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last update publish date: 2026-06-28 13:06:00

¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde podría esconder este celular, sin que Davi lo encuentre jamás? La angustia me invade, me sofoca, me desespera. Necesito pensar rápido, actuar con inteligencia, encontrar una solución antes de que sea demasiado tarde.

De repente, una idea surge en mi mente. Corro al baño y abro el armario debajo del lavabo. Dentro, encuentro una caja de productos de limpieza, casi vacía. Vacío la caja, pongo el celular en el fondo y lo cubro con algunos trapos de piso. ¡Perfecto! Davi jamás imaginaría que escondería algo allí, en medio del desorden y la suciedad. Respiro aliviada, sintiendo que mi corazón se calma poco a poco. Al menos por ahora, estoy a salvo.

Aún angustiada, vuelvo al cuarto, asegurándome de cerrar la puerta del balcón y volver a cerrarla con llave. Cojo el libro que Fernanda me dio y lo coloco cuidadosamente en la estantería, tratando de camuflarlo entre los demás, para que no llame la atención de Davi.

Luego, tomo la llave del balcón y la devuelvo al clóset. Subo a la mesita, estiro el brazo y la coloco en el mismo lugar de antes, encima de la caja polvorienta. Me aseguro de que todo esté exactamente como estaba, para que Davi no note que toqué allí. Necesito ser cautelosa, discreta, casi invisible. Es muy observador, detallista, y cualquier cambio, por mínimo que sea, puede levantar sospechas.

—Cálmate, Alice... cálmate —murmuro para mí misma.

Mi voz sale en un susurro que casi no puedo oír, perdido en el silencio del cuarto. Los dedos se entrelazan con fuerza, apretando hasta sentir un leve hormigueo en la piel. El corazón late tan fuerte que parece querer salirse por la garganta— es un martilleo rápido, descontrolado, como si estuviera a punto de confesar algo terrible, algo que pudiera costarme caro. Sé que no es nada de eso, pero la ansiedad oprime mi pecho de tal manera que parece que sí.

¡Estoy tan nerviosa... parece que estoy cometiendo un crimen!

Cierro los ojos y tomo una respiración profunda— tan profunda que siento el aire llenando mis pulmones, tratando de calmar el frío que recorre mi espalda. Controlo cada músculo, cada movimiento, como si hubiera estado entrenando para esto durante años. Despacio, suelto el aire poco a poco, sintiendo parte de la tensión salir con él. Entonces, finalmente, me levanto y salgo del cuarto.

Mis pasos son ligeros, casi imperceptibles, al recorrer el pasillo. Los pies se sienten pesados de todos modos, como si cada centímetro fuera una batalla. Bajo las escaleras despacio, agarrando el pasamanos con una mano temblorosa. Paso por la sala, mirando rápidamente el sofá donde suele sentarse por la noche... ya estoy imaginando su rostro cuando pruebe lo que he hecho.

Y voy a la cocina.

La luz de la lámpara del techo se enciende a mi paso, iluminando cada rincón del lugar que conozco como la palma de mi mano. Allí está el lavabo limpio, las ollas ordenadas y la encimera organizada. Lo preparé todo para que estuviera perfecto. Siempre perfecto.

—Tengo que prepararle la cena... tiene que estar perfecta —digo en voz alta.

La voz sale más firme, pero hay un temblor al final de la frase. Mi mirada recorre la encimera, revisando cada detalle. Él solo come de mi comida, de mi sazón— dice que nadie más sabe hacer las cosas como a él le gustan. Es algo bueno, lo sé, pero también es un peso enorme sobre mis hombros. Si me equivoco... si no le gusta...

Abro el refrigerador y siento el aire frío golpear mi rostro, haciéndome estremecer por un instante. Voy a preparar algo, pero en ese momento mi mente está en blanco, como si nunca hubiera cocinado nada en mi vida. Mis ojos recorren estante por estante— pollo, carne, verduras, condimentos... todo allí, pero no puedo decidirme. El miedo oprime mi estómago: ¿y si elijo mal? ¿Y si lo encuentra insípido? ¿Y si dice que ya no me importa?

Y entonces...

—Ya sé... voy a preparar filete de pollo a la parmesana. A Davi le va a gustar —digo, casi como un ruego, no como una afirmación.

Tomo los ingredientes uno por uno— el pollo ya cortado en filetes, la harina, los huevos, el pan rallado, el queso parmesano rallado fresco. Mis dedos intentan concentrarse en la tarea que conozco tan bien, que he hecho mil veces antes. Pero las manos tiemblan un poco al pasar el pollo por la harina, y tengo que sujetar el plato con fuerza para no derramar nada. Cada movimiento es cuidadoso, meticuloso— no puedo dejar que nada salga mal. El queso tiene que estar en la medida justa, el empanizado tiene que quedar uniforme, el aceite tiene que estar a la temperatura exacta. Porque si algo no está como a él le gusta... no quiero pensar en lo que puede pasar.

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