LOGINLA DEUDA DE TU AUSENCIA Camila Reyes siempre creyó conocer la historia de su familia. Tras la muerte de su padre, se refugió en su trabajo y aprendió a sobrevivir sin hacer demasiadas preguntas. Hasta que un misterioso mensaje la conduce a Leonardo Salvatierra, un poderoso empresario que parece guardar las respuestas a todas sus dudas. Lo que comienza como una búsqueda de la verdad se convierte en un peligroso viaje entre secretos familiares, traiciones y sentimientos que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer. Una fotografía antigua, unos documentos desaparecidos y la misteriosa desaparición de Julián Salvatierra revelarán que la muerte del hombre que Camila amaba no fue un simple accidente. Mientras las mentiras salen a la luz, Camila descubre que su propia identidad está ligada a una de las familias más poderosas y oscuras de su entorno. Leonardo, por su parte, deberá enfrentarse a las decisiones que tomó para proteger a los suyos, aunque eso signifique perder a la mujer que comienza a cambiar su vida. Entre el amor y la desconfianza, ambos tendrán que decidir hasta dónde están dispuestos a llegar para descubrir la verdad. Porque algunas deudas no se pagan con dinero, algunas ausencias nunca dejan de doler y ciertos secretos pueden destruir incluso los sentimientos más profundos. En una historia donde todos esconden algo, amar puede ser el mayor riesgo de todos. *La deuda de tu ausencia* es una novela de romance dramático, secretos familiares y segundas oportunidades, donde cada respuesta abre una nueva herida y el pasado amenaza con arrebatarles el futuro.
View MoreVamos a empezar de nuevo con La deuda de tu ausencia, Ana Yosef, conservando la esencia de nuestra novela: Camila Reyes, Leonardo Salvatierra, el romance dramático, los secretos familiares, la muerte que nunca fue aclarada y las verdades capaces de destruir una famil
La lluvia golpeaba los enormes ventanales de Salvatierra Holdings cuando Camila Reyes miró por tercera vez el reloj de su escritorio. Eran las nueve y cuarenta de la noche y todavía tenía una pila de documentos por organizar, dos llamadas pendientes y un informe que su jefe había exigido antes de terminar el día. Tres años trabajando para Leonardo Salvatierra le habían enseñado muchas cosas, pero ninguna tan importante como esta: aquel hombre nunca pedía algo sin esperar que se cumpliera. Camila tomó la carpeta azul y caminó hacia su oficina. Al llegar, encontró la puerta entreabierta y lo vio de pie junto al ventanal, con el teléfono en una mano y la otra metida en el bolsillo del pantalón. Su traje oscuro estaba impecable, aunque la expresión de su rostro anunciaba que alguien acababa de cometer un error costoso. —El acuerdo se ha cancelado —dijo Leonardo sin apartar la mirada de la ciudad—. Quiero saber quién autorizó el cambio en las cifras. Camila dejó la carpeta sobre el escritorio. —Ya revisé los documentos. La modificación se realizó desde el departamento financiero, pero la autorización aparece registrada con una clave administrativa. Leonardo se volvió hacia ella. —¿Y por qué no me lo informaste antes? —Porque llevo dos horas intentando verificar quién utilizó esa clave. No quería presentarte una sospecha como si fuera una prueba. Él la observó en silencio. Camila conocía aquella mirada: Leonardo podía hacer que una persona se sintiera culpable incluso cuando había cumplido con su trabajo. —Siempre tienes una explicación. —Y tú siempre esperas respuestas antes de dar tiempo para encontrarlas. El silencio que siguió fue incómodo. Camila comprendió que acababa de cruzar una línea, pero estaba demasiado cansada para fingir que las exigencias de su jefe no la afectaban. Leonardo se acercó al escritorio y abrió la carpeta. —¿Sabes cuál es el problema, Camila? En esta empresa, un solo error puede destruir años de trabajo. —Lo sé. Por eso sigo aquí mientras los demás ya se han marchado. Por un instante, algo cambió en la expresión de Leonardo. No era exactamente enojo. Parecía cansancio, uno que llevaba mucho más tiempo acumulándose que aquella noche. —¿Nunca te has preguntado cuánto estarías dispuesta a sacrificar para proteger a alguien? Camila frunció el ceño. —Depende de quién sea esa persona y de lo que haya hecho. —¿Y si protegerla significara ocultar una verdad? —Entonces tendría que preguntarme por qué esa verdad necesita permanecer oculta. Leonardo cerró la carpeta. —Puedes retirarte. Camila no necesitó que se lo repitiera. Recogió sus cosas y salió de la oficina con la sensación de haber participado en una conversación cuyo verdadero significado todavía desconocía. No sabía que aquella pregunta volvería a perseguirla. Mucho menos que la respuesta terminaría enfrentándola a la familia para la que trabajaba. El ascensor descendía lentamente cuando Camila recordó la llamada de su madre de aquella mañana. Había prometido visitarla el domingo, pero últimamente hasta las conversaciones más sencillas terminaban convirtiéndose en discusiones sobre el pasado. Su padre había muerto tres años atrás. Según el informe oficial, el accidente ocurrió cuando regresaba de una reunión de trabajo durante una noche lluviosa. El vehículo perdió el control en una carretera mojada y las autoridades no encontraron motivos para investigar más allá. Camila nunca había aceptado del todo aquella explicación. Su padre era cuidadoso. Conocía aquella carretera y, antes de morir, había comenzado a comportarse de una manera extraña. Recibía llamadas que contestaba lejos de ella, guardaba documentos en lugares inesperados y repetía que algunas personas eran capaces de destruir cualquier cosa para proteger su apellido. Cuando Camila intentó preguntarle qué sucedía, él le acarició el cabello y le prometió explicárselo todo cuando llegara el momento. Ese momento nunca llegó. Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo. Camila caminó hacia la salida, pero una voz masculina la detuvo. —¿Camila Reyes? Se volvió. Un hombre de mediana edad, vestido con un abrigo gris, permanecía junto a una columna. No parecía pertenecer al personal del edificio y sostenía un sobre amarillento entre los dedos. —¿Quién pregunta? —Alguien que conoció a tu padre. La respuesta bastó para que Camila olvidara la hora, el cansancio y la lluvia que la esperaba afuera. —¿Conoció a mi padre? El hombre asintió y le extendió el sobre. —Él intentó descubrir algo que no debía. Si quieres saber por qué murió, tendrás que dejar de confiar en las personas que te rodean. Camila no aceptó el sobre inmediatamente. —Mi padre murió en un accidente. —Eso fue lo que te dijeron. El desconocido depositó el sobre en su mano y se alejó antes de que ella pudiera formular otra pregunta. Camila salió del edificio y se refugió bajo el techo de la entrada. Tenía los dedos fríos mientras rasgaba cuidadosamente el borde del sobre. Dentro encontró una fotografía antigua. Su padre aparecía junto a dos hombres. Reconoció al primero de inmediato, aunque jamás lo había visto personalmente en una fotografía tan vieja: era el padre de Leonardo Salvatierra, el patriarca de una de las familias empresariales más poderosas del país. El tercer hombre tenía el rostro parcialmente oculto por una sombra. En el reverso de la fotografía había una fecha escrita a mano: 14 de junio. Debajo, una frase: Si quieres saber qué ocurrió la noche en que murió tu padre, pregúntale a Leonardo qué pasó el 14 de junio. Camila sintió que el ruido de la lluvia se volvía distante. El sobre contenía también una hoja doblada, sin firma. Tu padre no murió por un accidente. Murió porque se negó a entregar algo que podía destruir a los Salvatierra. Durante unos segundos, Camila permaneció inmóvil. Después sacó su teléfono y buscó el contacto de Leonardo. Podía llamarlo y exigir una explicación. Podía acudir a la policía. También podía fingir que nunca había recibido aquella fotografía. Sin embargo, había una cosa que no podía hacer: regresar a su casa y seguir viviendo con una pregunta que llevaba tres años sin respuesta. Guardó el sobre en su bolso y regresó al edificio. El guardia de seguridad intentó detenerla cuando se dirigió a los ascensores, pero ella le mostró su identificación y continuó caminando. Al llegar al último piso, encontró la puerta de la oficina de Leonardo abierta. Iba a entrar cuando escuchó una voz femenina. —No puedes seguir permitiendo que esa muchacha haga preguntas. Camila reconoció a la mujer antes de verla por completo. Era Victoria Salvatierra, la madre de Leonardo. Elegante, serena y acostumbrada a que los demás obedecieran sin pedir explicaciones. —Camila no sabe nada —respondió Leonardo. —Todavía. Camila retrocedió un paso, pero una palabra la dejó paralizada. —Su padre dejó pruebas —continuó Victoria—. Si las encuentra, todo lo que hemos protegido durante años saldrá a la luz. Camila apretó el sobre contra su bolso. Leonardo guardó silencio unos segundos. —Entonces tendremos que encontrar esas pruebas antes que ella. Camila sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Había trabajado tres años para aquel hombre. Había defendido su profesionalidad, confiado en sus decisiones y aceptado que detrás de su frialdad existía una persona a la que apenas conocía. Ahora acababa de descubrir que él sabía algo sobre la muerte de su padre. Y que estaba dispuesto a ocultárselo. Dio un paso hacia la puerta, decidida a enfrentarlos, pero su teléfono comenzó a vibrar. La pantalla mostraba un número desconocido. Contestó sin apartar la mirada de la oficina. —¿Quién es? Una voz distorsionada respondió: —Si entras ahí y les dices que tienes la fotografía, no llegarás viva a descubrir la verdad. La llamada terminó. Camila miró la fotografía una vez más. Su padre sonreía junto a los hombres que ahora parecían formar parte de una historia mucho más oscura de lo que ella había imaginado. Desde el interior de la oficina, Leonardo levantó la voz: —¿Quién está ahí? Camila cerró los dedos alrededor del teléfono. Ya no podía fingir que todo seguía igual. La puerta comenzó a abrirse. Y, por primera vez en tres años, Camila comprendió que la muerte de su padre no era una historia terminada. Era el comienzo de una deuda que alguien todavía tenía que pagar.Camila leyó una vez más el mensaje de Mauricio antes de guardar el teléfono. Samuel Ortega, el antiguo contador de los Salvatierra, afirmaba tener una prueba sobre su nacimiento, pero exigía reunirse con ella a solas.La condición le parecía sospechosa. Después de todo lo ocurrido, cualquier persona que pidiera confianza sin ofrecer explicaciones podía estar intentando conducirla hacia una trampa.—No me gusta que vayas sola —dijo Leonardo mientras conducía de regreso al centro de la ciudad.—A mí tampoco me gusta que alguien conozca mi historia mejor que yo y decida qué puedo saber.—Podemos pedirle a Mauricio que esté cerca, sin que Samuel lo vea.Camila lo miró.—Eso es distinto. No quiero que me acompañes a la reunión, Leonardo. Necesito escuchar lo que tenga que decir sin que tu apellido condicione sus respuestas.Él apretó ligeramente el volante, pero no discutió.—Lo entiendo.—¿De verdad?—No voy a pedirte que confíes en mí antes de darte razones para hacerlo.Camila volvió la
La amenaza seguía abierta en la pantalla del teléfono cuando Mauricio terminó de revisar las ventanas. No encontró señales de que alguien hubiera entrado en la casa, pero la fotografía demostraba que una persona había estado observándolos desde la calle.Julián guardó el teléfono y se apartó de la ventana.—Nicolás sabía que esto podía pasar. Por eso no quería que fuéramos a buscarlo.—No solo está intentando protegerse —dijo Camila—. Está intentando proteger a Lucía.Leonardo tomó la fotografía del documento y la amplió.—La frase habla de una heredera legítima. Puede estar relacionada con una propiedad, con acciones de la empresa o con una sucesión familiar.—¿Y por qué separar a dos niñas para resolver una herencia? —preguntó Camila.—Porque alguien necesitaba controlar quién podía reclamarla —respondió Mauricio—. Pero eso es una hipótesis. Hasta que encontremos el acuerdo completo, no podemos saber qué pretendían ocultar.Camila volvió a leer la frase. La palabra *heredera* le res
Julián intentó devolver la llamada de Nicolás, pero el teléfono envió la comunicación directamente al buzón. Lo intentó dos veces más antes de guardar el aparato, incapaz de ocultar la preocupación que le había cambiado el rostro.—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó Camila.—Que Victoria no había tomado la decisión final de separarte de Lucía. También dijo que sabía dónde encontrarla, pero no llegó a darme la dirección.Leonardo se acercó a su hermano.—¿Y nunca te mencionó que conocía su paradero?—No. Llevaba tiempo investigando, pero me pidió que no interviniera. Pensé que era por seguridad. Ahora entiendo que tenía miedo de que alguien utilizara mi presencia para llegar hasta él.Camila miró la fotografía de las dos niñas que había encontrado entre los documentos de su padre. Durante años había creído que su familia estaba completa, aunque algunas piezas nunca encajaran. Ahora sabía que Lucía había vivido en algún lugar sin conocer toda la verdad sobre su separación.—Tenemos que
Julián hizo una señal para que nadie se acercara a la puerta. Los golpes volvieron a escucharse, esta vez con más fuerza.—No abras —susurró Leonardo.—Si no lo hago, buscará otra manera de entrar —respondió Julián.Camila guardó la declaración de su padre dentro del bolso. No sabía quién estaba al otro lado, pero la mención de Nicolás había cambiado las cosas. Si alguien había encontrado al hijo de Leonardo, era posible que también conociera el lugar donde se escondía Julián.—¿Quién eres? —preguntó Julián desde el interior.—Alguien que todavía puede ayudarte. Abre y deja de comportarte como un fugitivo.Julián reconoció la voz. Miró a Leonardo y después a Camila.—Es Mauricio Peña.Leonardo se acercó a la puerta, pero no la abrió de inmediato.—¿Por qué no llamó?—Porque su teléfono puede estar intervenido —contestó Julián.Tras unos segundos, Leonardo abrió apenas lo suficiente para comprobar la identidad del visitante. Mauricio entró rápidamente y cerró detrás de sí. Llevaba una












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