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Capítulo 2

Author: Mangonel
Abril se puso de pie y se acomodó la ropa revuelta; sus tetas habían quedado a mi vista por un instante.

—Disculpa, me tambaleé y sin querer te choqué.

Solo yo sabía que, al caer, Abril se había apoyado en mi entrepierna para incorporarse.

La muchacha parecía tan inocente, pero era muy descarada. Había salido igualita a su padre.

La aconsejé como alguien mayor: —Si puedes evitar el trago, mejor no tomes; el alcohol solo trae problemas.

—Es la primera vez que nos vemos; era lo mínimo brindarte algo.

Abril probó un ostión y de pronto sus ojos se iluminaron.

—Qué deliciosos estos ostiones; nunca los había probado.

Germán le dijo: —Si te gustan, come cuanto quieras; hoy hay de sobra.

Abril comió varios más y en poco tiempo terminó la mitad del plato.

Los ostiones son muy afrodisíacos; comer demasiados estimula ese tipo de deseo.

Abril comió más de una docena de corrido y su tez blanca se encendió.

A esa edad el deseo es arrollador; de un momento a otro quizás ya no podría contenerse.

Al pensarlo, sentí un destello de alegría: si recién me había tomado de la entrepierna a propósito, una vez que el deseo le subiera a la cabeza, lo que podría suceder después ya me lo imaginaba con ansias.

Todos los platillos de la mesa eran afrodisíacos; después de comer un poco, el cuerpo me hervía de ganas.

De por sí llevaba demasiado tiempo solo, y después de esa comida el deseo me quemaba más que nunca.

Germán, al ver que habíamos comido bastante, le pidió al mesero que trajera más platos.

Cuando el mesero llegó con los nuevos platos, Abril le estaba bloqueando el paso, así que se hizo a un lado para darle espacio.

Ahora Abril estaba pegada a mí.

Bastaba con bajar la mirada para ver sus muslos, envueltos en medias color piel, de una blancura y suavidad increíbles.

Sus muslos no tenían ni un gramo de grasa, y el espacio entre ellos era pura tentación; me daban ganas de abrírselos.

Germán volvió a traer el tema del préstamo y yo sentí un nudo por dentro.

Cien mil dólares no era poca cosa; si lo prestaba y se lo tragaba la tierra, ¿qué hacía? Pero no prestarlo tampoco era una opción: no podía quedar mal con un viejo compañero de prepa.

Bebí un trago solo, perdido en mis pensamientos, cuando de pronto noté que las piernas de Abril estaban ligeramente abiertas.

Sus nalgas no paraban de frotarse contra la silla, como si el deseo en su interior se desbordara igual que una inundación.

Buscaba aliviar con ese pequeño roce la comezón que le consumía por dentro.

Habiendo comido tantos ostiones, era lógico que le pasara eso.

Verla así, hambrienta e irresistiblemente bella, me consumía por dentro; no podía estarme quieto.

Ver a una belleza así tener esa reacción a mi lado me dejó intranquilo; no podía con mi inquietud.

Entonces, Abril agarró mi muñeca y metió mi mano dentro de su minifalda.

Con la cabeza baja, me dijo: —Me pica mucho, me está matando.

Me sobresalté por dentro; su papá estaba sentado enfrente.

Por suerte, la mesa lo tapaba todo; Germán no podía ver lo que pasaba debajo.

De por sí yo ya no aguantaba el hambre; ante su iniciativa, deslicé la mano dentro de su minifalda.

Sentí en los dedos algo húmedo y caliente; incluso a través de la ropa interior, podía notar que estaba completamente empapada.

Me contuve como pude, aparentando calma mientras conversaba con Germán.

Abril mantenía el cuerpo tenso, sin dejar escapar el menor gesto que la delatara.

Pero su cuerpo seguía frotándose con fuerza contra mis dedos, tratando de aplacar el intenso deseo que le recorría por dentro.

En ese momento, se le cayeron los cubiertos al suelo y ella se agachó a recogerlos.

Pero quién lo hubiera dicho: ¡extendió la mano y me bajó el cierre!

Pegué un salto del susto y miré hacia Germán.

Por suerte, él no había notado nada; seguía riendo y conversando conmigo como si nada.
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