LOGINNoches largas. Puertas cerradas. Decisiones que lo cambian todo. Esta colección romántica explora el deseo, la tentación, el poder y las conexiones capaces de transformar vidas para siempre. En su interior encontrarás personajes inolvidables unidos por una atracción irresistible, secretos peligrosos y emociones que ya no pueden ignorar. Desde entornos laborales llenos de presión hasta amistades inesperadas, cada historia sigue a personas que se encuentran ante decisiones capaces de cambiar su destino. Estas relaciones ponen a prueba los límites, desafían la lealtad y obligan a los personajes a enfrentar lo que realmente desean. Algunos se ven atrapados en romances prohibidos. Otros descubren sentimientos que nunca imaginaron experimentar. Todos deben elegir entre el camino seguro y aquel que su corazón se niega a abandonar. Prepárate para vivir tensión emocional, relaciones complejas, deseos ocultos, crecimiento personal, celos, obsesión y momentos que permanecerán contigo mucho después de terminar la última página. Cada relato ofrece emociones intensas, una química poderosa y personajes cuyas historias te mantendrán pasando páginas hasta altas horas de la noche. Una vez que empieces a leer, te resultará difícil detenerte.
View MoreEl corazón de Elena Voss golpeaba con fuerza contra sus costillas cuando las pesadas puertas de roble del Veil Club se cerraron detrás de ella con un clic suave y definitivo. El aire del interior olía a cuero, whisky añejo y algo más oscuro: sexo, ya flotando como una promesa. Las arañas de cristal derramaban luz dorada sobre los suelos de mármol negro y las gruesas cortinas de terciopelo carmesí. Ella tiró del dobladillo de su corto vestido negro, el que había elegido porque gritaba «pertenezco aquí», aunque su estómago se retorcía de nervios.
Tenía veintiséis años, era periodista y perseguía historias que la mayoría temía tocar. Esa noche se suponía que era una investigación. Una sola noche. Recopilar suciedad sobre el exclusivo club tal como se rumoreaba y exponerlo. En cambio, el hombre alto que la esperaba en el salón privado le secó la boca.
Damien Vale.
Estaba de pie como si fuera dueño del aire mismo: más de un metro ochenta, hombros anchos tensando una camisa negra a medida, mangas remangadas que mostraban antebrazos musculosos cubiertos de tinta oscura. Su rostro era afilado, angular, con una mandíbula que podía cortar cristal y ojos del color de nubes de tormenta. Cuando esas miradas se clavaron en ella, Elena se sintió desnuda antes de que él la tocara siquiera.
—Elena Voss —dijo él con voz baja y áspera, como grava sobre seda—. Llegas temprano.
Ella levantó la barbilla, intentando convocar la rebeldía que la había llevado hasta allí.
—No me gusta perder el tiempo.
Una sombra de sonrisa rozó los labios de Damien. Señaló el sillón de cuero frente a él.
—Siéntate.
Ella se sentó. El cuero frío besó la parte trasera de sus muslos. Damien permaneció de pie un largo momento, estudiándola como un depredador decidiendo cómo devorar su presa. Luego se movió, rodeándola por detrás. Sintió el calor de su cuerpo antes de que sus grandes manos se posaran sobre sus hombros, los pulgares presionando lo justo para hacerle consciente de lo fácilmente que podía controlarla.
—Antes de que firmes nada —murmuró, su aliento rozándole la oreja—, vas a entender exactamente lo que esto significa. Siete noches. Me perteneces. Tu boca. Tu coño. Tu culo. Cada centímetro de ti es mío para usar, castigar, romper y —si te lo ganas— recompensar.
Tu palabra de seguridad es «velo». Dila y todo se detiene. Pero una vez que firmes, cualquier duda será castigada.
Los muslos de Elena se apretaron involuntariamente. Ya estaba mojada. Joder.
Él deslizó un grueso contrato sobre la mesa. Ella lo leyó despacio, con el pulso rugiendo en sus oídos. El lenguaje era explícito: inspección diaria de sus agujeros, servicio oral obligatorio, control de orgasmos, azotes, bondage, exposición pública si él lo decidía, creampies, folladas de garganta, entrenamiento anal… nada quedaba a la imaginación.
Su mano tembló al tomar el bolígrafo.
Damien la observó firmar, luego tomó el documento y lo apartó.
—Buena chica. Ahora levántate y desnúdate.
Elena contuvo la respiración.
—¿Aquí? ¿Ahora mismo?
—Cada vez que me cuestiones, añado un castigo. Desnúdate. Despacio.
El calor inundó su rostro, pero algo más caliente se acumuló entre sus piernas. Se levantó sobre piernas temblorosas y alcanzó la cremallera a su espalda. La tela susurró al caer por su cuerpo y formar un charco a sus pies. No llevaba sujetador. Sus tetas llenas se liberaron, los pezones ya duros y doloridos. Enganchó los pulgares en el tanga de encaje negro y lo bajó, saliendo de él y de sus tacones.
Completamente desnuda frente a un desconocido.
La mirada de Damien recorrió su cuerpo como manos ásperas. Se acercó tanto que ella pudo oler su colonia y el leve almizcle de un hombre que sabía exactamente lo que quería. Una gran mano ahuecó su pecho izquierdo, el pulgar rozando el pezón hasta hacerla jadear. La otra mano bajó por su estómago, sobre su monte liso y entre sus muslos.
—Abre las piernas.
Ella obedeció. Dos dedos gruesos separaron sus labios resbaladizos, acariciando su hendidura empapada.
—Ya estás chorreando —gruñó—. Mira este coñito codicioso. —Metió un dedo dentro de ella sin aviso, hasta el nudillo. Elena gimió, las caderas sacudiéndose. Añadió un segundo dedo, estirándola, bombeando lentamente mientras su pulgar encontraba su clítoris hinchado y lo rodeaba con precisión devastadora.
—Estás apretada —comentó como si no estuviera follándola con los dedos en medio del salón—. Este coño no ha sido usado como se merece en mucho tiempo. —Curvó los dedos, golpeando un punto que hizo que sus rodillas se doblaran—. Esta noche eso cambia.
Sacó los dedos brillantes de su excitación y los llevó a sus labios.
—Abre.
Ella separó la boca. Él metió los dedos, dejándola saborear su propia dulzura ácida.
—Chupa.
Elena chupó, la lengua girando alrededor de sus dedos exactamente como sabía que pronto chuparía su polla. Solo pensarlo hizo que más humedad le corriera por el interior del muslo.
Damien sacó los dedos con un húmedo “pop” y agarró su barbilla.
—Sobre la mesa. Culo arriba.
Ella se inclinó hacia delante, las tetas presionando contra la madera fría, el culo ofrecido a él. La postura la dejaba completamente expuesta: labios vaginales hinchados y brillantes, el apretado ano parpadeando por encima.
La palma de Damien impactó contra su nalga derecha sin aviso. El agudo escozor la hizo gritar. Otro golpe. Más fuerte. Luego una lluvia: izquierda, derecha, izquierda… hasta que su culo ardía de un rojo brillante y las lágrimas le picaban en los ojos.
—Cuéntalos.
—Seis… siete… —jadeó entre golpes. En el décimo estaba gimoteando, el coño apretándose alrededor de nada, goteando al suelo.
La mano de Damien calmó la carne ardiente y luego bajó más. Abrió sus nalgas con fuerza, exponiendo cada centímetro íntimo.
—Hermoso —murmuró. Un dedo rodeó su ano, presionando ligeramente. Elena se tensó. Él rio oscuro—. Esta noche no. Pero pronto este agujerito apretado se tragará cada centímetro de mi polla también.
Dio un paso atrás. Ella oyó el sonido de su cinturón, luego la cremallera. Elena giró la cabeza lo suficiente para verlo liberar su polla.
Era gruesa. Larga. Venas marcadas a lo largo del pesado tronco, la cabeza ya goteando precum. Fácilmente veinte centímetros y tan gruesa que se preguntó si podría siquiera meterla.
—De rodillas.
Ella se deslizó de la mesa y se arrodilló. El mármol estaba duro contra sus rodillas. Damien agarró su cabello oscuro con el puño y le levantó la cara.
—Abre esa bonita boca. Bien abierta.
Elena separó los labios. Él frotó la gruesa cabeza contra ellos, untando precum como brillo, y luego empujó dentro. El sabor —salado, masculino— la llenó mientras le estiraba la mandíbula. Al principio fue lento, dejando que su lengua girara por debajo, pero pronto su agarre se tensó y empujó más profundo.
—Eso es. Tómalo. —Golpeó el fondo de su garganta y siguió. Elena se sobresaltó, los ojos se le llenaron de lágrimas al instante. La saliva inundó su boca, chorreando por su barbilla mientras él le follaba la cara con poder controlado—. Relaja la garganta. Respira por la nariz como una buena funda para polla.
Ella lo intentó. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, el rímel se le corría. Su garganta se abultaba visiblemente con cada embestida. Sonidos húmedos y obscenos —gluck, gluck, gluck— llenaron el salón mientras usaba su boca. Su coño palpitaba al ritmo de sus golpes, ansiando ser llenado.
Damien gruñó, las caderas moviéndose más rápido.
—Joder, qué garganta tan apretada. Voy a darte tu primera carga.
Se enterró hasta el fondo, nariz contra su pelvis, y se corrió con un gruñido bajo. Gruesos chorros de semen caliente le dispararon directo a la garganta. Elena se atragantó, tragando convulsivamente alrededor de su polla palpitante. Parte se escapó por las comisuras de su boca, goteando sobre sus tetas.
Cuando por fin salió, hilos de saliva y semen conectaban sus labios hinchados con su polla todavía dura. Ella jadeó buscando aire, tosiendo, el pecho agitado.
Damien limpió una lágrima de su mejilla con el pulgar, casi tierno. Luego su voz se endureció de nuevo.
—Levántate. Piernas abiertas. Manos detrás de la cabeza.
Ella obedeció, temblando. Él sacó una pequeña fusta de cuero de un cajón y la golpeó ligeramente contra el interior de su muslo.
—Esta noche comienza tu entrenamiento. Al final de los siete días, suplicarás que te usen los agujeros. Desearás mi semen en cada parte de ti. —La fusta subió y le dio un ligero azote en el clítoris hinchado. Elena gritó, las caderas sacudiéndose—. Y entenderás lo que significa ser realmente poseída.
Se acercó de nuevo, su polla todavía dura presionando contra su estómago, dejando un rastro pegajoso. Sus dedos volvieron a su coño chorreante, hundiéndose profundo.
—Mírame.
Ella encontró sus ojos tormentosos.
—Este coño es mío ahora.
La folló con los dedos sin piedad, tres dedos gruesos estirando sus paredes, el pulgar frotando su clítoris. Los gemidos de Elena se volvieron más fuertes, descarados. Sus muslos temblaban. La presión creció insoportablemente rápido.
—Por favor… —jadeó.
—Todavía no. —Él ralentizó, torturándola con edging, luego aceleró de nuevo. Una y otra vez hasta que ella sollozaba de necesidad, los jugos corriéndole por las piernas.
Solo cuando era un desastre roto y gimoteante, finalmente la dejó correrse.
El orgasmo la atravesó como un rayo. Su coño se apretó con fuerza alrededor de sus dedos, chorreado desordenadamente sobre su mano y el suelo. Gritó, las rodillas cediendo. Damien la sostuvo, ordeñando cada espasmo hasta que quedó flácida y jadeando.
Llevó sus dedos empapados a su boca otra vez. Esta vez ella chupó con ganas, saboreándose a sí misma y la evidencia de su rendición.
Damien sonrió, oscuro y satisfecho.
—Elena… Ahora sí. Vamos a la suite. Tu boca todavía tiene trabajo que hacer antes de que destruya ese bonito coño.
La agarró del pelo y la condujo —desnuda, manchada de semen, culo rojo, muslos brillantes con sus propios jugos— más adentro del club.
La noche final llegó sin ceremonia.Aria se arrodilló en el centro de la suite: desnuda, con el collar puesto y ya empapada. El Amo Voss y el Amo Quinn estaban de pie ante ella, ambos serenos y categóricos.—El contrato termina al amanecer —dijo Voss—. Esta noche tomaremos lo último que te queda. Después decidiremos si el collar permanece cerrado.La respuesta de Aria fue inmediata.—Quiero que permanezca cerrado, Amos.Los ojos de Quinn se oscurecieron de satisfacción.—Entonces demuéstralo.La ataron a la pesada cruz de madera: muñecas alto y bien abiertas, tobillos bloqueados en una barra separadora y una gruesa correa cruzándole el pecho. Sin antifaz. Sin mordaza. Querían que viera y hablara.Aceite. Dedos. La dilatación lenta y minuciosa de ambos orificios hasta que estuvo abierta y temblando. Voss se movió primero, empujando en su coño con una estocada larga y posesiva. Quinn se colocó detrás y presionó contra su culo, deslizándose despacio hacia dentro hasta que ambos hombres e
Aria se despertó a la tarde siguiente todavía encerrada y todavía llena.El cinturón de castidad presionaba con fuerza entre sus piernas. El tapón se movía con cada pequeño desplazamiento, enviando nuevos destellos de necesidad denegada a través de su centro. El Amo Voss y el Amo Quinn ya estaban despiertos, de pie a los pies de la cama, con la pequeña llave plateada descansando en la palma abierta de Quinn.—De rodillas. Preséntate.Ella se movió con cuidado, y el tapón arrancó un suave sonido de su garganta mientras se acomodaba en su posición. La humedad ya se había acumulado contra el escudo de metal.Voss enganchó la correa a su collar y la guio hacia el banco de bondage. Fue inclinada sobre él y asegurada con firmeza: muñecas y tobillos esposados, y una ancha correa cruzándole la parte baja de la espalda. Quinn retiró el tapón despacio, arrancándole un gemido prolongado e indefenso, para luego reemplazarlo de inmediato con tres dedos gruesos que presionaron con fuerza contra la
Aria se despertó ya empapada, con el collar como un peso familiar alrededor de su garganta. El Amo Voss y el Amo Quinn estaban de pie a los pies de la cama. En la mano de Voss descansaba un elegante cinturón de castidad a medida, de metal pulido y cuero.—De rodillas. Preséntate.Ella se movió de inmediato. Voss tomó su coño entre sus manos, deslizó dos dedos entre sus pliegues hasta dejarlos relucientes y luego cerró el cinturón alrededor de sus caderas con tranquila eficiencia. El estrecho escudo de metal la cubría por completo, con una única y pequeña abertura en la parte trasera como único acceso. El candado encajó con un clic. La llave se unió a la llave del collar en la fina cadena alrededor del cuello de Quinn.—No te corres esta noche —dijo Quinn—. Ni siquiera un orgasmo arruinado. Recibirás todo lo que te demos y permanecerás encerrada. ¿Lo entiendes?—Sí, Amos.La llevaron hasta la pesada cruz de madera. Las muñecas fueron esposadas alto y bien abiertas, los tobillos bloquea
Aria se despertó a la tarde siguiente ya empapada, con el grueso collar como un peso constante alrededor de su garganta. Tanto el Amo Voss como el Amo Quinn estaban despiertos, de pie a los pies de la cama, mirándola con una intensidad tranquila e idéntica.—De rodillas. Preséntate —ordenó Voss.Aria se deslizó de la cama y se acomodó en su posición: rodillas bien abiertas, manos entrelazadas a la espalda, pecho hacia adelante y la mirada baja. Su coño ya estaba lubricado.Quinn se adelantó primero, enganchó una correa corta a su collar y dio un ligero tirón.—Esta noche tomaremos más de ti.La llevaron al centro de la suite, donde esperaba una pesada estructura de suspensión. Las muñecas de Aria fueron esposadas y levantadas muy por encima de su cabeza. Un grueso arnés de cuero fue ajustado alrededor de su pecho y caderas, soportando la mayor parte de su peso mientras la elevaban despacio hasta que solo las puntas de sus pies rozaban el suelo. Los tobillos fueron bloqueados en una an


















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