LOGINEl eco de la voz de Leif seguía vibrando en las paredes de su cráneo cuando el cristal del ventanal estalló.
No lo rompió el ángel, sino la onda expansiva de un grito inhumano que provino de la calle. Los pedazos de vidrio llovieron sobre la alfombra como diamantes rotos, pero Francisca apenas parpadeó. Tenía la espalda firmemente pegada a la pared del fondo de su habitación, con las palmas de las manos extendidas sobre el yeso, buscando un punto de apoyo en un mundo que acababa de perder los cimientos. Al mirar de reojo hacia el vacío de la ventana, vio que Leif ya no estaba suspendido en el aire. Se había elevado unos metros, lo suficiente para quedar semioculto tras el resplandor dorado de las nubes, observando el edificio desde las alturas con la paciencia de un niño que acaba de soltar un insecto dentro de un frasco lleno de arañas. Abajo, el sonido de la carnicería cambió de ritmo. Los alaridos de terror de los infieles que morían a manos de los suyos comenzaron a apagarse, reemplazados por un estruendo seco y rítmico que ascendía por la caja de la escalera del edificio. ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!a Eran golpes limpios, pesados, carentes de la vacilación o el desorden de un disturbio común. Era una fuerza coordinada. Francisca reaccionó antes de que su cerebro procesara el miedo; su cuerpo, entrenado por el instinto de supervivencia de una docena de vidas pasadas, se movió por pura memoria celular. Corrió hacia la puerta de su habitación, la cruzó en un parpadeo y entró a la sala. —¡Abran paso a la gloria del Señor! —un grito ronco, distorsionado por una estridencia metálica, retumbó desde el pasillo del piso inferior. Francisca reconoció esa voz. Era la de la señora Marta, la vecina del 3B. Una anciana que pasaba doce horas al día encerrada en la parroquia local, cuyos pasos arrastrados y tos crónica solían dar lástima en el ascensor. Pero ahora, el sonido de sus botas contra los peldaños de concreto hacía crujir la estructura de la escalera. No había vejez en ese andar. Había una masa muscular reconfigurada por la gracia nefasta de la mutación celestial. Los conscientes estaban limpiando el edificio de apartamentos, piso por piso. Francisca se abalanzó sobre la puerta principal de su hogar. Pasó el cerrojo doble, giró la llave tres veces y luego, arrastrando los pies sobre el parqué, empujó la pesada consola de madera de la entrada hasta atrancarla contra el marco. Sabía que aquello no detendría a un consciente por más de unos segundos, pero necesitaba ganar tiempo. Tiempo para pensar en un plan de acción. El tiempo justo para que sus líneas temporales se alinearán y le dieran una maldita respuesta. Se llevó las manos a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza. —Vamos, vamos... —susurró entre dientes, forzando a su alma vieja a escarbar en el tejido de sus recuerdos—. Muéstrame algo. Si lo has hecho antes, puedes ahora. En el centro de su mente, las realidades alternativas comenzaron a parpadear como fotogramas de una película vieja y maldita. En una línea temporal, Francisca abría la puerta para suplicar piedad y la señora Marta le arrancaba la tráquea con unos dedos alargados que terminaban en uñas de piedra. En otra, intentaba descolgarse por el balcón trasero, pero el agarre de sus manos cedía debido al sudor y caía al vacío, quebrando su columna contra el pavimento donde tres conscientes de la cuadra la esperaban con los ojos negros abiertos de par en par. En una tercera opción... ¡CRASH! La puerta de madera de su apartamento se movió hacia adentro con un crujido seco. El pomo de metal saltó por los aires, rebotando en el suelo antes de rodar hasta sus pies. A través de la rendija astillada, Francisca pudo ver el pasillo exterior. La luz dorada del cielo entraba por la ventana del corredor, iluminando a los dos seres que empujaban el acceso. La señora Marta ya no llevaba sus anteojos de lectura ni su habitual suéter de lana tejido a mano. Su piel se había tornado del color de la ceniza compacta, estirada sobre unas facciones que parecían esculpidas a golpes de cincel. Sus brazos eran visiblemente más largos y gruesos, con las venas negras brotando como raíces infectadas bajo la epidermis. A su lado estaba el joven del 4A, un universitario que solía asistir al mismo templo de oración los domingos por la mañana. Su mandíbula se había desencajado ligeramente hacia adelante, mostrando una hilera de dientes apretados que sangraban por las encías debido al crecimiento acelerado del hueso. Ambos la miraban a través de la grieta. No había odio en sus expresiones. Tampoco había locura. Lo que vio Francisca en esas esferas de negrura absoluta que ahora tenían por ojos era algo mucho peor: una devoción ciega, sagrada y completamente consciente. Eran los verdugos perfectos de Dios, ejecutando una tarea administrativa con la frialdad de quien arranca la mala hierba de un jardín sagrado. —La purificación ha llegado a este hogar, Francisca —dijo el joven con una voz profunda, solemne, que parecía multiplicarse en el eco del pasillo—. Tu alma no está registrada en el libro de los justos. Tu existencia es una ofensa para el Gran Padre. Entrégate al diseño divino. —Váyanse al diablo —escupió Francisca, dando dos pasos hacia atrás. —El diablo ha sido encadenado —respondió la anciana Marta con una calma gélida—. Solo queda la justicia. Un segundo impacto, esta vez de ambos conscientes al unísono, pulverizó los paneles centrales de la puerta. La consola de madera que hacía de barricada cedió con un estallido de astillas, cayendo de costado sobre la alfombra. El pasillo quedó completamente abierto. Francisca no esperó a verlos entrar. Giró sobre sus talones y corrió hacia la cocina. El chispazo de la tercera línea temporal que había visto en su cabeza finalmente cobró sentido en su memoria. Recordó su segunda existencia: la mujer del barco que corría por pasillos inundados. En aquella vida, había logrado sobrevivir a la primera fase del naufragio usando los conductos de servicio y mantenimiento que conectaban las cocinas con las cubiertas inferiores, espacios demasiado estrechos para que los perseguidores o el pánico de la masa humana se filtraran. Este edificio de los años setenta tenía una configuración similar: un ducto de ventilación e incineración de basura en desuso que corría verticalmente por el corazón de la estructura, con acceso directo desde una pequeña compuerta metálica ubicada al ras del suelo, junto a la despensa de la cocina. Se arrojó de rodillas sobre las baldosas, ignorando el dolor en las rótulas. Con las uñas rotas, tiró de la manija de hierro de la compuerta. El metal estaba oxidado, pegado por décadas de grasa y olvido. Detrás de ella, las pisadas pesadas de los dos Conscientes entraron a la sala. El crujir del parqué bajo sus pesos inhumanos sonaba cada vez más cerca. —No corras, pequeña oveja —llamó la voz de la señora Marta, acercándose con una lentitud que denotaba que sabían perfectamente que no tenía escapatoria—. El dolor de la carne es breve. La limpieza es eterna. —¡Abre, maldita sea, abre! —gimió Francisca, golpeando el borde de la compuerta con el talón de su mano derecha. Las líneas temporales volvieron a cruzarse en su mente. Vio la mano del joven consciente atrapándole el tobillo justo cuando lograba meter medio cuerpo en el ducto. Vio la fractura limpia de su tibia bajo la presión de esos dedos de ceniza. Ajustando el ángulo de su cuerpo según el recuerdo de esa visión fallida, Francisca metió los dedos en la ranura y tiró con el peso de toda su espalda. El pestillo cedió con un chasquido metálico y agudo. La compuerta de hierro se abrió, revelando un pozo cuadrado de oscuridad absoluta que descendía hacia las entrañas del edificio, desprendiendo un olor a hollín viejo y humedad confinada. Justo en ese instante, el joven consciente asomó por el umbral de la cocina. Sus ojos negros se fijaron en ella y, con un movimiento que desafió la velocidad humana, se abalanzó hacia adelante, extendiendo sus brazos desproporcionados. Francisca no lo pensó. Apoyó las manos en el borde del ducto y se deslizó hacia el interior de la oscuridad con los pies por delante, justo cuando los dedos del monstruo rozaban la tela de su camiseta. La caída fue un torbellino de golpes y raspaduras. El conducto era estrecho, de paredes metálicas y ásperas que le desgarraron la piel de los codos y los costados mientras descendía a una velocidad vertiginosa. El espacio estaba diseñado para bolsas de desechos, no para una mujer adulta, pero la fricción de su cuerpo contra las paredes evitó que cayera en picada libre hacia una muerte segura. Apoyó la espalda y las rodillas de forma alterna, tal como recordaba haber bajado por las escotillas del transatlántico en aquella vida pasada donde el agua la perseguía. Arriba, el rugido de frustración del consciente resonó por el tubo de metal como el eco de una campana maldita. Un brazo largo y gris se introdujo por la compuerta, intentando alcanzarla a ciegas, pero Francisca ya estaba fuera de su alcance, cayendo tres pisos hacia la base del edificio. El descenso terminó de golpe con un impacto seco que le sacó todo el aire de los pulmones. Francisca quedó tendida sobre una montaña de escombros de carbón, cajas de cartón deshechas y basura acumulada durante cuarenta años en el sótano del edificio. El dolor la invadió de inmediato: un latido agudo en las costillas y una quemadura ardiente en todo el brazo izquierdo. Se quedó inmóvil unos segundos, con la boca abierta, tratando de forzar a su diafragma a funcionar de nuevo. El sabor a polvo y ceniza sustituyó al sabor a sal de su pesadilla. Cuando finalmente logró arrastrar una bocanada de aire hacia su pecho, se incorporó con dificultad, apoyándose en las rodillas. El sótano estaba sumido en una penumbra grisácea, rota únicamente por los haces de luz dorada que entraban por los pequeños respiraderos rectangulares ubicados cerca del techo, a nivel del suelo de la calle. Un golpe seco arriba del ducto le indicó que los conscientes del piso superior no iban a rendirse. Estaban bajando por las escaleras principales hacia el sótano. Su inteligencia devota no les permitiría dejar una anomalía sin purificar. Francisca se puso de pie, tambaleándose. Buscó con la mirada una salida hacia el exterior. A través de uno de los respiraderos del sótano, pudo ver una sección de la acera y la parte trasera de un callejón estrecho que conectaba con la avenida principal. Pero lo que vio al acercarse al respiradero la hizo congelarse una vez más. En la acera del callejón, flotando a escasos centímetros del suelo adoquinado, se encontraban las puntas de dos alas descomunales. Las plumas blancas con bordes gris tormenta se mecían con suavidad, barriendo el polvo del suelo como si fueran escobas de un templo sagrado. Leif la estaba esperando afuera. No se había molestado en entrar al edificio; sabía exactamente dónde terminaría su huida. Francisca retrocedió un paso hacia la oscuridad del sótano, atrapada entre los monstruos sagrados que bajaban por la escalera y el ángel cruel que custodiaba la salida. Las líneas temporales en su cabeza comenzaron a abrirse de nuevo, pero esta vez, todas y cada una de ellas mostraban el mismo final: la luz dorada de Leif consumiéndola por completo. Continuará... ~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~☆~~~~ ¡Muchas gracias por llegar hasta aquí! 🫶❤️ Para que no te pierdas nada de esta aventura, recuerda agregar a tú lista de lectura "El Gran Despertar". 🗓️ Calendario de actualización: Estaré subiendo un capítulo nuevo todos los días: [Martes, Jueves y Domingo] a las [19:30 PM, horario Chile] Si te está gustando la historia, me ayudaría muchísimo que dejes un comentario con tu teoría favorita o un voto. ¡Leo y respondo a todos con mucho cariño! Nos vemos en el próximo capítulo, ¡chau chau mis amores! 🫶✨ ¡No olviden ver mis redes sociales! 👀✨️ I*: @unatalt_uvu F******k (página): @unatalt Youtube: @unatalt_uvuEl estrépito de la puerta del sótano al ser arrancada de sus bisagras retumbó en todo el recinto. Los pasos de la señora Marta y el joven universitario ya no eran los de unos vecinos comunes; el concreto del suelo vibraba bajo el peso de sus extremidades mutadas.Entraron al sótano en perfecta formación, con los hombros rígidos y las mandíbulas tensas, cubiertos por esa piel color ceniza que los identificaba como los brazos ejecutores de la purga global. Sus ojos, esferas de una negrura absoluta, barrieron la penumbra del sótano hasta fijarse en la silueta de Francisca, acorralada entre las calderas viejas y las cajas de carbón.—La anomalía ha sido acorralada —pronunció el joven, y su voz provocó que un eco sagrado distorsionara el aire húmedo del sótano—. Tú carne volverá a la tierra, infiel. Tú alma ya no retrasará el orden de los cielos.Francisca apretó los dientes, buscando desesperadamente en los rincones de su mente una línea temporal que le ofreciera una salida. Pero todas la
El eco de la voz de Leif seguía vibrando en las paredes de su cráneo cuando el cristal del ventanal estalló. No lo rompió el ángel, sino la onda expansiva de un grito inhumano que provino de la calle. Los pedazos de vidrio llovieron sobre la alfombra como diamantes rotos, pero Francisca apenas parpadeó. Tenía la espalda firmemente pegada a la pared del fondo de su habitación, con las palmas de las manos extendidas sobre el yeso, buscando un punto de apoyo en un mundo que acababa de perder los cimientos. Al mirar de reojo hacia el vacío de la ventana, vio que Leif ya no estaba suspendido en el aire. Se había elevado unos metros, lo suficiente para quedar semioculto tras el resplandor dorado de las nubes, observando el edificio desde las alturas con la paciencia de un niño que acaba de soltar un insecto dentro de un frasco lleno de arañas. Abajo, el sonido de la carnicería cambió de ritmo. Los alaridos de terror de los infieles que morían a manos de los suyos comenzaron a apagarse, r
El frío la atrapó primero, denso y opresivo, seguido por el peso insoportable de toneladas de agua presionando contra su cuerpo.Francisca intentó gritar, pero de su boca solo escaparon burbujas plateadas que ascendían como fantasmas hacia una superficie inalcanzable. La luz del sol moría allá arriba, disolviéndose en un verde esmeralda que pronto se convirtió en la más absoluta oscuridad. Sus pulmones exigían oxígeno, un ruego violento y desesperado que terminó por quebrar su resistencia. Al abrir la boca, el agua salada invadió sus vías respiratorias, quemando como fuego líquido. No era la primera vez que moría así. El crujido de la madera de un galeón antiguo deshaciéndose bajo la furia de una tormenta y el eco de gritos atrapados en un océano de hace tres siglos resonaron en los rincones más profundos de su mente.Francisca abrió los ojos de golpe, incorporándose en la cama con una bocanada de aire salvaje que le desgarró la garganta.Estaba temblando de pies a cabeza, empapada en







