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Capítulo 2. Un Nuevo Comienzo

Autor: Mel Mel
last update Fecha de publicación: 2026-07-29 14:53:03

Mis pasos se sentían increíblemente pesados mientras recorría la fría y desierta acera de Nueva York. La fuerte lluvia por fin había cesado, dejando charcos que reflejaban la tenue luz de las farolas. El fino vestido que llevaba estaba completamente empapado, pegado a mi piel, haciendo que mi cuerpo no dejara de temblar.

Metí la mano en el bolsillo, saqué mi teléfono con la pantalla agrietada y abrí la aplicación bancaria. La cifra que apareció en la pantalla hizo que mi pecho se oprimiera aún más.

$40.00.

Cuarenta dólares. Eso era todo lo que me quedaba en este mundo. Un dinero que ni siquiera alcanzaba para alquilar por una noche la habitación más barata de un motel perdido en algún rincón de la ciudad. La impotencia me golpeó con tanta fuerza que sentí que el aire apenas lograba entrar en mis pulmones.

Sin rumbo ni destino, me dejé caer sobre un largo banco de madera al borde de la acera. Abracé mis rodillas y escondí el rostro entre ellas. El deseo de rendirme era inmenso, pero imaginar las expresiones satisfechas de Emma, Sheina y Gavin hizo que la pequeña llama que ardía en mi pecho se negara a extinguirse.

Al levantar la cabeza, mis ojos se posaron por casualidad sobre un periódico viejo que yacía a mi lado. Sus bordes estaban algo mojados, pero la última página todavía podía leerse con claridad.

Por simple curiosidad, lo recogí y comencé a hojearlo. Un anuncio enmarcado con letras en negrita, situado en la parte inferior de la página, captó toda mi atención.

[SE NECESITA CON URGENCIA]

Niñera privada para un niño de cinco años.

Requisitos: Paciente, que le gusten los niños y con disponibilidad para vivir en la residencia (Live-in).

Beneficios: Residencia de lujo, salario elevado y garantía de seguridad.

Comuníquese al número indicado abajo (Disponible las 24 horas).

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Vivir en la residencia? ¿Tener alojamiento desde esta misma noche?

Sin perder un segundo, marqué el número que aparecía en el anuncio. Mis dedos temblaban violentamente mientras llevaba el teléfono a mi oído. El tono sonó durante unos segundos hasta que una profunda voz de barítono, perteneciente a un hombre mayor y de modales muy formales, respondió.

—Residencia Vance. ¿En qué puedo ayudarle?

—¿E-es cierto que están buscando una niñera? —pregunté en voz baja, intentando controlar el castañeteo de mis dientes por el frío.

—Sí, así es. Nuestro jefe necesita una niñera con urgencia —respondió el hombre con firmeza, sin rodeos.

—Acepto el trabajo —dije rápidamente, temiendo perder aquella oportunidad de oro—. Puedo empezar esta misma noche. Pero... por favor, vengan a recogerme. No tengo ningún medio de transporte.

Al otro lado de la línea reinó un breve silencio. Parecía estar evaluando mis palabras.

—¿Dónde se encuentra?

Le indiqué enseguida el nombre de la calle y la parada de autobús junto a la que estaba sentada.

—Quédese ahí. El coche llegará en unos minutos —respondió brevemente antes de colgar.

Apoyé la cabeza contra un poste de hierro y me abracé con fuerza. En ese momento no podía pensar en nada más que encontrar un refugio temporal para escapar de la crueldad de la noche neoyorquina.

Quince minutos después, un Rolls-Royce Phantom negro azabache se detuvo justo frente a mí. Los cristales completamente tintados transmitían una sensación fría y exclusiva.

Sentí que el corazón iba a salírseme del pecho. ¿Un Rolls-Royce?

El anciano vestido con un impecable traje descendió del asiento del conductor y abrió la puerta trasera para mí.

—¿Señorita Cyara Elitacon? Adelante, por favor.

Vacilé por un instante. Mi futuro jefe resultaba ser una persona inmensamente rica. Sin embargo, al comprender que no tenía otra alternativa, no desperdicié aquella oportunidad. Di un paso al frente y subí al asiento de cuero que desprendía un lujoso aroma.

El vehículo avanzó atravesando la oscuridad de la ciudad, alejándonos del centro de Nueva York en dirección a una aislada zona de colinas. Finalmente, se detuvo frente a un gigantesco portón de hierro decorado con intrincados grabados.

El portón se abrió automáticamente, permitiendo que el coche recorriera un camino de grava hasta llegar a una majestuosa mansión de estilo gótico que se alzaba imponente en medio de la oscuridad.

En cuanto el coche se detuvo, el anciano abrió mi puerta.

—Bienvenida a Vance Manor, señorita Cyara. Soy Harrison, el mayordomo principal de esta residencia.

—Gracias, señor Harrison —susurré con nerviosismo.

—Entraremos por la puerta trasera. El joven amo está durmiendo en el piso superior y no debemos molestarlo —indicó Harrison mientras me guiaba por un corredor lateral que daba directamente al jardín interior de la mansión.

El viento nocturno soplaba con fuerza, trayendo consigo el aroma de la tierra mojada y... un extraño olor a cobre.

¡BANG!

¡El estruendo de un disparo rompió de repente el silencio de la noche!

—¡Ah!

Me sobresalté de tal manera que me quedé paralizada. Mi respiración se aceleró por el pánico.

Instintivamente, giré la vista hacia el origen del sonido, en un rincón apenas iluminado del jardín. Y lo que vi hizo que toda la sangre de mi cuerpo pareciera congelarse.

Bajo la tenue luz de las lámparas del jardín, un hombre de complexión alta y erguida permanecía inmóvil. Sus fuertes manos sostenían una pistola con silenciador de cuyo cañón aún se elevaba una fina columna de humo. La camisa negra que llevaba no estaba completamente abotonada, dejando al descubierto un pecho musculoso y un enorme tatuaje de una serpiente que se enroscaba ferozmente desde su pecho hasta ascender por su cuello.

Frente a él, un hombre yacía indefenso en un charco de sangre.

El hombre de la camisa negra giró lentamente el rostro. Sus ojos afilados, fríos y rebosantes de una aterradora aura intimidante se clavaron directamente en los míos. No había arrepentimiento. No había miedo. Solo una espantosa sensación de dominio absoluto.

Sentí que el corazón estaba a punto de salirse de mi pecho. La respiración quedó atrapada en mi garganta.

Después bajó la mano, guardó la pistola bajo su chaqueta y se alejó tranquilamente, perdiéndose en la oscuridad sin prestar la menor atención a mi presencia.

Permanecí inmóvil. Mis rodillas temblaban con tanta fuerza que apenas podían sostenerme. Con la voz entrecortada y ocultando mi curiosidad tras una fingida cortesía, miré a Harrison.

—¿Q-quién... era ese hombre, señor Harrison? —pregunté en voz baja.

Harrison no volvió la vista hacia el jardín. Su viejo rostro permanecía completamente inexpresivo, como si aquella sangrienta escena fuera algo cotidiano.

—Es el Gran Señor Gabriel Vance —explicó con una serenidad que me erizó la piel—. El jefe de la mafia más temido de todo Nueva York y el propietario de esta residencia. Al parecer, todavía tenía algunos asuntos que resolver.

Harrison se giró para mirarme fijamente con expresión de advertencia.

—Un consejo, señorita Elitacon. No vuelva a mirarlo de esa manera. Al Gran Señor no le gusta que lo observen.

Al escuchar las palabras del anciano, mis piernas perdieron toda la fuerza. La realidad me golpeó como un puñetazo en el pecho.

Había intentado escapar de la cruel familia Wilson, pero el destino acababa de arrojarme a un lugar mucho más peligroso. Jamás imaginé que aquella oferta de trabajo para cuidar a un niño, encontrada en un viejo periódico esa misma noche, terminaría convirtiéndome en la niñera del hijo de un poderoso jefe de la mafia.

Sin embargo, al volver a mirar mi pequeña maleta y recordar las frías calles que acababa de recorrer, apreté los puños. Ya no tenía ningún lugar al que regresar. Reuniendo el poco valor que aún me quedaba, obligué a mis piernas temblorosas a seguir avanzando hacia el interior de la residencia de aquel jefe de la mafia.

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