FAZER LOGIN**Capítulo 5**
**Punto de vista de Ferdinand**
Salí de mi coche, dando un portazo, mientras el vigilante se apresuraba a llevar mi vehículo al estacionamiento privado. Ajusté mi chaqueta oscura, hecha a medida, y enderecé el cuello con la precisión maníaca que me caracterizaba. Mis gafas de sol ocultaban mis ojos, pero no el destello de satisfacción que cruzaba mi rostro.
Delante de mí se alzaba mi orgullo: **la Casa Bellaflorence**, mi imperio textil, la prueba tangible de mi poder. Ningún competidor había logrado igualar mis innovaciones ni la calidad de las creaciones que salían de estas paredes. No era solo una empresa: era una joya, un tesoro, un arma económica que me pertenecía en cuerpo y alma.
Una sonrisa fría rozó mis labios. Era intocable, y cada piedra de este edificio era una prueba de mi supremacía.
Saqué el teléfono del bolsillo, contesté una llamada y continué caminando hacia la entrada principal. Mi paso era seguro, estudiado, digno de un rey acercándose a su trono. Nada debía perturbar este ritual diario.
Nada… excepto que, al dar unos pasos, un **mechón de cabello castaño** chocó bruscamente conmigo.
El impacto, leve pero inesperado, hizo añicos mi concentración. Una ira sorda subió inmediatamente en mí, devoradora y brutal. ¿Cómo se atrevían a tocarme? ¿Yo, Ferdinand Anton, a quien nadie se acercaba sin invitación?
Me tensé, apretando la mandíbula. Delante de mí, una joven se inclinó rápidamente para recoger sus pertenencias. El viento se había levantado, esparciendo sus documentos en una lluvia de hojas blancas que revoloteaban como mariposas.
—¡Lo siento! ¡Oh, Dios, perdón… no miraba por dónde iba!
Su voz dulce, casi temblorosa, se filtró en mi mente como una melodía prohibida. Quise rechazarla, aplastarla, pero resonó en mí con una insistencia que no entendía.
Una hoja cayó a mis pies. Me agaché lentamente, la tomé y fijé mi mirada en su contenido. Era su currículum. Perfecto, organizado, impresionante. Levanté la cabeza justo cuando su rostro se revelaba por completo.
Y allí, mi mundo se tambaleó.
Sus rasgos, su belleza… se parecía a **Elise**. De manera inquietante. Mi interior se enredó en una mezcla de rabia y dolor. La odié de inmediato. ¿Cómo se atrevía a llevar ese rostro? ¿Cómo se atrevía a despertar mis recuerdos?
La odiaba ya. La odiaba hasta el punto de querer destruirla.
—Sinceramente lo siento —continuó, con una voz aún más dulce—. Yo… yo no quería…
No respondí. La fijé, con la mandíbula apretada, incapaz de apartar la mirada. Su cabello brillaba bajo el sol, sus ojos… esos ojos azul claro que parecían penetrar mi armadura gélida. Una parte de mí quería dejarla ir, ahorrarle el sufrimiento que me había jurado infligir a las mujeres. Pero otra parte, más oscura, más cruel, pensaba que sería perfecta para desempeñar ese papel.
—¿Por qué está aquí? —pregunté finalmente, con voz baja y glacial.
Ella tragó saliva, incómoda, pero encontró el valor de responder:
—Para… para la entrevista como asistente secretaria. Pero… creo que he fallado.
Sus hombros se hundieron, y vi en sus ojos la angustia sincera de alguien que necesitaba ese trabajo. Leí en su mirada una fatiga profunda, una resignación genuina. Y eso me divirtió.
Su currículum era sólido, casi impecable. Su situación desesperada hacía que todo fuera… aún más interesante.
Perfecto.
—Sígame —ordené con tono seco.
Me miró incrédula, con los labios entreabiertos. Pero no repetí la orden. Giré sobre mis talones y ella, dudosa, terminó siguiéndome.
El juego podía comenzar.
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**Punto de vista de Elenie**
Cuando crucé nuevamente las puertas de la **Casa Bellaflorence**, al lado de aquel hombre de belleza glacial, sentí todas las miradas converger hacia nosotros. Los empleados, las secretarias, incluso los vigilantes… todos abrieron los ojos, asombrados. No entendía por qué.
Luego, detalle inquietante: todos, sin excepción, bajaron la cabeza ante él. Como si su sola presencia exigiera sumisión y respeto.
Caminaba a su lado, diminuta y temblorosa. Mi corazón latía tan fuerte que parecía golpear contra mi pecho.
En el ascensor, el aire se volvió sofocante. Escuchaba el clic de los botones que presionaba con gesto seguro. Quise preguntarle quién era, pero mi garganta se anudó. Ningún sonido salió. Su presencia me intimidaba, su aura me aplastaba.
Cuando las puertas se abrieron, llegamos a un piso amplio donde los trabajadores se movían alrededor de gigantescas máquinas. Los telares automáticos zumbaban, el ruido del textil en producción llenaba el aire. Todos se inclinaron casi instintivamente al pasar.
—¡Buenos días, señor! —susurraron, respetuosos.
Mi mente daba vueltas. ¿Quién era él?
Tomamos otro ascensor. Comenzaba a perder la orientación, como si el edificio fuera un laberinto diseñado para desorientarme. Mi respiración se volvió corta.
Finalmente, llegamos a un piso silencioso, aislado. Delante de nosotros, una enorme puerta se abrió automáticamente. Lo seguí, con las piernas temblorosas.
El interior era… indescriptible. Una oficina enorme, moderna, de cristal de suelo a techo, con una vista espectacular de **Nueva York**. La ciudad se extendía a nuestros pies, majestuosa y brillante.
—Dios mío… —susurré, maravillada.
Todavía perdida en mi contemplación, su voz glacial rompió el silencio:
—Está contratada.
Creí que mi corazón se detendría. Mis ojos se abrieron de par en par y llevé la mano a la boca, conteniendo un grito de sorpresa.
—¿Co… contratada? —repetí, incrédula.
No mostró emoción alguna. Su voz era cortante, distante, como un bisturí. Pero no importaba: el veredicto había caído. Tenía el puesto.
—¿Cuándo… cuándo empiezo? —pregunté, con voz temblorosa de emoción—. ¿Y seré la secretaria de quién?
Se quitó lentamente las gafas, sumergiendo su fría mirada en la mía. Mis rodillas casi cedieron ante la intensidad de sus ojos. Nunca había visto a un hombre tan hermoso y glacial, tan frío. Me helaba la sangre, literalmente.
Pero me enderecé. No podía rendirme ahora. No después de todo lo que había pasado.
—No es importante —respondió secamente—. Será asistente del señor Ferdinand Anton, el dueño de esta empresa. Él estará presente el lunes.
Solté un largo suspiro, aliviada. Gracias a Dios… al menos no era él. Este desconocido de mirada negra, arrogante, frío y cortante no sería mi futuro jefe. No quería trabajar a su lado.
Me incliné ligeramente, con las manos juntas:
—Gracias por esta oportunidad. Haré todo lo posible por no decepcionar a mi futuro jefe.
No respondió. Ni una palabra, ni un gesto. El silencio se volvió pesado.
Tomé aire y añadí tímidamente:
—Yo… me iré ahora.
Me dirigí hacia la puerta. Antes de tocarla, se abrió con un silbido. Di un paso, aliviada, cuando su voz glacial me detuvo:
—No vuelva vestida como una vulgar cualquiera el lunes. Si quiere mantener este trabajo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No respondí, pero cada palabra resonó en mi mente como una bofetada. Salí de la oficina, con el corazón pesado pero determinada.
Él no sabía quién era yo. No sabía lo que había a travesado. Y yo, todavía, no sabía quién era él…
Pero sentía, en el fondo, que este hombre iba a cambiar mi vida.
**CAPÍTULO 95## **Punto de vista de Béthanie**Semanas después…Me encontraba en el centro de la sala de fiestas, y mi corazón latía con fuerza. Todo había sido preparado con cuidado y amor: globos, pancartas brillantes, guirnaldas luminosas, ramos de flores frescas y manteles perfectamente doblados y decorados. Cada detalle reflejaba mi deseo de crear una atmósfera cálida, elegante y alegre para celebrar a mis nietos, Owen y Liana.Todos estaban allí: familia, amigos cercanos, colegas e incluso invitados que apenas conocía, venidos para compartir este momento de felicidad. Me mantenía erguida, vestida con mi mejor vestido rojo burdeos, con tacones finos que realzaban mi elegancia. Sonreí observando la escena, respirando el aire cargado de emoción y alegría. Los invitados estaban fascinados con los gemelos. Sus pequeñas manos, sus gorjeos inocentes, sus ojos brillantes captaban toda la atención.De lejos, veía a Ferdinand y Elenie recibiendo a los invitados, impecablemente vestidos.
CAPÍTULO 94## **Punto de vista de Ferdinand**Aprieto a Elenie contra mí, rodeando su cuerpo frágil pero tan fuerte, tan decidido. Mis dedos se entrelazan con los de nuestros hijos y siento cómo una emoción incontrolable me invade. Mi niño… mi pequeño niño se parece tanto a Owen, el hijo que perdí hace años. Y mi hija… oh, mi hija, lleva toda la belleza y la fuerza de su madre. Cada rasgo de su rostro me hace sonreír a pesar del miedo que me ha consumido durante dos días. Cada respiración de mis hijos me recuerda que todo esto es real, que por fin estamos juntos.—Elenie… —murmuro con la voz ahogada por la emoción—. Por fin están aquí… están a salvo… no puedo… no puedo creer que estemos todos juntos.Elenie me mira, el rostro marcado por el agotamiento y el miedo, pero su mirada brilla con triunfo. Me cuenta con calma cómo enfrentó a Elise, cómo tomó el control de la situación, cómo defendió a nuestros hijos con un valor que nunca he dejado de admirar. Mi corazón se encoge aún más, d
CAPÍTULO 93## **Punto de vista de Ferdinand**Me vestí de forma sencilla aquella mañana, unos vaqueros oscuros y una camiseta gris. Sin embargo, a pesar de esa ropa casual, me sentía nervioso, como si el peso del mundo descansara sobre mis hombros. Me había refugiado en mi despacho, solo, solo con mi teléfono, solo con mi angustia. Dos días… dos días enteros lejos de Elenie y de mis hijos. Dos días en los que mi corazón no había dejado de latir entre el miedo, la ansiedad y la desesperación. Dos días en los que cada llamada me hacía sobresaltar, cada vibración me daba la impresión de que por fin llegaba la noticia que tanto esperaba.Mi mente estaba invadida de recuerdos, de dolor, del temor de que algo irreparable hubiera ocurrido. La crueldad de Elise me parecía inimaginable. ¿Cómo había podido volver a nuestras vidas después de todo lo que ya había destruido cinco años atrás? Y ahora había osado tocar a mi familia, lo más preciado que tengo en este mundo. Si la tenía frente a mí…
**Capìtulo 92**Punto de vista de Ferdinand**Ya no podía respirar con normalidad.Las palabras del policía seguían dando vueltas en mi cabeza como una cuchilla oxidada que se clava sin parar: *“Se ha fugado… desde hace varios meses…”*Varios meses.Entonces había estado fuera todo ese tiempo. Libre. Acechando en algún lugar. Preparando esto. Quizás incluso observándome.Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolía la mandíbula.—Está jugando con nosotros… —murmuré con la voz rota—. Está jugando con mi familia.Nadie respondió. Incluso los policías parecían medir la magnitud de lo que acababan de desatar.Me giré hacia ellos, temblando de rabia.—Rastreen ese número. Ahora. Quiero una ubicación. Quiero algo. ¡Cualquier cosa!El agente más joven asintió y comenzó de inmediato a trabajar en su dispositivo. El otro me miró con gravedad.—Señor Müller… si ella llamó, es porque quiere controlar la situación. No haga nada imprudente.Solté una risa sin alegría.—¿Imprudente? Mi esposa e
Capìtulo 91**Ponto de vista de Béthanie**Sentada no sofá da sala, não me movia há horas. O silêncio pesava pesado na sala. Um silêncio tão profundo que dava para ouvir os batimentos de nossos corações partidos. Frédéric estava ao meu lado, o rosto fechado, olhos no vazio. Nenhum de nós tinha forças para falar. Desde o desaparecimento de Elenie e dos gêmeos, o mundo parecia ter parado. A casa, antes cheia de risadas, cheiros de café e música, não era mais que um túmulo onde reinavam o medo e a dor.Fixava um ponto invisível à minha frente, os dedos tremendo na beira do sofá. Em minha mente, uma única oração se repetia incessantemente: *Senhor, proteja minha nora e meus netos. Traga-os de volta vivos.*Nunca fui muito devota, mas desde aquela tragédia, implorava ao céu a cada minuto. Era minha única força, minha única luz neste túnel sem fim.Frédéric suspirou pesadamente ao meu lado. Sua mão apertou a minha, trêmula.— Vamos encontrá-los — murmurou, voz apagada. — Ferdinand está faze
**CAPÍTULO 90****Punto de vista de Élenie**Dos días. Dos días viviendo en esa habitación fría, tragando el miedo como si fuera un alimento cotidiano. Dos días soportando el olor pesado del alcohol de Élise como una amenaza constante. Dos días con las muñecas marcadas por nudos mal hechos, por la violencia de una mañana interminable. Mi mundo se había reducido a tres cosas: la cuna donde dormían mis gemelos, el rostro de Élise que aparecía como una pesadilla despierta, y la pequeña llama de esperanza que era Ferdinand —su voz, sus palabras, su promesa que aún resonaba en mi mente.La noche había caído. La habitación estaba sumida en una penumbra inquietante; la débil lámpara colgante chirriaba como si recordara que todo allí estaba a punto de romperse. Élise roncaba en el suelo, boca arriba, con una bolsa de plástico cerca y la botella vacía a su lado. Su respiración era irregular, su aliento nauseabundo. A ratos murmuraba cosas incoherentes, soltaba risas secas, insultos sueltos. Es







