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—¡Aria!
—¡Aria! —¡Aria! Gemí por dentro. Aria por aquí, Aria por allá… Me llamo Aria Blackwood. Tengo veinticuatro años y soy la hija mayor. Mi padre murió hace diez años y mi madre está gravemente enferma. Permanece atrapada en una cama de hospital, conectada a máquinas que mantienen su vida mientras yo me rompo la espalda trabajando para conseguir el dinero que necesita para sobrevivir. Tengo dos hermanos, Mateo y Jenny. Son mi mundo entero. Haría cualquier cosa por ellos. Cualquier cosa. Hace un mes empecé a trabajar como camarera en el restaurante P.L.G. y, siendo honesta, ha sido un auténtico infierno. Pero ¿qué otra opción tengo? El alquiler, la luz, la escuela de mi hermano… y, sobre todo, el tratamiento de mi madre. Tiene neumonía y su estado empeora día tras día. No puedo permitirme fallar. No puedo rendirme. —¡Aria! Mesa seis, por favor —me llamó Mateo, mi mejor amigo en el restaurante. Me caía bien Mateo. Me entendía más que nadie y, además, compartía nombre con mi hermano, lo que hacía que este lugar se sintiera un poco menos ajeno. —¡Sí, claro! —respondí. Corrí hacia la mesa para tomar el pedido, aunque desde que desperté esa mañana no me sentía bien. El dolor de cabeza era insoportable. Lo único que quería era volver a casa, meterme en la cama y dormir… pero eso era un lujo que no podía permitirme. —Helado de vainilla —dijo la clienta, sin levantar la vista del teléfono. ¿Eso es todo? ¿Solo un helado? —¿Algo más, señora? —pregunté con una sonrisa educada. Por dentro, hervía. Tenía esa expresión de superioridad que me hacía rechinar los dientes. Respiré hondo y me obligué a mantener la calma. Ella seguía absorta en su celular, como si yo no existiera. Cada pregunta parecía molestarle. Cada respuesta tardaba una eternidad. No era su culpa. Si yo también hubiera nacido con una cuchara de plata en la boca, tal vez estaría sentada del otro lado de la mesa. Siempre creí en los cuentos de hadas. Soñaba con padres ricos, con viajes, con compras sin mirar el precio, con un novio que pudiera gastar dinero sin preocuparse. Pero la suerte nunca estuvo de mi lado. —No, ya puedes irte —me despidió, como si fuera su empleada personal. Me alejé apretando los dientes y le pedí a Mateo que preparara el helado. —Se nota que no te cae bien —comentó, divertido. —¡Lo juro! Me dan ganas de… —¿Rascarle la cara? —terminó por mí. —¡Exacto! —exhalé—. Parece que me conoces demasiado bien. Rodé los ojos, provocando su risa. —Puede que solo llevemos un mes trabajando juntos, pero siento que te conozco desde siempre. —Me alegra escuchar eso. Al menos alguien se preocupa por mí aquí —respondí—, no como el resto. Muchos empleados se desesperaban por mi torpeza. —Aria, contesta el intercomunicador —me avisaron. —Mmm… —murmuré. Apenas lo tomé, la voz del gerente explotó: —¡Aria! ¡Mesa siete, ahora! —Sí, señor —respondí. Mi visión empezó a nublarse. Todo se veía borroso, pero seguí adelante. Corrí hacia la mesa siete… y ahí estaban. Sebastian Montclair y su hermano Oliver. El soltero multimillonario más joven de la ciudad. Todo el mundo los conoce. No solo aquí, sino en todo el mundo. Son la fantasía de miles de mujeres, la obsesión de la prensa, la comidilla constante. Yo no. No tengo tiempo para el amor. Aunque creo en Cenicienta, no estoy lista para vivir un cuento. No ahora. Tragué saliva y me acerqué. —Buenos días, señores. ¿Puedo tomar su orden? —pregunté con educación. Sebastian hablaba por teléfono, ajeno a todo. Oliver, en cambio, me dedicó una sonrisa amable. —Un té mediano y un bagel integral tostado con verduras para untar —pidió. Lo anoté rápido. Mi cabeza daba vueltas, pero me obligué a mantenerme firme. Sé fuerte. —¿Y usted, señor? —pregunté, mirando a Sebastian. Ni siquiera levantó la vista del teléfono. Rodé los ojos por enésima vez. ¿Por qué todos parecían ignorarme hoy? —Sebastian, ¿qué vas a pedir? —preguntó Oliver. —Dos bagels integrales tostados con verduras. Sin té —respondió, aún al teléfono. Así que sí había escuchado todo. Me alejé para pasar el pedido, solo para darme cuenta de que olvidé preguntarle la bebida. Regresé a la mesa con el baso de agua que me habia pedido Oliver y la coloque en la mesa. —Disculpe, señor… ¿qué bebida desea? —¿Cerveza? —sugirió Oliver. —Cerveza —confirmó Sebastian.—Claro, en un moemnto más les traigo su orden.
Después de eso, me retire con la orden del pedido.
Narrador
Sebastian apartó el teléfono del oído y frunció ligeramente el ceño al notar el vaso de agua que había sobre la mesa, mirando de reojo a la mesara que se acaba de alejar.
—Al menos esta vez no me han tirado una bebida encima —murmuró con evidente fastidio.
—No lo digas muy alto, podrías gafarlo —bromeó Oliver, soltando una pequeña risa—. Aunque debo admitir que las cosas se están saliendo de control.
Sebastian asintió.
—La semana pasada fueron dos cafés —continuó Oliver, divertido—. Y la del hotel fue mi favorita. "Tropecé accidentalmente", ¿recuerdas?
La expresión de Sebastian se endureció de inmediato.
—Me costó una reunión de tres horas y tuve que regresar a casa para cambiarme de traje. ¿Qué tiene eso de gracioso?
—Solo digo que eres demasiado popular.
—No es popularidad cuando alguien te derrama una bebida encima con la esperanza de que la invites a cenar —respondió con evidente irritación—. Estoy harto de perder el tiempo por culpa de esas tonterías.
Oliver soltó un suspiro resignado.
—Supongo que el precio de ser el multimillonario más codiciado del país es bastante molesto.
—El precio de serlo es tener que cancelar reuniones importantes porque alguna desconocida decidió que arrojarme un café es una buena forma de llamar mi atención.
Su voz era fría, casi cortante.
—Por eso ya no me molestó en fingir amabilidad cuando sucede. La paciencia tiene un límite.
Sebastian tenía claro que la proxima vez que pasara por aquella situación, reaccionaria muy mal.
—Estaba demasiado emocionada. No podía creer que, por fin, sería capaz de sostener a un niño en mis brazos. Un niño que sería como un verdadero hijo para mí. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Aunque al principio mi esposo se opuso, con el tiempo aceptó y me permitió convertirme en la madre de aquel pequeño inocente. »Llegué a amarlo como si fuera mío. Gracias a él, sentí que podía hacer cualquier cosa y enfrentarme a quien fuera en este mundo. Así fue como Sebastián llegó a mi vida… y así fue como terminé siendo su madre, aunque no biológica. —Siento preguntarte esto, pero… si no podías concebir, ¿cómo fue que diste a luz a Oliver? —pregunté, formulando probablemente la pregunta más torpe de la historia. No sé qué me pasó. Solo quería entenderlo todo, sin dejar ningún detalle fuera. —Dos años después, concebí. Para serte sincera, no sé cómo sucedió. Solo sé que quedé embarazada y di a luz a Oliver. Y… esa es toda la historia, Aria —concluyó. No supe cómo reaccionar
—Me sorprendí. Pensé que era una excusa para evitar que le presentara a otra mujer. Por eso insistí en venir contigo hoy. Quería comprobarlo por mí misma. Y ¿sabes qué? Me fui feliz. Pude ver amor verdadero en sus miradas. Soltó una pequeña risa. —Ustedes dos se aman, y eso es lo único que deseo. Que haya alguien que esté al lado de mi Sebastián en todo momento. Una mujer que lo apoye, lo cuide, lo ame y lo trate bien… Y creo que esa mujer eres tú. Eres perfecta para él. Gracias, Aria. Gracias por amar a mi hijo. Significa mucho para su padre y para mí. Terminó de hablar y, acercándose a mí, me envolvió en un fuerte abrazo. Bueno… ahora esto se está volviendo muy difícil para mí. ¿Cómo le digo a alguien que está tan emocionada que su hijo y yo no estamos realmente enamorados? No es que yo no lo ame. Claro que lo amo. Pero ¿cómo explicarle que él solo le mintió y que entre nosotros no hay nada oficial? Si digo una sola palabra negativa, arruinaré por completo su felicidad. Será me
—¿Temprano? Son las 8:47 a. m., Erica. No me digas que sigues en la cama —respondió Vee. —¿Qué crees? Claro que sigo en la cama. —Lo siento, chicas. Hemos estado muy ocupados toda la noche… Que tengan un buen día. ¡Adiós! —se escuchó la voz de Michael al fondo. —¡¿Qué?! ¡Estás loco! ¿Qué crees que haces? —protestó Erica, mientras él reía. —Te amo, nena —se oyó antes de que ella volviera a hablar. —Chicas, ignórenlo, por favor. A ver, Jess… ¿de qué trata esta conferencia? No me digas que Sebastián y Aria decidieron casarse. —¿¡Qué!? ¿Cómo… cómo lo supiste? —pregunté, atónita. —Vamos, esa broma es demasiado obvia. Sí, todas queremos que terminen juntos, pero ¿matrimonio de la nada? Ni siquiera han intentado conocerse de verdad —razonó Vee. —Bien… aún no saben por qué hice esta llamada tan temprano, y es porque es muy importante. Se trata de Aria y Sebastián. Aria me acaba de contar que Sebastián le mintió a su madre. Le hizo creer que están enamorados y que se casarán pronto. Mu
Cada vez que estoy entre sus brazos, todo parece encajar. Como si ese fuera mi lugar. El beso se volvió más intenso y me dejé llevar. Estaba a punto de perder el control, porque había empezado a desear más, cuando de repente dejó de besarme y me miró directamente a los ojos con una expresión que parecía llena de amor y admiración. Me sentí tan feliz… increíblemente feliz. Quería lanzarme sobre él y besarlo con pasión, cubrir su rostro de besos. En sus ojos creí ver cariño y ternura. En ese instante no quería hacer nada más que abrazarlo y dejar que me sostuviera con fuerza. Pero entonces, de la nada, dijo algo que jamás esperé escuchar: —Aria, quédate así unos segundos. Mi mamá está justo detrás de ti y podría descubrir que estoy mintiendo si dices algo. —¿Qué… qué? —quise girarme para comprobar si era verdad, pero me detuvo antes de que pudiera hacerlo. —Dije que no te des la vuelta, loca. Mi mamá está mirando —susurró entre dientes. ¿De qué está hablando este hombre? Enton
—¿De qué decisión estás hablando? Mira, si viniste a amenazarme otra vez, ya no me importa. No es la primera vez que me amenazas o me obligas a hacer cosas que no quiero. Pero esta vez no voy a caer. No me importa si me haces daño o no… no voy a caer en tu juego. Me mantuve firme. No volvería a romperme frente a él. Me hice esa promesa ayer por la mañana, cuando me dijo que no quería volver a verme nunca más. —¿Puedes hablar de una vez? Tu silencio me está matando. Necesito saber qué está pasando por tu cabeza —dije, levantando el dedo índice y tocándole la frente. Genial, Aria. ¿De dónde sacaste este valor de repente?, pensé para mí misma. —Estoy seguro de que esto es lo que también querías. Has estado deseándolo… y ahora te estoy haciendo ese favor. —¿Me estás haciendo un favor? —repetí, soltando una risa incrédula—. Bien, ¿de qué favor estás hablando? Porque se me está acabando la paciencia. Me sostuvo la mirada. —Quiero que seas mi esposa. Y lo juro… en ese instan
—Espera… ¿¡qué!? ¿Acabas de llamarme su chica? —¿Por qué? ¿Hay algo malo en eso? —preguntó ella, confundida. —Todo está mal. O sea, ¿de dónde salió eso de “su chica”? Quiero decir, no es que nosotros seamos… —Vamos, nena —me interrumpió Sebastián antes de que pudiera terminar—. Lo sé, todavía estás enojada conmigo por no contestar tus llamadas anoche, pero ya te pedí disculpas… ¿sí? Mira, hagamos algo: te lo compensaré. Haré lo que me pidas, pero no te enfades conmigo… ¿eh? Añadió con voz dulce mientras rozaba suavemente mi labio con un beso fugaz. No pude evitar llevar mi mano a su frente para comprobar su temperatura. Necesitaba asegurarme de que estaba bien. Este no era el Sebastián que yo conocía. —Sebastián, ¿qué está pasando…? —Vamos, Aria —intervino Alice—. Ya lo sé todo. Me contó cómo ambos se dieron cuenta de que se aman y se confesaron sus sentimientos. Pero dejemos eso por ahora. ¿Cómo está tu mamá? Escuché que su condición empeoró. ¿Cómo está ahora? Quería pa







