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Episodio 7

Author: Dalex Hache
last update publish date: 2026-06-02 04:38:03

El aroma a café expreso recién colado y a cruasanes horneados flotaba en la pequeña terraza de la Pasticceria del Centro, una acogedora cafetería situada justo enfrente de la Piazza Castelnuovo. Diego Rossi cortaba un trozo de tarta de manzana con el tenedor, moviendo los labios con desgana. Llevaba una gorra oscura que le sombreaba la mirada, una barba densa que transformaba por completo sus facciones y una chaqueta de lona holgada. Debajo de la ropa, el corsé de vendas elásticas seguía oprimiéndole las costillas fisuradas, un recordatorio constante e incómodo de la emboscada en la que Bianchi había perdido la vida.

Diego buscaba la rutina de los ciudadanos comunes para acallar la paranoia que le taladraba el cerebro. Desde que se había convertido en un fantasma para el departamento de policía, sus días transcurrían en un limbo de anonimato. Ya no tenía placas, ni frecuencias de radio, ni un equipo en el que confiar. Estaba solo, planeando en su búnker cómo volver a acercarse a la periferia del imperio de Maximiliano Martineli sin ser detectado.

Al otro lado de la calle, el parque de la plaza estaba lleno de vida. El sol de la tarde se filtraba entre las copas de los árboles, y varios niños corrían persiguiendo palomas o jugando en los columpios. Entre ellos, un niño de unos siete años, vestido con un pulcro conjunto de ropa de marca, corría alegremente alrededor de una fuente de piedra, intentando hacer flotar un pequeño barco de madera. A unos metros, sentada en un banco de madera, una mujer de una elegancia gélida y aristocrática lo observaba con una sonrisa contenida. A su lado, de pie y con una postura excesivamente rígida, un hombre con traje oscuro y gafas de sol escaneaba el entorno con las manos cruzadas al frente.

Para Diego, aquella era solo una estampa más de la opulenta burguesía de Palermo. No tenía la menor idea de que esa mujer era la esposa del Don, ni de que el pequeño que reía junto al agua era el heredero de la Cosa Nostra. Para él, solo eran civiles disfrutando de la tarde.

El ambiente pacífico se fragmentó en mil pedazos en cuestión de segundos.

Una furgoneta industrial de color gris, con las matrículas tapadas por el barro, se subió de golpe a la acera peatonal del parque, derribando un pivote de hormigón con un estruendo metálico. El chirrido de los neumáticos sobre el pavimento desató los primeros gritos de pánico entre las madres y los ancianos que paseaban por el lugar.

Antes de que la furgoneta se detuviera por completo, las puertas traseras se abrieron de par en par. Tres hombres Corpulentos, vestidos con ropa oscura y pasamontañas que ocultaban sus rostros, descendieron armados con pistolas con silenciador y bridas de plástico en las manos. Su objetivo era directo: el niño de la fuente.

El guardaespaldas de la familia Martineli reaccionó con velocidad profesional. Se interpuso entre los atacantes y la mujer, metiendo la mano bajo su chaqueta para desenfundar su arma reglamentaria. Sin embargo, los secuestradores venían preparados. Uno de los encapuchados abrió fuego antes de que el escolta pudiera liberar el percutor. Dos detonaciones secas, amortiguadas por el silenciador, resonaron en el parque. El guardaespaldas soltó un quejido ahogado, tambaleándose hacia atrás mientras la sangre comenzaba a manchar su camisa blanca a la altura del hombro. Cayó de rodillas, inutilizado.

—¡Alexander! ¡Nooo! —gritó la madre, perdiendo toda la compostura aristocrática mientras corría desesperada hacia su hijo, pero uno de los secuestradores la empujó con violencia, haciéndola caer sobre el césped.

El tercer encapuchado atrapó al niño por el brazo. El pequeño empezó a patalear y a gritar, aterrorizado, mientras era arrastrado hacia la boca abierta de la furgoneta.

En la terraza de la cafetería, el tiempo pareció congelarse para Diego Rossi. Su cerebro no procesó quiénes eran las víctimas; solo procesó los estímulos tácticos que su entrenamiento militar y policial habían grabado a fuego en su ADN: una furgoneta sin placas, civiles heridos, hombres armados y un niño siendo secuestrado a plena luz del día.

El instinto sepultó cualquier dolor físico. Olvidándose de la costilla fisurada, Diego tiró el billete del café sobre la mesa, se puso en pie de un salto y cruzó la avenida corriendo entre los coches que frenaban asustados. Mientras corría, su mano derecha se deslizó bajo la chaqueta de lona, liberando la Beretta de su funda oculta.

Diego entró al parque como un torbellino. El secuestrador que arrastraba al niño estaba a punto de meterlo en el vehículo cuando escuchó los pasos rápidos sobre la grava. Se giró, levantando su arma con silenciador hacia el intruso, pero Diego fue más rápido. El exdetective no necesitaba apuntar; su cuerpo se movía por pura memoria muscular.

¡Pam! ¡Pam!

Dos disparos limpios, sin silenciador, tronaron en el parque, quebrando el silencio de la tarde. Las balas impactaron directamente en la muñeca y el antebrazo del secuestrador, obligándolo a soltar al niño mientras su arma salía volando por el impacto. El hombre rugió de dolor, sujetándose la mano ensangrentada.

El conductor de la furgoneta, al ver que la situación se salía de control por la aparición de un civil armado de una puntería letal, asomó el cuerpo por la ventanilla y abrió fuego hacia Diego. Los proyectiles impactaron en el tronco de un árbol cercano, levantando astillas de madera que golpearon el rostro de Diego.

Diego se agachó con agilidad, rodeó el árbol y, usando el coche de un bebé abandonado como cobertura momentánea, disparó tres veces más contra el radiador y el parabrisas de la furgoneta. El cristal se astilló en un patrón de telaraña, rozando la cara del conductor.

—¡Vámonos! ¡El tipo está loco, muévete! —gritó el secuestrador herido, trepando como pudo a la parte trasera del vehículo.

La furgoneta dio marcha atrás con un violento chirrido, golpeando un banco de madera, y aceleró a fondo por la avenida principal, perdiéndose entre el tráfico y dejando atrás un rastro de humo y neumáticos quemados. El intento de secuestro había fracasado en menos de sesenta segundos.

Diego mantuvo el arma levantada durante dos segundos más, asegurándose de que el peligro se había disipado. Su respiración era entrecortada, y un dolor agudo en el costado le recordó que había exigido demasiado a su cuerpo herido. Guardó la Beretta con rapidez bajo la chaqueta, bajándose la gorra para ocultar su rostro de las miradas de los pocos testigos que se asomaban detrás de los arbustos.

Se giró hacia el niño, que permanecía de rodillas en el suelo, temblando y llorando en silencio. Diego se acercó despacio, arrodillándose frente a él sobre la grava. A pesar de la dureza de sus últimos días, la mirada de Diego se suavizó por completo.

—Tranquilo, campeón. Ya pasó. Estás a salvo —dijo con una voz pausada y profunda, extendiendo una mano grande para limpiar las lágrimas de las mejillas del pequeño.

La madre llegó corriendo, arrastrándose por el suelo hasta abrazar a su hijo con una desesperación desgarradora. Lo revisó palmo a palmo, besándole la frente entre sollozos. Luego, levantó la mirada hacia Diego. Sus ojos, llenos de un agradecimiento infinito, se clavaron en el rostro del hombre que acababa de salvar a su familia.

—Gracias... Dios mío, gracias —articuló la mujer, con la voz quebrada—. No sé quién es usted, pero le acaba de salvar la vida al hijo de Maximiliano Martineli. Mi esposo... mi esposo no olvidará esto.

Al escuchar ese apellido, el mundo alrededor de Diego pareció detenerse por completo. Las palabras de la mujer resonaron en sus oídos como un eco atronador. Martineli. Miró fijamente al niño y luego a la mujer. No eran unos burgueses cualquiera. Eran la maldita familia del Don. El hombre que había destruido su unidad, el hombre que creía haberlo matado en aquel callejón.

En ese microsegundo, la mente analítica del detective Rossi, que había estado apagada por el instinto de supervivencia, se encendió con una lucidez aterradora. La ironía dramática del destino le estaba entregando en bandeja de plata lo que tres años de investigación legal, micrófonos ocultos y soplos policiales no habían logrado: una entrada directa, limpia y con honores al corazón de la fortaleza del Don.

El guardaespaldas herido se arrastró hacia ellos, sosteniéndose el hombro ensangrentado. Miró a Diego con un respeto profundo, reconociendo el entrenamiento detrás de sus movimientos.

—Señor... por favor, no se vaya —pidió el escolta con dificultad—. El Don... Don Martineli querrá recompensarlo personalmente. Necesitamos que venga con nosotros a la mansión. Un favor de honor a la familia Martineli se paga con oro y lealtad.

Diego Rossi miró la mano herida del escolta, luego a la agradecida madre, y finalmente forzó una expresión de timidez civil, una fachada perfecta de un hombre corriente que solo había hecho lo correcto. Pero por dentro, una fría y calculadora sonrisa criminal empezó a dibujarse en su alma. El monstruo le estaba abriendo las puertas de su casa al verdugo, confundiéndolo con su salvador.

—No se preocupe —respondió Diego, manteniendo la voz baja y sumisa—. Los acompañaré para asegurarme de que el niño llegue bien a casa.

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