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chapter 4

Autor: Sunhine39
last update Data de publicação: 2026-10-17 14:17:24

​Para cuando alcanzaron el territorio de Kael, Aria apenas podía sentir las piernas.

​Habían estado caminando durante horas y cada rincón de su cuerpo acusaba el agotamiento. Le dolían los pies, le quemaban los hombros y el pequeño bolso que llevaba colgado de un costado parecía de pronto infinitamente más pesado que aquella mañana.

​Kael, en cambio, parecía capaz de seguir caminando durante todo un día más.

​Aria lo miró de reojo. Él no se había quejado ni una sola vez. Era un licano y ella una simple humana; con eso bastaba para marcar la diferencia.

​Volvió a fijar la vista al frente y frunció el ceño cuando la densidad de los árboles comenzó por fin a aclararse.

​Había esperado que el territorio de Kael tuviera un aspecto aterrador.

​Tras todo lo que había oído hablar sobre el Alfa renegado, se había imaginado una fortaleza oscura oculta en las profundidades de la espesura. Había imaginado lobos temibles montando guardia, gruñendo a cualquiera que osara aproximarse.

​En su lugar, se topó con un asentamiento tranquilo. Varias casas de madera se erigían entre los árboles, todas ellas impecablemente conservadas. Había un buen número de lobos desplazándose por el lugar, transportando provisiones, conversando entre sí y trabajando la tierra.

​Parecía casi pacífico.

​Aria redujo la marcha.

​"¿Este es tu territorio?"

​Kael la miró de reojo.

​"Sí."

​Ella echó un vistazo alrededor una vez más.

​"¿Dónde están todos esos renegados peligrosos?"

​Una leve sombra de sonrisa rozó los labios de Kael.

​"Son personas, Aria. No monstruos."

​Ella lo observó.

​"Eso no es lo que yo he oído."

​"Lo sé."

​Continuaron avanzando y, en el preciso instante en que la gente advirtió la presencia de Kael, el murmullo de las conversaciones decayó.

​Varios lobos lo miraron a él para luego desviar los ojos hacia Aria. Sus miradas se demoraron en ella más de lo que a la muchacha le habría gustado; algunos reflejaban curiosidad y otros una abierta suspicacia.

​Aria comenzó a sentirse profundamente incómoda.

​Kael lo notó; se detuvo en mitad del asentamiento y barrió a la multitud con la mirada.

​"Esta es Aria."

​Nadie pronunció palabra, lo que provocó que el gesto de Kael se endureciera al instante.

​"Está bajo mi protección."

​Eso fue todo lo que dijo. No explicó quién era ella, ni reveló que se trataba de su compañera, ni justificó los motivos de su presencia allí; sencillamente dio media vuelta y reanudó la marcha.

​Aria apresuró el paso para alcanzarlo.

​"¿Eso ha sido todo?"

​Kael miró por encima del hombro.

​"¿El qué?"

​"Me has presentado como si fuera un paquete que acabas de traer a casa."

​"Les he dicho que estás bajo mi protección."

​"Ya me he dado cuenta."

​"¿Entonces cuál es el problema?"

​Aria se detuvo en seco.

​"El problema es que todo el mundo se me queda mirando."

​Kael también se detuvo.

​"Tienen curiosidad."

​"Me miran como si fuera la criatura más extraña que han visto en su vida."

​"Eres humana."

​Aria entornó los ojos.

​"¿Y qué?"

​Kael la observó durante un segundo.

​"Y nada."

​"Entonces deja de decirlo como si fuera una debilidad."

​La expresión de él cambió imperceptiblemente.

​"No lo he dicho con esa intención."

​"Tal vez tú no, pero todos los demás sí lo ven así."

​Kael no respondió.

​Aria se cruzó de brazos.

​"Me he pasado la vida entera aguantando que me recuerden que soy humana. No necesito que tú hagas lo mismo."

​Kael se limitó a contemplarla en silencio antes de asentir con lentitud.

​"Entendido."

​Aria no esperaba que cediera tan fácilmente. Él dio media vuelta y volvió a caminar.

​Ella lo siguió, todavía un poco molesta.

​Llegaron a una vivienda más espaciosa situada en el lindero del asentamiento. Tampoco parecía una fortaleza: era una gran casa de madera oscura con ventanales amplios y un porche techado.

​Kael abrió la puerta.

​"Te quedarás aquí."

​Aria dio un paso al interior. La casa era sencilla pero acogedora. Disponía de un amplio salón, una chimenea, una mesa de madera y varias sillas. Nada en aquel lugar evocaba el hogar de un temido Alfa renegado.

​Se giró hacia Kael.

​"Pensaba que vivirías en un sitio más..."

​"¿Peligroso?"

​"Algo así."

​Él arqueó una ceja.

​"Siento decepcionarte."

​Aria estuvo a punto de sonreírle.

​"Quizá un poco."

​Kael avanzó por el pasillo y abrió una puerta.

​"Esta es tu habitación."

​Aria se adentró en la estancia. Había una cama, un pequeño armario y una ventana que daba a los árboles. No era un lugar lujoso, pero resultaba más que suficiente.

​Dejó el bolso en el suelo.

​"¿Cuánto tiempo me quedaré?"

​Kael permaneció junto al marco de la puerta.

​"Hasta que averigüe por qué te están cazando."

​Aria lo miró fijamente.

​"¿Y después de eso?"

​"Podrás marcharte."

​Algo en aquella respuesta le produjo un leve pellizco en el pecho, aunque no sabía bien por qué. Quizá porque una pequeña parte de su ser había esperado que le dijera que podía quedarse.

​Aplastó ese pensamiento de inmediato.

​"Está bien."

​Kael asintió y se dispuso a marcharse, pero Aria advirtió un detalle: sus ojos se posaron brevemente en su muñeca.

​En el preciso instante en que ella bajó la vista, él desvió la mirada.

​Aria frunció el ceño.

​"¿Qué ocurre?"

​"Nada."

​"Estabas mirando mi muñeca."

​El rostro de Kael se volvió totalmente inexpresivo.

​"Estaba mirando tu mano."

​"¿Por qué?"

​"No lo hacía."

​"Sí que lo hacías."

​Él la sostuvo la mirada un segundo antes de volver a apartarla.

​"Descansa un poco."

​Y con eso, se retiró. Aria lo vio desaparecer por el pasillo.

​Había algo raro. Bajó los ojos hacia la extraña marca que le rodeaba la muñeca.

​Kael sabía algo al respecto, estaba completamente segura. La única cuestión era qué.

​Aquella noche, Aria cenó en soledad. Kael no se unió a ella.

​No estaba segura de si sentirse aliviada o decepcionada, y le daba rabia estar siquiera dándole vueltas al tema.

​Tras la cena, regresó a su habitación y se sentó en el borde de la cama. La casa estaba sumida en un profundo silencio.

​Miró a su alrededor y, por primera vez desde que abandonara la manada, dispuso de un momento para pensar. Todo había sucedido demasiado rápido. Se rozó la muñeca con los dedos.

​Los extraños símbolos continuaban allí. Siguió el trazo de una de las líneas con la yema del dedo.

​"¿Qué sois?", susurró.

​Exhaló un suspiro ahogado mientras contemplaba la marca. Se tumbó en la cama y se cubrió con la manta. Quizás al día siguiente encontraría alguna respuesta.

​Cerró los ojos y, durante varios minutos, la calma pareció reinar en la habitación. Fue entonces cuando su muñeca comenzó a arder.

​Aria abrió los ojos de golpe y se incorporó en la cama.

​"¿Pero qué...?"

​La marca volvía a brillar y un tenue fulgor se extendía bajo su piel, recorriendo las intrincadas líneas que le ceñían la articulación. El calor se volvió cada vez más intenso.

​Aria se agarró la muñeca con desesperación.

​"Detente."

​La marca no obedeció. Se levantó de la cama con torpeza y miró hacia la puerta.

​La extraña luz ganaba intensidad a cada segundo y, en ese mismo instante, en otro punto de la casa, Kael abrió los ojos de par en par.

​Se encontraba sentado en su despacho cuando el latigazo del vínculo lo alcanzó de lleno.

​Miedo... dolor y confusión... Aria. Se puso en pie con tal brusquedad que la silla cayó hacia atrás; ni se molestó en recogerla.

​Avanzó a toda prisa por el pasillo y se detuvo ante la puerta de la joven. Podía sentir su pánico vibrando en su propio pecho.

​"¡Aria!", gritó, pero no obtuvo respuesta.

​Empujó la puerta y encontró a Aria de pie junto a la cama, sujetándose la muñeca. La misteriosa marca refulgía con un brillo cegador.

​Kael se petrificó y su rostro se desencajó.

​Los ojos de Aria se encontraron con los suyos y en ellos leyó un terror genuino.

​"¿Kael?", murmuró en voz baja, pero él no respondió; continuaba mirando fijamente su brazo. Aria alternó la mirada entre él y la marca incandescente.

​"¿Qué está pasando?"

​Kael dio un paso al frente y la marca destelló con aún más fuerza. Él se detuvo en seco y su respiración se volvió agitada.

​Aria lo advirtió al instante.

​"Tú sabes qué es esto."

​Él guardó un silencio sepulcral.

​"Kael."

​Ella bajó la mano.

​"Tú lo sabías."

​Los ojos dorados de él terminaron por cruzarse con los suyos, y había algo en su mirada que le encogió el estómago. ¿Por qué había tanto pavor en su rostro?

​"¿Qué es esto?", volvió a exigir.

​Kael fijó los ojos en la marca y apretó la mandíbula con dureza. Parecía estar librando una encarnizada batalla interna sobre si debía hablar o callar.

​Finalmente, su voz emergió en un susurro grave:

​"Esa marca no debería existir."

​Aria lo contempló perpleja.

​"¿A qué te refieres?"

​Kael no respondió, y su silencio terminó por aterrorizarla mucho más que el propio brillo de la marca...

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