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Capítulo 4: La verdad

Author: Lirene
last update publish date: 2026-10-14 08:14:10

La primera copa llevaba apenas unos minutos servida cuando Aaron decidió que aquella cena necesitaba un espectáculo.

—¿De verdad vas a permitir que siga hablando por ti?

Jonás no levantó la vista del plato. A su derecha, uno de los ejecutivos de Orión fingió estar concentrado en el teléfono; al otro extremo de la mesa, alguien soltó una risa breve que murió antes de convertirse en sonido. Aaron tenía ese talento: conseguía que una habitación entera se sintiera culpable por escuchar y demasiado cobarde para intervenir.

Victoria no estaba allí. Había salido a responder un mensaje urgente y todavía no regresaba.

—No sé de qué hablas —contestó Jonás.

Aaron dejó el vaso sobre la mesa.

—Por supuesto que no. Últimamente parece que no sabes nada que tu esposa no te autorice a saber.

Esta vez, Jonás alzó los ojos.

—Mide tus palabras.

—¿O qué? ¿Vas a llamar a Victoria para que te defienda? —Aaron sonrió, disfrutando de la atención que comenzaba a reunir—. Aunque debo reconocer que hace un trabajo excelente. Ha conseguido que todos olviden que el gran Jonás Wallace ya no toma decisiones sin preguntarse cuánto le costará desobedecer a su mujer.

—No confundas discreción con debilidad.

—Y tú no confundas un matrimonio con una victoria.

Victoria regresaba por el pasillo cuando escuchó aquello. Se detuvo antes de alcanzar la puerta, con el teléfono todavía en la mano. No entró. Algo en la voz de Aaron le advirtió que, si cruzaba el umbral, la conversación cambiaría de rumbo.

Y quería saber hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

—¿Sabes qué es lo más triste? —continuó Aaron—. Que ni siquiera eres el primer hombre al que una mujer deja creyendo que el problema era él.

El nombre llegó después, pronunciado con una precisión cruel.

—Elise.

Victoria sintió que los dedos se le enfriaban alrededor del teléfono.

Jonás dejó los cubiertos. No hizo ruido, pero el gesto bastó para que el ejecutivo sentado a su lado apartara discretamente la silla.

—No la menciones.

—¿Por qué? ¿Todavía te duele? Han pasado años, primo. Uno pensaría que a estas alturas habrías aprendido a soportar que una mujer prefiera a otro.

—He dicho que no la menciones.

Aaron ladeó la cabeza, como si acabara de confirmar una sospecha.

—Ahí está. El hombre que puede negociar una fusión de cientos de millones, pero no soporta escuchar el nombre de la mujer que lo rechazó.

Jonás se puso de pie.

No golpeó la mesa. No levantó la voz. Sin embargo, la conversación de los demás murió de inmediato.

—Si tienes algún problema conmigo, habla de mí.

—Eso hago. Hablo del hombre que se esconde detrás de un apellido, de un consejo de administración y ahora de una esposa a la que necesita más de lo que está dispuesto a admitir.

Aaron se incorporó también. La sonrisa no abandonó su rostro, aunque algo en sus ojos se volvió más oscuro.

—Dime, Jonás, ¿Victoria sabe lo que pasó una semana antes de su boda?

El silencio cayó sobre la mesa.

En el pasillo, Victoria dejó de respirar durante un instante.

Jonás no respondió. Miró a su primo con una quietud extraña, casi peligrosa, pero Aaron ya había encontrado la grieta y no pensaba apartar el dedo.

—¿Se lo contaste? —insistió—. ¿O también le vendiste una versión conveniente de la historia? Sería muy propio de ti. Siempre has sido bueno presentando los hechos de manera que parezcan otra cosa.

—Cállate.

—¿Por qué? ¿Porque podría descubrir que el hombre con el que se casó no es tan distinto del muchacho que Elise abandonó?

Jonás apretó la mandíbula.

—No tienes derecho a hablar de ella.

—¿Yo? —Aaron soltó una risa seca—. Fui yo quien terminó casándose con ella.

—Te casaste con una mujer que tenía miedo de quedarse sola. No es lo mismo que conseguir que te ame.

La sonrisa de Aaron desapareció por primera vez.

Victoria sintió un golpe sordo en el pecho. No por Elise. Ni siquiera por la crueldad de aquella discusión. Era la forma en que Jonás había pronunciado esas palabras: sin vacilar, con una certeza que no parecía nacida de los celos, sino de algo mucho más íntimo. Algo que todavía le dolía.

Aaron recuperó la compostura y se acercó a su primo.

—Puedes repetirlo todas las veces que quieras. No cambiará lo que pasó. Ella se fue contigo en la cabeza y conmigo en la cama. Si eso te consuela, disfrútalo.

Jonás dio un paso hacia él.

—Vuelve a hablar de ella de esa manera y te aseguro que esta será la última cena a la que te inviten en una empresa donde yo tenga algo que decir.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy dando la oportunidad de marcharte antes de que olvide que compartimos sangre.

Aaron lo estudió durante un segundo. Después miró alrededor, consciente de que todos habían escuchado demasiado y de que ninguno se atrevería a admitirlo al día siguiente.

—Qué ironía —murmuró—. Pasaste años intentando demostrarle a tu padre que eras un hombre digno de heredar su imperio. Ahora tienes una empresa, una esposa y todo lo que se supone que debías querer. Pero basta con mencionar a Elise para que vuelvas a ser el mismo perdedor de siempre.

Jonás no se movió.

—Y tú necesitas recordármelo porque, si dejas de hacerlo, tendrás que enfrentarte a la posibilidad de que tu vida tampoco sea lo que presumes.

Por un instante, Aaron pareció dispuesto a golpearlo.

No lo hizo. Se limitó a tomar su vaso, apurarlo de un trago y dejarlo caer sobre la mesa con un golpe seco.

—Disfruta de tu matrimonio, primo. Solo procura que Victoria no descubra demasiado tarde qué clase de hombre aceptó por marido.

Jonás lo agarró del antebrazo antes de que pudiera alejarse.

Fue un movimiento rápido, instintivo. Aaron bajó la mirada hacia la mano que lo sujetaba y después volvió a mirarlo a los ojos.

—Suéltame.

—No vuelvas a utilizar a mi esposa para resolver tus problemas conmigo.

—Entonces cuéntale la verdad.

Jonás lo soltó.

Aaron se acomodó la chaqueta y salió del salón con la tranquilidad de quien acababa de dejar una bomba sobre la mesa y no necesitaba quedarse para escuchar la explosión.

Nadie habló.

Jonás permaneció inmóvil unos segundos, con una mano apoyada en el respaldo de la silla. Después recogió su teléfono, se ajustó el puño de la camisa y se marchó por la puerta contraria a la que había utilizado Aaron.

No buscó a Victoria.

Tampoco miró hacia el pasillo donde ella seguía escondida.

O quizá sí la había visto.

Esa posibilidad fue la que más la inquietó.

Victoria esperó hasta que sus pasos desaparecieron. Entonces entró en el salón con el teléfono en la mano y una expresión lo bastante serena para engañar a cualquiera que no la conociera.

—¿Dónde está Jonás?

Uno de los ejecutivos se aclaró la garganta.

—Tenía algo que atender.

Ella miró la silla vacía, el vaso de agua intacto junto al plato de Jonás y la copa de whisky que Aaron había dejado atrás. No necesitaba preguntar quién había empezado la discusión. Lo que necesitaba saber era por qué su marido había preferido marcharse antes que explicarse.

Elise.

Había escuchado aquel nombre antes, siempre rodeado de silencios, como si perteneciera a una historia que nadie tenía permiso de contar. La compañera de universidad. La mujer que había terminado casándose con Aaron. La herida que, al parecer, seguía abierta mucho después de que todos fingieran haberla olvidado.

Pero no era Elise lo que le revolvía el estómago.

Era aquella frase: una semana antes de tu boda.

Victoria había aprendido a reconocer las mentiras de los hombres que negociaban con ella. Las detectaba en una pausa demasiado larga, en una respuesta ensayada, en una mirada que buscaba confirmar si el engaño había funcionado.

Jonás tenía una respuesta pendiente.

Y ella recordaba perfectamente la pregunta que le había hecho en la sala del piso cuarenta y siete, semanas atrás. También recordaba lo rápido que él había contestado, con esa seguridad impecable que entonces confundió con honestidad.

Ahora no estaba tan segura.

Tres noches después, Victoria buscó fotografías de Elise Himott en internet.

No tenía una razón concreta para hacerlo. O, al menos, ninguna que estuviera dispuesta a reconocer.

Encontró imágenes de galas, cenas benéficas y eventos empresariales. En algunas, Elise aparecía sola; en otras, acompañada de hombres cuyos apellidos ocupaban titulares económicos.

Después encontró las fotografías con Jonás.

Él parecía más joven, menos severo. Tenía una mano apoyada en la cintura de Elise y una sonrisa que Victoria apenas reconoció.

Cerró la página.

No era asunto suyo.

Se recordó que se había casado con Jonás por conveniencia, que ninguno había prometido enamorarse y que los sentimientos de su esposo no figuraban entre las condiciones del contrato.

El teléfono vibró.

No iré esta noche. La reunión se alargó.

Victoria leyó el mensaje y continuó trabajando.

Al día siguiente, Jonás tampoco regresó a cenar. Después vino otra excusa, luego una noche en la oficina y, finalmente, mensajes tan breves que parecían instrucciones dirigidas a una empleada.

Durante dos semanas, la casa mantuvo sus rutinas aunque su dueño apenas apareciera.

Mary seguía preparando dos servicios para el desayuno.

Victoria seguía sentándose en el mismo lugar.

Pero cada mañana, antes de empezar a comer, hacía la misma pregunta.

—¿El señor Wallace regresó anoche?

Y cada mañana, Mary respondía con una negativa cada vez más incómoda.

Hasta que un jueves, Victoria dejó la cuchara sobre la mesa.

—Si llama, dile que necesito hablar con él.

Mary asintió.

—¿Es algo urgente, señora?

Victoria miró la silla vacía.

—No—No volvió a preguntar.

Sin embargo, aquella noche, cuando Kelly la invitó a cenar a su apartamento, Victoria aceptó. Llevaba días trabajando hasta tarde y necesitaba una conversación que no girara alrededor de contratos, inversiones o un marido ausente.

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