LOGINA los dieciocho años, Oliver está convencido de que sabe perfectamente lo que significa estar enamorado. Desde los trece, Eliot Humbert —el hermano mayor de su mejor amigo— ocupa un lugar imposible de ignorar en su corazón. Diez años mayor, elegante, reservado y aparentemente inalcanzable, Eliot representa todo aquello que Oliver desea y todo aquello que parece no poder tener. Para Eliot, sin embargo, Oliver siempre ha sido simplemente el mejor amigo de su hermano pequeño. O eso cree Oliver. Entre encuentros robados, sentimientos que llevan demasiado tiempo guardados y una cercanía que comienza a desafiar las certezas de ambos, Oliver tendrá que enfrentarse a una verdad para la que no estaba preparado: amar a alguien no siempre significa terminar a su lado. Porque algunas personas llegan para enseñarnos a querer. Otras, para enseñarnos a dejarlas ir. Y algunas permanecen en nuestra vida de una forma que jamás imaginamos. Quizá crecer también signifique aprender que el amor no tiene una sola manera de existir.
View MorePrólogo
La mano de Oliver temblaba sobre la manija de la puerta, el metal frío mordiendo sus yemas mientras el mundo se reducía al sonido ensordecedor de su propia sangre latiendo en sus oídos. Necesitaba escapar, necesitaba procesar el huracán que Eliot había desatado en su pecho, pero Eliot no se movió. Los seguros permanecieron firmes, como una promesa silenciosa. Entonces, sin un solo murmullo que rompiera el hechizo, Eliot se inclinó hacia él. No fue un movimiento brusco, sino la caída lenta de una hoja en otoño, inevitable y hermosa. Su brazo cruzó la consola central, sus dedos largos y expertos buscando la manija donde los de Oliver aún descansaban. Cuando sus manos se encontraron, fue como si una corriente eléctrica recorriera cada centímetro de su piel. Los nudillos de Oliver sintieron el roce, apenas una caricia, y de repente el espacio entre ellos se desvaneció como niebla al amanecer. Sus rostros respiraban el mismo aire ahora, separados por la distancia de un suspiro contenido. Oliver podía contar cada pestaña de Eliot, ver cómo proyectaban sombras diminutas sobre esos pómulos que había admirado en secreto durante incontables días. Las motas plateadas en sus pupilas bailaban en la penumbra del coche, y Oliver sintió que se ahogaba en ellas. El calor de su aliento se mezclaba con el suyo propio, que ya se había vuelto rápido, superficial, casi doloroso. El mundo exterior dejó de existir. Solo quedaba este espacio sagrado, perfumado con cuero añejo y esa colonia elegante que Oliver conocía mejor que cualquier poema. Cada inhalación era un recuerdo, cada exhalación, una oración. Cuando sus miradas se encontraron, Oliver sintió que su alma quedaba al desnudo. Los ojos de Eliot eran intensos, inquisitivos, como si estuviera realizando un último cálculo en esa mente perfecta. Pero los de Oliver... Dios, los de Oliver debían ser un libro abierto donde cada página gritaba pánico, anhelo, y una incredulidad tan absoluta que dolía. Sintió el calor subir por su cuello como una marea, incendiando sus mejillas, tiñendo su piel de un carmesí que sabía visible incluso en aquella luz tenue. Se sintió transparente, expuesto, como si cada latido traicionero de su corazón fuera un faro en la noche. Eliot observó el rubor extenderse, sus ojos siguiendo el camino del color desde el escote de la camisa hasta la línea del cabello de Oliver. Y entonces habló, su voz tan baja y ronca que parecía surgir de las profundidades de la tierra. —Cada vez que te sonrojas —dijo, las palabras cayendo lentas como miel espesa—, quiero morder tus orejas. No era coquetería. No era un cumplido tejido con hilos de poesía barata. Era la declaración de un hecho, cruda y visceral, tan inesperadamente íntima que a Oliver se le escapó el aire de los pulmones. Era la verbalización de un impulso animal, presentada con la frialdad de quien observa las estrellas. Como si el deseo de Eliot fuera la consecuencia lógica, natural, inevitable del rubor de Oliver. Como si su anhelo fuera un dato más en la perfecta ecuación de su existencia. Una risa nerviosa, aguda y completamente fuera de lugar, escapó de los labios de Oliver. Fue el sonido de un alma hecha pedazos, de la incapacidad para procesar lo imposible. Se rio y luego inmediatamente se mordió el labio inferior, sus ojos verdes muy abiertos, perdido en un mar de confusión. ¿Gracias? ¿Por favor, hazlo? Las palabras se atascaron en su garganta como espinas. Pero no tuvo tiempo de decidir. Porque Eliot se acercó. No con torpeza adolescente, sino con la precisión impecable de quien conoce exactamente la distancia del deseo. Su mano se elevó, los dedos rozando primero la línea de la mandíbula de Oliver, un contacto tan ligero que podría haber sido imaginado, un sueño dentro del sueño. Luego, esa misma mano se hundió en su cabello, en la nuca, sujetándolo con una firmeza que no dejaba espacio para dudas. Y entonces, lo besó. No fue un beso suave ni tímido. Sus labios encontraron los de Oliver con una seguridad absoluta, calientes y firmes, moviéndose con una intención clara que desarmó cualquier posible resistencia. El mundo de Oliver estalló en un silencio blanco, puro, cegador. Todos los pensamientos, el pánico, la vergüenza, el análisis interminable, se disolvieron en la sensación pura y abrumadora de aquel beso. El sabor de Eliot invadió sus sentidos, un sabor que Oliver supo que recordaría hasta el último de sus días. La mano en su nuca lo mantenía en su lugar, aunque no era necesaria; Oliver se derrumbó hacia él, un gemido ahogado atrapado en su garganta convirtiéndose en un suspiro que Eliot capturó como quien atrapa una mariposa. Eliot no se apresuró. Besó a Oliver con una intensidad concentrada, como si estuviera saboreando una muestra rara, mapeando cada respuesta de su cuerpo. Su otra mano se posó en el costado de Oliver, el pulgar trazando un arco sobre su costilla a través de la fina tela de la camisa. Era un contacto que quemaba, que dejaba una estela de fuego allí donde tocaba. Oliver respondió como un hombre que se ahoga y encuentra aire después de años bajo el agua. Sus propias manos, temblorosas, se aferraron a los hombros de Eliot, a la lana suave de su abrigo, anclándose a la única realidad sólida en un universo que se había vuelto líquido y ardiente. Besó a Eliot de vuelta con toda la desesperación contenida en meses de miradas furtivas, en años de deseo escondido, con la rendición total de quien ya no tiene nada que perder porque ya lo ha entregado todo. Fue Eliot quien finalmente se separó, solo lo suficiente para que sus labios se apartaran unos milímetros. Sus respiraciones eran rápidas y entrecortadas, mezclándose en el pequeño espacio entre ellos como dos ríos que encuentran el mar. Oliver jadeaba, sus labios hormigueantes, su mente un torbellino de sensaciones imposibles de nombrar. Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Eliot. Los ojos azules, normalmente tan impasibles, ardían ahora con un fuego frío y concentrado. Había satisfacción allí, la del científico que ha confirmado su hipótesis más audaz, pero también algo más profundo, más voraz, algo que hacía temblar a Oliver desde dentro. Luego, Eliot inclinó la cabeza y, haciendo honor a su palabra, hundió los dientes con suavidad, pero con firmeza, en el lóbulo de la oreja de Oliver. No fue un mordisco doloroso, sino una presión posesiva, un sello grabado en la carne más vulnerable. Una oleada de sensación eléctrica recorrió a Oliver de la cabeza a los pies, haciéndolo arquearse en el asiento con un jadeo agudo que resonó en el silencio del coche. Eliot soltó el lóbulo, su aliento cálido contra la piel sensible, y luego colocó un beso suave, casi conciliador, en el mismo lugar. Como una disculpa. O una promesa.Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un
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