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Capítulo 3

Author: Coco Flan
Durante los siguientes días, Marco iba y venía entre las dos habitaciones del hospital, sin descuidar a ninguna de las dos.

Poco antes de que me dieran de alta, Lina fue a verme. Su habitual expresión dulce e inocente había desaparecido; en su lugar, su sonrisa era maliciosa.

—En serio que aguantas mucho. Te quedaste tan tranquila incluso después de ver mi boda con Marco. Él ya no te quiere. ¿En serio crees que puedes seguir aferrada a ese lugar? Como te niegas a aceptar la realidad, te voy a dar una ayudadita.

Después de decir eso, Lina sacó un bloque de explosivos C4 y lo puso en la esquina del cuarto. Me quedé mirándola, impactada, pero ella solo me dedicó una sonrisita burlona.

—Tranquila, no te va a matar. Solo quiero que veas a quién decide salvar Marco cuando las dos estemos en peligro.

Una explosión ensordecedora sacudió todo el piso. Tanto Lina como yo quedamos aplastadas bajo los escombros. Una varilla de acero me atravesó el hombro y la sangre brotó. Mi vista empezó a nublarse.

Antes de perder el conocimiento, vi a Marco entrar desesperado. Saqué fuerzas de donde pude y lo llamé.

—Aquí estoy...

Sin embargo, Marco pasó de largo. Se fue con Lina, levantó la enorme placa de concreto que la cubría y la tomó en sus brazos con las manos temblorosas.

—No tengas miedo. Aquí estoy.

Luego se la llevó cargando sin siquiera voltear a verme. Ni siquiera les dio órdenes a sus hombres para que me buscaran.

Me quedé ahí tirada entre los escombros mientras las lágrimas rodaban sin control por mi cara. Esta era mi habitación de hospital.

“¿No escuchó que yo estaba ahí?”

Cuando volví a despertar, ya estaba de regreso en la casa.

Marco me tomó la mano y le temblaba la voz.

—Por fin despertaste. Si te hubiera pasado algo, habría derrumbado el hospital entero.

No le respondí. En cambio, quité mi mano de la suya en silencio.

—Estás enojada porque salvé a Lina primero, ¿no? —Marco vaciló—. Te juro que no sabía que estabas en el cuarto. Además, ella es joven; como hombre, era mi responsabilidad salvarla. Pero Aurora, si algo llegara a pasarte, yo me moriría contigo.

Me volvió a agarrar la mano, dispuesto a seguir con su confesión, cuando un vaso de vidrio se estrelló en la entrada. Lina estaba ahí parada con una actitud de inocencia herida y los pedazos rotos a sus pies.

A Marco se le fue el color de la cara. Antes de que pudiera explicar nada, Lina se tapó la cara y salió corriendo entre lágrimas.

Bajo mi mirada, vi cómo él se esforzaba por no ir tras ella.

—Solo se está portando como una niña. No le hagas caso. Tú eres lo más importante.

Los días siguientes, Marco casi no se separó de mi lado y se encargó de todo personalmente. Sin embargo, una semana después, surgió la noticia de que Lina había desaparecido.

La fachada de hombre tierno que mantuvo durante una semana se derrumbó en un instante. Convocó a toda la familia, activó cada contacto que tenía e inició una búsqueda masiva para encontrarla.

En menos de un día la encontraron. Lina se lanzó a los brazos de Marco en cuanto la rescataron y, al verme, su cara se deformó por el miedo.

—¡Perdón! De ahora en adelante me mantendré lejos de tu esposo. ¡Por favor, no me vuelvas a encerrar en la sala de tortura!

Era la primera vez que llamaba a Marco “mi esposo”.

La presencia de Marco se volvió aterradora. Me lanzó una mirada que se sintió como un cuchillo.

—¡Los celos tienen un límite! ¡Lina es solo una niña! ¡La sala de tortura es para traidores y enemigos! Le dieron toques y la azotaron ahí dentro... ¿Tienes idea de que por poco se muere?

Ni siquiera me preguntó qué había pasado; decidió que yo era la culpable. Si esto hubiera sido antes, me habría quebrado y le habría suplicado que confiara en mí. Ahora, mi voz sonaba tranquila.

—Yo no fui. Piensa lo que quieras. Estoy cansada y necesito descansar.

Me acosté de nuevo y le di la espalda.

Al ver mi reacción, Marco se dio cuenta de que me había acusado injustamente. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Lina lo agarró y empezó a sollozar desconsoladamente.

—¡No te vayas! Tengo mucho miedo. Me dijeron que era una cualquiera. Dijeron que me iban a desollar para que nunca volviera a seducir a otro hombre.

Marco la consoló, con su angustia reflejada.

—No tengas miedo. Aquí estoy. No dejaré que nadie te haga daño.

Cerré los ojos. No quería ver, ni escuchar, ni pensar. Ya no importaba, porque mañana yo ya no estaría aquí.

Con Marco ya no quedaba nada que decir, más que adiós.
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