INICIAR SESIÓNCapítulo 7
Ella estaba tan entregada al beso que sus oídos parecían no escuchar ya la tormenta. De repente, todo quedó distante, irrelevante. Estar en los brazos de aquel vaquero gigante y rudo parecía, en su mente, lo mejor que había hecho en años. Abrió aún más los labios, queriendo sentir por completo su sabor, la lengua caliente que la invadía sin rodeos. —Ah… —gimió otra vez, sintiendo su intimidad palpitar con fuerza, todo su cuerpo ardiendo por dentro. Su cuerpo se derritió cuando las manos de él, grandes, duras, completamente dominantes, se deslizaron por su cintura, subieron por su espalda y, despacio, bajaron hasta su trasero. Apretó con firmeza, arrancándole un suspiro tembloroso y haciendo que el calor entre sus piernas aumentara de una forma casi dolorosa. Sus rodillas estaban a punto de ceder. Por un breve momento, se preguntó por qué él había cedido, si poco antes había dicho que ella no le interesaba. ¿Sería solo su testosterona en alza? ¿Un impulso que cualquier hombre en su lugar no perdería? No… no era momento de pensar en eso. Eso podía esperar. Ahora solo quería disfrutar el momento. Como si percibiera que sus rodillas ya no sostenían su peso, Zacky se inclinó, aún sin interrumpir el beso adictivo, y la alzó en brazos con facilidad. Solo entonces separó los labios de los de ella, caminando hasta el sofá amplio y cómodo, donde la recostó con cuidado, sin perder la intensidad en la mirada. Ella no podía dejar de observarlo. Los labios carnosos, calientes y tentadores estaban aún más rojos por los besos que le había dado. Dolores apenas había comenzado y ya estaba enganchada a él. Suspiró bajito cuando él tocó sus pies para quitarle las sandalias. Zacky permaneció en silencio, observándolos. Pies pequeños, delicados, que cabían enteros en sus enormes manos. Subió lentamente las manos por sus piernas, en una caricia pausada. No se había dado cuenta antes… pero eran perfectas a sus ojos. Los dedos largos y calientes se deslizaban por la piel suave, despertando escalofríos profundos que subían directo al vientre de Dolores. Cuando llegó a los muslos, se detuvo, porque necesitaba respirar. El deseo había golpeado demasiado fuerte. Levantó la mirada. Y la escena… casi le quitó el aliento. Dolores yacía frente a él, con las mejillas sonrojadas, los labios hinchados, el pecho subiendo y bajando rápido, la respiración entrecortada. Los ojos grandes, oscuros y brillantes, llenos de deseo. Esa visión lo incendió. Apoyó una de las manos en el acolchado del sofá, inclinándose sobre ella. «Dios mío…», pensó ella, sintiendo el corazón latir demasiado fuerte. Él era tan grande… tan caliente… tan masculino. Tan macho… Levantó la mano con hesitación y tocó su pecho con la punta de los dedos. Sintió los músculos firmes bajo la camiseta, calientes como brasas. Zacky cerró los ojos por un segundo al sentir ese roce suave. Entonces los abrió y se incorporó solo para quitarse la camisa. Desabrochó un botón tras otro, y había tanta sensualidad en ese gesto lento que Dolores contuvo el aliento. Se mordió el labio cuando él se quitó la camisa de un tirón. Ella observó el pecho definido, los brazos fuertes y el abdomen recto. El vello oscuro que descendía por el vientre desaparecía dentro del pantalón, y eso le hizo recordar respirar… hasta volver a olvidarlo cuando lo vio abrir el cinturón de vaquero. Cuando el cinturón cayó al suelo, ella se estremeció. Él la observaba con una mirada hambrienta. Se acercó. Volvió a colocarse sobre ella, apoyando un brazo al lado de su cabeza. El otro se deslizó por su cintura; sus dedos grandes rozaron la piel sensible bajo la blusa. Zacky bajó el rostro y besó su cuello. Dejó que la barba ligeramente crecida arañara con delicadeza su piel suave. Ella arqueó el cuerpo, llevando las manos a la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos. —Z-Zacky… —susurró, con la voz quebrada por el deseo creciente. Él deslizó la boca hasta su clavícula, repartió besos lentos, luego abrió un poco más los labios para saborear la piel caliente en una succión que la hizo delirar. Dolores jadeó al sentir el tamaño de su erección presionando su muslo. Era mucho, muy duro. La sensación era casi torturante. Él alzó el rostro y la miró por un momento. Sus ojos estaban oscurecidos por el deseo, completamente tomados por ella. Dolores deslizó las manos por su pecho, subiendo hasta su nuca, atrayéndolo de nuevo. Su cuerpo temblaba de pura necesidad. —Bésame, vaquero… Sus palabras fueron como un incendio en el granero. Entonces él la besó. Ella se deleitaba con los besos calientes y húmedos. Apurada por sentir más de él, se subió el vestido hasta la cintura y un poco más. Él notó sus movimientos y separó los labios de los de ella para verla sacar el vestido por la cabeza; lo que quedó de ropa casi no cubría nada. Observó el sujetador de encaje que marcaba el contorno perfecto de los pechos y los pezones turgentes, y la braguita, también de encaje, que dejaba ver una leve pelusilla dejada allí a propósito, ya que el resto estaba depilado. Casi se atragantó con la imagen. Ella sostuvo su rostro con ambas manos y volvió a besarlo; luego tomó una de sus manos y la colocó sobre su pecho. «Bésame, vaquero…» Sus palabras fueron como fuego en el granero. Él no resistió. Sujetó su rostro con fuerza y la besó, un beso de esos que quitan el aliento y roban la razón. Dolores gimió contra su boca, hambrienta de más. A toda prisa, llevó las manos a su propio vestido y lo subió hasta la cintura, luego un poco más. Zacky sintió el movimiento y apartó los labios lo justo para verla alzar la tela por la cabeza y deshacerse de ella en un solo gesto. Lo que quedó de ropa en su cuerpo casi no cubría nada. Se quedó inmóvil por un segundo, como si todo el oxígeno hubiera desaparecido del aire. El sujetador de encaje moldeaba a la perfección sus pechos, mostrando el contorno suave, los pezones turgentes, listos para él. La braguita combinaba, delicada, dejando visible una leve pelusilla sobre el tejido… intencional, sensual. Zacky casi perdió el aliento. En sus ojos, el hambre era explícita, salvaje. Dolores sostuvo su rostro con ambas manos y volvió a besarlo con urgencia. Mientras lo hacía, guió su mano… colocó sus dedos grandes y calientes directamente sobre uno de sus pechos, presionándolo contra ella. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Él sintió cómo su autocontrol se desmoronaba por completo.Capítulo 118El tiempo pasó como el viento en las planicies de la hacienda.En pocos meses, los siete cachorros de Nyra y Titan crecieron rápidamente. Los pequeños servales ahora corrían libres por la propiedad, subiendo a los árboles, cazando mariposas y durmiendo al sol sobre el techo del galpón. Titan se convirtió en una presencia imponente y protectora, siempre vigilando a su familia felina con ojos atentos. Nyra, por su parte, continuaba cariñosa, muchas veces vista descansando en el porche al lado de Titan, como si fueran los verdaderos guardianes de la hacienda.Y entonces, casi al mismo tiempo, los bebés humanos llegaron.En el hospital, Rafael y Robson estaban lado a lado en el pasillo, todavía vistiendo las ropas quirúrgicas azules. Los dos parecían exhaustos, emocionados y orgullosos.Rafael se pasó la mano por el rostro y miró a su hermano.—Llegó la hora de elegir los nombres.Robson asintió, tenía los ojos rojos de tanto contener la emoción.—Luana y yo ya conversamos. Q
Capítulo 117Dos meses después...El sol de la tarde estaba perfecto para aquel día grandioso. Lo que iba a ser una simple boda terminó convirtiéndose en una gran fiesta campesina.Una enorme estructura de madera y bambú había sido montada detrás de la casa grande, decorada con banderines coloridos, cintas de raso, flores del campo y luces amarillentas. Mesas largas estaban cubiertas con manteles a cuadros rojos y blancos. El olor de carne asada, chorizo, arroz carreteiro y pollo campesino en el fogón de leña dominaba el aire.Todos los peones de la hacienda estaban presentes, muchos con sus mejores camisas, botas lustradas y sombreros de fieltro. Amigos de las haciendas vecinas, Adalberto con Rosa, el cocinero João y hasta la Sargento Mendes, que se había vuelto cercana a la familia, comparecieron.Bajo un gran arco adornado con ipê-amarelo y margaritas, las parejas intercambiaban los votos.Rafael, vistiendo una camisa blanca con las mangas dobladas y pantalón jeans oscuro, sostenía
Capítulo 116Dos días después, Thomas y Juliana Cárter finalmente regresaron de su largo viaje de casi cinco meses por Europa.Tan pronto como el vehículo se detuvo frente a la casa grande, Rafael, Pâmela, Robson y Luana salieron a recibirlos. Thomas bajó del carro con una sonrisa amplia en su rostro bronceado, seguido por Juliana, que extendía los brazos.—¡Mis hijos! —exclamó Juliana, emocionada, abrazando primero a Rafael y luego a Robson con fuerza.Los abrazos fueron largos y apretados. Thomas dio palmadas en las espaldas de sus hijos, claramente feliz de estar de vuelta. Sin embargo, cuando se alejó para saludar a las dos jóvenes, notó algo diferente.Sus ojos descendieron hasta las barrigas evidentes de Pâmela y Luana.—Esperen... —Thomas parpadeó, sorprendido—. ¿Qué estoy viendo aquí?Juliana llevó las manos a la boca, se emocionó en el mismo instante.Pâmela y Luana sonrieron, tímidas. Rafael sostuvo la mano de Pâmela y Robson pasó el brazo alrededor de la cintura de Luana, p
Capítulo 115Habían pasado cuatro meses.La hacienda Cárter vivía ahora una calma merecida. Luiz estaba preso, esperando juicio por tentativa de homicidio, y sus amenazas parecían, poco a poco, perderse entre los barrotes. Rafael se había recuperado bien del disparo en el hombro, aunque todavía sentía un dolor incómodo cuando el tiempo se enfriaba. Él y Pâmela vivían juntos oficialmente, y el proceso de divorcio de ella finalmente avanzaba.Sin embargo, en los últimos días, una preocupación rondaba la mente de Rafael.Estaba parado en el porche de la casa grande, mirando al cielo. Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza con fuerza y se lo puso nuevamente, con el ceño fruncido. Nyra había desaparecido hacía al menos diez o quince días. Nunca había estado tanto tiempo lejos de la hacienda. Rafael ya había recorrido casi todos los bosques cercanos y no encontró nada.—Dónde estás, niña... —murmuró para sí mismo, inquieto.Entonces escuchó un ruido constante de pasos menudos, maullidos a
Capítulo 114Al final del día, dos patrullas de la policía civil se detuvieron frente a la casa de Luiz. Los policías bajaron con las manos cerca de las armas y golpearon la puerta con fuerza. Registraron el patio y forzaron la puerta ya que tenían una orden, la casa estaba vacía.—Debe haber ido a la Hacienda de los Cárter —dijo el sargento, serio—. Vamos ahora. Código 3.Mientras las patrullas avanzaban a alta velocidad con las sirenas encendidas, en la Hacienda Cárter todo parecía tranquilo.En el área gourmet, una mesa estaba puesta con comida casera. Rafael, Pâmela, Robson y Luana cenaban juntos. El ambiente era distendido entre las parejas. Luana se reía de algo que Robson le había susurrado al oído, mientras Pâmela descansaba la cabeza en el hombro de Rafael, que acariciaba su mano por encima de la mesa.—Esta cena está perfecta... —murmuró Pâmela, feliz.Rafael besó la parte superior de su cabeza. Fue en ese momento cuando una silueta surgió, a pocos metros de distancia.Luiz,
Capítulo 113Al día siguiente, Luiz estacionó su camioneta detrás de un viejo granero abandonado, a unos doscientos metros de la casa de Adalberto. Sus ojos estaban rojos, inyectados de odio y falta de sueño. Esperó pacientemente escondido hasta ver la camioneta de su hermano salir por el camino de tierra, levantando polvo.En cuanto el vehículo desapareció en la curva, Luiz bajó con el revólver en la mano. El metal estaba caliente de tanto apretarlo. Continuó a pie, agachado entre los árboles y el maizal, hasta llegar al gran cobertizo donde las empleadas separaban semillas y preparaban alimento para los animales.Rosa estaba dentro, conversando con Neusa, una de las empleadas más antiguas de la hacienda. Las dos estaban de espaldas a la puerta entreabierta.—Vi cómo te miró el patrón esta mañana —dijo Neusa, con un tono curioso y malicioso, cruzándose de brazos—. No sirve de nada disimular, Rosa. ¿Están juntos?Rosa se puso roja, pero no consiguió ocultar la leve sonrisa que apareci







