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Capítulo 6

작가: Ámbar O.
A Vanessa le hirvieron las mejillas por el atrevimiento. Se mordió el labio, se puso de puntitas y le dio un beso rápido en la mejilla.

—¿Ya está bien así?

Apenas lo tocó, intentó alejarse.

Rafael abrió los ojos con sorpresa y la dureza de su mirada se desvaneció. La rodeó con sus brazos para pegarla, le sostuvo la nuca con una mano y bajó la cabeza. Su aliento cálido le rozó la cara, provocándole un escalofrío.

—¿Crees que con uno es suficiente?

Tras decir eso, se acercó más. Sus labios casi rozaban los de ella, que brillaban con un tono rosado, y sus respiraciones se mezclaron. La observaba con una intensidad parecida a la de un cazador que por fin tiene a su presa de frente.

Contuvo el aliento.

Sentía la cara arder y el corazón le latía tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Estaba a punto de asfixiarse cuando él la soltó. Vanessa se quedó respirando agitada, con los ojos nublados por la emoción, viéndose tan indefensa como una gatita asustada.

—¿Entonces eso es un sí? —preguntó con voz débil.

Él se contuvo, pero sonrió en la comisura de sus labios.

—Si es lo que mi esposa pide, por supuesto que lo haré.

Al escucharlo, Vanessa apartó la mirada y salió corriendo de la habitación. En ese momento sintió un calor extraño en el cuerpo, una reacción que no sabía cómo explicar.

Rafael la vio escapar y no pudo evitar soltar una carcajada ligera, aunque sus ojos se volvieron más profundos. Ella solía comportarse como una gatita salvaje que sacaba las garras, pero en el fondo era una persona dulce y fácil de herir. Su actitud rebelde no era más que una fachada para protegerse.

***

Dos días después, Vanessa llevó a Rafael a la residencia de los León.

—Abuelo.

Llevaba un vestido de tonos claros y se mantuvo de pie con las piernas juntas, mostrando respeto ante Roberto.

—Él es Rafael, de quien te hablé.

El abuelo miró al invitado y asintió con una sonrisa de satisfacción.

—Muy bien, se ve que es un buen muchacho.

Rafael se veía impecable, con un aura de elegancia y mucha seguridad. Se portó muy educado.

—Señor, le traigo unos presentes.

Ricardo entró con los regalos, los acomodó en la mesa principal y se retiró. En un momento, el mueble se llenó de canastas con suplementos de lujo y botellas de vino de reserva. Era obvio que se habían esforzado en elegir cada detalle.

Don Roberto, que vestía un traje de color rojo oscuro, rio con ganas.

—Ahora que te casaste con mi nieta ya eres de la familia, no tienes que ser tan formal.

—Es lo mínimo que puedo hacer, el respeto es importante —respondió Rafael con mucha clase.

Al abuelo le bastó un vistazo para saber que su nieta no se había equivocado esta vez. Años atrás, cuando Francisco León estaba muy enfermo, temía que su hija se quedara sola. Se la encargó a su gran amigo y socio, Édgar Cisneros, e incluso pensaron en unir a las familias.

En ese entonces ella tenía diecisiete años y acababa de empezar su noviazgo con Alexis. Antes de morir, su padre le pidió que se quedara con él y Alexis le prometió que la cuidaría siempre. Quién diría que el compromiso se mantendría, pero con el hermano mayor.

—Ve a la capilla a prenderles una veladora a tu abuela y a tus padres —ordenó el abuelo—. Quiero hablar a solas con Rafael.

Ella lo miró con duda y no se movió. Sabía que a su abuelo le gustaba poner a la gente en aprietos. Alexis siempre le tuvo miedo y evitaba estar con él a toda costa. En los pocos días que llevaba tratando a Rafael, se había dado cuenta de que, aunque a veces era un poco sarcástico, era un hombre atento y un buen prospecto de esposo. Como se habían casado de la nada, no quería que pasara un mal rato por su culpa.

Roberto se dio cuenta y bromeó:

—¿Qué pasa? ¿Crees que me voy a comer a tu marido?

Vanessa se puso roja.

Rafael rio y le dijo con suavidad:

—No te preocupes, yo me quedo aquí hablando con el abuelo. Ve.

Ella asintió y se fue a la capilla. Al llegar, encendió una veladora y usó un pañuelo limpio para sacudir el retrato de su madre. Siempre había sido la consentida de la casa. Recordó cómo su mamá le acariciaba el cabello y le decía: “Vane, tú eres nuestra niña, naciste para ser feliz y vivir sin preocupaciones. Te mereces todo lo bueno de este mundo”.

Era cierto, ella era el tesoro de su familia, pero Alexis solo la hacía sufrir y la trataba con desprecio. Vanessa se sintió muy mal consigo misma. Si sus padres la vieran rogándole a ese idiota como un perrito que busca atención, se morirían de la tristeza.

Al pensar en eso, se le llenaron los ojos de lágrimas y una gota cayó sobre el retrato.

—Perdón por ser tan débil...

Se sentía fatal. Se abrazó al retrato y se puso a llorar como una niña pequeña. Como tardaba mucho en regresar, Rafael pidió que lo llevaran con ella y llegó en ese momento. Al escucharla llorar con tanto sentimiento, le dolió mucho. Se acercó rápido, la ayudó a levantarse y la apretó contra su pecho.

—Ya, mi niña, no llores más.

Él pensó que los extrañaba mucho y trató de consolarla.

—De ahora en adelante yo te voy a cuidar. Voy a quererte mucho por ellos, ¿está bien?

Al escuchar eso, ella lloró todavía más fuerte. Rafael acomodó el retrato en su lugar y la abrazó con fuerza; sentía una angustia que no podía explicar. Cuando ella por fin se calmó y se quedó sin fuerzas, él la cargó para sacarla de la capilla y se fueron de la casa. Antes de irse, le pidió a los empleados que no le dijeran nada al abuelo para no preocuparlo.

Ya en el auto, Vanessa se sintió mejor. Tenía la nariz y los ojos muy hinchados y la voz le temblaba.

—Gracias, Rafael.

Él la miró con mucha ternura.

—Si en serio quieres agradecérmelo, trata de estar bien. Lo más importante es que seas feliz.

Esas palabras la hicieron reaccionar. Antes, lo que Alexis siempre le decía era: “Vanessa, nadie te va a aguantar siempre tus caprichos, tienes que aprender a ceder, si no, vamos a terminar”.

Ella asintió, sintiéndose más liberada. De pronto se dio cuenta de que Rafael, a quien tanto miedo le tenía antes, era mil veces mejor que su exnovio.

***

Al llegar a casa, Vanessa se metió a bañar. Mientras Rafael estaba en la otra regadera, el celular de ella empezó a sonar; era un número desconocido de la ciudad. Sin pensarlo mucho, contestó, y la voz furiosa de Alexis se escuchó del otro lado.

—¿Ya vas a dejar de hacer berrinches? Me bloqueaste de todas partes y ni siquiera has regresado a casa. ¿Qué te pasa?

Después de varios días sin saber de él, escuchar su voz le dio asco.

—Que no se te olvide que ya terminamos. A ti no te importa si voy o no.

Alexis se quedó callado un momento. Antes, sus peleas no duraban ni un día; solo tenía que ser un poco amable y ella cedía. La actitud de Vanessa lo puso nervioso, así que bajó el tono.

—Está bien, acepto que me pasé un poco el día de la cita en el registro civil. Te pido una disculpa, pero ya deja de actuar así, ¿quieres?

Vanessa se burló.

—¿No entiendes lo que dije? Terminamos. No me vuelvas a buscar.

—¡No te pases de lista! —gritó él.

Ella no quiso seguir escuchándolo e iba a colgar, pero en ese momento se abrió la puerta del baño. Vanessa volteó y se quedó muda. Rafael salió usando solamente una toalla amarrada a la cintura. El agua todavía le escurría por el pecho y se le marcaba perfecto el abdomen. Lo que tenía delante la hizo olvidarse del celular.

—¿Quién es? —preguntó Rafael acercándose. Arrugó la frente y miró la pantalla como si no supiera de quién se trataba.

Ella no podía dejar de verle los músculos y no reaccionó. Del otro lado, Alexis escuchó la voz de un hombre y se puso como loco.

—¿Hay un tipo contigo? ¿Quién demonios es?

Rafael le quitó el celular de la mano y sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa.

—No comas ansias, muy pronto vas a saber quién soy.
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댓글 (7)
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Guadalupe Vargas
esta interesante me gusta mucho el tema
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Daniela Omaña
>~< ay que sigue!!!
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Telvia Gertrudis Diez Arrocha
Vanessa debe ser un poco más inteligente en cuanto a sospechar de numeros desconocidos
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