MasukJulieta A lo lejos comencé a escuchar voces y pasos apresurados.—Quédate conmigo, por favor —susurré, su rostro seguía inmóvil, y por primera vez no me importó que fuera el hombre que había matado a mi padre, solo quería que abriera los ojos y volviera a llamarme conejita. Guillermo fue el primero en llegar, al ver a Sebastián tendido en el suelo, sacó su teléfono y llamó a una ambulancia. Yo apenas podía pensar, el auto desde el que nos habían disparado ya había desaparecido y, como todo ocurrió demasiado rápido, no conseguí distinguir las placas ni el rostro del atacante. —¿Estás herida? —preguntó Guillermo, negué con la cabeza.Volví a mirar a Sebastián, gracias a él ninguna bala me había alcanzado, mientras presionaba su herida, no podía dejar de preguntarme por qué había arriesgado su vida para salvarme. Un asesino no tenía por qué protegerme, mucho menos recibir una bala por mí. La ambulancia llegó pocos minutos después, los paramédicos atendieron rápidamente a Sebastián,
Julieta La voz de Sebastián resonó a mis espaldas, cerré los ojos sintiendo que la sangre abandonaba mi rostro. No podía ser, había escuchado.Giré lentamente y me encontré con su mirada cargada de diversión, bajé los ojos por un instante, pero no pude evitar observarlo de reojo, llevaba un traje negro impecable, sin corbata y la camisa blanca tenía el primer botón abierto, dándole un aspecto elegante, pero ligeramente despreocupado. Maldito hombre ¿Por qué tenía que verse tan bien?Miré rápidamente a Bere, ella parecía hipnotizada, como si acabara de aparecer el protagonista de una película romántica frente a ella. Tartamudeé un poco, pero al final logré hilar una respuesta.—Si, como cualquier otro —respondí con indiferencia, para mi mala suerte, sus labios se ampliaron en una hermosa sonrisa, ¡maldita sea! ¿Por qué tenía que sonreír precisamente así? —¿Qué haces aquí? —pregunté con brusquedad. —Vine a conocer el periódico —dijo con total seguridad —y a una entrevista —abrí los
Julieta Salí de la mansión Valdés con la cabeza llena de preguntas, ¿Por qué mi padre me había comprometido con Sebastián? Y ¿Por qué don Maximiliano había aceptado? ¿Y si yo amaba a otra persona? ¿Cómo podía mi padre esperar que cumpliera una promesa que cumpliera una promesa que nunca había hecho? Apreté los labios, aunque, pensándolo bien, nada de aquello estaría sucediendo si Sebastián no hubiera aparecido de nuevo, jamás me había enterado de la maldita cláusula testamentaría. No sabía qué estaba pasando por la cabeza de mi padre cuando aceptó aquel compromiso, pero, sin saberlo, me había atado al hombre que era responsable de su muerte. Desde donde estuviera, seguramente debía estar arrepentido de haberme dejado a merced de un hombre como Marcos o Sebastián, ya ni siquiera sabía cómo debía llamarlo.Subí a mi auto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria, apoyé las manos sobre el volante, pero no encendí el motor, mi mente regresó a la noche anterior, a Sebastián, a s
SebastiánEl silencio que siguió a las palabras de mi abuela fue absoluto. Me quedé mirándola, convencido que había escuchado mal. ¿Casarme? ¿Con Julieta? Desvié la mirada hacia ella, estaba tan sorprendida como yo, pero había algo más en sus ojos, rechazo. Un rechazo tan evidente que me hizo preguntarme si acaba de escuchar una sentencia de muerte en lugar de una propuesta de matrimonio. Permanecí inmóvil durante unos segundos, hasta que solté una risa breve, carente de humor. —¿Me estás diciendo que debo casarme con ella para recibir mi herencia? —pregunté, todavía incrédulo. —Si —su respuesta fue tranquila, como si acabara de decirme que debía firmar cualquier documento. Me recosté contra el respaldo de la silla y crucé los brazos. —¿Por qué con ella? —mi abuela levantó los hombros. —No lo sé, Sebastián, tu padre así lo dispuso en su testamento —dijo mi abuela. Volví a mirar a Julieta, no parecía una mujer emocionada porque acabaran de decirle que iba a casarse con el her
Julieta Me quedé inmóvil al sentir de nuevo los labios de Sebastián sobre los míos, eran ardientes, firmes y suaves al mismo tiempo, exactamente como los había recordado durante tantas noches. Por un segundo, olvidé quien era, solo podía pensar en leoncito y en todo lo que aquel hombre había en mí aquella noche, un año atrás.Mi corazón dio un vuelco, el calor comenzó a subir por mi cuerpo mientras un temblor involuntario recorría mis piernas. Él presionó sus labios con más intensidad contra los míos y por instinto entreabrí la boca, Sebastián deslizó su lengua dentro de mí y me acercó más a él, hasta que pude sentir la firmeza de su cuerpo contra el mío, su calor me envolvió dejando sin espacio entre nosotros.Sebastián deslizó una mano por mi espalda hasta llegar a mi cadera, sus dedos se hundieron en mi carne y la presionó contra de sí. El recuerdo de su polla dentro de mí, provoco un gemido que fue absorbido por su beso, sentí humedad en mi feminidad. Mis dedos se aferraron a s
Sebastián—Es mi hija —una voz masculina detrás de Julieta me hizo desviar la mirada. Era el hombre que mi abuela me había presentado como mi tío Rodrigo. —¿Entonces eres mi prima? —pregunté con poco de desilusión, pero ella de inmediato negó con la cabeza. —No soy su hija…—Pero como si lo fuera —interrumpió Rodrigo, rodeó los hombros de Julieta con su brazo, no me gustó, no supe exactamente por qué, quizá fue la manera posesiva en que la sujeto o quizá la forma en que me miró, como si estuviera advirtiéndome que mantuviera las manos lejos de ella, algo que por alguna razón, no pensaba obedecer —durante cinco años vivió conmigo y mi hija... Observé su brazo alrededor de los hombros de Julieta, había algo en aquella escena que me incomodaba, no parecía simplemente el gesto de un padre cariñoso. —Mucho gusto, Julieta —le extendí la mano, vi la indecisión en su rostro antes de que finalmente estrechara la mía, en cuanto nuestras manos se tocaron, una corriente eléctrica familiar rec







