LOGINDespués de ser utilizado y descartado por el hombre que destruyó su juventud, Jade se reconstruyó a sí mismo. A sus treinta y tres años, es un arquitecto respetado, el heredero del negocio familiar... y propiedad de un líder de la mafia que posee su libertad. Escapar de los escombros de sus años universitarios requirió dinero, disciplina y obediencia. Durante siete años, Jade ha estado pagando esa deuda, en efectivo y en especie. Entonces, el pasado resurge. Un contrato corporativo lo ata a su antiguo amante, el hombre que lo destrozó hace trece años y ahora lo quiere de vuelta. Un encuentro fortuito que no debería haber significado nada resulta ser con el hermano menor de ese hombre. Una tentación con sus propios y peligrosos deseos hacia Jade. Atrapado entre el poder, la lujuria y la venganza, Jade debe decidir si el pasado realmente no tiene poder sobre él o si esta es su oportunidad de cerrar el capítulo. ¿Utilizará al hombre que lo posee para hacer daño al que lo destrozó? ¿O convertirá a un inocente en un arma para ganar por fin ventaja sobre su ex? La venganza tiene consecuencias, y para Jade, amenaza con convertirlo en el mismo monstruo que lo destruyó.
View More«¿Estás aquí solo?»
«¿Y qué si lo estoy?»
«¿Quieres ir a esa esquina? Está vacía», respondió el joven, inclinándose hacia mi oído.
Me eché hacia atrás, mirándolo. Hice una rápida evaluación: reloj de 100 000 dólares, corte de pelo de 5000 dólares, traje de 300 000 dólares.
«Claro», comenté con una sonrisa. En voz alta. El club estaba a reventar esa noche y la música sonaba a todo volumen.
Me coloqué delante de él, justo en el lugar que había señalado con un gesto de la cabeza. Me giré para mirarlo mientras se acercaba. Era alto. De mi estatura, quizá más alto.
Estaba encorvado y mirando a su alrededor. Conocía esa mirada.
Se acercó a mí y luego se giró hacia la pared. Lo detuve.
«Eh... eso lo suelo hacer yo», dije con naturalidad, manteniendo un tono amistoso. El chico parecía necesitar un amigo, y yo también necesitaba divertirme un poco; no quería asustarlo.
«Ah. Oh… ¿puedes… cambiarte esta noche?», preguntó, con los ojos ligeramente temblorosos. Incluso en la penumbra de la sala, con las luces estroboscópicas de neón parpadeando, sus ojos brillaban.
Era más joven que yo, pero mayor de edad.
Estaba a salvo.
«No», respondí jovialmente, «lo prefiero así».
«Oh…», murmuró, apartando la mirada mientras se mordía el labio inferior. «Yo… puedo pagarte. 100 000. ¿Qué me dices?», preguntó, casi suplicante.
Yo también conocía esa mirada. Alguien que aún era nuevo en el juego.
Lo miré fijamente a los ojos y di un paso adelante, invadiendo su espacio.
Tragó saliva. Sus ojos temblorosos se encontraron con los míos, firmes.
«500 000», dije lentamente.
Asintió apresuradamente, sin apenas un segundo de vacilación.
Lo evalué de nuevo.
Un chico rico. Sin duda. Pero también uno prudente. Podía adivinar por qué me había elegido a mí. Era mayor que muchos de los que estaban en el club, y tampoco parecía una mendiga.
No me aferraría a él. Probablemente.
Volví a sonreír.
Se giró, se bajó los pantalones y yo me metí. Fácilmente. Se había preparado.
Jadeó y me apretó, pero seguí adelante, despacio al principio. No estaba seguro de cuán novato era en esto. Luego, cuando se relajó, lo penetré rápido. No con fuerza, no soy un bruto.
Escuché, evalué y me moví con él hasta que se corrió, con su gran cuerpo temblando y desplomándose contra la pared.
Me retiré.
En la oscuridad del club, la gente follaba por todas partes. Era ese tipo de sitio.
Si no querías sexo, te ibas a otro sitio.
En cuanto a mí, sobre todo me gustaba mirar. Y como ya no soy tan joven, rara vez se me acercan, lo cual me venía muy bien.
Esta noche, sin embargo, alguien había dado el paso, y yo estaba de buen humor, sobre todo después de más de una hora observando.
El chico me deslizó una tarjeta en la mano. Se inclinó hacia mí de nuevo. «1111, ese es el código. El dinero está ahí», dijo, mirándome con el tipo de gratitud que uno reserva para ese camarero o heladero que te da una ración extra de tu comida o golosina favorita, sin que se lo hayas pedido.
Volví a sonreír. No hacía falta hablar. Esto no era un evento de networking ni una reunión social.
Era un club de sexo, y no éramos conocidos.
Además, no me interesaba hablar. Eso es para el día. Por la noche, observo, escucho. Respiro.
El chico rico y feliz se dio la vuelta para marcharse, y yo le metí su tarjeta en el bolsillo junto con una mía.
Mientras se alejaba, saqué mi teléfono y transferí 550 000 dólares a mi tarjeta. El código de acceso ya estaba escrito en ella. Realmente no me gusta hablar.
Volví a observar a los chicos y a los hombres. A los cazadores y a las presas. A los compradores, a los jugadores y a los que están ahí para todas las estaciones.
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A la mañana siguiente, entré en el despacho de mi abogado. Mi empresa estaba negociando un acuerdo con un inversor de primer nivel. Ya había conocido al inversor, un curador de arte con mucha experiencia y de familia adinerada.
Estaba montando una galería, y mi empresa se encargaría de las obras y del diseño de interiores, siempre y cuando pudiéramos cerrar el trato ese mismo día.
Entré puntualmente a las diez de la mañana y me encontré al anciano caballero que conocía sentado con otros dos hombres. Los miré de reojo mientras me giraba para estrechar la mano que me tendía mi abogado.
Me detuve. En mi mente, mientras mi cuerpo se movía automáticamente.
¡Pero qué coño!
Le estreché la mano a Martin y luego me volví hacia mi futuro cliente. Le estreché la mano mientras los otros dos hombres se ponían de pie.
Mi mirada se dirigió al primer hombre. Mi cliente estaba hablando, pero no oí ni una palabra hasta que la palabra «hijo» se coló entre el zumbido agudo que resonaba en mi cabeza.
El chico de anoche me está mirando fijamente. Con los ojos muy abiertos y pálido.
Me oí reír a carcajadas mientras le estrechaba la mano, y luego me solté con fuerza, pero discretamente, de su apretón húmedo y férreo.
Le hice un gesto de asentimiento mientras él abría la boca, sin escuchar aún las palabras del hombre mayor, y me volví automáticamente hacia el segundo hombre.
Me quedé paralizado. Se me cayó el alma a los pies. Me volví hacia Martin.
«¿Qué es esto?», pregunté con calma, pero mi cabeza ardía. Mi corazón latía contra mi pecho como un tambor de guerra. Tenía las palmas húmedas, y no por el apretón de manos con el chico del club.
Apreté los puños a los lados mientras me enfrentaba a la única persona a la que podía mirar en ese momento concreto.
Martin sonrió a modo de disculpa, rodeando su escritorio para situarse a mi derecha. «Vamos, Jade, ha pasado mucho tiempo, ¿no?», preguntó con naturalidad, aunque yo podía oír el temblor en su voz.
Un temblor que ambos entendíamos bien.
«¿Se ha helado el infierno y nadie me lo ha dicho?», continué con frialdad, aunque lo único que deseaba era abrirle la cabeza a mi amigo abogado y dejar que su sangre se derramara sobre el suelo de su lujosa oficina alfombrada.
«Jade...», comentó débilmente, pero fue interrumpido.
«Jayden, vamos, ¿cuánto ha pasado, trece años? ¿No puedes dejar las cosas atrás?», rezamó el segundo hombre, y se me puso la piel de gallina al instante.
No había oído esa maldita voz en más de una década, y no había sido lo suficientemente pronto.
La arrogancia. La audacia. La seguridad.
Dios, déjame morir. ¡Déjame morir ahora mismo! Maldije en mi interior.
No lo miré. Me volví hacia mi supuesto cliente, el anciano. «Si él está en el trabajo, no puedo hacerlo», comenté secamente.
El anciano sonrió con calma. Contuve la respiración.
«100 millones. ¿Eso te hará cambiar de opinión?», preguntó mi cliente potencial con paciencia. Llevaba más de tres meses en contacto con él. Respetaba al anciano más de lo que quería admitir.
No era como muchos de mis clientes. Era rico, como todos ellos, pero también tenía los pies en la tierra. A diferencia de la mayoría.
Había pasado más tiempo hablando con él de cosas ajenas a los negocios de lo que jamás me había permitido con otros.
Él hablaba del pasado y de cómo había cambiado la sociedad. Yo hablaba de las opiniones de mi padre sobre el trabajo, la vida y la dedicación al oficio.
Él hablaba de lo difícil que era llevarse bien con los jóvenes hoy en día. Le aseguré que yo era la excepción a esa regla en particular.
Y así, habíamos bailado, discutido, negociado, familiarizándonos el uno con el otro, hasta hoy. El acto final.
Y entonces, la palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
«No», respondí educadamente, con seguridad.
«500», graznó el chico. Me volví hacia él con rigidez. «500 millones. ¿Serviría eso?», preguntó con voz ronca.
Lo había esperado, había ido a la batalla por él, y ahí estaba, sin ninguna preocupación. Él había estado bien. Me había arriesgado a mí mismo, a mi banda, por él, ¿y qué estaba diciendo? ¿Qué estaba haciendo?Barry gritó. Shaw maldijo. Él, mi avatar, lo único bueno en mi mundo, aceptó en silencio todo lo que mis hombres, mis escudos, tenían para ofrecer. Luego, caminó hacia la puerta, hacia mí, para irse.Mis chicos no le dejaron acercarse a mí. Me miró de reojo y yo lo miré fijamente, sin sentir nada en mi cuerpo, salvo un zumbido en los oídos. Esa expresión volvió a aparecer.Me sentí mal. Ni siquiera cuando las balas me rozaron la cabeza anoche me había sentido así.Sus ojos se apartaron de los míos y salió. Se alejó. Lo vi desaparecer. Igual que lo había hecho aquel día en que se subió al taxi y le dije a Barry que me consiguiera toda la información sobre Ralis.Lo vi desaparecer de mi vista.Barry me sujetó cuando el suelo se movió.
¿Cómo coño estaba Jay relacionado con alguien con ese tipo de dinero y acceso al puto gobierno?Entiendo que está forrado, es un multimillonario, joder, pero ¿cómo es posible que mis chicos, incluso los hackers a los que pagué un buen dinero, no fueran capaces de conseguirme ninguna información real sobre él?Y lo que es más, ¿dónde estaba Jay? No debería estar por ahí suelto, no con ese jodido cabrón y el tipo de obsesión que el muy cabrón tenía por Jay, en todos los sentidos que importaban.¿Lo había encontrado ese cabrón, se lo había llevado a algún sitio? ¿Estaba a salvo, o estaba encerrado en algún puto sótano en una isla en medio de la nada?Esos pensamientos me atormentaban, rondándome la cabeza día tras día. Peor que los primeros días de las desapariciones de Jay. Peor que cualquier cosa que hubiera sentido en más de una década.Entonces, ocurrió lo de anoche. Mis chicos seguían investigando qué había sido aquello y cómo se había producido
Cuando los atacantes entraron en el club de Marcus, mi equipo y yo ya estábamos dentro. Era un club nocturno normal y corriente. Música a todo volumen, luz tenue, mucho alcohol, mucho baile. No había cámaras en el local, lo cual nos vino de perlas.Fuesen cuales fuesen los resultados de la noche, solo se podrían presentar informes de testigos presenciales a los jefes de ambas partes.Las luces se apagaron exactamente a las 11 de la noche y su plan se puso en marcha.Mi grupo estaba listo.Había entrado en el edificio horas antes del ataque con dos compañeros de equipo. Habíamos accedido al club por el tejado y nos habíamos mantenido ocultos hasta que comenzó la fiesta.Estábamos completamente camuflados, con máscaras y vestidos de negro de pies a cabeza. Gracias a la complexión de la banda de Marcus y a los hombres que había seleccionado, no destacaría.Para ocultar aún más nuestra presencia, mis chicos lanzaron humo en la sala justo antes d
Parecía como si a una bestia enjaulada le hubieran dado la libertad.Observé la alegría de Marcus, luego él echó agua fría sobre mi mente que ardía lentamente y se levantó para marcharse. Para dejarme. Otra vez.El fuego me abrasaba el alma.Le agarré la muñeca. Solo si me hubiera cortado la mano le habría dejado marcharse de nuevo. Desaparecer de nuevo.Lo había esperado. Había ido a la guerra para que le redujeran la condena y para eliminar algunas de las pruebas utilizadas para condenarlo.Una guerra privada. Una guerra secreta. Había conseguido información sobre los detectives de policía y sus jefes, había sobornado a gente, usando el dinero de Marcus, utilizándolos para contaminar las escenas del crimen y sobornar a testigos para que cambiaran sus declaraciones cuando llegara la apelación.Incluso había reubicado a dos de ellos, los había instalado en nuevas ciudades, con nuevas identidades, para asegurarme de que no aparecieran en el f
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