INICIAR SESIÓNTraicionada por el hombre que amaba y acusada falsamente de ser una ladrona, Cyara perdió todo de la noche a la mañana. Cuando su última esperanza se desvanecía, Gabriel Vance, el Rey de la Mafia más temido de Nueva York, le ofreció un matrimonio por contrato imposible de rechazar. Solo tenía una misión: convertirse en la figura materna para el hijo de Gabriel. Sin embargo, detrás del lujo de la Mansión Vance, cada regla era inquebrantable. Un solo error... y el castigo era la muerte. Cuanto más tiempo pasaba junto a Gabriel, más comprendía Cyara que el hombre al que todos llamaban un monstruo no solo ocultaba secretos mortales, sino también un lado oscuro capaz de destruir a cualquiera que se atreviera a tocar a las personas que consideraba suyas. Y lo más peligroso de todo era que, poco a poco, ella quedaba atrapada por el irresistible encanto del mismo hombre al que más debía temer. En un mundo donde la traición se paga con sangre, el amor no es una salvación, sino el comienzo de la destrucción. ¿Podrá Cyara sobrevivir al lado del Rey de la Mafia... o se convertirá en su próxima víctima?
Ver másOlivia Blake abrió los ojos con un sobresalto. El techo desconocido, la suave luz filtrándose por las cortinas y el olor a alcohol mezclado con perfume masculino le confirmaron lo impensable: no estaba en casa. El dolor en su cuerpo, la desnudez bajo las sábanas arrugadas y las imágenes difusas de la noche anterior —manos firmes tocándola, besos intensos que le robaban el aliento— le golpearon la mente como ráfagas. Un escalofrío le recorrió la piel.
Quiso levantarse, cubrirse, huir… pero la puerta se abrió de golpe.
—¡Olivia! —la voz de su padre, Dereck Blake, resonó como un trueno en la habitación. Su figura se recortó en el umbral, rígida, con el rostro desencajado entre furia y preocupación.
Tras él apareció Maia, su hermana gemela, fingiendo angustia mientras sus ojos se clavaban en la cama deshecha, en las sábanas manchadas. Una chispa maliciosa brilló en su mirada antes de esconderla tras una máscara de horror.
—¿Qué ha pasado aquí? —exigió Dereck, avanzando a grandes zancadas.
Olivia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No pudo hablar. El rostro de su padre se endureció aún más al descubrir las marcas rojizas en su cuello, la ropa tirada por el suelo como pruebas condenatorias.
—¡Esto es inaceptable! —rugió, señalando la cama con el dedo tembloroso—. ¡Está más que claro lo que ocurrió!
—Papá… no es lo que parece… —balbuceó Olivia, abrazándose a la sábana.
—¡No nos mientas! —la interrumpió él con un ademán brusco—. Todos estábamos buscándote, llamándote, y ahora entiendo. ¡Te estabas revolcando con un hombre!
—¡No! —sollozó ella—. Yo… no recuerdo nada… alguien me…
No alcanzó a terminar. Dereck levantó la mano y la bofeteó con tal fuerza que la cabeza de Olivia giró hacia un lado. El dolor le ardió en la mejilla.
—¡Basta de excusas! —bramó.
En ese instante, Olivia contempló a su hermana celebrando con evidente júbilo, y comprendió de inmediato que ella estaba detrás de todo lo ocurrido. Sin embargo, consciente de su frágil posición dentro de la familia Blake, sabía con absoluta certeza que, aunque revelara la verdad, su padre jamás le daría crédito.
—Papá… por favor… —susurró ella con lágrimas cayendo sin control.
El segundo golpe fue aún más brutal. El labio inferior de Olivia se partió, tiñendo la sábana de rojo. Maia bajó la vista, fingiendo conmoción, pero sus labios temblaron en un gesto que no era de llanto, sino de satisfacción.
Maia se inclinó junto a su hermana, fingiendo compasión.
—Papá, por favor, no le pegues más. Tienes que comprender que, al venir del campo y sin educación, ella no entiende lo que significa la decencia.—Mira tu propio cuerpo —espetó Dereck—. ¿Todavía te atreves a negarlo? No eres nada a comparación de tu hermana. Ella si es una Blake que le ha traído honor a la familia.
Mientras Dereck empezaba a caminar hacia la puerta, lanzando una última mirada de desprecio a su hija, Olivia se quedó allí, arrodillada en el suelo, con la sombra de Maia proyectándose sobre ella.
—Recoge tus cosas y vuelve a casa —ordenó Dereck sin mirarla—. Esto no ha terminado.
La puerta se cerró de golpe, dejándola sola con Maia. Su hermana finalmente dejó escapar una sonrisa de satisfacción mientras se inclinaba para susurrarle al oído:
—¿Lo ves, hermana? —susurró, inclinándose sobre ella—. Nadie te cree. Y aunque grites la verdad… seguirá siendo inútil.
Las lágrimas de Olivia se mezclaron con la sangre en su boca. En el fondo, sabía que Maia tenía razón, jamás le creerían.
…
Más tarde
Maia Blake estaba reclinada en un elegante sillón de su habitación, la luz cálida de la lámpara bañaba sus facciones mientras sostenía una copa de vino tinto. Sonreía con deleite, contemplando a través del ventanal el paisaje nocturno de la ciudad. Todo había salido según lo planeado: Olivia había sido despojada de su inocencia, su padre había presenciado la escena vergonzosa y ahora la reputación de su hermana quedaría manchada para siempre.
—Ahora sí, papá se dará cuenta de quién merece realmente su respeto… —susurró para sí, paladeando otro sorbo de vino.
El sonido vibrante de su celular la sacó de su ensueño. Frunció el ceño al ver el número desconocido, pero al contestar reconoció de inmediato la voz del hombre que había pagado para arruinar a Olivia.
—Vaya, no esperaba tu llamada —dijo ella, fingiendo entusiasmo—. Has hecho un gran trabajo. No te imaginas lo agradecida que estoy…
—No cantes victoria todavía —la interrumpió el hombre con voz grave.
El gesto de Maia se tensó.
—¿Qué quieres decir? ¿Acaso no cumpliste con tu parte?
Hubo un silencio breve, casi incómodo. Luego, el hombre soltó la bomba:
—No estuve con tu hermana. Alguien más entró a esa habitación antes que yo.
Maia se quedó helada, su copa tembló en su mano.
—¿Cómo que alguien más? ¿Quién? —exigió con un hilo de voz.
—Pude conseguir el video de la cámara de vigilancia del hotel. Te lo mandaré. Será mejor que lo veas con tus propios ojos.
El corazón de Maia se aceleró. Colgó la llamada y, segundos después, un archivo de video llegó a su celular. Con dedos nerviosos lo abrió.
En la pantalla, observó cómo Olivia tambaleaba al entrar en aquella habitación de hotel, vulnerable, desorientada. Minutos después, la imagen mostró a un hombre alto, de porte imponente, ingresar tras ella y cerrar la puerta. La cámara no captó más, pero bastó para que un escalofrío recorriera el cuerpo de Maia.
La copa de vino resbaló de su mano, derramándose sobre la alfombra, olvidada.
El hombre del video no era otro que Max Brook.
El nombre retumbó en su cabeza como un trueno. Max Brook, el magnate que dominaba el mundo empresarial de la ciudad, un hombre cuya influencia alcanzaba hasta los cimientos del poder político y financiero. Nadie osaba enfrentarlo. Nadie.
Maia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su plan, que había imaginado perfecto, acababa de convertirse en una pesadilla. Involucrar a Olivia con Max jamás había estado en sus cálculos. Si ese video salía a la luz, no solo quedaría expuesta su conspiración… Max mismo podría buscarla, y entonces, su vida estaría en verdadero peligro.
El miedo la rodeó como un velo helado, inmovilizándola. Sabía que debía actuar rápido. Debía decidir si ocultar el video, destruirlo o… utilizarlo.
Pero con Max Brook, un movimiento equivocado podía significar su final.
Me encontraba de pie junto a la ventana de mi habitación, contemplando la penumbra del amanecer, que poco a poco era reemplazada por los primeros destellos rojizos que aparecían en el horizonte oriental. Durante toda la noche, mi sueño se había visto constantemente perturbado por la imagen de los fragmentos de los documentos del contrato esparcidos sobre el suelo de granito.La actitud impulsiva, fría e impredecible del señor Gabriel hacía que mi pecho siguiera agitado por una inquietud que se negaba a desaparecer.Hoy era domingo. No tenía que llevar a Luca a la escuela ni tenía ningún otro compromiso fuera de la mansión. Cuando me asomé a la habitación de tonos azul suave de Luca, el pequeño todavía dormía profundamente, abrazado a su osito de peluche.Sonreí levemente y, con cuidado, acomodé la manta que cubría su cuerpo sin intención de despertarlo.Para mantenerme ocupada y distraer mi mente, que estaba demasiado llena de pensamientos, bajé hacia la cocina principal. La mansión t
Cuando la distancia entre nosotros se redujo hasta casi no dejar espacio alguno, quedé atrapada en las oscuras pupilas del señor Gabriel. Estaba demasiado cerca.Incluso podía ver el tenue reflejo de mi propio rostro en sus iris oscuros.Detrás de aquel resplandor negro cargado de una dominación absoluta, había algo que no podía ocultar por completo. Algo que, por un instante, parecía una grieta en el sólido muro que había construido con tanta perfección durante todo este tiempo. Una herida profunda.Una herida que se esforzaba desesperadamente por mantener oculta para que no saliera a la superficie.Sin embargo, no sabía si aquello que veía era realmente cierto o simplemente una ilusión provocada por los latidos demasiado acelerados de mi corazón.—Señor... —Mi voz sonó tan baja que casi se perdió en el frío aire nocturno. Un leve temblor recorrió cada sílaba que escapó de mis labios—. Su relación con la doctora Valleria... no es asunto mío en absoluto.Hice una breve pausa. Sentí el
POV Cyara.—¿Qué estás buscando en mi despacho?El señor Gabriel volvió a formular aquella pregunta. Su voz era baja, cargada de presión, hasta el punto de que el aire dentro de la habitación parecía volverse cada vez más pesado y opresivo.El hombre dio un paso adelante, acortando la distancia hacia su escritorio con un movimiento tranquilo, pero que resultaba aún más intimidante. Por reflejo, me incorporé de inmediato de mi posición de rodillas. Me quedé rígida, con los dedos entrelazados con fuerza frente al vestido.—Señor Gabriel... estoy buscando mi teléfono, que desapareció desde esta mañana —susurré, esforzándome por evitar que mi voz temblara frente a él.—¿Y ahora vuelves a acusarme?Su tono sonó firme. Los iris oscuros del jefe de la mafia se clavaron implacablemente en mi rostro. Tragué saliva con dificultad, reuniendo los últimos restos de valor que yacían dispersos en lo más profundo de mi pecho.—Tyson intentó ponerse en contacto con mi número cuando estaba en la escuel
POV Cyara.Perder los documentos físicos de mi solicitud de empleo aquella mañana resultó ser tan solo el comienzo de una serie de desgracias meticulosamente planeadas.Ahora, en el patio de la escuela de Luca, lleno de las risas y las voces de los niños, acababa de darme cuenta de otra amarga realidad.Mi teléfono no estaba en mi bolso. El pánico se extendió de inmediato, recorriéndome con un escalofrío hasta la punta de los dedos.Cuando estaba a punto de enviarle a Tyson una copia digital de mi currículum, mi mano comenzó a tantear el interior del bolso. Estaba vacío. Lo revisé una vez más. Incluso estuve a punto de sacar todo el contenido del bolso y colocarlo sobre la mesa del jardín de la escuela.No estaba.—Tyson... mi teléfono no está —dije con la voz ligeramente presa del pánico. Me esforcé por contener el temblor que sentía atorado en la garganta—. Estoy completamente segura de que lo guardé en el bolso antes de bajar al comedor esta mañana.Tyson, que estaba de pie a mi la
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