INICIAR SESIÓNPaulina no durmió esa noche. Tampoco la siguiente.
El viernes por la mañana, mientras preparaba el desayuno de Daphne, tenía ojeras que ningún corrector podría disimular y había tomado suficiente café como para mantener despierto a un ejército.
—Mami, ¿estás enferma? —preguntó Daphne, masticando sus cereales mientras observaba a su madre con preocupación.
—No, cariño. Solo un poco cansada del trabajo.
—Deberías dormir más —dijo Daphne con seriedad—. Mi maestra dice que los adultos necesitan ocho horas de sueño.
"Tu maestra no está considerando pedirle a su ex marido que la embarace", pensó Paulina, pero sonrió y asintió.
—Tienes razón. Lo intentaré.
En la oficina, Paulina fue un desastre. Envió un correo al cliente equivocado, derramó café sobre su teclado y se quedó mirando la pantalla de su computadora durante veinte minutos sin procesar una sola palabra.
Su mejor amiga y compañera de trabajo, Mariana, finalmente se acercó a su escritorio con los brazos cruzados y una expresión de preocupación.
—Está bien, suéltalo. ¿Qué pasó?
—Nada —mintió Paulina, sin levantar la vista.
—Paulina, te conozco desde hace ocho años. Sé cuando algo te está carcomiendo por dentro. Además, acabas de intentar meter tu teléfono en la cafetera.
Paulina miró hacia abajo. Efectivamente, sostenía su iPhone sobre la cafetera de la oficina. Suspiró y dejó el teléfono sobre el escritorio.
—No puedo hablar de esto aquí.
—Almuerzo. El italiano de la esquina. Doce en punto. No aceptaré un no como respuesta.
A las doce y cinco, Paulina estaba sentada frente a Mariana en una mesa del restaurante, retorciendo la servilleta entre sus manos mientras su amiga la observaba con una mezcla de curiosidad y alarma.
—Daphne quiere un hermano —soltó finalmente.
Mariana parpadeó.
—Okay... muchos niños quieren hermanos. ¿Eso es todo?
—No para de pedírmelo. Todos los días, Mari. Todos los malditos días. Esta mañana dejó un dibujo en mi bolso de ella sosteniendo la mano de un bebé. Me está volviendo loca.
—Bueno, es comprensible que lo pida. Es hija única y...
—Estoy pensando en pedirle a Daniel que me ayude a tener otro bebé.
Las palabras salieron de golpe, sin filtro, sin preparación. Mariana, que estaba tomando agua, se atragantó y tosió violentamente durante varios segundos.
—¿QUÉ? —exclamó cuando pudo hablar, lo suficientemente alto como para que varias personas voltearan a verlas.
—Baja la voz —siseó Paulina, hundiendo la cara entre las manos.
—Paulina Bennett, dime que no estás hablando en serio.
—No lo sé. Tal vez. Probablemente no. Dios, suena horrible cuando lo digo en voz alta.
Mariana se quedó mirándola, boquiabierta.
—Necesito que me expliques tu proceso mental porque honestamente no entiendo cómo llegaste de "mi hija quiere un hermano" a "voy a pedirle a mi ex marido que me embarace".
Paulina tomó aire profundamente.
—He estado pensando en las opciones. Podría empezar a salir con alguien, pero eso tomaría años. Conocer a alguien, desarrollar una relación seria, decidir tener un hijo juntos... Para cuando eso pase, Daphne será prácticamente adolescente. Podría ir a un banco de esperma, pero...
—¿Pero?
—No lo sé. Se siente raro. Frío. Y Daphne quiere un hermano de verdad, alguien que comparta su familia, su historia. Daniel es el padre perfecto para ese bebé porque ya es el padre de Daphne.
Mariana se recargó en su silla, procesando la información.
—¿Y has considerado que esto es completamente demente?
—Todos los días desde que se me ocurrió.
—¿Y que podría complicar absolutamente todo entre ustedes?
—También he considerado eso.
—¿Y que estarías trayendo un bebé al mundo en una situación completamente no convencional que podría confundir a ese niño para el resto de su vida?
—Sí, Mari, he pensado en todo eso —Paulina sintió las lágrimas acumularse en sus ojos—. Créeme, no es que piense que es una idea brillante. Sé que es una locura. Pero no puedo sacarme de la cabeza la cara de Daphne cuando me pide esto. Se ve tan... esperanzada. Y yo soy la persona que tiene que destrozar esa esperanza todos los días.
Mariana suavizó su expresión y tomó la mano de su amiga.
—Paulina, eres una madre increíble. Pero no puedes darle a Daphne todo lo que quiere solo porque lo pide.
—Lo sé. Pero esto no es como un cachorro o un viaje a Disneyland. Esto es... es sobre familia. Sobre no sentirse sola. Y yo entiendo eso porque yo también fui hija única y sé lo que se siente.
—¿Y Daniel? ¿Ya hablaste con él?
—Dios, no. Ni siquiera sé cómo empezaría esa conversación.
—"Hola, Daniel, ¿cómo has estado? Por cierto, ¿podrías embarazarme? Solo por Daphne, obvio. Sin compromisos emocionales. Gracias."
A pesar de todo, Paulina soltó una risa.
—Suena aún más ridículo cuando tú lo dices.
—Porque es ridículo —Mariana apretó su mano—. Mira, te quiero. Y sé que solo quieres lo mejor para Daphne. Pero esto... esto tiene "mala idea" escrito por todos lados.
—Lo sé.
—¿Entonces no lo harás?
Paulina guardó silencio, mordiendo su labio inferior. La mesera llegó con sus órdenes, pero ninguna de las dos tocó su comida.
—No lo sé —admitió finalmente Paulina—. Probablemente no. Es decir, Daniel probablemente me diría que estoy loca y eso sería el fin de la conversación. Pero...
—¿Pero?
—¿Y si dice que sí?
Mariana dejó escapar un largo suspiro.
—Si dice que sí, entonces tendrán que establecer límites muy claros. Reglas. Expectativas. Y probablemente terapia. Mucha terapia.
—Siempre supimos hacer buenos bebés —dijo Paulina con una sonrisa triste—. Daphne es prueba de ello. Solo la parte de ser pareja se nos daba fatal.
—Exacto. No eran buenos como pareja. ¿Y si esto los arrastra de vuelta a esos patrones?
—No lo haría. Sería diferente. Sería solo... un acuerdo. Algo práctico.
Mariana la miró con escepticismo.
—¿Práctico? Paulina, estamos hablando de acostarte con tu ex marido repetidamente hasta que quedes embarazada. No hay nada práctico en eso.
Paulina sintió que se sonrojaba.
—Bueno, cuando lo dices así...
—¿Cómo más lo diría? —Mariana se inclinó hacia adelante—. Paulina, seamos honestas. ¿Todavía sientes algo por él?
La pregunta quedó flotando en el aire entre ellas.
—No —dijo Paulina automáticamente. Luego, menos segura—: No lo sé. A veces... a veces lo veo con Daphne y recuerdo por qué me enamoré de él. Es un padre increíble. Paciente, divertido, presente. Pero eso no significa que debamos estar juntos.
—Pero sí significa que esto podría complicarse emocionalmente muy rápido.
—O podríamos manejarlo como adultos maduros que solo quieren lo mejor para su hija.
—¿Los mismos adultos maduros que se divorciaron porque no podían comunicarse sin pelear?
Paulina hizo una mueca.
—Hemos mejorado. Ya no peleamos.
—Porque apenas se hablan.
Era verdad. Sus conversaciones se limitaban a intercambios breves y funcionales. "Daphne tiene revisión dental el martes." "Okay, la llevo yo." "Gracias." "De nada." Fin de la conversación.
¿Qué pasaría si intentaban... esto? ¿Podrían mantener esa distancia cuidadosa que habían construido?
—Necesito pensarlo más —dijo Paulina finalmente.
—Por favor, piénsalo mucho más. Y si decides seguir adelante, júrame que hablarás con un terapeuta primero. O un abogado. O ambos.
—Lo prometo.
Pero incluso mientras lo decía, Paulina sabía que ya había tomado una decisión. Tal vez no conscientemente, pero en algún lugar profundo de su mente, ya estaba planeando qué decirle a Daniel.
Esa tarde, cuando Daniel llegó a recoger a Daphne para su fin de semana, Paulina casi se echa para atrás. Él se veía tan normal, tan ajeno a la tormenta que se gestaba en la mente de ella. Llevaba jeans y una camisa azul que resaltaba sus ojos. Sonrió cuando Daphne salió corriendo hacia él.
—¡Papi!
—¡Mi princesa! —la levantó en brazos y la hizo girar, provocando risas—. ¿Lista para el fin de semana más increíble de tu vida?
—¿Qué vamos a hacer?
—Es sorpresa —guiñó un ojo.
Daniel miró a Paulina por encima de la cabeza de Daphne.
—Hola, Paulina.
—Hola, Daniel.
Un silencio incómodo. Como siempre.
—¿Todo bien? Te ves cansada.
—El trabajo —mintió ella—. Ya sabes cómo es.
—Deberías descansar este fin de semana. Daphne está en buenas manos.
—Lo sé.
Otro silencio. Daphne miró entre los dos con una expresión que Paulina no pudo descifrar.
—Bueno, nos vamos —dijo Daniel—. La traigo el domingo a las seis, ¿te parece?
—Perfecto.
Daniel se dio la vuelta para irse, llevando la mochila de Daphne en un hombro y a la niña de la mano.
—¡Daniel! —lo llamó Paulina antes de que pudiera detenerse.
Él se giró, sorprendido por el uso de su nombre completo en lugar del casual "adiós" o "gracias" de siempre.
—¿Sí?
Paulina abrió la boca. Las palabras estaban ahí, en la punta de su lengua. "Necesito hablar contigo. A solas. Sobre algo importante."
Pero Daphne la estaba mirando con esos ojos esperanzados, y Daniel la observaba con curiosidad, y el momento era completamente inadecuado.
—Nada. Solo... que se diviertan.
La confusión en el rostro de Daniel fue evidente, pero asintió.
—Claro. Tú también.
Paulina los vio alejarse, a Daniel cargando la mochila de princesas de Daphne sin ninguna vergüenza, a su hija hablando animadamente sobre algo que había aprendido en la escuela.
Cerró la puerta y se recargó contra ella.
"Cobarde", se dijo a sí misma.
Pero el fin de semana le daría tiempo para planear. Para encontrar las palabras correctas. Para prepararse mentalmente para la conversación más incómoda de su vida.
Mientras tanto, necesitaba investigar. Abrió su laptop y comenzó a buscar: "Co-paternidad sin relación romántica." "Tener un hijo con tu ex." "Acuerdos de paternidad no convencionales."
Los resultados eran... variados. Algunos artículos hablaban de éxito. Otros advertían sobre complicaciones legales y emocionales. Ninguno hablaba exactamente de su situación.
Porque su situación era única en su nivel de demencia.
Paulina cerró la laptop y tomó su teléfono. Abrió la conversación con Daniel. El último mensaje era de hace tres días: "Daphne dejó su suéter favorito en mi coche. Te lo llevo el viernes."
Sus dedos se movieron sobre el teclado.
"Necesito hablar contigo sobre algo importante. Cuando devuelvas a Daphne, ¿podríamos tomar un café?"
Borró el mensaje.
"¿Tienes tiempo para hablar en privado pronto? Es sobre Daphne."
También lo borró.
"Sé que esto sonará extraño, pero..."
Borrar.
Finalmente, dejó el teléfono a un lado. No podía hacerlo por mensaje. Esto requería una conversación cara a cara. Donde pudiera ver su reacción, explicarse adecuadamente, tal vez retractarse si la miraba como si hubiera perdido la cabeza.
El fin de semana se estiró interminablemente. Paulina limpió la casa de arriba a abajo, reorganizó su clóset, intentó concentrarse en trabajo atrasado. Nada funcionó para distraer su mente.
El domingo, a las seis en punto, el timbre sonó.
Paulina se miró una última vez en el espejo. Había elegido su ropa cuidadosamente esa mañana: jeans cómodos, una blusa simple. Nada que pareciera que estaba tratando demasiado. Se había puesto un poco de maquillaje para ocultar las ojeras, pero no demasiado.
"Solo respira", se dijo a sí misma.
Abrió la puerta.
Daniel estaba ahí con Daphne, que se veía feliz y un poco despeinada. Llevaba una mancha de lo que parecía ser helado en su camisa.
—Hola, mami! ¡Fuimos al acuario y vi tiburones y papi me compró un peluche de delfín y comimos pizza y...!
—Suena maravilloso, cariño —interrumpió Paulina suavemente—. ¿Por qué no entras y te cambias? Necesitas un baño antes de la cena.
Daphne entró corriendo, dejando a Paulina y Daniel solos en el umbral.
Este era el momento.
—Daniel —comenzó Paulina, su corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo—. ¿Tienes unos minutos? Necesito preguntarte algo.
El martes llegó demasiado rápido. Paulina se cambió de ropa cuatro veces, ensayó lo que diría, se preparó mentalmente.Cuando Daniel abrió la puerta, se veía tan nervioso como ella se sentía.—Hola.—Hola.Se quedaron parados ahí, ninguno seguro de cómo proceder.—¿Entonces... volvemos a las reglas? —preguntó Daniel finalmente—. ¿O...?—No lo sé —admitió Paulina—. Honestamente, no tengo idea de qué estamos haciendo.—Yo tampoco.—Pero necesitamos hacer esto. Por Daphne. Para darle el hermano que quiere.—Sí —Daniel asintió—. Ese sigue siendo el objetivo.—Entonces tal vez... tal vez solo hacemos lo que se sienta natural. Sin reglas estrictas, pero también sin expectativas.—¿Eso es posible?—No lo sé. Pero podemos intentarlo.Daniel le extendió la mano.—¿Tregua? ¿Dejamos de intentar forzar esto a ser algo que no es?Paulina tomó su mano.—Tregua.Esa noche fue diferente otra vez. No tan intenso como el sábado, pero tampoco clínico como los intentos del mes anterior. Encontraron un pu
El tercer mes llegó con el cambio de estación. Las hojas comenzaban a caer y el aire se volvía más fresco. Paulina se encontró usando esto como una metáfora mental: cambio, renovación, nuevas posibilidades.Tenía que funcionar esta vez. Tenía que hacerlo.Pero algo más había cambiado también. La tensión entre ella y Daniel había alcanzado un punto casi insostenible. Eran demasiado formales, demasiado cuidadosos, como si caminaran sobre vidrio roto.—Esto no puede seguir así —le dijo Mariana un día durante el café—. Están tan concentrados en no sentir nada que están haciendo todo más raro.—¿Qué se supone que hagamos?—No lo sé. ¿Terapia? ¿Hablar honestamente? ¿Admitir que hay emociones complicadas en juego aquí?Paulina sabía que su amiga tenía razón. Pero admitir que había emociones significaba enfrentarlas, y ella no estaba lista para eso.El sábado por la noche, cuando llegó al apartamento de Daniel para el primer intento del mes, él abrió la puerta con una expresión determinada.—
Los siguientes días fueron tensos. Paulina evitó pensar en Daniel lo más posible, sumergiéndose en el trabajo y pasando cada minuto libre con Daphne.El domingo, cuando fue a recoger a su hija a casa de Carmen, mantuvo la conversación con Daniel breve y funcional. Él hizo lo mismo.—¿Cómo estuvo? —preguntó Paulina.—Bien. Hicimos galletas con mi mamá ayer. Fuimos al parque hoy.—Suena divertido.—Sí.Silencio incómodo.—Bueno, nos vamos —dijo Paulina finalmente.—Claro. Adiós, Daph.—¡Adiós, papi! —Daphne lo abrazó fuerte.En el auto, Daphne fue inusualmente silenciosa.—¿Todo bien, cariño? —preguntó Paulina.—Mami, ¿tú y papi están peleando?Paulina sintió un nudo en el estómago.—No, mi amor. ¿Por qué preguntas?—Porque ustedes se veían tristes. Y no hablaron mucho. Como antes, cuando vivían juntos y estaban enojados.Mierda. Paulina había olvidado lo perceptiva que era su hija.—No estamos peleando, te lo prometo. Solo estamos... cansados.Daphne no pareció convencida, pero no pres
El segundo mes comenzó con una determinación renovada. Paulina se dijo a sí misma que esta vez sería diferente. Esta vez funcionaría.Pero también notó algo más: los encuentros con Daniel se estaban volviendo menos incómodos. Tal vez demasiado cómodos.—¿Quieres pizza antes? —preguntó Daniel cuando ella llegó un martes por la noche—. Pedí de ese lugar que solíamos amar.Paulina vaciló en el umbral. Compartir pizza se sentía... peligrosamente doméstico.—No debería quedarme mucho tiempo. Tengo trabajo pendiente.—Es solo pizza, Pau. Ambos tenemos que comer.Terminó quedándose. La pizza estaba deliciosa, exactamente como la recordaba. Se sentaron en el sofá de Daniel, con la caja entre ellos, hablando de cosas triviales. El nuevo proyecto de él en el trabajo. La presentación que ella tenía que dar la próxima semana. La maestra nueva de Daphne que parecía más estricta que la anterior.Era fácil. Demasiado fácil.—¿Recuerdas cuando pedíamos pizza todos los viernes? —dijo Daniel, limpiándo
El lunes por la noche fue menos incómodo que el sábado. Ya sabían qué esperar, cómo navegar la extrañeza de la situación.—¿Esto se supone que se vuelve más fácil cada vez? —preguntó Paulina mientras se vestía.—Eso espero —respondió Daniel—. De lo contrario, los próximos seis meses van a ser muy largos.El miércoles, había desarrollado una rutina casi cómoda. Paulina llegaba a las ocho, hablaban brevemente sobre Daphne, iban al dormitorio, y después veían algo en la tele antes de que ella se fuera.—¿Crees que funcionó? —preguntó Daniel el miércoles, mientras ella se preparaba para irse.—No lo sabré hasta dentro de dos semanas. Podré hacerme una prueba entonces.—¿Y si no funcionó?—Entonces lo intentamos de nuevo el próximo mes.Daniel asintió, pero Paulina vio algo en sus ojos. ¿Decepción? ¿Alivio?—¿Quieres que funcione? —preguntó ella.—Por supuesto. Quiero decir, es por eso que estamos haciendo esto, ¿no?—Sí, pero... ¿tú personalmente quieres que funcione?Daniel la miró direc
Los siguientes diez días pasaron en una nebulosa extraña. Paulina se encontró hiperconsciente de cada interacción con Daniel, cada mensaje de texto sobre Daphne ahora cargado con el peso de lo que estaba por venir.El jueves por la noche, mientras acostaba a Daphne, su aplicación le notificó que entraría en su ventana fértil en dos días. Miró la pantalla durante un largo momento antes de escribirle a Daniel."Sábado sería el día óptimo. ¿Tu apartamento o el mío?"Borró el mensaje. Demasiado clínico. Volvió a escribir."Según mi ciclo, el fin de semana sería buen momento. ¿Funciona para ti?"También lo borró. Sonaba como si estuviera programando una reunión de negocios.Finalmente escribió simplemente:Paulina: Este fin de semana. Sábado en la noche, si estás disponible.La respuesta de Daniel llegó quince minutos después.Daniel: Okay. ¿En mi lugar? Daphne está con mi mamá ese fin de semana, así que tendré privacidad.Paulina: Perfecto. ¿A las 8?Daniel: Ahí te veo.Paulina dejó el te







