera a la que acababan de poner en libertad. Abrí la boca y jadeé en busca de aire, pero el oxígeno parecía negarse a entrar en mis pulmones.

Esa misma noche, la puerta se abrió de un empujón. Un viejo sanador entró con una gruesa pila de informes en las manos. Me miró con una expresión grave, mezclada con un rastro de lástima.

—Dígamelo sin rodeos —le pedí para romper el hielo.

—Anya, tu cuerpo sufrió demasiado daño —explicó el anciano y soltó un suspiro profundo—. Hipotermia extrema por el agua fría, además de un trauma interno severo provocado por el aborto... Tengo que ser sincero contigo. A menos que te aparees con un Alfa de primer nivel cuya sangre poderosa pueda sanar tu matriz, será casi imposible que vuelvas a concebir un cachorro.

La habitación cayó en un silencio que casi me volvió loca.

El sanador me ofreció unos pañuelos de papel, esperando que yo rompiera en llanto. No los tomé. Bajé la mirada hacia mi vientre plano y una risa extraña, casi quebrada, escapó de mis labios.

—¿Eso es todo? —pregunté y solté un largo suspiro de alivio—. Qué maravilla.

Los ojos del anciano se abrieron de par en par por la conmoción. No me molesté en darle explicaciones.

Él jamás entendería lo liberador que se sentía saber que nunca más compartiría lazos de sangre con ese monstruo. Para mí, era la mayor bendición que la Diosa Luna me podía otorgar.

Al quedarme a solas, revisé mi teléfono en busca de actualizaciones.

El linchamiento en internet se había salido de control, obligando al Consejo de la manada de Silver Moon a intervenir y emitir una declaración oficial. Solo que su excusa fue que yo armé todo el accidente, que lastimé a Hattie a propósito motivada por la envidia, que desperdicié los valiosos recursos de rescate de la manada y que arrastré el nombre de su Alfa por el piso.

En el video, el Líder Anciano le rogaba a la manada que olvidara el asunto, pero cada palabra que salía de su boca desviaba la culpa hacia mí. Incluso filtraron un clip de audio falso donde me acusaban de dar un volantazo repentino mientras Hattie conducía.

La furia de la comunidad, antes dirigida a la patrulla negligente, dio un giro de ciento ochenta grados en un parpadeo. Ahora, toda la rabia de la red apuntaba directo hacia mí.

Durante los días siguientes, pude sentir las miradas hostiles de todo el personal de sanadores. Si no fuera por la regla inquebrantable de la Alianza de que todo lobo ingresado debe recibir un trato justo, me habrían echado a patadas a la calle.

Para colmo, una noche encontré rastros de polvo de acónito esparcidos a propósito sobre mi mesa de noche. A través del dolor agonizante causado por el veneno, descubrí una nota de odio arrugada junto a mi cama.

«¡Loba de mierda, no mereces ser nuestra Luna!».

No dije una sola palabra. Bebí el antídoto en silencio y exigí que me cambiaran de habitación esa madrugada.

El día que me dieron el alta, no se lo comenté a nadie. Solo usé el sistema de proxy interno del centro para enviarle a Jaxon un último mensaje, de la ruptura del vínculo claro está:

Anya: Mañana a las 10 a.m., Salón del Consejo de la manada. Ceremonia de Ruptura del Vínculo. No llegues tarde.

Él aprovechó la oportunidad y me devolvió la llamada casi al instante.

—¡Vaya! ¿Al fin sales de tu escondite? —bramó Jaxon a través de la línea—. Te lo advertí. Te negaste a admitir tu error, ¡así que no me culpes por ser un desalmado ahora! ¡Si Hattie no hubiera suplicado piedad por ti, ya habría usado mi autoridad de Alfa para desterrarte! ¿Quieres romper el vínculo? ¡Okey! El cachorro nacerá con una maldita renegada. ¡Más te vale no arrepentirte de tu berrinche!

Colgó antes de que yo pudiera responderle. Pero el muy idiota no tenía idea de que mi teléfono había grabado todo lo que de verdad pasó en el auto ese día.

A la mañana siguiente, tras salir del hospital, tomé mi identificación y me dirigí directo al imponente Salón del Consejo de la manada.

Pero cuando llegó la hora acordada, fue Hattie quien apareció en la entrada.

Se plantó allí con una impecable gabardina blanca carísima y un maquillaje sin un solo defecto. No parecía una loba que acababa de sobrevivir a un trauma severo. Se detuvo en lo alto de las escaleras de piedra y me miró desde arriba con la arrogancia de una ganadora indiscutible.

—Deja de buscar. Jaxon está adentro revisando las listas de bienes con los Ancianos —se burló Hattie, con la presunción en su tono de voz—. Dijo que solo mirarte le da asco.

—Quítate. Solo vine a firmar los papeles —le advertí, dedicándole una mirada asesina.

—¿Cuál es el apuro, tontita? —preguntó ella, y bajó los escalones, haciendo ruido con sus altos tacones hasta quedar cerca de mi cara.

Se inclinó hacia mí. Su dulce y frágil fachada se desvaneció en el acto, y su voz bajó de tono hasta convertirse en un susurro malicioso.

—¿Crees que vas a ganar en esta ocasión, verdad, Anya? —siseó.

La sangre me hirvió en las venas.

Ella soltó una risita macabra. Sus ojos ardían de maldad.

—¿De verdad pensaste que sería diferente esta vez? ¿Verlo ahogar a tu asqueroso cachorro en ese océano oscuro y triste no te enseñó nada? —susurró con crueldad—. Oh, y escuché que la basurita que habitaba tu vientre murió de nuevo. Te lo tienes bien merecido...

Todo encajó en mi cerebro como un golpe demoledor. ¡¿Ella también había renacido?!

Antes de que pudiera procesarlo, levanté la mano y le metí una cachetada tan fuerte que le rompí el labio.

Yo estaba débil por el aborto y casi no tenía fuerzas en el cuerpo. Pero ella soltó un grito ensordecedor y se arrojó a sí misma contra el pilar de piedra más cercano, fingiendo un impacto salvaje.

—¡Hattie! —rugió Jaxon, saliendo disparado por las puertas que estaban detrás de mí.

Por instinto, él estiró los brazos para atrapar a Hattie en su caída. Al hacerlo, su hombro se estrelló contra mi cuerpo frágil y me empujó al vacío.

El mundo me dio vueltas. Rodé por el largo tramo de las escaleras de piedra. Mi cabeza impactó contra el suelo. Lo último que vi, antes de que la oscuridad me tragara, fue la sangre acumulándose bajo mi cuerpo.

—¡Anya! —gritó Jaxon, quedándose paralizado en su lugar.

Al recordar que yo estaba preñada, soltó a Hattie, bajó los escalones de un salto y levantó mi cuerpo semiinconsciente en sus brazos. La rabia en sus ojos dio paso al pánico.

Sin darse cuenta de lo que hacía, estiró su mano temblorosa para acunar mi vientre, tal como solía hacerlo todas las noches para calmar las patadas del cachorro.

Pero al sentir mi vientre completamente plano, todo el color abandonó su rostro.

Su voz se quebró, cargada con un terror que yo jamás había escuchado en él.

—El cachorro... Anya, ¡¿dónde está nuestro cachorro?! —suplicó, desesperado.

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