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Capítulo 3

Autor: Nájera Testa
El corazón me latía con fuerza. Tenía la sensación de que sus palabras ocultaban un doble sentido. Como si... me estuviera provocando a propósito.

Martha nunca había sido así; ¿por qué se comportaba de esa manera esta noche?

¿Estaría ovulando?

Con la cara ardiendo de vergüenza, asentí:

—No te preocupes, te prometo que guardaré el secreto.

—Qué bueno.

Sonrió con dulzura, se puso de pie y bajó una botella de vino tinto de la repisa.

—¿Quieres?

Meneó la botella frente a mí. Al ver el líquido escarlata, me pudo la tentación y terminé asintiendo.

Me sirvió una copa y luego se sirvió otra. Echó la cabeza hacia atrás y bebió a pequeños sorbos. Su cuello blanco quedó expuesto, con un tono sonrosado y tenues venas que apenas se traslucían bajo la piel.

Se me secó la garganta y me bebí el vino de un solo trago. Mi mirada se detuvo en su pecho. Con cada sorbo que daba Martha, sus pechos se mecían ligeramente.

Me entraron ganas de agarrar esa tela que estorbaba y hacerla pedazos.

—Joss, ¿por qué me miras tanto?

Dejó la copa y me miró con coquetería y fingido reproche. Estaba tan absorto que no esperaba que me descubriera; me atraganté y empecé a toser sin parar. Se apresuró a palmearme la espalda. Quedó recostada entre mis brazos, con sus pechos rozándome al subir y bajar.

Mientras me daba palmaditas, deslizó la mano por mi espalda hasta ponérmela ahí abajo.

—Joss, sí que te hiciste todo un hombre.

Lo decía mientras su mano seguía bajando; del susto, se la agarré con fuerza. Si antes solo eran sospechas, ahora tenía claro que me estaba provocando. Yo era un tipo normal; ¿cómo iba a resistir esa tentación?

Cuando dudaba si soltarle la mano para que siguiera tocándome, Martha suspiró, sacudió la cabeza y retiró la mano.

—Qué tonto eres.

Dicho eso, apagó la proyección y se fue a su habitación meneando la cintura. Me quedé pasmado, sin poder reaccionar. Incluso al volver a mi cuarto para dormir, la cabeza todavía me zumbaba.

Estaba seguro de que lo había hecho a propósito. Jamás imaginé que en privado fuera una mujer tan caliente. Me daban ganas de pegarme una buena cachetada. ¿Por qué me había acobardado tanto? ¿Para qué demonios le agarré la mano?

Si tuviera otra oportunidad, seguro que no actuaría igual. El arrepentimiento desesperado no me dejaba dormir. La sangre me hervía y el calor se me acumulaba ahí abajo con tal intensidad que sentía que iba a estallar.

Con la respiración agitada, me senté en la cama. Le demostraría que yo no tenía nada de tonto. Caminé de puntillas hasta su cuarto y vi que la puerta estaba entreabierta.

Por la rendija, Martha yacía inmóvil en la cama, como si se hubiera quedado dormida. Como el alcohol da valor, estiré la mano y empujé la puerta. La madera crujió, pero ella no se movió.

Entré con paso sigiloso y cerré la puerta detrás de mí. En la penumbra, parecía profundamente dormida, sin una sola cobija encima, con las mejillas sonrojadas y el ceño apenas fruncido. Los brazos y las piernas que quedaban fuera del camisón eran tan blancos que casi resplandecían.

Me senté a su lado. El aroma de una mujer madura impregnaba el aire. Me quedé contemplando aquellas cumbres blancas.

La llamé en voz baja un par de veces.

—Martha...

No respondió.

“Tú me provocaste para que viniera”.

Me envalentoné; extendí la mano y la posé sobre su pecho. El calor de su piel me recorrió la palma como una descarga eléctrica que me estremeció.

Era suave como un queso fresco blanquísimo. La emoción me envalentonó aún más; levanté el dobladillo del camisón y deslicé la mano hacia adentro. Sus montañas de leche, el vientre, la cintura fina... Bajo mi mano, todo era suave y terso como la seda.

Para mi asombro, descubrí que no solo no llevaba nada arriba, sino que tampoco llevaba nada abajo... Creí que me estaba esperando. Sin dudarlo, bajé la cabeza, apoyé la cara en sus muslos tersos y aspiré su aroma.

Su fragancia me embriagó; abrí la boca y le mordí suavemente la piel.

—Aggg...

Se estremeció y se encogió. Me sobresalté y me senté derecho. Pero, para mi sorpresa, ella movió la cintura, se giró de costado y jaló la cobija para taparse la cabeza.

Al ver aquel durazno redondo apuntando hacia mí, ¿qué más me quedaba por entender? Eso de que fuera una mujer recatada y elegante era una farsa. Era una calenturienta sexualmente insatisfecha.

El vino acabó con mis inhibiciones. Le sujeté la cintura y la inmovilicé boca abajo en la cama. Alcé la mano para apartar el camisón que estorbaba, y ella arqueó la espalda para ayudarme...

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