INICIAR SESIÓNTras perder el olfato en el incendio donde murió su padre, Elias Marlowe —maestro perfumista en Londres— debe completar la fórmula del legendario perfume Vespertine para evitar que su empresa familiar sea vendida. Su vida cambia cuando conoce a la Dra. Edie Fairweather, una botánica con un olfato prodigioso y dueña de la única flor de iris que requiere la fragancia. Para sorpresa de Elias, estar cerca de Edie es lo único que logra devolverle milagrosamente el sentido del olfato. Apremiada por las deudas que amenazan con arruinar su invernadero familiar, Edie acepta la insólita propuesta de Elias: un matrimonio de conveniencia por doce meses para ayudarlo en su terapia olfativa y salvar la empresa. Pero mientras la convivencia despierta sentimientos reales que rompen la regla de «no enamorarse», ambos descubren que el incendio del pasado no fue un accidente, sino un crimen. Juntos deberán descifrar el ingrediente final del perfume y desenmascarar al culpable antes de que sea demasiado tarde.
Ver másPOV ELIAS
Londres, 14 de noviembre. Tres años atrás.
Mi padre decía que la nariz de un perfumista no se hereda: se cultiva, se castiga y se aguanta, como un jardín con mal carácter. Yo tenía veinticinco años y la nariz más cara de Inglaterra, según una revista que mi tía Cordelia enmarcó sin pedirme permiso. Y esa noche, con la lluvia golpeando el tragaluz del laboratorio, estaba convencido de que me faltaba un solo paso para acertar.
—Casi —murmuré, con una tira de papel secante bajo la nariz.
—Siempre dices «casi» —contestó mi padre desde el otro lado de la sala—. Lo dices desde los doce años.
Alistair Marlowe tenía sesenta y un años, el pelo blanco peinado hacia atrás y un chaleco de lana gris bajo la bata. Escribía en uno de sus cuadernos de t***s negras, con la estilográfica de siempre, y llevaba semanas con el gesto de quien oye una puerta cerrarse en alguna parte de la casa.
Frente a mí estaba el Órgano: el escritorio semicircular de roble donde cuatro generaciones de Marlowe habían compuesto sus perfumes, rodeado de cuatrocientos frascos de cristal ámbar. Mi lugar favorito del mundo. El segundo era mi cama, pero esa noche no iba a verla.
—Esta vez es verdad —dije—. La estructura está: salida, corazón, fondo. Falta el centro, la nota que lo une todo. Tu iris.
—Nuestro iris. Y llega esta noche.
—Llevas diez años recibiendo esa raíz por un corredor de Bristol y jamás me has dicho de dónde sale.
—Del único sitio donde crece.
—Esa es una respuesta de perfumista, no de padre.
Sonrió, cansado, pero sonrió.
—Vespertine —dijo, y lo pronunció como quien nombra a una persona—. Treinta años buscándola, Elias. Una flor que solo abre al anochecer y huele a algo que nunca he sabido describir. Cuando la huelas, entenderás por qué he guardado tan bien el secreto.
A las diez y cuarenta vibró su teléfono sobre la mesa. Miró la pantalla y, por primera vez en toda la noche, soltó la pluma. Se apartó hacia la ventana. No distinguí las palabras, solo el tono: bajo, firme, helado.
—No. Eso no era lo acordado. —Una pausa larga—. Lo hablaremos mañana, delante de todos.
Colgó y se quedó de espaldas, con la frente casi pegada al cristal.
—¿Quién era?
—Un asunto del consejo.
—Papá.
—Un asunto del consejo. —Cuando se volvió, su cara era la de siempre. Guardó el cuaderno bajo llave en el cajón del Órgano y vino a sujetarme por los hombros. Olía a tabaco de pipa, a lana y a papel viejo. Lo recordaría toda la vida, porque fue la última vez—. Pase lo que pase con esta casa, la fórmula es tuya. Prométemelo.
—No va a pasar nada.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
El timbre sonó a las once menos diez.
—Baja tú. Es una vieja amiga. Dile que suba y, por lo que más quieras, no le ofrezcas café: lleva años diciendo que el nuestro sabe a calcetín.
Bajé los cuatro pisos silbando. Descorrí el cerrojo y abrí la puerta a la noche.
En el umbral había una mujer pequeña con una chaqueta encerada verde botella, la capucha calada y la lluvia resbalándole por los hombros. Abrazaba un bolso de lona contra el pecho.
Y entonces me llegó el olor.
Tierra mojada. Frío de raíz recién arrancada. Violeta, y algo verde, amargo y dulce a la vez, que me recorrió la nuca como un dedo. Yo, que había olido todo lo que se puede oler en este mundo, me quedé sin aire. Era la nota que faltaba. Exactamente esa.
—¿Alistair Marlowe? —preguntó ella. Tenía voz de anciana, seca y firme.
—Cuarto piso. Soy su hijo.
Me miró un segundo de más, bajo la capucha.
—Sí —dijo—. Tienes sus ojos.
Arriba algo se movió. No fue una explosión; fue un golpe sordo y blando, como una vela llenándose de viento. Los cristales del rellano se tiñeron de naranja. Después llegaron la alarma, el estallido del vidrio y un grito que no supe si era mío.
Subimos juntos, yo primero, ella detrás, muy rápida. En el tercer piso el humo era una pared. En el cuarto, la puerta del laboratorio estaba cerrada. Me lancé hacia ella, pero la mujer me apartó y agarró el pomo de latón con la mano desnuda. Estaba al rojo. Gritó. No lo soltó. La puerta cedió.
El calor fue un animal. El Órgano ardía entero; los frascos reventaban uno tras otro y el alcohol de cuatrocientas fragancias subía en llamas hacia el techo. Al fondo, junto a la ventana, vi a mi padre en el suelo. Inmóvil.
—¡Papá!
Corrí. Una lengua de fuego me lamió el antebrazo izquierdo y ni siquiera la sentí. Di tres pasos, cuatro, y unas manos me agarraron del cuello de la camisa y tiraron hacia atrás con una fuerza imposible.
—Vamos, hijo, vamos. Quédate conmigo. Quédate conmigo.
Me debatí. Grité su nombre hasta que el humo me llenó la garganta. Lo último que supe antes de que el mundo se apagara fue el olor, iris y tierra mojada, y una voz de anciana que me susurraba al oído, rota:
—Perdóname. Perdóname.
Desperté tres días después en el hospital de St Mary's, con el brazo vendado y la garganta en carne viva. Mi tía Cordelia estaba de pie junto a la cama, con un abrigo negro y cara de piedra, y me dijo lo que yo ya sabía.
El inspector llegó esa misma tarde. Vapores de alcohol, una chispa, un accidente. Me habían encontrado inconsciente en el vestíbulo, con la puerta de la calle abierta. No había nadie más. Cuando hablé de la mujer de la chaqueta verde, el inspector tomó nota con muchísima educación y el médico, al salir, habló de shock y de delirios.
Entonces entendí que no solo se había muerto mi padre. Una enfermera abrió una ampolla de alcohol junto a mi cama y yo, que podía distinguir una pizca de ámbar gris en una sala llena de gente, no olí absolutamente nada. Ni el alcohol, ni las vendas, ni el humo pegado a mi ropa, ni la lluvia contra la ventana.
Nada.
Pasaron tres años. Nadie lo supo. Conservé una promesa, una cicatriz plateada en el antebrazo y el recuerdo de un olor a iris y tierra mojada que daba por perdido para siempre.
Me equivocaba.
Reglas de convivencia con Elias Marlowe, que él no escribió pero ejecuta con rigor suizo:Uno. El té se sirve a las siete. Dos. Las tiras de papel se ordenan de la A a la Z, no «como te salga». Tres. Ninguna botánica sin supervisión puede tocar el aceite de rosa búlgara, que cuesta más que mi coche. Y cuatro, la más importante: jamás, bajo ninguna circunstancia, se comenta lo ocurrido en la cama esa primera mañana.Cumplimos la cuatro con una disciplina admirable. Con las otras tres tuve menos suerte.—Edie.—Estoy limpiando.—Estás empapando el Órgano.—Se me ha resbalado una probeta. Una. Chiquitita.—Era rosa de Bulgaria. —Elias cerró los ojos con la paciencia de un santo muy cabreado—. Treinta mililitros. Siete mil libras.—Te lo pago con intereses.—No tienes siete mil libras.—Pero tengo intereses. Los intereses son lo mío.Se frotó el puente de la nariz, esa nariz suya que, cuando yo no estaba cerca, era un adorno. Pasaba tres horas al día a un palmo de mí, con los ojos cerrado
POV EDIE Londres. Sábado, 22 de noviembre.Me casé con un desconocido un sábado a las doce, bajo una lluvia fina que me olió a plata, con un vestido de lana crema comprado en Taunton y unas botas que, por razones de dignidad, me negué a cambiar.No es el comienzo de cuento que había imaginado de pequeña. De pequeña imaginaba un tractor.El Registro Civil de Marylebone olía a flores marchitas, a moqueta y a nervios ajenos. Los testigos eran la señora Dunmore, que lloraba de pura felicidad sin sospechar nada, y la doctora Raman, una neuróloga de gafas de carey que nos miraba como quien ha recetado algo y espera los efectos secundarios. Elias llevaba un traje gris oscuro y la cara de quien va a un funeral. El suyo, supongo.—Estás pálido —le susurré.—Me casan tres veces por semana en mis pesadillas. Esta es la primera con público.—Qué raro. Me estabas cayendo peor.—Puedo mejorar.—No hace falta. Tampoco quiero que se te note.Winifred había viajado desde Somerset con su abrigo azul y s
POV ELIAS Londres. Del 6 al 11 de noviembre.Si hay algo que he aprendido en tres años sin olfato es que una reputación sirve para esconder cualquier cosa. La mía es excelente.Según la prensa, soy el Marlowe de las mil novias. Una modelo en septiembre, una actriz en octubre, una heredera con yate en noviembre. Cenas con fotógrafos en la puerta, una mano en la espalda de alguien, sonrisa de catálogo. Lo que la prensa no sabe es que casi todas esas noches terminaban en la puerta de un taxi. Las invitaba a cenar para que nadie se fijara en que yo no olía la sopa. Un truco de ilusionista, nada más: ellas lucían bien en las fotos y yo no tenía que explicar por qué jamás acercaba una copa de vino a la nariz.Eso sí: nunca engañé a nadie. Nunca prometí nada que no pensara cumplir. Es la única regla que mi padre me dejó escrita en la sangre.Por eso, cuando la doctora Fairweather llamó el sábado y dijo «acepto, con condiciones», sentí algo que no tenía nombre. Se parecía bastante al pánico.
POV EDIE Londres. Martes 4 y miércoles 5 de noviembre. Hay silencios incómodos, y luego está el que se produce cuando acabas de llamar «decorado» al dueño de la casa en su propio laboratorio. Ese dura unos treinta segundos y se te queda grabado en las rodillas.—Hay seis muestras sobre la mesa —dijo Elias Marlowe, como si yo no hubiera dicho nada—. Quiero saber qué opina de ellas.—¿Es una entrevista o un examen?—Es una condición.—Qué encanto. Los exámenes me dan alergia.—Y a mí las visitas que se insultan solas. Estamos igualados.Seis tiras de papel descansaban en soportes de cristal, marcadas de la A a la F. Tropecé con mi propia mochila al acercarme, lo cual no ayudó a mi dignidad ni a la de la mochila. Agarré la primera tira y el dolor de cabeza se me fue de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana. Aquí sí. Aquí había un mundo entero.—A: bergamota de Calabria, de esta cosecha. B: pachulí de Indonesia, mal destilado; huele a sótano con aspiraciones. C: ámbar sinté












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