INICIAR SESIÓNIan Winchester es el implacable CEO que lo tiene todo bajo control, excepto su propia salud. Annie Rothschild es la insignificante asistente que cometió el error de verlo caer en su momento más vulnerable. Tras una filtración que pone en jaque el imperio Winchester, Ian busca venganza y la acusa de traición. Para frenar el escándalo financiero, la acorrala con una propuesta despiadada: firmar un contrato de matrimonio falso para limpiar su nombre ante la prensa, o ver morir a su madre en la ruina. Obligada a casarse con el hombre que la mira con desdén, Annie deberá sobrevivir en un nido de víboras corporativas mientras cuida, en secreto, al monstruo que jura odiarla. En este juego de poder, solo hay una regla inquebrantable: prohibido enamorarse del dueño de tu destino. Pero... ¿qué pasa cuando las noches de fingimiento y tensión abrasadora se salen de control, y el mismo destino la lleva a terminar embarazada de trillizos del implacable CEO?
Ver másNoah permanecía anclado a mi costado derecho, con una solidez física que contrastaba con la agitación del ambiente. Su mano libre envolvía mis dedos con una presión sorda, casi protectora, mientras con la otra sostenía un vaso corto donde el hielo ya empezaba a derretirse bajo la luz mortecina de los faroles. Al frente, la inmensa silueta de Manhattan recortaba el cielo oscuro con sus picos de hormigón y cristal, parpadeando de forma caótica. —Te conozco esa mirada, De la Vega —dijo Noah, rompiendo la inercia del silencio. Se inclinó lo justo para esquivar el ruido de la música, rozando el borde de mi oreja con un tono de voz áspero, desprovisto del filtro frío que solía usar ante las cámaras—. Estás haciendo inventario de bajas otra vez. —Solo calculaba el desfase temporal —admití, esbozando una sonrisa torcida que no llegó a transformarse en risa completa mientras giraba el cuerpo para sostenerle la mirada—. Hace veinticuatro meses exactos estábamos encerrados en la maldita gala
Nueva York, un año después. Nuestra boda no iba a ser un evento corporativo. Después de pasar años asistiendo a galas de la compañía donde cada sonrisa era un cálculo y cada apretón de manos una estrategia, Noah y yo teníamos una sola regla para nuestro gran día: privacidad absoluta.Elegimos la azotea de un antiguo edificio industrial restaurado en Brooklyn, con vistas directas al skyline de Manhattan. Era el atardecer, la hora en que el cielo se tiñe de tonos cobrizos y violetas, el mismo tipo de luz bajo la cual habíamos diseñado nuestras mejores colecciones. No había prensa, no había fotógrafos de moda, y, por supuesto, no había nadie de nuestro pasado. Solo nuestras familias, nuestro pequeño equipo del estudio y un par de amigos cercanos.Me miré en el espejo de cuerpo entero en la habitación contigua a la terraza. No llevaba un vestido de novia tradicional. Lo había diseñado yo misma durante meses: un traje de dos piezas en seda de tono marfil, con un corte asimétrico y minimali
Perspectiva de NoahEl estudio estaba en silencio, iluminado únicamente por las luces de la ciudad que se filtraban a través de los enormes ventanales de nuestro ático. Había sido una semana agotadora cerrando los detalles de la colección de aniversario, y Miranda había subido a descansar hacía un par de horas.Me serví un vaso de agua y caminé hacia la mesa central del salón, donde ella había estado trabajando más temprano en su collage digital. Sin embargo, lo que llamó mi atención no fue la pantalla apagada de su tableta, sino la vieja libreta de cuero que le regalé hace cinco años. Estaba abierta justo en el centro de la mesa, iluminada por un pequeño haz de luz de la lámpara de lectura, como si hubiera sido dejada allí a propósito para que yo la encontrara.Sonreí, sacudiendo la cabeza. Miranda y sus misterios. Me acerqué y bajé la vista hacia las páginas. Esperaba encontrar el bosquejo final de algún vestido que no la dejaba dormir, o tal vez una nueva estructura para la campañ
Perspectiva de Miranda Cinco años. Ese era el tiempo exacto que había transcurrido desde que decidimos que jamás volveríamos a ser piezas en el tablero de ninguna corporación. La luz ambarina del atardecer se filtraba por los inmensos ventanales de la sede principal de Sinclair & De la Vega en Manhattan. Me encontraba en mi despacho privado, inmersa en la creación de un collage digital de estilo scrapbook que serviría como portada y concepto visual para nuestro libro retrospectivo de aniversario. Había pasado las últimas horas ajustando filtros, añadiendo texturas superpuestas y pequeños garabatos artísticos en la pantalla, completamente aislada del bullicio de la ciudad. Llevaba puestos mis grandes auriculares de diadema. Para concentrarme, siempre necesitaba que la música me envolviera con una fidelidad absoluta, detestaba que se perdiera el más mínimo detalle sonoro. Había conectado el cable a mi teléfono usando mi adaptador DAC, deslizándome por la interfaz oscura de Samsung






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