LOGINEl despacho de Maximiliano Martineli recuperó su atmósfera de santuario intocable. Tras el estallido de violencia en el callejón periférico, la tormenta finalmente había descargado sobre Palermo, lavando la sangre del asfalto y ahogando el eco de las sirenas que, horas antes, habían escandalizado a los sectores bajos de la ciudad.
Maximiliano permanecía de pie junto al imponente ventanal de cristal blindado de su oficina, observando cómo las gotas de lluvia se deslizaban con parsimonia por la superficie. Había cambiado su esmoquin por una bata de seda negra bordada a mano, y sostenía un vaso de cristal tallado con apenas dos dedos de coñac. Su semblante, habitualmente indescifrable, reflejaba la tranquilidad absoluta del depredador que ha visto caer la última amenaza en su territorio. La puerta de madera de roble se abrió con suavidad. Salvatore entró a paso lento, con el sombrero en la mano y la gabardina aún húmeda goteando sobre la alfombra persa. Su rostro cansado traía la confirmación que el Don había estado esperando. —Don Martineli —dijo Salvatore, inclinando la cabeza en señal de respeto—. Todo está resuelto. Mis hombres acaban de confirmar el reporte de la central de la policía estatal. Maximiliano no se giró de inmediato. Tomó un sorbo pausado de su bebida, saboreando el calor del licor antes de hablar. —Habla, Salvatore. ¿Qué dice el informe oficial? —El Alfa Romeo de la patrulla camuflada fue emboscado tal como se planeó —explicó el capo, dando un paso al frente—. El agente Bianchi fue acribillado en el acto; recibió más de una docena de impactos en el torso. Cayó sobre el capó del vehículo, muerto antes de que pudiera pedir refuerzos. En cuanto al otro... el detective Diego Rossi, el tipo que nos pisaba los talones desde la furgoneta. Maximiliano arqueó una ceja, girándose lentamente para clavar sus ojos oscuros en su subordinado. —¿Y bien? —Los muchachos le dieron caza dentro del habitáculo. El coche quedó hecho un colador, Don. El informe preliminar de los forenses de la policía, manipulado por nuestros contactos en la jefatura, da por hecho que ambos oficiales fallecieron debido a las múltiples heridas de bala y el impacto posterior contra la persiana metálica. Para la ley y para el mundo, la Unidad Uno ha quedado descabezada. El detective Rossi ya no es un problema. Está enterrado en el mismo expediente que Bianchi. Una sonrisa ladina, cargada de un cinismo aristocrático, se dibujó despacio en el rostro de Maximiliano. Caminó hacia su escritorio, arrastrando los pies con una elegancia felina, y dejó el vaso sobre la madera pulida. —Excelente —susurró el Don, y por primera vez en meses, su voz no cargaba la tensión de la sospecha—. El detective Rossi... un hombre que gastó tres años de su miserable vida persiguiendo mi sombra, oculto detrás de monitores y frecuencias encriptadas porque no tenía el valor de mirarme a los ojos. Murió sin haber pisado jamás esta casa, y lo más importante, murió sin que yo tuviera la necesidad de conocer su rostro. Maximiliano soltó una risa baja, un sonido seco que resonó con frialdad en la opulencia del despacho. Para él, Rossi se había convertido en un fantasma molesto, una molestia invisible que amenazaba la estructura de su imperio con micrófonos y soplos judiciales. La caída de la furgoneta en la gala benéfica había sido el último aviso, y la eliminación de Bianchi y Rossi era el punto final que necesitaba para cerrar el capítulo de la legalidad. —La arrogancia de la policía siempre termina de la misma manera, Salvatore —continuó Maximiliano, encendiendo un puro con parsimonia—. Creen que una placa los hace inmunes al plomo. Creen que porque operan desde el anonimato de las sombras institucionales están a salvo de la mano de los Martineli. Rossi pensó que su rostro anónimo era su mayor escudo, pero al final, su anonimato solo sirvió para que su muerte fuera un trámite burocrático más en los periódicos de mañana. Salvatore asintió, visiblemente aliviado por el buen humor de su jefe. —Con Rossi fuera del mapa y la Unidad Uno desmantelada por Asuntos Internos debido a la supuesta traición de Moretti, la policía de Palermo tardará al menos un año en reestructurar un equipo de investigación contra nosotros, Don. Estamos limpios. —No solo limpios, Salvatore. Estamos libres —sentenció Maximiliano, exhalando una densa nube de humo gris que se elevó hacia el techo tallado—. Ya no hay ojos ocultos en las orquídeas, no hay frecuencias intervenidas, no hay un detective obsesivo obsesionado con mi apellido. El hombre que se creía mi némesis ha dejado de ser una amenaza. Ahora, los bajos fondos de Sicilia nos pertenecen por completo, sin testigos y sin jueces que se atrevan a firmar una orden. El Don caminó de regreso al ventanal, contemplando la ciudad que se extendía a sus pies, sumisa bajo la lluvia. Sentía el peso de la impunidad absoluta en sus hombros, la embriagadora certeza de que nadie, absolutamente nadie, quedaba en el mundo con el conocimiento o la obsesión suficiente para desafiar su reinado. El fantasma de la ley había sido exterminado. Maximiliano Martineli sonrió a la oscuridad de la noche, convencido de que su victoria era total.El silencio incómodo en torno a la barra comenzó a disolverse lentamente a medida que la música recuperaba su volumen y los guardias, bajo las severas miradas de los capos, regresaban a sus tragos y a sus mujeres, aunque los murmullos seguían flotando en el aire pesado del club.Maximiliano no apartó la vista de Diego. Con un sutil movimiento de su mano libre, le hizo una seña a uno de los hombres de los escalones para que le indicara al escolta que subiera.Diego dejó su vaso sobre el mármol, se acomodó los puños de la camisa y comenzó a subir los escalones hacia la exclusiva zona VIP. Desde el centro de la pista, Salvatore observó la escena. El veterano capo vio a Diego acercarse al Don con esa maldita seguridad que tanto le irritaba, y cuando el mecánico tomó asiento en el sofá individual de cuero, justo al lado del imponente sillón de Maximiliano, Salvatore apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No toleraba que un aparecido del puerto ganara tan
La música de ambiente, una mezcla de jazz moderno y ritmos italianos, retumbaba con suavidad en las paredes del club privado subterráneo de la mansión. Maximiliano había decidido organizar una fiesta íntima para sus hombres de confianza. Tras semanas de alerta máxima por los ataques de Catania y turnos de vigilancia extenuantes de veinticuatro horas, la tensión en la estructura era evidente. Los soldados necesitaban despejar la mente, y el Don sabía que el alcohol, la música y las mujeres traídas de los clubes más selectos de la costa eran el mejor sedante para mantener a sus lobos contentos y leales. El ambiente estaba cargado de risas roncas, el tintineo constante de las botellas de champán y el humo de los puros que bailaba bajo las luces rojas y difusas del local. Varios guardias bailaban en el centro de la pista, desabrochándose las chaquetas de sus trajes, flanqueados por mujeres hermosas vestidas con telas brillantes y tacones altos. Apartado del bullicio, sentado en un impon
El calor del verano siciliano comenzaba a derretir el asfalto de Palermo, pero dentro de la mansión Martineli el aire acondicionado mantenía una atmósfera gélida. Habían pasado dos semanas desde la noche de la tormenta. Diego se había adaptado a su papel de manera impecable, pero la cercanía diaria con Maximiliano estaba empezando a jugarle una pasada peligrosa a su mente de detective.Ya no lo veía solo a través de una pantalla de vigilancia o en fríos informes policiales. Ahora compartía el mismo espacio, respiraba su mismo aire y, sobre todo, sentía el peso de la presencia de un hombre imponente que gobernaba con mano de hierro. Maximiliano era un líder nato, y aunque Diego lo odiaba por lo que representaba, no podía evitar sentir una extraña fascinación por la seguridad y la frialdad con la que el Don manejaba su imperio.La oportunidad para que esa barrera profesional crujiera por primera vez ocurrió una tarde en el gimnasio privado de la mansión, un espacio subterráneo revestido
El reloj de pared del pasillo central marcaba las once de la noche. La mansión Martineli estaba sumida en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el rugido lejano de los truenos y el golpeteo de la lluvia contra los ventanales blindados. Hacía menos de una hora que un rayo había afectado uno de los transformadores externos, obligando a los generadores auxiliares de la propiedad a entrar en funcionamiento. Aunque la electricidad se había restablecido, los sistemas informáticos y el circuito cerrado de televisión tardarían unos veinte minutos en reiniciarse por completo debido a los protocolos de encriptación de alta seguridad.Para los operadores de la sala de control, era un fallo técnico rutinario. Para Diego Santos, era la ventana táctica que había estado esperando durante un mes.Vistiendo ropa civil oscura y calzando zapatos de suela de goma que no emitían el menor sonido sobre el suelo de mármol, Diego se deslizó fuera de su habitación. Evitó el pasillo principal, donde sabí
La primera noche en la fortaleza de los Martineli fue una prueba de resistencia absoluta para Diego Santos. El ala de seguridad de la mansión, donde Salvatore le había asignado una habitación, era un reflejo de la mentalidad paranoica de la organización: pasillos alfombrados para ahogar las pisadas, cámaras de circuito cerrado en cada esquina y ventanas blindadas que daban a los extensos jardines patrullados por hombres armados y dobermans.Eran las dos de la madrugada cuando Diego cerró la puerta de su habitación con pestillo. El cuarto era amplio, impecable, decorado con muebles de madera oscura que olían a cera cara, pero para él se sentía como una celda de aislamiento de máxima seguridad.Dejando escapar un suspiro ronco que había estado conteniendo durante horas, se despojó de la chaqueta de lona y la camiseta. Al mirarse en el espejo del lujoso baño de mármol, vio que el esfuerzo físico en el parque había pasado factura. El vendaje elástico que comprimía su torso estaba ligerame
El trayecto en el coche de la familia Martineli transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por los sollozos ya apagados del pequeño Alexander y los murmullos de su madre, Sonia, quien no dejaba de estrecharlo contra su pecho. Diego viajaba en el asiento del copiloto, manteniendo la mirada fija en el retrovisor, simulando la paranoia natural de un civil que acababa de sobrevivir a un tiroteo. Por dentro, sin embargo, su mente trabajaba a una velocidad de vértigo. Tenía que fijar cada detalle de su nueva fachada. A partir de ese segundo, el detective Rossi estaba oficialmente muerto. Su nuevo escudo sería un apellido corriente, uno que no levantara sospechas en los archivos policiales ni en los registros de la mafia. *Santos*. Un nombre limpio para un hombre cubierto de secretos.Cuando las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión Martineli se abrieron, Diego sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el dolor de sus costillas. Reconoció el lugar al instante: er







