LOGINCapítulo 2: Primeras impresiones
(Punto de vista de Dante) La habitación ya era demasiado pequeña. Siempre lo había sido. Cuatro pasos desde la puerta hasta la ventana. Dos zancadas largas para cruzar de una cama a la otra. Las paredes se estrechaban como si estuvieran esperando una excusa para cerrar la brecha por completo. El fluorescente del techo zumbaba levemente, el mismo murmullo grave al que me había acostumbrado el año pasado, y el aire aún conservaba ese aroma agudo e institucional a lejía y pintura fresca intentando cubrir años de sudor ajeno y bebidas energéticas derramadas. Reclamé el lado izquierdo en cuanto entré: solté mi bolsa de deporte, alineé mis botas debajo del marco de la cama y apilé mis libros de texto en orden descendente de peso. Todo deliberado. Todo bajo control. Como a mí me gustaba. Como lo necesitaba. Entonces llegó Eli Summers. Atravesó la puerta como si lo hubieran lanzado desde algún lugar más blando: los hombros encorvados bajo el peso de una caja de cartón que parecía a punto de reventar por las costuras, las mangas de la sudadera subidas hasta los codos y rizos oscuros pegados a la frente por el calor de fuera. No llamó a la puerta. No se anunció. Simplemente se tropezó al entrar, enganchó el pie con el borde de mi bolsa y por poco se va al suelo en un enredo de extremidades y cartón. ¿En serio? dijo entre jadeos, sujetándose al escritorio con una mano. La caja cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en mi caja torácica. No me moví. Solo miré. Se erguí despacio, apartándose el pelo de los ojos, y por fin me miró. Grandes ojos de color avellana. Pecas esparcidas por el puente de la nariz como si alguien le hubiera salpicado con un pincel. Una sonrisa torcida e incierta que apareció demasiado rápido, como si la hubiera ensayado en el pasillo. Eli dijo, ofreciendo su nombre de la misma manera que alguien ofrecería la palma de la mano abierta a un perro callejero: con cautela, con esperanza. Su voz era más tranquila de lo que esperaba. No tímida, exactamente. Solo… desprotegida. Dejé que el silencio se prolongara. Dejé que mi mirada se deslizara sobre él de la misma manera en que analizaría el vídeo de un partido: catalogando postura, movimiento, señales. Muñecas delgadas. Zapatillas desgastadas que habían visto más pavimento que césped. Vaqueros remangados en el tobillo como si no pudiera molestarse en hacerles el dobladillo correctamente. Todo en él gritaba cafeterías, sesiones de estudio nocturnas y novelas con las esquinas dobladas. Nada en él encajaba en una habitación con mis carpetas de jugadas y mis mezcladores de batidos de proteínas. Y, sin embargo, aquí estaba. En mi espacio. Me apoyé contra la pared, con los brazos cruzados y las escápulas presionando contra el frío bloque de hormigón. La pintura estaba desconchada en una esquina; podía sentir el borde rugoso contra la piel. Mantuve la expresión en blanco. Neutral. La misma máscara que llevaba cuando las cámaras estaban grabando o cuando un entrenador me preguntaba por qué había leído mal una jugada. Él no pestañeó ante la mirada. La mayoría de la gente lo hacía, al menos un poco. Solo espiró, murmuró algo que no alcancé a oír y se dejó caer de rodillas para desempacar. Y de ahí salió la evidencia de quién era. Una taza de cerámica con forma de gato engreído que llevaba gafas de sol. Cuadernos de espiral con portadas que ya rezumaban garabatos en tinta: enredaderas en espiral, monstruos de dibujos animados, letras de canciones al azar con letra cursiva. Un portátil repleto de pegatinas: banderas del arcoíris, logos de bandas de música y un fantasma en miniatura haciendo un gesto de aprobación. Colocó cada objeto en su escritorio con cuidadosa atención, como si estuviera construyendo un pequeño altar para sí mismo. Mi lado parecía clínico a su lado. Una pila ordenada de libros de texto. Mi libro de jugadas. Una sola foto enmarcada de mi padre y de mí después de mi primer partido titular en la universidad: ambos serios, con los brazos sobre los hombros del otro. Eso era todo. Sin desorden. Sin excesos. Miró hacia mi mitad de la habitación y luego de vuelta a su caos creciente. Eres ordenado dijo, casi para sí mismo. Dejó escapar una pequeña risa. En plan… da miedo lo ordenado que eres. ¿Te enseñaron eso en la escuela de mariscales de campo o es solo un rasgo de tu personalidad? Gruñí. Bajo. Sin comprometerme. Él lo tomó como un gesto de aliento. Siguió hablando; las palabras se le salían como si tuviera miedo de que el silencio se tragara la habitación por completo. Algo sobre que su antigua residencia estuvo infestada de hormigas el año pasado. Sobre su hermana pequeña, que le había enviado la taza del gato porque «parecía juzgar a la gente como tú». Sobre haberse perdido de camino hacia aquí, dando vueltas por el mismo pasillo del tercer piso tres veces antes de darse cuenta de que los números de las habitaciones iban hacia atrás. No respondí a la mayor parte de aquello. Solo escuché. Catalogué. El ligero temblor de sus dedos cuando intentó desenredar la tira de luces de hadas. La forma en que su mirada se desviaba hacia mí cada pocos segundos: rápida, evaluadora, y luego alejándose rápidamente como si lo hubieran pillado mirando. La forma en que apretaba los labios cuando el cable se volvía a anudar, para luego forzar esa misma sonrisa brillante y evasiva. Se estaba esforzando demasiado. Pero tal vez yo también lo estaba haciendo. Esforzándome demasiado por mantener los hombros relajados. Esforzándome demasiado por evitar que la mandíbula se me tensara. Esforzándome demasiado por fingir que su presencia no estaba ya presionando contra cada línea cuidadosamente trazada que había construido a mi alrededor. Eché la mano a mi botella de agua, desenroscando el tapón con más fuerza de la necesaria, y di un trago largo. El frío me sacudió la garganta. Me devolvió a la realidad. Por fin logró desenredar las luces. Se subió a la silla del escritorio de forma precaria, con una mano apoyada en la pared y estiró la tira por la parte superior de su lado de la habitación. Cuando las enchufó, una cálida luz dorada cobró vida. Esperaba irritación. Esperaba que el instinto surgiera y me dijera que le ordenara arrancarlas, que esto no era un maldito jardín de hadas. En lugar de eso, el resplandor golpeó las paredes y algo en mi pecho cambió. La dura luz fluorescente del techo se atenuó en comparación. Las sombras se suavizaron. Los bordes afilados de los bloques de hormigón se desdibujaron. La habitación dejó de sentirse como una celda de aislamiento y empezó a sentirse… habitada. Como si alguien se hubiera acordado de respirar dentro de ella. Eli se bajó, se limpió las palmas de las manos en los vaqueros y giró en un círculo lento, contemplando su trabajo con silenciosa satisfacción. Su reflejo apareció en la ventana oscura junto al mío. Durante un solo latido nos quedamos allí, duplicados en el cristal: él, relajado y resplandeciente; yo, rígido y entre sombras. Él no pareció darse cuenta del solapamiento. Yo no pude apartar la mirada. El calor de las luces se deslizó por el suelo hacia mi lado de la habitación, rozando el borde de mi cama como una invitación que no había pedido. Mi pulso dio un vuelco fuerte contra mis costillas. Esto no iba a ser sencillo. Él no iba a ser sencillo. Eli Summers había entrado aquí con cajas llenas de caos y una sonrisa que no sabía cómo rendirse, y en menos de treinta minutos ya había agrietado algo que me había pasado años reforzando. Aparté la mirada de la ventana. Bajé los ojos hacia mis manos. Estaban apretadas en puños sobre mis muslos. Las obligué a abrirse. Un dedo a la vez. Él seguía charlando: algo sobre si las luces eran demasiado brillantes, sobre si quería que las atenuara, sobre si tal vez deberíamos averiguar de quién era cada cargador. No respondí de inmediato. En lugar de eso, apoyé la cabeza hacia atrás contra la pared, cerré los ojos durante medio segundo y dejé que la luz dorada se asentara sobre mí como un peso que aún no sabía cómo llevar. Esto no iba a ser sencillo. Ni de lejos.Capítulo 10 – El Juego de la Negación(POV de Dante)Lo que pasa con el silencio es que no es silencioso.Es pesado.Tiene masa. Peso. Presión.Se cierne sobre tu esternón hasta que cada respiración se siente como un esfuerzo.Ahora me despertaba con él todas las mañanas.La cama de Eli ya estaba vacía, las sábanas estiradas con una precisión casi militar, como si nunca hubiera dormido allí.Su lado de la habitación parecía despojado de vida: las luces de hadas colgaban desenchufadas de la pared como adornos navideños olvidados, el escritorio estaba despejado salvo por aquella insolente taza con forma de gato, colocada boca abajo, y un cuaderno cerrado.No se oía el pasar de las páginas.Ni su suave maldición cuando se golpeaba la rodilla contra la esquina del escritorio que siempre olvidaba que estaba allí.Ni su tarareo distraído mientras revisaba el teléfono o garabateaba anotaciones en los márgenes con aquella letra ondulada.Solo silencio.Al principio me convencí de que no me mo
Capítulo 9 – Evitación(POV de Eli)Para el lunes, había perfeccionado el arte de evitarlo.Era ridículo, la verdad.La habitación del dormitorio apenas era más grande que un generoso vestidor: cuatro pasos de la puerta a la ventana, dos de una cama a la otra.Y Dante Cruz era imposible de ignorar.Un metro noventa y uno de intensidad silenciosa, hombros que parecían ocupar más espacio del que las leyes de la física deberían permitir y una presencia que llenaba la habitación incluso cuando permanecía completamente quieto.Y, sin embargo, con una planificación despiadada, una sincronización estratégica y una buena dosis de autoengaño, conseguí convertir nuestra pequeña caja de zapatos compartida en dos universos separados.Mañanas: me levantaba antes de que sonara la alarma, me cepillaba los dientes en menos de noventa segundos y ya tenía la mochila cerrada y colgada del hombro mientras la ducha seguía corriendo en su lado de la habitación.Salía de puntillas mientras el vapor todavía
Capítulo 8 – Las Consecuencias(POV de Eli)Dormir era imposible.Estaba tumbado boca arriba en la estrecha cama del dormitorio, mirando las placas del techo hasta que el tenue resplandor de las farolas, filtrándose a través de las persianas, las convirtió en una cuadrícula de rectángulos gris pálido.El golpe apagado de los bajos todavía resonaba en algún lugar del campus.Otra fiesta que se negaba a morir.O quizá era simplemente el sonido de mi propio corazón, terco y ruidoso, negándose a desacelerarse.Cada vez que cerraba los ojos, la escena volvía a reproducirse con un detalle perfecto y humillante: el sofá hundido, la presión de los cuerpos obligándonos a acercarnos, el antebrazo de Dante apoyado detrás de mí como una barrera y un puente al mismo tiempo.Su boca suspendida tan cerca que podía sentir la forma de su aliento contra mis labios.Casi.Esa palabra seguía regresando como un mal estribillo.Casi como una advertencia.Casi como una invitación que no sabía que había esta
Capítulo 7 – Casi un besoDanteLa noche llevaba horas hecha añicos en fragmentos irregulares: vasos rojos Solo pasando de mano en mano como si fueran sacramentos, cánticos elevándose para otra ronda de beer pong que nadie estaba lo bastante sobrio como para llevar correctamente, una chica con una camiseta corta intentando bailar sobre una mesa de centro hasta que esta soltó un gemido trágico y se derrumbó bajo su peso.Mis compañeros de equipo estaban en su elemento, alimentándose del caos como las plantas se alimentan de la luz del sol.Yo solía ser igual: ruidoso, desinhibido, invencible en medio de todo aquello.Pero esta noche, el ruido se sentía distante, como si estuviera ocurriendo detrás de un cristal grueso.Lo único que hacía era mirar por encima del hombro para buscar a Eli.Había reclamado el extremo más alejado del sofá hundido de la sala, sentado justo en el borde como si pudiera necesitar salir disparado hacia la puerta en cualquier momento. Tenía las piernas recogidas
Capítulo 6 – La Primera Invitación a una Fiesta(POV de Dante)El bajo nos golpeó antes de que siquiera termináramos de bajar los escalones del porche, grave e implacable, vibrando a través de las suelas de mis zapatillas como si la casa misma tuviera un latido.La típica noche de viernes fuera del campus: alguien había subido los altavoces hasta hacer temblar las ventanas, la cerveza barata corría entre un bosque de vasos rojos Solo y los suelos ya estaban pegajosos de bebidas derramadas y Dios sabe qué más.A estas alturas debería estar acostumbrado.Había estado en docenas de fiestas como aquella: la misma lista de reproducción, las mismas caras, la misma euforia después del partido desvaneciéndose hasta convertirse en nostalgia desordenada.Pero esta vez se sentía diferente.Más intensa.Porque esta vez no estaba entrando solo.Esta vez tenía a Eli siguiéndome medio paso por detrás, como si estuviera entrando en territorio enemigo.Parecía un ciervo atrapado bajo los reflectores d
Capítulo 5 – Grietas en la Armadura(POV de Eli)No esperaba que realmente apareciera.Dante Cruz no me parecía el tipo de persona que cumpliera con sus citas a menos que vinieran acompañadas de un silbato, un libro de jugadas o la promesa de algo que pudiera medirse: yardas ganadas, kilos levantados, segundos recortados en un sprint. Las sesiones de estudio en la biblioteca ocupaban un lugar entre “limpieza dental opcional” y “ver cómo se seca la pintura” en su lista de actividades favoritas.Así que cuando levanté la vista de mi despliegue de apuntes llenos de códigos de colores y lo vi apoyado contra la pared, cerca de las estanterías de filosofía, casi hice que toda la pila saliera volando hasta la alfombra.Se veía absurdamente fuera de lugar, de la mejor manera posible. Sus hombros anchos estiraban al límite la sudadera negra y desgastada, con las mangas subidas lo justo para dejar al descubierto los músculos marcados de sus antebrazos. El cabello oscuro se le rizaba en las punt






