LOGINEl zumbido intermitente de una bombilla desnuda era el único sonido que competía con la lluvia pertinaz que golpeaba el tragaluz de zinc. Diego Rossi no había pisado la jefatura de policía en los últimos tres días. Oficialmente, se había tomado una baja médica por "agotamiento extremo", una excusa burocrática que sus superiores aceptaron sin hacer demasiadas preguntas, aliviados de quitarse de encima al detective más obsesivo y problemático de la ciudad. Extraoficialmente, Diego se había mudado a un viejo almacén de herramientas abandonado en la periferia de Palermo, un lugar que perteneció a su abuelo y que no figuraba en ningún registro oficial de sus propiedades.
Ese almacén se había convertido en su nuevo centro de operaciones. Las paredes de ladrillo visto estaban cubiertas de mapas satelitales, organigramas conectados por hilos rojos y fotografías tomadas desde las sombras. Ya no había ordenadores conectados a la red de la policía, ni servidores estatales que pudieran ser hackeados o interceptados. Todo lo que Diego investigaba ahora nacía y moría en ese espacio frío y húmedo. Diego caminaba descalzo sobre el suelo de cemento, con una taza de café negro y amargo en la mano. Llevaba la misma camiseta gris desde el día anterior y una barba de varios días que acentuaba las ojeras profundas bajo sus ojos. Su mirada recorría la pizarra principal. En el centro, la foto de Maximiliano Martineli seguía intacta, pero a su alrededor, las fotos de los miembros de la Unidad Uno ahora tenían signos de interrogación dibujados con rotulador negro. —Uno de ustedes —susurró Diego para sí mismo, con la voz rasposa—. Uno de los míos. La paranoia era un veneno lento. Diego pasaba las noches en vela analizando los tiempos del operativo frustrado. Revisaba mentalmente cada segundo en la furgoneta, cada palabra dicha por radio. Sabía que no podía pedir los registros telefónicos oficiales a través del sistema judicial porque el traidor se enteraría de inmediato. Tenía que hacerlo a la vieja usanza: pagando a piratas informáticos de los barrios bajos con dinero de su propio bolsillo, rastreando las señales que rebotaron en las antenas cercanas a la mansión Martineli a la hora exacta del soplo. La puerta metálica del almacén crujió, interrumpiendo sus pensamientos. Diego reaccionó por puro instinto. Dejó la taza en una mesa y en un movimiento fluido ya tenía su arma reglamentaria desenfundada, apuntando fijamente hacia la entrada, oculto detrás de una columna de hormigón. —¡Diego! ¡Soy yo, baja eso! —gritó una voz desde la penumbra. Era Bianchi. Traía una gabardina empapada por la lluvia y una bolsa con comida para llevar. Diego no bajó el arma de inmediato. Mantuvo la mirada fija en su compañero durante tres segundos eternos, analizando su lenguaje corporal. Finalmente, bajó la pistola, pero no la guardó en la funda; la dejó sobre la mesa, al alcance de su mano. —Te dije que no vinieras aquí, Bianchi —dijo Diego, con un tono gélido que carecía de la calidez de la antigua camaradería. —La jefatura está hecha un manicomio, Diego. Tenía que verte —respondió Bianchi, sacudiéndose el agua de la gabardina mientras miraba con fingida sorpresa las paredes llenas de información—. Asuntos Internos está registrando los archivadores de Moretti. Tal como me pediste, dejé caer entre los inspectores que Moretti había estado gastando más de la cuenta en el casino. Se han tragado el anzuelo. Están convencidos de que él es el infiltrado. Diego se acercó a la mesa, cruzándose de brazos. Su mente analítica procesaba la información, pero su intuición, agudizada por el aislamiento, detectaba algo extraño. Había una ligereza en la voz de Bianchi que no encajaba con la gravedad de la situación. —¿Moretti? —preguntó Diego, entornando los ojos—. Moretti estuvo conmigo en la furgoneta hasta diez minutos antes de que Martineli abortara. No cuadra. El mensaje tuvo que enviarse desde el interior del salón o por alguien que tuviera acceso a la frecuencia de transmisión en tiempo real. Bianchi se tensó casi imperceptiblemente, pero recuperó la compostura de inmediato, esbozando una sonrisa de complicidad. —Bueno, ya sabes cómo funciona Asuntos Internos. Necesitan un culpable rápido para cerrar el expediente y lavarse las manos. Si Moretti cae, la presión sobre ti desaparecerá y podrás volver al caso. —Yo no quiero un culpable rápido, Bianchi. Quiero al culpable real —sentenció Diego, dando un paso hacia él. La distancia entre ambos se redujo, y la tensión en el aire se volvió casi palpable—. Quienquiera que haya sido, vendió nuestra seguridad. Si no lo encuentro yo mismo, nunca podré dar un paso hacia Martineli sin que él lo sepa de antemano. A partir de ahora, nadie más entra en este lugar. Ni tú, ni nadie. Bianchi asintió, tragando saliva discretamente al ver la intensidad letal en los ojos de su jefe. —Entendido, Diego. Solo quería asegurarme de que estabas bien. Si necesitas que investigue algo por fuera del radar de la comisaría, avísame. Seguimos siendo un equipo en esto. —Ya no hay equipo, Bianchi —cortó Diego de forma tajante, dándole la espalda para volver a mirar la pizarra—. Solo quedo yo. Vete a casa. Mañana nos vemos en la jefatura para el papeleo de rutina. No levantes sospechas. Bianchi lo miró fijamente por la espalda durante un segundo, una mirada cargada de un cálculo frío y peligroso, antes de dar la vuelta y salir del almacén, dejando que el eco de sus pasos se perdiera bajo el ruido de la tormenta. Diego se quedó completamente solo una vez más. Se acercó a la mesa, tomó su arma y la guardó en la cintura. La visita de Bianchi, lejos de tranquilizarlo, había encendido una alarma silenciosa en su pecho. No sabía por qué, pero la pieza del rompecabezas seguía sin encajar. Miró la foto de Maximiliano Martineli en la pared y apretó los dientes. Sabía que el tiempo se estaba agotando y que el Don no tardaría en mover su próxima ficha.El silencio incómodo en torno a la barra comenzó a disolverse lentamente a medida que la música recuperaba su volumen y los guardias, bajo las severas miradas de los capos, regresaban a sus tragos y a sus mujeres, aunque los murmullos seguían flotando en el aire pesado del club.Maximiliano no apartó la vista de Diego. Con un sutil movimiento de su mano libre, le hizo una seña a uno de los hombres de los escalones para que le indicara al escolta que subiera.Diego dejó su vaso sobre el mármol, se acomodó los puños de la camisa y comenzó a subir los escalones hacia la exclusiva zona VIP. Desde el centro de la pista, Salvatore observó la escena. El veterano capo vio a Diego acercarse al Don con esa maldita seguridad que tanto le irritaba, y cuando el mecánico tomó asiento en el sofá individual de cuero, justo al lado del imponente sillón de Maximiliano, Salvatore apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No toleraba que un aparecido del puerto ganara tan
La música de ambiente, una mezcla de jazz moderno y ritmos italianos, retumbaba con suavidad en las paredes del club privado subterráneo de la mansión. Maximiliano había decidido organizar una fiesta íntima para sus hombres de confianza. Tras semanas de alerta máxima por los ataques de Catania y turnos de vigilancia extenuantes de veinticuatro horas, la tensión en la estructura era evidente. Los soldados necesitaban despejar la mente, y el Don sabía que el alcohol, la música y las mujeres traídas de los clubes más selectos de la costa eran el mejor sedante para mantener a sus lobos contentos y leales. El ambiente estaba cargado de risas roncas, el tintineo constante de las botellas de champán y el humo de los puros que bailaba bajo las luces rojas y difusas del local. Varios guardias bailaban en el centro de la pista, desabrochándose las chaquetas de sus trajes, flanqueados por mujeres hermosas vestidas con telas brillantes y tacones altos. Apartado del bullicio, sentado en un impon
El calor del verano siciliano comenzaba a derretir el asfalto de Palermo, pero dentro de la mansión Martineli el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida. Habían pasado dos semanas desde la noche de la tormenta. Diego se había adaptado a su papel de manera impecable, pero la cercanía diaria con Maximiliano estaba empezando a jugarle una pasada peligrosa a su mente de detective.Ya no lo veía solo a través de una pantalla de vigilancia o en fríos informes policiales. Ahora compartía el mismo espacio, respiraba su mismo aire y, sobre todo, sentía el peso de la presencia de un hombre imponente que gobernaba con mano de hierro. Maximiliano era un líder nato, y aunque Diego lo odiaba por lo que representaba, no podía evitar sentir una extraña fascinación por la seguridad y la frialdad con la que el Don manejaba su imperio.La oportunidad para que esa barrera profesional crujiera por primera vez ocurrió una tarde en el gimnasio privado de la mansión, un espacio subterráneo revestido
El reloj de pared del pasillo central marcaba las once de la noche. La mansión Martineli estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el rugido lejano de los truenos y el golpeteo de la lluvia contra los ventanales blindados. Hacía menos de una hora que un rayo había afectado uno de los transformadores externos, obligando a los generadores auxiliares de la propiedad a entrar en funcionamiento. Aunque la electricidad se había restablecido, los sistemas informáticos y el circuito cerrado de televisión tardarían unos veinte minutos en reiniciarse por completo debido a los protocolos de encriptación de alta seguridad.Para los operadores de la sala de control, era un fallo técnico rutinario. Para Diego Santos, era la ventana táctica que había estado esperando durante un mes.Vistiendo ropa civil oscura y calzando zapatos de suela de goma que no emitían el menor sonido sobre el suelo de mármol, Diego se deslizó fuera de su habitación. Evitó el pasillo principal, donde sabí
La primera noche en la fortaleza de los Martineli fue una prueba de resistencia absoluta para Diego Santos. El ala de seguridad de la mansión, donde Salvatore le había asignado una habitación, era un reflejo de la mentalidad paranoica de la organización: pasillos alfombrados para ahogar las pisadas, cámaras de circuito cerrado en cada esquina y ventanas blindadas que daban a los extensos jardines patrullados por hombres armados y dobermans.Eran las dos de la madrugada cuando Diego cerró la puerta de su habitación con pestillo. El cuarto era amplio, impecable, decorado con muebles de madera oscura que olían a cera cara, pero para él se sentía como una celda de aislamiento de máxima seguridad.Dejando escapar un suspiro ronco que había estado conteniendo durante horas, se despojó de la chaqueta de lona y la camiseta. Al mirarse en el espejo del lujoso baño de mármol, vio que el esfuerzo físico en el parque había pasado factura. El vendaje elástico que comprimía su torso estaba ligerame
El trayecto en el coche de la familia Martineli transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por los sollozos ya apagados del pequeño Alexander y los murmullos de su madre, Sonia, quien no dejaba de estrecharlo contra su pecho. Diego viajaba en el asiento del copiloto, manteniendo la mirada fija en el retrovisor, simulando la paranoia natural de un civil que acababa de sobrevivir a un tiroteo. Por dentro, sin embargo, su mente trabajaba a una velocidad de vértigo. Tenía que fijar cada detalle de su nueva fachada. A partir de ese segundo, el detective Rossi estaba oficialmente muerto. Su nuevo escudo sería un apellido corriente, uno que no levantara sospechas en los archivos policiales ni en los registros de la mafia. *Santos*. Un nombre limpio para un hombre cubierto de secretos.Cuando las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión Martineli se abrieron, Diego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el dolor de sus costillas. Reconoció el lugar al instante: er







