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Capítulo 4: El trato de la biblioteca

ผู้เขียน: Aero Reads
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-22 17:13:47

Capítulo 4: El trato de la biblioteca

(Punto de vista de Dante)

La biblioteca no era mi lugar. Nunca lo había sido. Demasiado silenciosa, demasiado estática, como si las propias paredes estuvieran aguantando la respiración y esperaran que todos los demás hicieran lo mismo. El aire olía a papel viejo, a polvo y, de forma tenue, al café que alguien había derramado hacía tres años y que nunca habían limpiado del todo.

Cada sonido parecía amplificado: el rasgar de un bolígrafo, el leve crujido de una silla, la tos ocasional que se ganaba miradas de desaprobación desde tres mesas de distancia. A mí dame el rugido del estadio cuando la multitud se enciende en una tercera oportunidad y largo, el choque metálico de las pesas al caer en el gimnasio, el chirrido agudo de las zapatillas sobre la cancha de madera… cualquier cosa ruidosa, cualquier cosa viva. Cualquier cosa menos este silencio sofocante donde incluso pasar una página se sentía como romper un mandamiento.

Y, sin embargo, aquí estaba. En el tercer piso, en una mesa de rincón junto a los altos ventanales que daban al patio central, por su culpa.

Eli estaba sentado frente a mí, rodeado de una explosión de libros y hojas sueltas de apuntes que parecían haber sido atacadas por un tornado armado con un marcador fosforito.

Las mangas de su sudadera estaban subidas hasta los codos, dejando al descubierto unas muñecas delgadas y manchas de tinta en los nudillos. Su bolígrafo marcaba un ritmo errático contra la página abierta de su desgastada copia de La tierra baldía, y cada pocos segundos un rizo oscuro se le escapaba hacia adelante para cubrirle los ojos.

No dejaba de apartárselo con un manotazo impaciente, murmurando frases a medias entre dientes algo sobre que «la fragmentación de Eliot reflejaba la psique de la posguerra» que se disolvía en un pequeño bufido de frustración cuando la idea no terminaba de cuajar.

Cuando por fin levantó la vista, su sonrisa fue instantánea, amplia y demasiado sabionda para alguien que se pasaba la mayor parte del tiempo escondiéndose detrás de los libros.

Así que arrastró las palabras, alargándolas como si estuviera desempaquetando algo peligroso, necesitas ayuda. Y, para tu suerte, a mí se me dan de maravilla las palabras.

Me recliné en la incómoda silla de madera, con los brazos bien cruzados sobre el pecho, intentando parecer que esta conversación me importaba exactamente cero.

No necesito ayuda.

Mmm-hmmm. Hojeó la antología de literatura que yo había traído a regañadientes la que el profesor no dejaba de amenazar con que entraría en el examen parcial y clavó el dedo en un pasaje que yo había subrayado en un amarillo fosforito agresivo. Justo al lado, con mi caligrafía grande y angulosa, había garabateado: ¿¿Fútbol americano??.

Subrayaste «la futilidad de la lucha del hombre contra el destino» e inmediatamente después preguntaste si eso se aplicaba a las remontadas del cuarto cuarto. Eso a mí no me suena a que domines el tema.

El calor me subió por la parte posterior del cuello, lento y humillante.

Estaba… haciendo conexiones.

Estabas diciendo tonterías. Me devolvió el libro deslizándolo por la mesa, con una sonrisa demasiado engreída y unos ojos demasiado brillantes. Pero no pasa nada. Me gustan las tonterías.

Debería haberme levantado en ese mismo instante. Agarrar mi mochila, murmurar algo sobre el entrenamiento y dejarlo solo con su caótica montaña de libros. El orgullo me gritaba que hiciera exactamente eso. Pero la verdad la parte que no quería mirar demasiado de cerca era que verlo iluminarse así, verlo chincharme y provocarme como si yo fuera solo otro texto que podía anotar y desentrañar, desencadenaba algo flojo en mi pecho. Algo que solía mantener bajo llave.

Tamborileé con los dedos sobre la superficie rayada de la mesa, y el sonido sonó demasiado fuerte en medio del silencio.

Vale. Pongamos que me ayudas. ¿Tú qué ganas con esto?

Ladeó la cabeza y los rizos le cayeron de nuevo hacia adelante, pero esta vez dejó que se quedaran ahí. Sus ojos brillaban con travesura, pero había algo más debajo, algo casi tímido.

Me alegra que lo preguntes. Verás, tú eres popular…

No lo soy…

Lo eres interrumpió, con voz firme pero suave en los bordes. La gente mira cuando entras en una habitación. Ni siquiera te das cuenta porque estás acostumbrado, pero yo sí me doy cuenta. Las últimas tres palabras salieron más bajas, como si se le hubieran escapado de la guardia antes de que pudiera frenarlas. Desvió la mirada hacia la mesa durante medio segundo y volvió a subirla. Yo sí me doy cuenta.

Eso provocó algo peligroso en mi pecho: algo cálido, tenso e inoportuno. Me lo tragué y obligué a mi expresión a mantenerse neutral.

¿Y qué?

Y… Su sonrisa regresó, esta vez más afilada, convertida en un arma. Tú me vas a ayudar a mí. Socialmente. Fiestas, gente, no ser el chico raro de literatura que se queda en un rincón abrazando su cuaderno como si fuera un chaleco salvavidas.

Enarbolé una ceja, dejando que el escepticismo tiñera mi voz.

¿Quieres que te vuelva guay?

Básicamente, sí. Se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en la palma de la mano como si tuviera todo el tiempo del mundo y no hubiera ningún otro lugar en el que prefiriera estar. Piénsalo como… tutorías en direcciones opuestas. Tú me enseñas a estar en una habitación sin citar a Foucault.

Yo te enseño a escribir sobre la tragedia griega sin compararla con un gol de campo fallado.

La comisura de mi boca se movió. Luché duro para contenerla.

¿De verdad crees que tengo tiempo para hacer de tu niñera en las fiestas?

¿De verdad crees que vas a aprobar Teoría Literaria sin mí? Su voz bajó, burlona, pero había acero entretejido en sus palabras. Sabía que me tenía acorralado. Peor aún: sabía que yo lo sabía.

Espiré por la nariz, de forma larga y lenta, sacudiendo la cabeza como si pudiera sacudirme lo inevitable.

Eres ridículo.

Y sin embargo canturreó, alargando la palabra en tres sílabas ridículas hasta que me dieron ganas de estirarme al otro lado de la mesa y estrangularlo, o tal vez simplemente taparle la boca para que dejara de verse tan malditamente satisfecho de sí mismo, no te estás yendo.

No se equivocaba.

Me quedé justo allí, apoyando los codos en la mesa, observando la forma en que su bolígrafo giraba perezosamente entre sus dedos, la forma en que sus zapatillas mantenían ese golpeteo inquieto contra la moqueta como si no pudiera estarse quieto ni siquiera cuando estaba ganando. Cada pedazo de él estaba en movimiento; siempre lo había estado, me di cuenta, y odiaba la cantidad de espacio que ese movimiento estaba empezando a ocupar en mi cabeza.

Lo mucho que quería seguir mirándolo.

Vale murmuré, y la palabra me raspó la garganta como si me doliera físicamente pronunciarla. Trato.

La sonrisa que se dibujó en su cara fue lenta, brillante, desarmada. Golpeó como la luz del sol atravesando los ventanales de la biblioteca: cálida, cegadora y completamente injusta.

Durante un segundo estúpido y suspendido en el tiempo, me dio igual no haberme llevado la victoria. Solo quería seguir mirándolo mientras él me miraba así.

Entonces la realidad volvió de golpe: el reloj de la pared haciendo tic-tac, el peso de los exámenes parciales, el hecho de que tenía vídeos de partidos que analizar, carreras que hacer y mil cosas más que no eran esta cosa suave y peligrosa que estaba floreciendo entre nosotros.

Me aclaré la garganta, eché la mano hacia la antología y la abrí como si no hubiera pasado nada.

Bueno. ¿Por dónde empezamos?

La risa de Eli fue bajita, casi afectuosa.

Empezamos por que admitas que se te da fatal esta clase.

Le eché una mirada.

Sigue hablando y rompo el trato.

Demasiado tarde dijo alegremente, sacando ya una hoja limpia de apuntes. Ahora estás atrapado conmigo, Cruz.

Sí.

Empezaba a sospechar que tenía razón.

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