LOGINSara Navarro llegó a Reyes Corporación con una carpeta bajo el brazo, tres años de empresa destruida a sus espaldas y una sola certeza: su talento era lo único que nadie podía quitarle. Marcos Reyes llevaba cuatro años construyendo paredes. Desde que Isabel, su prometida, le vendió a la competencia todo lo que había creado junto a ella. Desde que aprendió que confiar tiene un precio que no siempre se puede pagar. Ella diseña espacios que la gente siente antes de entenderlos. Él construye imperios para no tener que sentir nada. Cuando el diseño de Sara lo detiene en seco, Marcos toma una decisión que no estaba en ningún plan: contratarla. Tenerla cerca. A veinte metros de distancia todos los días. Observarla con esos ojos aguamarina que lo ven todo y no revelan nada. Lo que no anticipó fue que ella también lo vería a él. Al hombre real. Al que se esconde detrás de la corbata oscura y la frialdad ejecutiva y los despachos con vistas a Barcelona. Lo que no anticipó fue que eso lo cambiaría todo. El precio del deseo es una novela de romance contemporáneo sobre dos personas rotas por la traición que aprenden a construir algo nuevo. Sobre el miedo que llega antes que la razón. Sobre la diferencia entre levantar paredes y elegir a quién dejas al otro lado. Y sobre lo que ocurre cuando un email enviado por error a las once cuarenta y siete de la noche lo dice todo.
View MoreDos años después. El Proyecto Arco abrió sus puertas un viernes de marzo. Barcelona amaneció con ese sol limpio de primavera que la ciudad regalaba cuando quería recordarle a sus habitantes por qué la habían elegido. El frente marítimo brillaba con una luz que Sara reconoció inmediatamente — la misma del atardecer del paseo, la misma que había intentado traducir en una paleta cromática durante semanas de insomnio creativo y que ahora, sobre los tres edificios reales y sólidos y completamente terminados, era exactamente lo que había prometido ser. Perfecta. Se quedó de pie frente al acceso norte del edificio central durante un momento largo. El elemento gráfico de agua en la entrada. La gradación cromática del azul profundo al casi blanco. La línea curva que conectaba los tres edificios como una respiración. Todo exactamente como lo había visto antes de que existiera. —¿Qué ves? —dijo una voz detrás de ella. Sara sonrió antes de girarse. Marcos estaba a su espalda con las mano
La puerta de la oficina 4B se abrió despacio. Marcos entró. Cerró detrás de él. Y se quedó de pie junto a la puerta con esa postura suya de siempre — manos en los bolsillos, ciudad al fondo, el peso de todo lo que no había dicho todavía ocupando el espacio entre ellos con una densidad que no dejaba sitio para nada más. Sara no se levantó. Lo miró desde su silla con esa calma suya que esta tarde tenía un filo que él había puesto ahí y que los dos sabían que había puesto ahí. Esperó. Porque había aprendido en diecisiete capítulos que con Marcos Reyes el silencio no era vacío. Era el momento antes de que algo real saliera a la superficie. Esta vez tardó menos que otras veces. —Me enviaron una fotografía anoche —dijo. Su voz era la de siempre. Baja. Directa. Sin adornos. Pero debajo había algo que Sara no le había escuchado nunca. Algo que se parecía a la vergüenza de un hombre que sabe que ha fallado y no encuentra la manera de decirlo sin que duela exactamente lo que tiene
Sara llegó a las ocho y cuarenta. Trece minutos antes de lo habitual. Con ojeras que el maquillaje cubría parcialmente y una determinación en la mandíbula que no necesitaba cubrir nada. Andrea la vio entrar desde el pasillo y algo en su expresión — esa mezcla específica de preocupación y admiración que reservaba para las ocasiones que lo merecían — dijo más que cualquier pregunta. —Café —dijo simplemente. — Doble. —Triple —dijo Sara sin detenerse. Entró a su oficina. Abrió el portátil. Y durante cuarenta minutos repasó cada línea de lo que había construido en una noche de insomnio con la concentración de quien no puede permitirse el lujo de flaquear hoy. No pensó en la llave sobre la encimera. No pensó en los ojos de enero. No pensó en es tarde, mañana tenemos la revisión. Hoy tenía un proyecto que defender. Todo lo demás esperaría. Marcos llegó a las ocho y cincuenta. Lo supo por los pasos en el pasillo. Los mismos de siempre. Esa zancada que no dejaba espacio para las
Sara llegó al apartamento de Marcos a las ocho y media. Tenía la llave desde el domingo. Un gesto pequeño y enorme al mismo tiempo — de esos que Marcos hacía sin dramatismo, sin declaración, como si fuera lo más natural del mundo y precisamente por eso pesaban más que cualquier discurso. Abrió la puerta. El apartamento estaba en penumbra. Solo la lámpara del salón encendida y Barcelona al otro lado del ventanal con su indiferencia luminosa de siempre. Marcos estaba de pie junto a la ventana. Las manos en los bolsillos. La espalda hacia ella. La postura de siempre. Pero algo era diferente. Sara lo supo antes de decir una palabra. Lo supo con esa parte suya que llevaba semanas aprendiendo a leerlo — los hombros, la línea de su espalda, el ángulo de su cabeza. El idioma secreto de un hombre que sentía demasiado y mostraba demasiado poco. Esta noche ese idioma decía algo que no quería traducir. —Marcos —dijo. Se giró. Y Sara vio su cara. Era el señor Reyes. No Marcos. No el h












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