FAZER LOGIN
La luna brillaba con una intensidad inusual aquella noche, iluminando el claro donde la manada se había reunido para la Ceremonia de la Luz de la Luna.
Aria estaba cerca de la parte trasera de la multitud, con las manos fuertemente entrelazadas delante de ella. Llevaba los últimos veinte minutos intentando no parecer nerviosa, pero ya no tenía sentido seguir fingiendo. Tenía las palmas sudorosas y ya había mirado al menos cinco veces hacia el sendero que conducía fuera del claro. Debería haberse quedado en casa. No pertenecía a aquel lugar. Todos los que la rodeaban eran lobos. Podía percibirlo en su forma de moverse, en cómo se miraban unos a otros y en la confianza que transmitían sin siquiera intentarlo. Pero ella era diferente. Era humana. Había crecido entre la manada porque sus padres habían pertenecido a ella, pero eso nunca la había convertido en uno de sus miembros. Después de la muerte de sus padres, la manada le había permitido quedarse, aunque Aria siempre había entendido que su amabilidad tenía límites. No podía transformarse, no se curaba rápidamente, no podía oír cosas a kilómetros de distancia ni correr por el bosque más rápido de lo que cualquier humano debería ser capaz. Simplemente era Aria y, aquella noche, estaba entre lobos durante la ceremonia en la que se suponía que encontrarían a sus compañeros destinados por el destino. Casi se rio de sí misma. Los humanos no tenían compañeros destinados. Eso era lo que todo el mundo le había dicho siempre. "Estás pensando demasiado otra vez". Aria se volvió y vio a Ethan a su lado, sonriendo. Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se había acercado. "Estoy bien", susurró, volviendo a mirar hacia el sendero. "Ya lo has dicho tres veces". "Porque estoy bien". Ethan soltó una risita. "Entonces deja de poner esa cara, como si estuvieras planeando escapar". Aria miró hacia los árboles. "Quizá sea exactamente lo que estoy planeando". Él negó con la cabeza. "Te arrepentirás si te marchas". "No lo creo". La expresión de Ethan se suavizó. "Tú también mereces estar aquí". Aria apartó la mirada. Aquellas palabras eran amables, pero no cambiaban nada. Sabía de qué trataba aquella noche. Sabía lo que sucedería cuando la Diosa de la Luna revelara a los compañeros destinados. Uno tras otro, los lobos sentirían la atracción hacia la persona que el destino había elegido para ellos. Algunos llorarían y otros reirían. Probablemente, algunos se besarían delante de todos, mientras ella se quedaría allí observándolos. Eso sería todo. El Alfa entró en el centro del claro y las conversaciones fueron apagándose lentamente. El Alfa Rowan levantó las manos. "Esta noche nos reunimos bajo la mirada de la Diosa de la Luna". La manada guardó silencio. "Esta noche se revelarán los vínculos escritos por el destino. Algunos de vosotros conoceréis a la persona que habéis estado esperando durante toda vuestra vida". La emoción se extendió entre la multitud y Aria tragó saliva. No debería estar nerviosa. No tenía motivos para estarlo. Entonces, ¿por qué le latía el corazón tan deprisa? La ceremonia comenzó y un lobo tras otro fue dando un paso al frente. El primer vínculo apareció entre dos jóvenes lobos del sector oriental de la manada. En cuanto sus miradas se encontraron, la chica se tapó la boca y comenzó a llorar. Todos estallaron en vítores, y Aria no pudo evitar sonreír. Era algo hermoso. Otra pareja se encontró, y después otra más. Poco a poco, el claro se llenó de risas y voces alegres. Ella intentó concentrarse en la felicidad que la rodeaba, pero un extraño dolor comenzó a crecer en su pecho. No quería sentir celos. No, no estaba celosa. Simplemente deseaba que, por una vez, pudiera experimentar algo que todos los demás parecían dar por sentado. Miró sus manos. Quizá debería marcharse. Dio un paso atrás, pero se quedó paralizada cuando algo tiró de su pecho. Al principio, apenas lo notó. Después, la sensación se volvió más intensa. Aria contuvo la respiración y se llevó una mano al corazón. ¿Qué estaba pasando? De repente, el aire le pareció demasiado cálido y los latidos de su corazón se hicieron tan fuertes que apenas podía oír a las personas que la rodeaban. Levantó la mirada y recorrió el claro con los ojos. Y allí, junto al borde de los árboles, había alguien de pie. Al principio, Aria no lo reconoció. Era alto y vestía completamente de negro. Su cabello oscuro se movía ligeramente con la brisa nocturna, y su rostro era severo, casi inexpresivo. Pero fueron sus ojos los que hicieron que dejara de respirar... Eran dorados. No tenían el tono cálido de los ojos de los lobos cuando se transformaban. Sus ojos eran más brillantes, más fríos, y estaban clavados directamente en ella. El cuerpo de Aria se quedó completamente inmóvil y una extraña sensación comenzó a extenderse por su interior. No era miedo, pero tampoco era exactamente atracción. Era algo que no podía explicar. Entonces, una sola palabra apareció en su mente. "Compañero". Aria lo miró con incredulidad. No, aquello no podía ser posible. Los humanos no tenían compañeros destinados. Sin embargo, cada parte de su ser parecía conocer la verdad antes de que su mente pudiera aceptarla. El hombre dio un paso adelante y la multitud guardó silencio inmediatamente al reparar en su presencia. Los susurros comenzaron a extenderse. "Kael". "¿De verdad es él?" "¿Qué hace aquí?" Aria miró a su alrededor, confundida. Había oído aquel nombre antes. Todo el mundo lo había oído. Kael Nightbane... el Alfa renegado. Había sido expulsado de la manada años atrás. Algunos decían que era peligroso y otros afirmaban que estaba maldito. Existían tantas historias sobre él que Aria nunca había sabido cuáles eran ciertas. Pero ninguna de aquellas historias importaba ahora, porque él la estaba mirando directamente y la atracción que sentía en el pecho se hacía cada vez más intensa. Kael dio otro paso y los pies de Aria se movieron antes de que pudiera detenerlos. Sus ojos nunca abandonaron los de él. Un murmullo recorrió a la multitud. "Está caminando hacia él". "Es humana". "No puede ser..." Aria apenas los oyó. Estaba demasiado concentrada en Kael. Él se había detenido y su expresión había cambiado. Aria vio algo en sus ojos: sorpresa. Parecía casi tan confundido como ella. Entonces apretó la mandíbula y apartó la mirada por un segundo, como si intentara luchar contra lo que estaba sucediendo entre ellos. El corazón de Aria se hundió. Quizá él no la quería. Ni siquiera el Alfa renegado la deseaba. Pero no podía evitar albergar esperanzas. Había pasado toda su vida escuchando que no pertenecía a aquel lugar. Quizá esta vez fuera diferente y la Diosa de la Luna también la hubiera elegido a ella. Kael volvió a mirarla y sus ojos se encontraron. La atracción se volvió insoportable. "Compañero", susurró Aria. Ni siquiera se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta, pero todos la oyeron. El silencio llenó el claro. Kael apretó las manos a los costados y Aria pensó que caminaría hacia ella. En cambio, la miró con una expresión que no pudo comprender. Había ira en sus ojos, miedo y algo más que ocultó rápidamente. Respiró despacio antes de hablar. "Te rechazo". Aria sintió como si el mundo entero se hubiera detenido. Su corazón se hundió. Lo miró fijamente. "¿Qué?" Su voz apenas fue audible, pero Kael no se movió. "Te rechazo como mi compañera". Las palabras finalmente llegaron hasta ella y un dolor explosivo le atravesó el pecho. Aria soltó un grito ahogado y trastabilló hacia atrás. Sus rodillas cedieron y cayó con fuerza al suelo, llevándose inmediatamente una mano al pecho. Alguien gritó y los miembros de la manada comenzaron a susurrar de nuevo, pero ella apenas podía oírlos. Le dolía todo el cuerpo y sentía como si algo le hubiera sido arrancado del interior. Las lágrimas le llenaron los ojos mientras miraba a Kael. Él seguía observándola. Durante un segundo, vio el dolor en su rostro, pero desapareció enseguida. Su expresión volvió a ser fría. Se dio la vuelta. Se marchaba, y ella quería detenerlo. Quería preguntarle por qué, pero no podía hablar. Entonces ocurrió algo extraño. Su muñeca comenzó a arder. Aria gritó y la sujetó con la otra mano. "¿Qué está pasando?" La piel alrededor de su muñeca comenzó a brillar y aparecieron líneas finas bajo ella. Se movieron lentamente, formando símbolos extraños alrededor de su muñeca. El dolor empeoró y Aria gritó. Todo el claro quedó en silencio, e incluso Ethan estaba demasiado conmocionado por lo que ocurría como para hacer algo. Kael se detuvo y se volvió. Sus ojos se abrieron de par en par al ver las marcas luminosas en la muñeca de Aria. "¿Qué...?" Dio un paso hacia ella y las marcas brillaron con mayor intensidad. Kael se llevó una mano al pecho y su rostro se contrajo de dolor. Cayó sobre una rodilla y Aria lo miró a través de las lágrimas. Él también lo estaba sintiendo. Lo que fuera que le estuviera pasando a ella, también le estaba pasando a él. "Kael", dijo el Alfa Rowan con cautela. Pero Kael no respondió. Seguía mirándola y parecía realmente asustado. Las marcas de la muñeca de Aria dejaron de brillar lentamente, pero no desaparecieron. Permanecieron allí, formando un extraño diseño alrededor de su muñeca, como si fuera una pulsera. Alguien entre la multitud susurró: "El vínculo no se ha roto". Otra voz respondió: "Entonces, ¿qué ha hecho ella?" Aria negó con la cabeza, tan confundida como antes. "No he hecho nada". Miró a Kael en busca de ayuda, pero él parecía tan desconcertado como ella. "No lo entiendo". Él tampoco. Kael se levantó lentamente, sin apartar los ojos de la muñeca de Aria. Debería haberse sentido aliviado. La había rechazado y ahora sería libre, pero algo en su interior le decía que aquello no había terminado. El vínculo seguía allí y, lo que era peor, podía sentirla. Podía sentir su miedo, su dolor y su confusión. Podía percibir cada emoción como si fuera suya. Kael lo odiaba. Odiaba aquella debilidad, y una sola mirada a los ojos llenos de lágrimas de Aria bastó para oprimirle el pecho. Pero, sobre todo, odiaba no poder marcharse sin más. Se obligó a darse la vuelta y desapareció entre los árboles del bosque. Aria lo observó alejarse. No sabía por qué la Diosa de la Luna lo había elegido para ella, y desde luego no entendía las extrañas marcas que brillaban tenuemente en su muñeca. El vínculo entre ellos no había desaparecido, y Kael Nightbane también lo sabía. Mientras se alejaba cada vez más del claro, intentó olvidar a la chica humana. Intentó olvidar sus ojos marrones, la forma en que lo había mirado después de que la rechazara y el sonido de su voz cuando susurró que él era su compañero. Lo intentó... Pero, por mucho que se alejara, no conseguía sacársela de la cabeza.Habían pasado varios meses desde que se rompió la maldición, y el territorio de Kael Nightbane ya no era el mismo de antes. El miedo que alguna vez había acompañado su nombre se había desvanecido poco a poco. Los lobos ya no susurraban cada vez que su Alfa pasaba junto a ellos, preguntándose cuándo perdería los estribos o cuándo la maldición volvería a tomar el control de él. Ahora se acercaban a él para hacerle preguntas, cuestionaban sus decisiones cuando era necesario y confiaban en que los escucharía. Kael había aprendido que ser un Alfa no significaba cargar con todas las responsabilidades en solitario. Significaba confiar en las personas que estaban a su lado. Los creadores de la maldición que habían sido capturados fueron llevados ante la justicia, y sus experimentos quedaron al descubierto. Los ferales controlados que podían salvarse fueron liberados de la magia que había mantenido sus mentes prisioneras. A aquellos que habían sufrido lesiones permanentes se les proporcion
Varios días después de la batalla, Kael regresó al centro del asentamiento. Su recuperación avanzaba a buen ritmo y no había señal alguna de que la maldición hubiera regresado. Aunque todavía se sentía débil a ratos, se negaba a permanecer encerrado en su habitación mientras su manada aguardaba respuestas. Aria caminaba a su lado a medida que se aproximaban a la plaza de reuniones. Los lobos ya se habían congregado allí, cuchicheando entre sí. Algunos lucían aliviados al ver a su Alfa de pie de nuevo, mientras que otros lo observaban con cautela. Kael subió a la plataforma elevada. "Sé que tenéis preguntas", comenzó diciendo. "Y os merecéis la verdad." La multitud quedó en completo silencio. Les habló sobre la maldición, sobre las personas que la habían creado y sobre cómo Varek había utilizado la magia para dominar a su lobo. Les explicó que los ataques de los lobos salvajes habían formado parte del mismo plan, diseñado para debilitar el territorio y mantenerlo atrapa
"¡Kael, por favor, despierta!" Aria sostenía su mano helada entre las suyas. Sus ojos permanecían cerrados y apenas lograba percibir nada a través del lazo. "No me hagas esto", susurró. "Prometiste que dejarías de apartarme. No puedes dejarme ahora." Darius permanecía cerca, con el rostro tenso mientras los sanadores irrumpían a toda prisa en el patio. "¡Dejadles espacio!", ordenó una de las sanadoras. Aria retrocedió a regañadientes, pero se negó a marcharse. Observó a los sanadores examinar a Kael, comprobando su respiración y el tenue pulso en su cuello. Tras unos instantes de agonía, la sanadora de más edad se erguó. "Su lobo está vivo." Aria dejó escapar un suspiro tembloroso. "¿Entonces por qué no despierta?" "La maldición controló a su lobo durante años. Romperla lo ha dejado exhausto. Su cuerpo necesita tiempo para recuperarse y su lobo debe aprender a existir sin la magia que lo mantenía prisionero." "¿Sobrevivirá?" La sanadora vaciló un segundo ante
"¡Kael!" Aria corría a través del bosque oscuro, siguiendo el tenue sonido de sus gruñidos. Los árboles se retorcían a su alrededor y las sombras se volvían más densas a cada paso. "¡Kael, por favor, respóndeme!" Finalmente lo encontró en un claro. Estaba de rodillas, con las manos presionadas contra la cabeza mientras su lobo lo rodeaba, cubierto de sombras negras. "Destruyes todo lo que amas", gruñó la bestia. Kael sacudió la cabeza, pero sus ojos permanecían llenos de desesperación. "No puedo detenerlo." "¡Sí que puedes!", gritó Aria. Él no la miró. "No lo entiendes", susurró él. "Maté a Elara. Te mataré a ti también." Aria se le acercó con cautela. "Mírame, Kael." "¡No puedo!" Su lobo arremetió y Kael gritó mientras la oscuridad devoraba su cuerpo. El bosque cambió. Aria se encontró de pronto en el interior de una casa en llamas. El fuego trepaba por las paredes y el humo llenaba el aire. En el centro de la habitación yacía Elara, in
La primera explosión sacudió el portón norte justo antes de la medianoche. Aria tropezó cuando la tierra tembló bajo sus pies. Los guerreros gritaban, los cuernos resonaban y el sonido de los lobos gruñiendo se elevaba desde el bosque. "¡Mantened la línea!", rugió Kael. Sus lobos arremetieron hacia adelante mientras las fuerzas de Varek irrumpían a través de la entrada dañada. Kael lideraba el ataque, con su espada destellando bajo la luz de la luna mientras Darius comandaba a los guerreros a lo largo del muro este. Aria permanecía cerca del patio interior, ayudando a Darius a dirigir a los miembros de la manada hacia los refugios subterráneos. "¡Llevad a los niños por el pasadizo occidental!", gritó Darius. "¡No os detengáis hasta llegar a la casa de piedra!" Aria guio a una anciana hacia la entrada antes de volverse de nuevo hacia el campo de batalla. Podía sentir la magia oscura extendiéndose. Se arrastraba bajo su piel como hielo, haciendo que la marca p
La campana de alarma apenas había dejado de repicar cuando Kael ordenó a la manada que se preparara para la batalla. Los guerreros corrían por todo el territorio, armándose y reforzando los portones del norte. Los sanadores trasladaban a los heridos y a los lobos rescatados hacia los edificios más seguros, mientras Darius coordinaba las patrullas. Aria permanecía de pie junto a Kael en el patio, observando los preparativos. "Deberías estar descansando", le dijo ella. Kael echó una mirada a las venas oscuras aún visibles bajo su cuello. "Y tú deberías estar en un lugar seguro." Ella arqueó una ceja. Él suspiró. "Lo sé. Prometí no tomar esa decisión por ti." "Bien. Estás aprendiendo." A pesar de la tensión que los rodeaba, la comisura de la boca del Alfa se elevó ligeramente. Entonces su expresión se volvió seria. "Aria, hay algo más que necesitas entender antes de que intentemos romper la maldición." Ella se giró por completo hacia él. "El ritual







