LOGIN—¡Ay, Dios mío! —exclamo, examinando el daño. —¡Uf, todo bien, solo se agrietó —digo, aliviada, intentando ocultar la frustración.
—¿Se rompió? —pregunta, con la voz cargada de preocupación. —Solo se agrietó, pero está bien. ¡Manda el libro! —respondo, intentando disimular el nerviosismo. —¡Allá va! —grita, lanzando el libro con todas sus fuerzas. El objeto vuela por el aire, describiendo una trayectoria incierta, y yo estiro los brazos, conteniendo la respiración, deseando que no caiga al suelo. Por un instante, siento el peso del libro en mis manos, la textura suave de la cubierta, el olor inconfundible a papel viejo. Sonrío, aliviada, y abrazo mi nuevo tesoro, sintiendo un hilo de esperanza renacer en mi pecho. —¡Gracias, mi amor! —digo, con los ojos llorosos de emoción. Ese simple gesto de Fernanda significa mucho para mí. Es un soplo de vida en medio de la oscuridad, un recordatorio de que aún soy capaz de amar y ser amada. —Para que leas, para que no te aburras —responde, con una sonrisa dulce que pronto se desvanece en un semblante triste. —Y el celular es para que hablemos, para matar la nostalgia, para chismear... Isa, yo... soy tan infeliz —confiesa, con la voz entrecortada, revelando el dolor que lleva en su corazón. —Yo también, Fernanda. Nada salió como queríamos, ¿verdad? —respondo, sintiendo un nudo en la garganta. La amargura de nuestra realidad nos une, nos conecta en un lazo de sufrimiento y esperanza. —No... Y lo peor de todo es que no tenemos un lugar seguro al que volver, un puerto seguro donde podamos refugiarnos. Siempre somos las culpables, las que están mal... Mi madre siempre dice que la culpa de todo es mía, que yo di motivos para que esto pasara —dice, con la voz entrecortada, señalando la moretón en su rostro. —Mira esta marca... Fui yo quien provocó, con mi terquedad, con mi rebeldía. —Yo ya fui al revés, Fernanda. Ya intenté ser buena, obediente, sumisa... Pero no sirvió de nada. Y mi madre ya no está aquí para consolarme, para protegerme —digo, sintiendo las lágrimas correr por mi rostro. —No tengo valor para irme, Fernanda. Tengo miedo de lo que pueda pasar conmigo allí afuera, sola, desamparada. —Yo tampoco... Pero algo me dice que algo va a cambiar esta noche, Isa. Lo siento en mi corazón —dice, con la voz cargada de esperanza. —Yo también siento lo mismo, Fernanda —respondo, sintiendo un escalofrío recorrer mi cuerpo. —Bueno, me voy. Ya casi es hora de que lleguen los trogloditas. Adiós, mi abejita —dice, mandando un beso al aire, con los ojos llorosos. —¡Adiós, mi mariposita! —respondo, devolviendo el gesto. La observo alejarse, con el corazón apretado, pero también lleno de esperanza. Entonces, entro rápidamente en el cuarto, cierro con llave y examino el celular que Fernanda me trajo. Para mi sorpresa, veo que ya está todo configurado, con W******p instalado y su número guardado. Un pequeño gesto que demuestra lo mucho que le importo y lo mucho que desea mantener contacto. Observo el reloj. Ya son las 19:00, y Davi está a punto de llegar. El miedo me invade, recordándome lo frágil que es mi situación. ¡Necesito esconder este celular, y rápido! ¿Pero dónde? Davi no puede ni soñar que tengo uno, sería capaz de... Prefiero ni imaginarlo. Entonces, comienzo a buscar un lugar seguro, un escondite perfecto donde el secreto pueda permanecer a salvo. La adrenalina corre por mis venas mientras examino cada rincón del cuarto, en busca de un escondite perfecto, inviolable, impenetrable. Davi conoce cada centímetro de este espacio, cada objeto, cada detalle. Si sospecha de algo, por mínimo que sea, lo va a revolver todo hasta encontrar lo que busca. ¿Debajo del colchón? Imposible. A veces arregla la cama, y sería descubierto fácilmente. ¿Dentro del armario? Demasiado arriesgado. Revisa mi ropa con frecuencia, buscando algo que le desagrade, algo que lo haga desconfiar de mí. ¿Dentro de algún libro? Quizás... Pero siempre quiere saber qué estoy leyendo, me cuestiona sobre mis lecturas, y puede terminar descubriendo mi secreto.. Entonces Davi tomó un jarrón y lo arrojó con toda su fuerza contra el suelo.—¿Qué pasa? ¿Estás loco? — preguntó Celina.—La que está loca es usted, que metió a un pedófilo en mi casa junto con mis hijos — soltó Davi con furia.—¡Hijo, de dónde sacas eso! ¡Ese muchacho tiene la mentalidad de un niño! — se defendió Celina.—¿Mentalidad de un niño? Por favor. Despierta. Es un pedófilo y deseó a mis hijos. Y eso no se lo voy a perdonar — sentenció Davi con rabia.—¿Qué? ¿Vas a matar a un chico inocente por tus paranoias? — cuestionó Celina.—¿Paranoia? ¿Es ciego o qué? Escuche una cosa: aquí quien manda soy yo. Ese hombre ni esa mujer vuelven a entrar a mi casa ni se acercan a mis hijos, ¿entendido? — gritó Davi.—¡Cómo te atreves a hablar así! — cuestionó ella.—¡Cómo me voy a atrever a permitir que este desgraciado entre a mi casa y se acerque a mis hijos! — replicó Davi.—¡Haces esto porque estás celoso de Alice! — acusó Celina.—Si fuera Alice, hasta lo entendería. Alice es una muj
. Ofel sonrió de forma maliciosa. Su madre lo regañó. Era exactamente lo que él buscaba. Bruninho le quitó los lápices de colores, y la madre de Davi regañó a Bruninho. Era justo lo que quería lograr. El cometa comenzó a gruñir.—Davi, mira cómo gruñe el perro... — dijo Celina.—Es un peligro para los niños — añadió Olga.—No se preocupe, señora Olga. El cometa solo muerde cuando es necesario — dijo Davi.—Fuera, perro — ordenó Celina. El cometa retrocedió.—Cometa, quédate — mandó Davi. El animal adoptó posición de ataque.—Hijo... — dijo Celina.—Tranquila, mamá — respondió él.Rodrigo miró a Davi, se sentó a su lado y le dijo en voz baja:—¿Te diste cuenta de lo que yo vi?—Desde hace rato. Bruninho, toma tus cosas y ve con tu mamá. Te mandará a dormir, ya pasó tu hora — indicó Davi.—Sí, papá — dijo Bruninho.Juntó sus cosas y se levantó. Ofel le sacó la lengua y Bruninho hizo lo mismo. La madre de Ofel lo reprendió, y la madre de Davi hizo lo mismo con Bruninho. El niño se acercó
—¿Liz dio guerra? — preguntó Alice.—No, despertó hace poco y tomó su biberón — respondió Celina.—¿Y Bruninho? — preguntó Alice.—Mamá, me porté bien. Estuve cuidando a Liz, no lloró — dijo Bruninho.—Estoy orgullosa, mi amor — dijo Alice.Se sentaron en el sofá.—Tienen una familia muy hermosa — dijo Olga.—Gracias — respondió Davi.—Mi hijo quedó encantado con la belleza de su esposa. No nos malinterpreten, le gustó como amiga. Mi hijo es ingenuo, insistió en venir a visitar a Alice — explicó Olga.—Es que Alice es mi amiga — dijo Ofel.—Qué bien — dijo Davi con sequedad.—¿Y Mara? — preguntó Alice.—Ya se fue — respondió Celina.—¿Me puedo comer las patatas? — preguntó Ofel.—Sírvete. Alice, ya tenemos tantos proyectos para la nueva ONG — dijo Celina.Comenzaron a conversar sobre la ONG que estaban montando. Davi empezó a analizar a Ofel. Tenía aire de bobo, medio torpe, parecía un completo idiota, pero no lo era. Miraba a Alice como a cualquier otra persona, sin ninguna mala inte
Él puso las manos en su cintura, ella se detuvo un instante, hizo un movimiento de cadera y volvió a cabalgar. Y entre gemidos, él dijo: —Carajo, Alice, estás buenísima. Sigue así, no pares, mi putita traviesa. Ella cabalgó más rápido. Él ya no aguantaba más. Ella cayó sobre su pecho con la respiración agitada. Él le pasó las manos por la espalda y comenzó a embestir fuertemente en su interior. Lo hizo de forma frenética y rápida, mientras Alice gemía alto. Sintió cómo ella se contorsionaba, su interior se contraía, sus piernas temblaban, quedó blanda y con la respiración jadeante. —Te viniste, pícara — dijo Davi. —¡Uuuuui, me vine! — respondió Alice, agitada. Él la retiró de encima, la recostó en la cama, se puso sobre ella y, en la posición de misionero, la penetró. Ella estaba muy sensible, lo que lo determinó aún más. Comenzó a embestir en esa cavidad deliciosa y hambrienta. A un ritmo frenético, su miembro entraba y salía de ese lugar apretado y caliente. Ella gemía y ar
Él puso las manos en su cintura, ella se detuvo un instante, hizo un movimiento de cadera y volvió a cabalgar. Y entre gemidos, él dijo:—Carajo, Alice, estás buenísima. Sigue así, no pares, mi putita traviesa.Ella cabalgó más rápido. Él ya no aguantaba más. Ella cayó sobre su pecho con la respiración agitada. Él le pasó las manos por la espalda y comenzó a embestir fuertemente en su interior. Lo hizo de forma frenética y rápida, mientras Alice gemía alto. Sintió cómo ella se contorsionaba, su interior se contraía, sus piernas temblaban, quedó blanda y con la respiración jadeante.—Te viniste, pícara — dijo Davi.—¡Uuuuui, me vine! — respondió Alice, agitada.Él la retiró de encima, la recostó en la cama, se puso sobre ella y, en la posición de misionero, la penetró. Ella estaba muy sensible, lo que lo determinó aún más. Comenzó a embestir en esa cavidad deliciosa y hambrienta. A un ritmo frenético, su miembro entraba y salía de ese lugar apretado y caliente. Ella gemía y arañaba su
Bajó por su cuello hasta llegar a sus pechos perfectos. Siguió bajando, pasando la punta de la lengua por su vientre y mordisqueando en ciertos lugares. La levantó y la acostó en la orilla de la cama. Con la boca le quitó la ropa interior, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Pudo ver su zona íntima suave y rosadita. Comenzó a chupar esa maravilla con fuerza. Luego introdujo la lengua profundamente, succionando ese delicioso néctar. Eso lo excitó muchísimo al saber que ella se acercaba al orgasmo. La penetró con la lengua mientras una mano estimulaba su clítoris. Ella gemia mientras la chupaba, incapaz de controlar la emoción y el deseo. Metió dos dedos en su interior y ella se corrió en su boca, contorsionándose por completo. Entonces se detuvo, se puso de pie, se quitó los bóxers y su miembro saltó a la vista, ya completamente duro. Ella se acomodó en la cama. En posición de perrito, le dio un beso en los labios, lo rompió y la miró fijamente a los ojos. Con delicadeza,







