LOGINEl Alfa Romeo camuflado de la policía avanzaba lentamente por las calles secundarias que bordeaban la periferia de Palermo. El cielo estaba encapotado, amenazando con descargar una tormenta que limpiaría la suciedad de los callejones. Al volante iba Bianchi, con la mirada relajada y tarareando una melodía monótona que a Diego le taladraba los nervios. Diego viajaba en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el paisaje industrial abandonado.
Oficialmente, investigaban un supuesto soplo sobre un almacén secundario de los Martineli. Extraoficialmente, Bianchi lo estaba llevando a dar vueltas en círculos para mantenerlo alejado de los verdaderos movimientos del Don. —Te lo digo, Diego, tienes que relajarte —dijo Bianchi, soltando una mano del volante para hacer un gesto vago—. Moretti está contra las cuerdas. Asuntos Internos encontrará los registros del casino esta semana y todo esto habrá terminado. Volveremos a tener el control. Diego no respondió. Mantenía los ojos fijos en el espejo retrovisor lateral. Su instinto, ese que nunca le fallaba y que lo había mantenido vivo en las calles de Sicilia, empezó a enviar señales de alerta. Un sedán negro de vidrios polarizados había aparecido detrás de ellos tres calles atrás. No llevaba luces encendidas y mantenía una distancia fija, demasiado calculada para ser un conductor casual. —Bianchi, gira a la derecha en la próxima intersección —ordenó Diego, su voz cambiando instantáneamente a un tono plano y cortante. —¿Por qué? El almacén está hacia la izquierda... —¡Que gires a la derecha, coño! —rugió Diego, llevándose la mano instintivamente a la culata de su Beretta bajo la chaqueta. Bianchi dio el volantazo, sorprendido por el grito. El Alfa Romeo derrapó levemente sobre el asfalto húmedo al entrar en una calle cortada, flanqueada por viejas fábricas textiles abandonadas. El sedán negro giró inmediatamente detrás de ellos, acelerando a fondo. El rugido de su motor V8 resonó entre los muros de ladrillo como el rugido de un depredador. —¡Nos siguen! —gritó Bianchi, el pánico pintándose en su rostro de forma genuina. Él sabía quiénes eran; sabía que Salvatore y los hombres de Martineli tenían planeado un golpe esa tarde, pero no esperaba que los interceptaran a ellos, o quizás el Don había decidido eliminar cabos sueltos antes de tiempo. Antes de que Bianchi pudiera enderezar el coche, el sedán negro los embistió por el costado trasero. El impacto fue brutal. El Alfa Romeo trompeó, perdiendo el control y estrellándose de lado contra la persiana metálica cerrada de un viejo almacén. El parabrisas se astilló en mil pedazos y los airbags se desplegaron con un estallido ensordecedor, llenando el habitáculo de humo blanco y olor a pólvora quemada. Diego golpeó su cabeza fuertemente contra la ventanilla. El dolor fue agudo, una línea de sangre cálida comenzó a bajar por su sien, nublándole la vista por un segundo. Aturdido, escuchó el chirrido de los frenos del sedán negro deteniéndose a pocos metros. —¡Bianchi! ¡Muévete, sal del coche! —tosió Diego, intentando empujar su puerta, que había quedado atascada contra el metal de la persiana. Pero Bianchi no se movió para huir. Su entrenamiento corrupto o quizás su desesperación por salvar la piel ante sus verdaderos jefes lo hizo cometer el error definitivo. Sabía que si los hombres de Martineli disparaban, lo matarían a él también. Bianchi sacó su arma reglamentaria y, presa del pánico, abrió su puerta, saliendo al asfalto mientras gritaba: —¡Paren! ¡Soy yo! ¡Soy Bianchi! ¡No disparen, maldita sea! Del sedán negro descendieron tres hombres encapuchados, armados con subfusiles Heckler & Koch MP5. No venían a negociar, ni les importaba la identidad del traidor que ya había cumplido su propósito. Para Maximiliano Martineli, un policía que se vende una vez puede vender a cualquiera dos veces; Bianchi ya no era útil, solo un peligro andante. —¡No, Bianchi, cúbrete! —gritó Diego desde el interior del coche, logrando patear la puerta del copiloto para abrir un espacio. Fue demasiado tarde. El sonido ensordecedor de una ráfaga de fuego automático rasgó el aire de la tarde. Una lluvia de balas de nueve milímetros perforó el pecho y el abdomen de Bianchi antes de que pudiera levantar las manos. Los impactos lo levantaron del suelo, haciéndolo retroceder como una marioneta rota hasta caer de espaldas sobre el capó del Alfa Romeo. Sus ojos fijos y vacíos miraron al cielo gris mientras la sangre manchaba el metal plateado del coche policial. El traidor estaba muerto. El único hombre que conocía la cara de Diego y sus planes dentro de la fuerza había sido silenciado para siempre por sus propios protectores. La furia y la adrenalina estallaron en el cerebro de Diego. Desplazándose con una agilidad felina sobre el asiento ensangrentado, asomó el cuerpo por la puerta rota del conductor y abrió fuego con su Beretta. *¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!* Dos de sus disparos impactaron en el hombro del encapuchado que lideraba el grupo, haciéndolo retroceder hacia el sedán negro. Los otros dos atacantes respondieron al fuego, destrozando lo que quedaba de la carrocería del Alfa Romeo. Las balas silbaban a milímetros de la cabeza de Diego, rompiendo los espejos y perforando los neumáticos. —¡Vámonos! ¡El objetivo principal ya viene en camino, no hay tiempo! —gritó uno de los sicarios desde el sedán negro, mirando hacia el final de la calle. El coche de los atacantes dio marcha atrás con un violento chirrido de neumáticos, dejando a Diego herido y cubierto de cristales en medio del callejón, junto al cadáver tibio de su compañero. Diego, respirando con dificultad y sosteniéndose la costilla lesionada, se arrastró fuera del coche. Se arrodilló al lado de Bianchi, tomándole el pulso en el cuello por puro instinto profesional. Nada. El agente Bianchi estaba completamente muerto. Diego miró la gabardina empapada de sangre de su compañero y luego fijó la vista en el asfalto, donde los casquillos percutidos brillaban bajo la incipiente lluvia.El silencio incómodo en torno a la barra comenzó a disolverse lentamente a medida que la música recuperaba su volumen y los guardias, bajo las severas miradas de los capos, regresaban a sus tragos y a sus mujeres, aunque los murmullos seguían flotando en el aire pesado del club.Maximiliano no apartó la vista de Diego. Con un sutil movimiento de su mano libre, le hizo una seña a uno de los hombres de los escalones para que le indicara al escolta que subiera.Diego dejó su vaso sobre el mármol, se acomodó los puños de la camisa y comenzó a subir los escalones hacia la exclusiva zona VIP. Desde el centro de la pista, Salvatore observó la escena. El veterano capo vio a Diego acercarse al Don con esa maldita seguridad que tanto le irritaba, y cuando el mecánico tomó asiento en el sofá individual de cuero, justo al lado del imponente sillón de Maximiliano, Salvatore apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No toleraba que un aparecido del puerto ganara tan
La música de ambiente, una mezcla de jazz moderno y ritmos italianos, retumbaba con suavidad en las paredes del club privado subterráneo de la mansión. Maximiliano había decidido organizar una fiesta íntima para sus hombres de confianza. Tras semanas de alerta máxima por los ataques de Catania y turnos de vigilancia extenuantes de veinticuatro horas, la tensión en la estructura era evidente. Los soldados necesitaban despejar la mente, y el Don sabía que el alcohol, la música y las mujeres traídas de los clubes más selectos de la costa eran el mejor sedante para mantener a sus lobos contentos y leales. El ambiente estaba cargado de risas roncas, el tintineo constante de las botellas de champán y el humo de los puros que bailaba bajo las luces rojas y difusas del local. Varios guardias bailaban en el centro de la pista, desabrochándose las chaquetas de sus trajes, flanqueados por mujeres hermosas vestidas con telas brillantes y tacones altos. Apartado del bullicio, sentado en un impon
El calor del verano siciliano comenzaba a derretir el asfalto de Palermo, pero dentro de la mansión Martineli el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida. Habían pasado dos semanas desde la noche de la tormenta. Diego se había adaptado a su papel de manera impecable, pero la cercanía diaria con Maximiliano estaba empezando a jugarle una pasada peligrosa a su mente de detective.Ya no lo veía solo a través de una pantalla de vigilancia o en fríos informes policiales. Ahora compartía el mismo espacio, respiraba su mismo aire y, sobre todo, sentía el peso de la presencia de un hombre imponente que gobernaba con mano de hierro. Maximiliano era un líder nato, y aunque Diego lo odiaba por lo que representaba, no podía evitar sentir una extraña fascinación por la seguridad y la frialdad con la que el Don manejaba su imperio.La oportunidad para que esa barrera profesional crujiera por primera vez ocurrió una tarde en el gimnasio privado de la mansión, un espacio subterráneo revestido
El reloj de pared del pasillo central marcaba las once de la noche. La mansión Martineli estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el rugido lejano de los truenos y el golpeteo de la lluvia contra los ventanales blindados. Hacía menos de una hora que un rayo había afectado uno de los transformadores externos, obligando a los generadores auxiliares de la propiedad a entrar en funcionamiento. Aunque la electricidad se había restablecido, los sistemas informáticos y el circuito cerrado de televisión tardarían unos veinte minutos en reiniciarse por completo debido a los protocolos de encriptación de alta seguridad.Para los operadores de la sala de control, era un fallo técnico rutinario. Para Diego Santos, era la ventana táctica que había estado esperando durante un mes.Vistiendo ropa civil oscura y calzando zapatos de suela de goma que no emitían el menor sonido sobre el suelo de mármol, Diego se deslizó fuera de su habitación. Evitó el pasillo principal, donde sabí
La primera noche en la fortaleza de los Martineli fue una prueba de resistencia absoluta para Diego Santos. El ala de seguridad de la mansión, donde Salvatore le había asignado una habitación, era un reflejo de la mentalidad paranoica de la organización: pasillos alfombrados para ahogar las pisadas, cámaras de circuito cerrado en cada esquina y ventanas blindadas que daban a los extensos jardines patrullados por hombres armados y dobermans.Eran las dos de la madrugada cuando Diego cerró la puerta de su habitación con pestillo. El cuarto era amplio, impecable, decorado con muebles de madera oscura que olían a cera cara, pero para él se sentía como una celda de aislamiento de máxima seguridad.Dejando escapar un suspiro ronco que había estado conteniendo durante horas, se despojó de la chaqueta de lona y la camiseta. Al mirarse en el espejo del lujoso baño de mármol, vio que el esfuerzo físico en el parque había pasado factura. El vendaje elástico que comprimía su torso estaba ligerame
El trayecto en el coche de la familia Martineli transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por los sollozos ya apagados del pequeño Alexander y los murmullos de su madre, Sonia, quien no dejaba de estrecharlo contra su pecho. Diego viajaba en el asiento del copiloto, manteniendo la mirada fija en el retrovisor, simulando la paranoia natural de un civil que acababa de sobrevivir a un tiroteo. Por dentro, sin embargo, su mente trabajaba a una velocidad de vértigo. Tenía que fijar cada detalle de su nueva fachada. A partir de ese segundo, el detective Rossi estaba oficialmente muerto. Su nuevo escudo sería un apellido corriente, uno que no levantara sospechas en los archivos policiales ni en los registros de la mafia. *Santos*. Un nombre limpio para un hombre cubierto de secretos.Cuando las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión Martineli se abrieron, Diego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el dolor de sus costillas. Reconoció el lugar al instante: er







