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Capítulo 46: Las costuras del silencio

Author: melodi
last update publish date: 2026-10-04 06:13:48

Mateo

Salí al patio del taller a las seis de la mañana buscando el aire frío para limpiarme la cabeza. Creí que ver la luz del sol sobre los techos de zinc nos devolvería la normalidad tras el arresto de Roberto en la casa matriz, pero la paz duró exactamente lo que tardó en sonar el teléfono de la mesa de soldadura.

No era una llamada común. El tono rítmico, corto y metálico provenía de la línea analógica que Nico había desconectado la noche anterior.

Clara bajó los escalones de madera con una
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    MateoLa ovación de los estudiantes en la plazoleta del rectorado aún retumbaba a nuestras espaldas cuando Clara y yo regresamos al taller. Creí que al ver salir las patrullas con la decana Auristela el peso de los últimos meses se disiparía del todo, pero al cerrar la puerta de madera pesada del laboratorio, la calma del lugar se sentía extraña, casi densa.Irene se había quedado atrás con Nico para coordinar la migración definitiva de los servidores hacia el centro de estudiantes. Por primera vez en días, Clara y yo estábamos completamente solos.Me acerqué al banco de trabajo central y encendí la lámpara flexo. La luz cálida iluminó los cautines, las bobinas de estaño y los esquemas arrugados que habían sido nuestro refugio desde el principio. Clara se apoyó contra el borde de la mesa, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando el suelo de piedra.—Aún no me lo creo, Mateo —dijo Clara, rompiendo el silencio con la voz baja pero serena—. Ver a Auristela y a mi padre responder ante

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    MateoEl aire helado de la mañana se estrellaba contra la fachada de concreto del rectorado. Cuando Clara, Nico, Irene y yo cruzamos la arcada lateral y desembocamos en la plazoleta central, el ruido era ensordecedor. Más de quinientos estudiantes, profesores de carrera y empleados administrativos se agolpaban alrededor de la escalinata principal.En lo alto de los escalones, escoltada por dos guardias de seguridad privada y con el micrófono de la radio universitaria temblando en su mano derecha, la decana Auristela intentaba recuperar el control de una multitud que ya no creía en sus palabras.—¡Les pido calma a todos! —gritaba Auristela, cuya voz amplificada retumbaba con una distorsión chirriante en los altavoces de la plaza—. Lo que escucharon en la transmisión de radio fue una interferencia malintencionada, una edición de audio manipulada por elementos radicales que buscan desestabilizar el funcionamiento de esta institución.—¡Mentirosa! —rugió una voz desde la primera fila de e

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    MateoLa brisa helada de la mañana todavía nos golpeaba el rostro mientras Clara y yo descendíamos la escalera de caracol de la torre de agua. Abajo, en la plazoleta del rectorado, el tumulto de los estudiantes ahogaba los intentos desesperados de la decana Auristela por dar explicaciones tras la emisión pública de la confesión de Miguel.Creíamos que la activación del enlace aéreo marcaba el triunfo definitivo sobre la vieja guardia de la facultad. Sin embargo, en cuanto atravesamos la puerta de la azotea hacia el pasillo del quinto piso, la pantalla de mi teléfono vibró de forma errática. No era una llamada entrante ni una notificación de la red. Eran caracteres hexadecimales que se desplegaban solos en la pantalla, exactamente con el mismo patrón de codificación que mi padre solía usar en sus servidores privados.Clara se detuvo a mi lado, apretando el estuche metálico del repetidor contra su pecho. Sus ojos oscuros se clavaron en mi teléfono con un chispazo de alerta inmediata.—M

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    MateoSalí al patio del taller a las seis de la mañana buscando el aire frío para limpiarme la cabeza. Creí que ver la luz del sol sobre los techos de zinc nos devolvería la normalidad tras el arresto de Roberto en la casa matriz, pero la paz duró exactamente lo que tardó en sonar el teléfono de la mesa de soldadura.No era una llamada común. El tono rítmico, corto y metálico provenía de la línea analógica que Nico había desconectado la noche anterior.Clara bajó los escalones de madera con una taza de café en la mano. La sombra del cansancio persistía bajo sus ojos, pero la firmeza de su postura dejaba claro que no pensaba retroceder ni un milímetro.—Mateo, ese canal debería estar muerto —dijo Clara, dejando la taza sobre el banco de trabajo—. Invertimos la masa en el sótano de mi infancia. No hay corriente que pueda alimentar esa tarjeta.—A menos que la tarjeta nunca haya necesitado la corriente de la casa —respondí, acercándome al receptor y mirando la pantalla fija de LED rojo.

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