LOGINEl estrépito de la puerta del sótano al ser arrancada de sus bisagras retumbó en todo el recinto. Los pasos de la señora Marta y el joven universitario ya no eran los de unos vecinos comunes; el concreto del suelo vibraba bajo el peso de sus extremidades mutadas.
Entraron al sótano en perfecta formación, con los hombros rígidos y las mandíbulas tensas, cubiertos por esa piel color ceniza que los identificaba como los brazos ejecutores de la purga global. Sus ojos, esferas de una negrura absoluta, barrieron la penumbra del sótano hasta fijarse en la silueta de Francisca, acorralada entre las calderas viejas y las cajas de carbón. —La anomalía ha sido acorralada —pronunció el joven, y su voz provocó que un eco sagrado distorsionara el aire húmedo del sótano—. Tú carne volverá a la tierra, infiel. Tú alma ya no retrasará el orden de los cielos. Francisca apretó los dientes, buscando desesperadamente en los rincones de su mente una línea temporal que le ofreciera una salida. Pero todas las visiones que parpadeaban en su cabeza terminaban igual: con los dedos de piedra de sus antiguos vecinos cerrándose alrededor de su cuello. El aire en el sótano comenzó a volverse insoportable, cargado con el olor rancio de la mutación y un calor sofocante que parecía emanar directamente de la devoción de los conscientes. Entonces, el techo del sótano cedió. No fue un derrumbe gradual. La pesada losa de concreto que conectaba con el callejón se pulverizó en un parpadeo, levantando una densa nube de polvo gris y cascotes que obligó a los conscientes a retroceder un paso para cubrirse los ojos. A través del agujero perfecto que acababa de abrirse en la estructura, una luz dorada y cegadora inundó el recinto, disipando la penumbra en un segundo. Descendiendo con los brazos cruzados sobre el pecho y las alas recogidas con elegancia milimétrica, Leif tocó el suelo del sótano sin levantar una sola mota de polvo. Su sola presencia física provocó que la presión del aire cayera drásticamente, obligando a Francisca a ahogar un gemido debido al súbito dolor en los tímpanos. Los dos conscientes, al reconocer la jerarquía suprema del ángel de alto rango, doblaron las rodillas de inmediato sobre los escombros, inclinando la cabeza en una reverencia perfecta y robótica. —Señor del cielo —habló la señora Marta, con la voz temblando por una sumisión absoluta—. Hemos localizado a la rezagada. Estamos listos para ejecutar el decreto del Gran Padre. Leif no les respondió. Ni siquiera se molestó en mirarlos. Sus ojos incorpóreos, dos pozos de luz dorada incandescente, permanecieron fijos en Francisca, que seguía de pie, conteniendo la respiración con la espalda pegada a una tubería de hierro. El ángel dio un paso al frente, arrastrando las puntas de sus inmensas alas blancas con ribetes grises sobre el suelo cubierto de hollín. La sonrisa ladina y cruel seguía dibujada en sus facciones perfectas. —Observar el tejido del tiempo desde las alturas es una tarea monótona, pequeña anomalía —la voz de Leif resonó directamente en los pensamientos de Francisca, fría, melodiosa y cargada de una diversión peligrosa—. Todos los humanos corren hacia las mismas trampas. Todos rezan a los mismos falsos dioses cuando el agua se agota y el cielo se cierra. Pero tú... tú has cambiado de dirección tres veces basándote en futuros que aún no ocurren. Usas esa mente vieja tuya como un roedor que intenta escapar de un laberinto que yo mismo ayudé a diseñar. Francisca tragó saliva, sintiendo el sudor frío correr por su sien. —No soy un juguete para tú entretención —consiguió articular con la voz rota, intentando que el temblor de sus manos no delatara el pánico que le atenazaba las piernas. —Oh, pero claro que lo eres —replicó Leif, ensanchando su sonrisa y dando otro paso hacia ella, reduciendo la distancia a escasos metros—. En un mundo condenado a la uniformidad de la muerte, tu resistencia es lo único que mantiene mi atención. El Gran Padre Celestial ordenó una limpieza impecable, pero considero que un tablero de juego sin un peón rebelde es una soberana pérdida de tiempo. Al escuchar estas palabras, los dos conscientes en el suelo agitaron las cabezas, confundidos por la aparente vacilación del ángel. Su programación divina, grabada a fuego en sus mentes colmena de creyentes transformados, no concebía la piedad ni el retraso en la purga. —Señor Leif... —insistió el joven universitario, levantando sutilmente la vista, con sus ojos negros fijos en el objetivo—. El decreto es claro. El debemos erradicar el noventa a cien porciento de los infieles de inmediato para dar paso a la nueva tierra. La infiel debe morir. La mandíbula de Leif se tensó ligeramente. La diversión en su rostro se evaporó por una fracción de segundo, reemplazada por una frialdad tan absoluta que el aire alrededor de sus alas pareció congelarse en diminutos cristales de escarcha. Giró la cabeza a medias hacia los dos mutantes que seguían de rodillas. —¿Acaso les he dado permiso para interpretar la voluntad de los cielos en mi presencia? —su voz mental ya no era melodiosa; sonó como el crujido de un glaciar rompiéndose. Antes de que los conscientes pudieran reaccionar o asimilar la orden, Leif desplegó una de sus alas derechas con un movimiento látigo, tan veloz que la vista humana de Francisca solo pudo percibir una ráfaga de luz blanca. Las plumas de los bordes, que antes parecían suaves como la seda, se tensaron y adquirieron la rigidez y el filo de láminas de acero celestial. El impacto fue limpio. El ala de Leif rebanó el torso del joven consciente y la cabeza de la señora Marta en un único recorrido horizontal. No hubo sangre roja ni vísceras; los cuerpos de los mutantes, formados por la ceniza compacta de la fe distorsionada, se desmoronaron al instante en dos montículos de polvo gris y asfalto pulverizado que se esparcieron por el suelo del sótano. Francisca observó el espacio donde un segundo antes estaban sus vecinos, ahora reducidos a nada por la misma mano que se suponía los guiaba. El horror ante la absoluta indiferencia del ángel por sus propios servidores la hizo dar un respingo. Leif recogió su ala con la misma elegancia con la que un noble pliega un abanico de seda. Se sacudió una brizna de polvo gris de la túnica que cubría su hombro y volvió a clavar su mirada dorada en ella. —Eran aburridos —sentenció el ángel, recuperando su tono jovial y cruel—. Eficientes para la limpieza masiva, por supuesto, pero carentes de cualquier chispa creativa. Hubieran terminado con tu pequeña y fascinante existencia en un parpadeo, y yo me habría quedado sin mi juguete antes del mediodía. —¿Qué quieres de mí? —preguntó Francisca, apretando los puños, forzando a su mente a buscar desesperadamente una línea temporal que le explicara las verdaderas intenciones de la criatura. Sin embargo, el futuro alrededor de Leif era una niebla densa y cambiante; su inmenso poder espiritual alteraba el tiempo a su antojo, haciendo que sus visiones fueran inútiles en su presencia. —Quiero ver cuánto duras —respondió Leif, dando un paso atrás y elevándose unos centímetros sobre el suelo, preparando sus alas para el ascenso—. Quiero ver cómo usas los recuerdos de tus muertes para esquivar a los miles de conscientes que infestan esta ciudad. Te daré una ventaja, anomalía. No te cazaré yo mismo... por ahora. Pero estaré observando desde el firmamento cada línea temporal que intentes abrir. Corre, esgónzate, usa tu mente. Convénceme de que valió la pena perdonarte la vida hoy. Con un aleteo formidable que generó una ráfaga de viento caliente, Leif se propulsó verticalmente a través del agujero del techo, desapareciendo en el cielo dorado de la superficie en cuestión de segundos. Francisca se quedó sola en el sótano, rodeada por los restos de ceniza de los Conscientes y el silencio opresivo que volvía a reclamar las ruinas de la civilización. El dolor de sus costillas seguía ahí, recordándole que seguía viva en su última existencia, pero el juego de supervivencia que acababa de comenzar era mucho más retorcido de lo que jamás habría imaginado. El cielo ya no era un refugio; era el palco desde donde su verdugo disfrutaba de la función. Continuará.... ~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~ ¡Muchas gracias por llegar hasta aquí! 🫶❤️ Para que no te pierdas nada de esta aventura, recuerda agregar a tú lista de lectura "El Gran Despertar". 🗓️ Calendario de actualización: Estaré subiendo un capítulo nuevo todos los días: [Martes, Jueves y Domingo] a las [19:30 PM, horario Chile] Si te está gustando la historia, me ayudaría muchísimo que dejes un comentario con tu teoría favorita o un voto. ¡Leo y respondo a todos con mucho cariño! Nos vemos en el próximo capítulo, ¡chau chau mis amores! 🫶✨ ¡No olviden ver mis redes sociales! 👀✨️ I*: @unatalt_uvu F******k (página): @unatalt Youtube: @unatalt_uvuEl estrépito de la puerta del sótano al ser arrancada de sus bisagras retumbó en todo el recinto. Los pasos de la señora Marta y el joven universitario ya no eran los de unos vecinos comunes; el concreto del suelo vibraba bajo el peso de sus extremidades mutadas.Entraron al sótano en perfecta formación, con los hombros rígidos y las mandíbulas tensas, cubiertos por esa piel color ceniza que los identificaba como los brazos ejecutores de la purga global. Sus ojos, esferas de una negrura absoluta, barrieron la penumbra del sótano hasta fijarse en la silueta de Francisca, acorralada entre las calderas viejas y las cajas de carbón.—La anomalía ha sido acorralada —pronunció el joven, y su voz provocó que un eco sagrado distorsionara el aire húmedo del sótano—. Tú carne volverá a la tierra, infiel. Tú alma ya no retrasará el orden de los cielos.Francisca apretó los dientes, buscando desesperadamente en los rincones de su mente una línea temporal que le ofreciera una salida. Pero todas la
El eco de la voz de Leif seguía vibrando en las paredes de su cráneo cuando el cristal del ventanal estalló. No lo rompió el ángel, sino la onda expansiva de un grito inhumano que provino de la calle. Los pedazos de vidrio llovieron sobre la alfombra como diamantes rotos, pero Francisca apenas parpadeó. Tenía la espalda firmemente pegada a la pared del fondo de su habitación, con las palmas de las manos extendidas sobre el yeso, buscando un punto de apoyo en un mundo que acababa de perder los cimientos. Al mirar de reojo hacia el vacío de la ventana, vio que Leif ya no estaba suspendido en el aire. Se había elevado unos metros, lo suficiente para quedar semioculto tras el resplandor dorado de las nubes, observando el edificio desde las alturas con la paciencia de un niño que acaba de soltar un insecto dentro de un frasco lleno de arañas. Abajo, el sonido de la carnicería cambió de ritmo. Los alaridos de terror de los infieles que morían a manos de los suyos comenzaron a apagarse, r
El frío la atrapó primero, denso y opresivo, seguido por el peso insoportable de toneladas de agua presionando contra su cuerpo.Francisca intentó gritar, pero de su boca solo escaparon burbujas plateadas que ascendían como fantasmas hacia una superficie inalcanzable. La luz del sol moría allá arriba, disolviéndose en un verde esmeralda que pronto se convirtió en la más absoluta oscuridad. Sus pulmones exigían oxígeno, un ruego violento y desesperado que terminó por quebrar su resistencia. Al abrir la boca, el agua salada invadió sus vías respiratorias, quemando como fuego líquido. No era la primera vez que moría así. El crujido de la madera de un galeón antiguo deshaciéndose bajo la furia de una tormenta y el eco de gritos atrapados en un océano de hace tres siglos resonaron en los rincones más profundos de su mente.Francisca abrió los ojos de golpe, incorporándose en la cama con una bocanada de aire salvaje que le desgarró la garganta.Estaba temblando de pies a cabeza, empapada en







