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El Don perdió la memoria y a mí
El Don perdió la memoria y a mí
Author: Daisy

Capítulo 1

Author: Daisy

Por la estrecha abertura de la puerta entreabierta, oí una voz femenina que conocía muy bien.

—Elio, ya llegamos al nivel 98. Dos niveles más y seré tuya.

La voz de Sofía Rossi era empalagosa y dulce.

Elio Santoro alzó una ceja y respondió con indiferencia:

—Te lo dije desde el principio. Completarlo era solo cuestión de tiempo. Si alguien tiene la culpa, es Isolde. Se atrevió a quedarse con el vestido que habías escogido.

Eso bastó para que todos a su alrededor empezaran a atacarme.

—Se lo buscó. Sofía es una diseñadora con mucho futuro. Ese vestido luce como debe cuando lo lleva ella. ¿Qué sentido tiene que Isolde use algo tan caro?

Se me heló la sangre y, por un momento, no pude ni pensar.

—Eso sí, Don Santoro tiene una paciencia increíble. Pasó siete años fingiendo estar enamorado de una mujer tan insulsa.

Alguien soltó una carcajada.

—O quizá simplemente se cansó de tenerla cerca y recurrió al cuento de la amnesia. ¿Saben cuál es el nivel 99? Hacer que lleve preservativos al hotel. ¿Creen que realmente irá?

—Está tan obsesionada con él que incluso le entregó su propio proyecto. ¿Hay algo que no estaría dispuesta a hacer?

—Prácticamente se le lanza encima. Está a un paso de arrancarse el corazón y entregárselo.

Mordí mi labio con fuerza, obligándome a permanecer en silencio.

Por aquel entonces, cuando Sofía se fue a Calvarro, Elio se derrumbó. Bebía hasta perder la conciencia en la base y ni siquiera se molestaba en revisar las propuestas de los negocios principales de la familia.

Para asegurar su posición como futuro Don, le entregué el proyecto en el que había trabajado durante tres meses. Al mismo tiempo, le dije al Consigliere que nuestros enemigos lo habían destruido.

El Consigliere valoraba mi trabajo y me dio siete días para rehacerlo.

Durante esos siete días, apenas dormí dos horas por noche. Me desmayé más de una vez por un bajón de azúcar y, aun así, logré entregarlo a tiempo.

—¿Y qué valor tiene un proyecto? —se burló alguien—. Cuando Elio necesitó dinero para expandir su territorio, Isolde vendió las propiedades de su padre sin siquiera pestañear.

Aquella herencia guardaba todos los recuerdos que tenía de Papa.

Era lo único que me había dejado y lo único que me quedaba de él. Pero cuando vi la preocupación en el rostro de Elio, la vendí muy por debajo de su valor de mercado sin dudarlo.

Sofía continuó con toda naturalidad:

—¿Recuerdas aquella vez que ella quedó embarazada y quería darle una sorpresa? Elio fingió no saberlo, filtró su ubicación y permitió que sus enemigos fueran tras ella para que recibiera el golpe en su lugar.

—El bebé no sobrevivió y, aun así, ella se quedó allí, con lágrimas en los ojos, consolándolo y culpándose por no habérselo dicho antes.

Elio soltó una risita.

—La forma en que se aferra a mí es patética, la verdad. Así que esta vez la haremos ir a comprar preservativos.

En ese instante, mi teléfono encriptado vibró con un mensaje.

“Isolde, trae una caja de preservativos al Hotel Carnaby de inmediato”.

Solté el pomo de la puerta con la mano temblorosa.

Cada una de las palabras que acababa de escuchar se había convertido en una cuchilla que se hundía lentamente en mi pecho.

Temiendo que me descubrieran, huí presa del pánico.

Pero, por alguna razón, Elio borró el mensaje. Y yo no le pregunté por qué. Ya habían pasado varias situaciones así y yo ya había empezado a darme cuenta.

El año pasado, me pidió matrimonio frente al mar, solo para decir después que había olvidado el anillo y marcharse apresuradamente.

Al día siguiente, regresó con los ojos rojos y dijo:

—Lo siento, Isolde. Surgió una reunión de última hora. Te compensaré. Reservaré una isla entera y lo haré como es debido.

Pasé toda la noche de pie bajo el viento helado y terminé con fiebre, pero aun así sonreí y le dije que no importaba.

Entonces sacó el anillo de su gabardina y se dio cuenta de que no me quedaba bien.

—Debí haberme equivocado con la talla. No estás molesta, ¿verdad?

Pero mientras él estaba en la ducha, vi los mensajes que le enviaba a Sofía.

—Deberías haber visto la cara que puso cuando descubrió que el anillo no era de su talla. Estaba haciendo todo lo posible por contenerse. El anillo era para ti, talla 12. Cuando termine este juego, yo mismo te lo pondré.

No era que hubiera confundido la talla. La verdad era que jamás me había tenido en mente.

Tomé el teléfono y llamé a Mamma. Hacía mucho que no me ponía en contacto con ella.

—Mamma, regresaré a Valdoria —dije.

Mamma era la Principessa de una antigua familia mafiosa de Calvarro. Tras la muerte de Papa, vendió todas sus propiedades y compró una finca en Valdoria, donde se estableció.

Me había pedido más de una vez que me fuera con ella, pero yo siempre me había quedado por Elio. Creía que, una vez asegurara su posición, por fin vería todo lo que había hecho por él.

Ahora me daba cuenta de que mi devoción no había sido más que entretenimiento para su verdadero amor.

Al escuchar eso, Mamma sonó tan aliviada que estuvo a punto de echarse a llorar.

—Deberías haber regresado hace mucho tiempo. Solo podré respirar tranquila cuando estés aquí conmigo.

Me ardían los ojos e hice todo lo posible por contener las lágrimas.

—Mamma, antes de irme, necesito que me ayudes a fingir un accidente de tráfico.

Fingiría mi muerte y pondría fin a aquella relación de siete años.

El nombre de Isolde Genovese sería algo que Elio recordaría por el resto de su vida.

Mamma guardó silencio por un momento, aunque no me preguntó el motivo. Simplemente aceptó.

Después de la llamada, eliminé de mis redes sociales todas las publicaciones relacionadas con Elio.

Cuando fui a casa a empacar mis cosas, encontré los bocetos de mis diseños y un diario cerrado con llave dentro de la caja fuerte de Elio. Eran los planos en los que había trabajado durante años para la Torre Astryx, un monumento emblemático de Castellano.

También representaban el último deseo de Papa. Antes de morir en un conflicto entre familias rivales, fue uno de los arquitectos más prestigiosos del país.

No esperaba que Elio los conservara con tanto cuidado.

Incluso había una nota adhesiva pegada sobre ellos.

—Se ve tan linda con su cabello desordenado mientras dibuja.

Recuerdo que, cuando me quedaba despierta hasta tarde trabajando, él se sentaba a mi lado y, de vez en cuando, me masajeaba los hombros mientras me pedía que descansara la vista.

—Si te quedas ciega, no me culpes si te engaño a tus espaldas.

Elio afirmaba que los últimos siete años no habían sido más que un juego de venganza.

Pero cuando yo mencionaba que se me antojaba un postre, era capaz de atravesar media Castellano en plena madrugada solo para conseguírmelo.

Incluso a mí me costaba creer que nunca sintió nada por mí.

Aquella noche, estaba acostada en la cama cuando lo escuché regresar a casa. Por primera vez, fingí estar dormida.

En el pasado, sin importar lo tarde que volviera, siempre le dejaba una luz encendida. Si regresaba borracho, le preparaba la medicina.

Esta vez, cuando abrió la puerta, lo único que lo recibió fue la oscuridad y el silencio de la sala.

Poco después, un intenso aroma a jazmín llegó hasta mí.

Elio me rodeó con los brazos por detrás y su voz sonó suave y persuasiva.

—¿Por qué no me esperaste despierta? ¿Estás enfadada conmigo? El médico ya te explicó que la pérdida de memoria fue un accidente y que llevará tiempo recuperarla. Ya acepté empezar de nuevo contigo. ¿Qué más quieres que haga?

No respondí. Él no sabía que yo ya había descubierto la verdad.

Aunque no le contesté, no se enfadó. Siguió hablando de todos modos, con la voz baja junto a mi oído.

Lo aparté de un empujón, asqueada.

—Es tarde. Ve a ducharte.

El inconfundible perfume de jazmín de Sofía, que aún se aferraba a él, me provocó náuseas.

Elio se quedó paralizado, pero yo ya me había girado en la cama y cerrado los ojos.

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