LOGINAnn, una joven tímida y de estilo nerd, vivió la peor traición de su vida. En una noche de despecho y decidida a olvidar el dolor, se cruzó con un hombre sumamente atractivo. La química fue inmediata y compartieron una noche de pasión inolvidable que cambió su destino para siempre. Al amanecer, Ann huyó sin dejar rastro, pero semanas después descubrió que esa noche de romance había dejado una huella permanente: estaba embarazada. Meses más tarde, lucha por salir adelante como madre soltera y consigue empleo como asistente de Gerencia General. La sorpresa es mayúscula cuando descubre que su implacable jefe es el mismo chico lindo de aquella noche. Él la busca desesperadamente, pero es incapaz de reconocer a la deslumbrante mujer detrás de sus gafas gruesas y ropa holgada. Un descuido en la oficina expondrá un secreto íntimo, encendiendo de nuevo una atracción imposible de ocultar.
View MoreEn la voz de Ann
Me llamo Ann y soy la chica invisible del área de archivos; me mantengo siempre al margen, oculta tras mis gafas gruesas, mi ropa holgada y un moño improvisado para que nadie repare en mí. Meticulosa, lógica y dedicada, dediqué mi talento a organizarle la vida y la carrera a mi novio Gonzalo, convencida de que construíamos un futuro juntos, hoy planeo darle una sorpresa para dar un paso de avance en nuestra relación de tres años, hoy será nuestra primera vez.
La bandeja de copas de champán pesaba en mi mano izquierda mientras intentaba que mis tacones no hicieran demasiado ruido sobre el granito de la cocina. El vestíbulo del salón principal resonaba con risas ahogadas, el choque elegante del cristal y una banda de jazz tocando suavemente de fondo. Para todos los presentes esa noche, yo era solo una sombra en chaleco negro y delantal: Ann, la chica de logística que pasaba desapercibida, la que siempre llevaba gafas de pasta gruesa, el cabello recogido en un moño desordenado y ropa tres tallas más grande.
Pero esta noche tenía un plan. Era nuestro aniversario. Gonzalo llevaba seis meses trabajando como analista junior en la sede corporativa de la firma y había logrado colar su nombre en la lista de invitados VIP. Yo había pedido el turno de mesera para estar cerca, para celebrar en secreto. Mi mejor amiga, Maya, había insistido en que no podía darle la sorpresa vistiendo como un ratón de biblioteca. —Hoy no vas a esconderte detrás de una carpeta, Ann —me había dicho dos horas antes, cerrando el broche de un vestido que jamás me hubiera atrevido a comprar por mi cuenta. Me miré un segundo en el reflejo de una puerta de cristal. El vestido era de seda verde esmeralda, pegado al cuerpo, con un escote sutil pero pronunciado y una abertura en la pierna que me hacía sentir ridículamente expuesta y sorpresivamente hermosa. Maya había soltado mi cabello, dejando que los rizos cayeran sobre mis hombros, y me había quitado las gafas para ponerme lentes de contacto. Apenas reconocía a la mujer del espejo. Con el corazón martilleando contra mis costillas, tomé aire y empujé la puerta de la escalera de servicio para bajar a la planta principal. El tramo estaba poco iluminado. Aceleré el paso, insegura sobre los tacones nuevos, cuando al doblar el descanso, mi pie tropezó con el borde de un escalón. El aire se me escapó de los pulmones. Cerré los ojos esperando el impacto contra el suelo, pero unos brazos firmes me sujetaron con fuerza por la cintura antes de que tocara el piso. —Cuidado —dijo una voz grave, profunda y helada que pareció vibrar en mi espalda. El contacto duró apenas dos segundos, pero una corriente extraña y eléctrica me recorrió la piel. El aroma a madera de cedro y perfume costoso me envolvió por completo. —Lo... lo siento mucho. Mil disculpas —balbuceé con la voz temblorosa, manteniendo la mirada fija en los botones del chaleco y el nudo impecable de la corbata de seda del hombre. Estaba tan avergonzada y nerviosa por ser descubierta vestida así por el personal de seguridad o algún ejecutivo, que me zafé suavemente de su agarre sin atreverme a alzar los ojos para mirarle el rostro. Me acomodé el vestido como pude y salí toda prisa por la puerta lateral. Al entrar al gran salón, el destello de las arañas de cristal casi me encandiló. Busqué con la mirada entre la multitud elegante. Pasé cerca de los ejecutivos de trajes oscuros y las mujeres con vestidos de diseñador, pero Gonzalo no estaba cerca del bar ni cerca del escenario. Divisé a Sofía, una de las meseras del turno de la tarde, pasando con una bandeja vacía. —¡Sofía! —la llamé en un susurro, acercándome a ella—. ¿Has visto a Gonzalo? Sofía me miró de arriba abajo con la boca abierta, tardando un par de segundos en reconocer los rasgos de la chica de logística tras el maquillaje y el vestido. —¿Ann? Vaya... estás increíble —dijo pestañeando, sorprendida—. Sí, lo vi hace unos diez minutos. Salía hacia el jardín trasero, por los senderos iluminados. Seguramente iba a contestar una llamada. —Gracias —le sonreí, sintiendo un cosquilleo de emoción en el estómago. Salí por las puertas francesas que daban al exterior. El aire de la noche era fresco y contrastaba con el calor sofocante del salón. Me adentré por el camino de piedra, alejándome de la música y de los reflectores. Las luces del jardín comenzaron a escasear a medida que me acercaba a la zona del cenador, una parte más oscura y rodeada de altos setos de jazmín. —¿Gonzalo? —murmuré, sintiendo un extraño nudo en la garganta al no escuchar respuesta. Ajusté la correa de mi bolso y di unos pasos más hacia la penumbra. Fue entonces cuando escuché los murmullos. No era una llamada telefónica. Eran gemidos sofocados, una respiración agitada y el sonido inequívoco de la tela raspando contra la pared de piedra. Mi cuerpo se congeló. A pocos metros, ocultos bajo la sombra de la pérgola, dos cuerpos estaban acoplados violentamente. Gonzalo tenía las manos sujetas a las caderas de una mujer rubia vestida con un vestido rojo desabrochado hasta la cintura. Ella estaba de espaldas a la pared, con las piernas envueltas alrededor de su cintura, arqueándose mientras él se movía con desesperación dentro de ella. —Eres increíble, Gonzalo... —gimió la mujer, echando la cabeza hacia atrás. —Cállate... si nos ven, estamos muertos —respóndio él con la voz entrecortada, apretándola más fuerte contra el muro mientras continuaba embistiéndola. El mundo pareció detenerse. El aire se volvió plomo en mis pulmones. La sorpresa que llevaba en el bolso, la emoción de la noche, el vestido esmeralda... todo se desintegró en un segundo, convirtiéndose en una humillación aplastante. No pude articular una sola palabra. La garganta se me cerró con un nudo amargo y violento. Di un paso atrás, luego otro, sintiendo que las lágrimas quemaban detrás de mis ojos. Mi pie chocó contra una maceta y el ruido hizo que Gonzalo se detuviera por un instante. No me quedé a ver si miraba. Me di la vuelta y eché a correr. Corrí a ciegas por el jardín oscurecido, tropezando con mis propios tacones, huyendo del dolor, del desengaño y de la estampa de la persona que juraba amarme entregándose a otra en la oscuridad.POV MARIANA La llegada de un mensajero rompió el murmullo habitual de las diez de la mañana en la redacción. Varios compañeros levantaron la cabeza de sus pantallas al ver la cajita azul profundo que el muchacho traía entre las manos, rematada por un moño de seda dorada. —Vaya, Mariana... parece que alguien tiene pretendiente—comentó Carlos desde el escritorio de al lado, silbando con picardía mientras el chico depositaba la caja justo en el centro de mi mesa. Firmé la planilla de recepción intentando mantener la compostura, pero sentí cómo las miradas de media sección se clavaban en mi sitio. La más evidente, por supuesto, era la de Tatiana. Salió de su cubículo sosteniendo un vaso de café, haciendo sonar sus tacones sobre el piso de mármol a un ritmo lento y deliberado. Se detuvo a medio metro de mi escritorio, recorriendo la caja con sus ojos y una sonrisa cargada de un veneno sutil. —Bueno, bueno... —soltó Tatiana, inclinando la cabeza con una lástima estudiada—. Q
POV de Alejandro Tenía una reunión con el departamento de finanzas a las once. A las diez y media estaba parado frente a la puerta de una joyería del centro, con las manos en los bolsillos, como si fuera a asaltarla.Nunca había comprado un regalo romántico. Lo que había hecho durante años era pedirle a mi asistente que enviara flores, o dejar una tarjeta de crédito sobre una barra. Eso no contaba.Wanda me miraba desde el coche, con los brazos cruzados y una sonrisa que no se molestaba en disimular. Le hice un gesto para que se fuera. No se movió.Entré.La tienda olía a cera y a madera. Una vendedora de unos cuarenta años, de gafas con cadena y pelo canoso recogido, levantó la vista desde el mostrador. La vi reconocerme. Alzó una ceja con elegancia, como quien ve entrar a un personaje de revista.—Buenos días, señor Santoro.—Buenos días. Necesito un regalo. —Me aclaré la garganta—. Para una persona.—Una persona. —Asintió con toda seriedad—. ¿Se trata de una persona en particular?
POV de Mariana Lo primero que sentí al escucharlo fue alivio. Lo segundo, una ternura tan inoportuna que tuve que apretar la mano que él aún sostenía para no deshacerme ahí mismo, en el pasillo. Hablaba como un loro, sí. Un loro muy guapo, despeinado, con la corbata floja y cara de haber ensayado el discurso en el coche y haberlo perdido a la mitad. Pero cada frase era verdad. Y yo llevaba una hora sentada en la oscuridad del sofá, convencida de que alguien me había dicho la verdad solo para lastimarme, y ahora la misma verdad llegaba por su boca, sin adornos. Lo llevé a la cocina. Necesitaba ocupar las manos, y las suyas también. —Siéntate —dije, señalando los taburetes de la isla. Se sentó. Lo vi mirar alrededor con respeto, como quien entra a un sitio ajeno y teme tocar algo. Yo llené la cafetera, medí el café con más cuidado del necesario, y el olor empezó a llenar el silencio. —Ya lo sabía —dije, de espaldas a él. —¿Qué? —Lo de la compra. Me lo dijeron esta noche, en la
POV de Alejandro Ferrán me alcanzó junto al guardarropa, cuando ya iba por mi abrigo. —Alejandro. —Tío. Se quedó un momento callado, con las manos a la espalda, mirando hacia la puerta por donde Mariana había salido del brazo de Damián. No me preguntó nada. No hacía falta. —La chica me cae bien —dijo al fin—. Hablé con ella un rato. Es de las que preguntan lo incómodo y no se ofenden con la respuesta. —Lo sé. —Entonces no cometas el error de tu padre. —Su voz bajó—. Él creía que callar era una forma de proteger. Casi siempre es una forma de esconderse. Sé sincero con ella. Antes de que alguien lo sea por ti. Lo miré. Había algo en cómo dijo alguien que me dejó inquieto. —¿Qué quieres decir? —Nada. Una intuición de viejo. —Me dio una palmada seca en el hombro—. Vete a casa. Le hice caso, al menos en la dirección. Wanda me llevó al apartamento sin una sola pregunta. Entré, tiré el saco sobre una silla, me serví un vaso de agua y me quedé mirando la ciudad por el ventanal. C












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