FAZER LOGIN¿Qué pasaría si el hombre que amas fuera un millonario playboy que no busca compromisos? ¿Y si quedas embarazada y descubres que él no tiene intenciones de casarse contigo? Esta es la historia de una mujer cuyo corazón quedó destrozado cuando le arrebataron al hijo que tuvo con el hombre de sus sueños. Cinco años después, ella regresa con sed de venganza contra quienes le hicieron daño, mientras que él no ha podido dejar de pensar en ella en todo ese tiempo. Pero él ha rehecho su vida, y ella ya no parece tener cabida en ella... ¿o sí? ¿Se dará cuenta él, esta vez, de lo que realmente siente antes de que sea demasiado tarde? Una historia llena de emociones y giros inesperados que te mantendrá en vilo hasta la última página.
Ver mais"No te preocupes, lo único que se interpone entre tú y la felicidad es esa pequeña cosa llamada 'problema'."
Susana se encontraba encerrada en el baño, con la vista clavada en la prueba de embarazo que reposaba sobre el lavabo. Había pasado más de media hora y ella seguía allí, inmóvil, sin poder apartar la mirada de las dos rayas rosadas que se alzaban con arrogancia frente a ella, recordándole el gran problema en el que se encontraba. Esa noche, la noche en que todo debería haber sido perfecto, se había convertido en un desastre. Susana se preguntaba por qué tenía que pasarle precisamente a ella, por qué en un momento en que se sentía tan feliz con su vida, y sobre todo con él, tenía que ocurrirle algo así.
Escuchó unos toques impacientes en la puerta del baño.
—Susy, ¿estás bien? —preguntó Esperanza, su mejor amiga, con preocupación—. Adriel ya está por llegar.
La joven se miró en el espejo: la mirada vidriosa y el rostro pálido delataban su estado emocional. Con manos temblorosas, tomó la prueba de embarazo y la arrojó al bote de basura con rabia, sintiendo cómo su futuro se desmoronaba ante sus ojos.
Respiró profundamente, intentando calmarse antes de salir. Se lavó la cara y se retocó el maquillaje, tratando de ocultar cualquier señal de lo que acababa de suceder.
Al abrir la puerta, saludó con una sonrisa falsa a las personas que esperaban afuera, tratando de disimular el nudo en su garganta y las lágrimas que amenazaban con salir.
Era el cumpleaños de Adriel y ella había organizado una fiesta sorpresa para él. Había planeado cada detalle con ilusión, pero ahora todo parecía desmoronarse. Sin embargo, se esforzó por mantenerse fuerte y hacer que la noche fuera inolvidable para él, a pesar de que su propia vida había dado un giro inesperado.
Adriel Aristizábal era el hombre del que Susana estaba completamente enamorada. Llevaban un romance secreto y en pocos días se cumpliría un año de su primer encuentro amoroso. Para Susana, Adriel no solo era alguien a quien admiraba por su inteligencia, sino también por su generosidad. Él fue el único que le tendió la mano cuando, recién cumplidos los dieciocho años, su familia la echó a la calle sin ninguna contemplación.
Adriel le brindó a Susana refugio en su hogar y la trató siempre con igualdad y respeto. Durante un tiempo, la relación entre ambos fue puramente de amistad y gratitud. Pero conforme pasaron los meses, la cercanía y la confianza dieron paso a algo distinto, y Adriel comenzó a sentirse atraído por ella. Finalmente, en una noche memorable, él la invitó a salir y, después de ese momento, fue imposible que se separaran. Susana no solo lo admiraba, sino que amaba profundamente a ese hombre.
Susana había pasado el mejor año de su vida junto a Adriel, entregándose a él con pasión, convirtiéndolo en su único y verdadero amor. Sin embargo, no todo era color de rosa en su relación. A pesar de que él le había robado el corazón y el alma por completo, Adriel era un hombre que temía al compromiso y se negaba rotundamente a cualquier tipo de lazo que lo atara. Él había sido muy claro en sus intenciones desde el principio, y ella, enamorada hasta el tuétano, había aceptado las condiciones sin rechistar, contentándose con el simple hecho de estar junto a él. Pero un pequeño error en la dosis de su anticonceptivo había cambiado el rumbo de su vida, dejándola en un mar de incertidumbre y miedo.
El salón de la casa de los Aristizábal era un espacio moderno y minimalista. Las paredes eran de un blanco puro, sin ningún tipo de decoración o adorno innecesario. Las cortinas de tela blanca translúcida permitían la entrada de luz natural y daban una sensación de amplitud al lugar. En las esquinas del salón había pequeñas plantas de interior que aportaban un toque de frescura y naturalidad. El aroma que se percibía era sutil y agradable, gracias a los difusores de esencias ubicados estratégicamente en el espacio. Los invitados charlaban animadamente, mientras la música ambiental, suave y moderna, creaba una atmósfera relajada y sofisticada.
Susana, vestida con un elegante vestido rojo, saludaba amablemente a los familiares y amigos de Adriel, haciendo gala de su educación y elegancia. Sin embargo, por dentro luchaba contra sus emociones. Su mente no podía dejar de pensar en las dos rayas rosadas de la prueba de embarazo que había tirado en el bote de basura momentos antes. A pesar de la alegría que rodeaba la fiesta, la joven no podía evitar sentirse atrapada en sus pensamientos y preocupaciones, preguntándose cómo enfrentaría a Adriel con la noticia.
El sonido del motor resonó con fuerza en el tranquilo vecindario, anunciando la llegada de Adriel. Susy y los demás invitados se apresuraron a esconderse, ansiosos por sorprender al cumpleañero. Todo estaba listo para darle la bienvenida con una gran sorpresa.
Finalmente, las luces del vehículo iluminaron el frente de la casa y la puerta se abrió con fuerza. Los invitados, escondidos detrás de las cortinas minimalistas, estallaron en júbilo y aplausos, dejando a Adriel completamente en shock.
Susana dejó de lado sus preocupaciones y se enfocó en asegurarse de que su amado disfrutara de la fiesta que había preparado especialmente para él.
Con el corazón latiéndole con fuerza, Susy observó a Adriel. Era un hombre impresionante, de una belleza innata que dejaba a los demás sin aliento. Su traje negro se ajustaba perfectamente a su cuerpo musculoso, delineando cada curva de su pecho y su abdomen. Pero su atractivo no era solo físico: tenía una energía magnética que atraía a todos los que estaban a su alrededor.
Susy no podía evitar admirar la elegancia natural de Adriel, el modo en que se movía con gracia y confianza, como si fuera dueño de cada espacio que habitaba. Sus ojos, azules y oscuros, parecían contener todo un universo de secretos, y ella se preguntaba qué había detrás de esa mirada intensa y penetrante.
A pesar de todo, había algo en su rostro que no encajaba con su belleza: una expresión adusta y sombría. Aunque Adriel intentaba sonreír al saludar a las personas, había algo en su postura que delataba su incomodidad; evidentemente, no estaba muy contento.
Ella se acercó lentamente a él, tratando de mantener las apariencias. Sabía que muchos ya conocían la verdad acerca de su relación, pero aun así se esforzaba por guardar la discreción. Sus miradas se cruzaron y, en ese momento, supo que él también anhelaba la intimidad que solían compartir en privado.
—Felicidades —dijo Susana con una sonrisa nerviosa. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras lo miraba a los ojos. Adriel era un hombre imponente, de altura y aspecto impecables; su presencia era magnética, y ella se sentía atraída por él como por un imán.
Susana se estremeció cuando sintió las manos grandes de Adriel rodeando su cintura. Sus ojos brillaron al encontrarse con los de él, y sintió un vuelco en el pecho. Adriel parecía más alto que nunca, y su rostro impecablemente afeitado irradiaba una belleza arrebatadora.
Ella apenas podía resistirse a la tentación de besarlo, pero se contentó con recibir el roce de sus labios en la mejilla. La mirada profunda de Adriel se clavó en la suya, transmitiendo una intensidad que ella no podía ignorar. Entonces, sus labios se acercaron a su oído, y su voz ronca le pidió hablar a solas.
Susana se quedó sin aliento, sintiendo cómo la tensión entre ellos aumentaba con cada palabra susurrada.
Intentaron escaparse un momento, pero los invitados no dejaban de rodear a Adriel: parecía que todos querían tener un instante con él, compartir una sonrisa, una foto o un apretón de manos. Sin embargo, después de un rato, finalmente llegó el momento esperado, un instante en que pudieron tener un espacio íntimo, sin miradas intrusas ni voces ajenas.
Al verla, Adriel no se resistió y la atrajo hacia sus brazos con fuerza. Lentamente, deslizó su mano hacia la nuca de ella y sostuvo su cabeza. Clavó la mirada en los labios de Susana, carnosos y rosados, pero no se dejó llevar por el deseo de besarla enseguida. Al contrario, prolongó el momento, tentándola con su presencia, haciéndola enloquecer de pasión. Después, despacio, posó sus labios sobre los de ella, enviando un suspiro caliente y dulce directamente a su boca. Primero la acarició con suavidad, torturándola con el contacto lento, pero luego intensificó la pasión de manera desbordante. Adriel deslizó los dedos por su nuca y la abrazó con fuerza, mientras con la otra mano recorría su pecho, acariciándolo con intensidad a través de la tela.
El beso ardiente de Adriel y Susana les hacía perder la cabeza. Cualquiera podía encontrarlos allí, en ese rincón oscuro, pero la pasión les nublaba la razón. La respiración agitada y los ojos brillantes eran prueba de lo que sucedía entre ellos.
Susana interrumpió el beso poco a poco, sintiendo la necesidad de alejarse para evitar que alguien los descubriera. Pero Adriel no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente. Con el ceño fruncido, le preguntó qué sucedía, sin entender por qué ella quería detenerse.
Ella se giró para asegurarse de que no venía nadie, pero en ese momento Adriel aprovechó para agarrarla por la cintura y pegarla a su cuerpo. Ella sonrió y se recostó en su pecho, sintiéndose segura entre sus brazos.
Susana estaba en problemas, y lo sabía. Las dos rayas rosadas de su prueba de embarazo eran una bomba de tiempo que amenazaba con explotar en cualquier momento. No podía postergarlo más: tenía que hablar con Adriel sobre lo que estaba pasando. Pero ¿cómo reaccionaría él? ¿Aceptaría la noticia con alegría o la rechazaría con desdén? Las dudas la atormentaban mientras se preparaba para enfrentar la conversación más difícil de su vida.
No hay lugar para la compasión en su juego.Susana se mantuvo inmóvil junto a la puerta de la UCI, aferrándose a Dios con desesperación mientras su corazón palpitaba en vilo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y oraba en silencio, rogando que no le arrebataran a su hijo nuevamente. Había sufrido demasiado en el pasado, perdiendo gran parte de su vida, y ahora anhelaba con todas sus fuerzas verlo crecer, disfrutar cada instante junto a su pequeño Emiliano.La angustia le oprimía el pecho, pero se aferraba a la esperanza de que Emiliano saldría adelante.A mitad de la noche, Adriel irrumpió en el hospital, y en el instante en que Susana lo vio, buscó refugio en sus brazos. Se abrazaron con fuerza, como si el contacto pudiera transmitir consuelo y alivio en medio de la angustia que los rodeaba. Ella le contó que, hasta ese momento, no había habido ninguna mejora en el estado de Emiliano.Adriel, con la mirada cargada de amor y preocupación, notó que Susy se veía demacrada y con los ojos hi
Adriel procesó esa información; su mente se llenaba de piezas de un rompecabezas macabro. Aún no tenía todas las respuestas, así que continuó indagando.—¿Antes de eso, Esperanza había hecho algo similar? —inquirió, buscando más detalles.Cora García negó con la cabeza, con el rostro reflejando una mezcla de temor y angustia.—No, nunca mientras trabajé para ella. Pero creo que la llegada de la madre de Emiliano la volvió loca. Fue entonces cuando todo cambió —susurró con amargura.El silencio llenó la habitación, dejando espacio para la oscuridad de las revelaciones y la sombra de las consecuencias que se avecinaban. Adriel estaba decidido a descubrir la verdad completa y asegurarse de que aquellos que habían hecho daño a su hijo pagaran por sus acciones despiadadas.Una vez que Adriel concluyó su conversación con Cora García, tomó la decisión de llamar a la policía y entregar a la mujer, pero no sin antes advertirle que debía contarles todo lo que le había revelado, prometiéndole qu
«Es solo negocio, nada personal».Adriel mantuvo su mirada penetrante fija en Cora mientras escuchaba atentamente cada palabra que salía de sus labios. La furia ardía en sus ojos, pero también una determinación inquebrantable por descubrir toda la verdad.Con un gesto brusco, tomó a Cora por los hombros y la levantó de la silla, forzándola a enfrentar la intensidad de su mirada.—¿Estás segura de lo que estás diciendo? —rugió con una voz que resonaba como un trueno.Cora asintió rápidamente, con los ojos llenos de temor y resignación. Adriel la soltó y ella volvió a sentarse en la silla, sintiéndose vulnerable frente a su furia desatada.—Dime todo lo que sabes —exigió Adriel con una voz ronca e intimidante—. No te atrevas a ocultar ni el más mínimo detalle. Si descubro que estás mintiendo, te juro que te arrepentirás de ello.La mujer no tenía intención alguna de mentir. Sabía que temer a Esperanza era peligroso, pero temer al hombre que tenía frente a ella era aún peor. Adriel emana
Adriel se acomodó en la silla con una postura segura y elegante, cruzando las piernas con una confianza innata. Su presencia dominante llenaba la habitación, capturando la atención de todos los presentes. Cora García, a pesar de estar atemorizada, no pudo evitar reconocer la atracción magnética que emanaba de su jefe. Su mirada se deslizó por los rasgos de su rostro, admirando su mandíbula cuadrada y sus ojos azules. Era evidente por qué Esperanza estaba obsesionada con aquel hombre.Cora García sentía cómo un nudo se formaba en su garganta, provocando que tragara saliva con dificultad. Era consciente de que se acercaba un momento crucial, uno que pondría en riesgo su vida de una manera inimaginable. Los ojos de Adriel, fijos en ella, parecían endurecerse aún más, transmitiendo una amenaza latente en su mirada.—Por fin te encontré, Cora. Espero que colabores conmigo —susurró Adriel, con la voz cargada de una determinación oscura—. Hoy he tenido el peor día de mi vida. ¿Sabes por qué?












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