Home / Romance / El precio de ser tu esposa. / Capítulo 5: El beso

Share

Capítulo 5: El beso

Author: Lirene
last update publish date: 2026-10-14 08:46:08

Jonás salió de una reunión pasadas las nueve.

Había sido una jornada agotadora. Dos inversores alemanes exigían modificaciones en el acuerdo, el departamento financiero había detectado irregularidades en unas proyecciones y su padre llevaba todo el día reclamando avances.

Lo último que necesitaba era encontrarse con alguien conocido.

Por eso, cuando entró en el vestíbulo del hotel donde se celebraba una recepción empresarial y escuchó su nombre, estuvo a punto de seguir caminando.

—¿Jonás?

Se volvió.

Elise estaba junto a una de las columnas, sosteniendo una copa de champán. Vestía de negro y llevaba el cabello suelto sobre los hombros.

Por un instante, ninguno habló.

—Elise.

Ella sonrió con una naturalidad que lo irritó.

—No esperaba encontrarte aquí.

—Es un evento empresarial.

—Cierto. Olvidaba que ahora todos tus días parecen una reunión.

Jonás miró hacia la entrada del salón.

—Tengo que irme.

—¿Tan pronto?

—Tengo trabajo.

—Siempre tienes trabajo.

Elise se acercó para saludarlo con dos besos en las mejillas. Jonás apenas tuvo tiempo de inclinarse antes de que ella le rodeara el cuello con los brazos.

—Ha pasado mucho tiempo —susurró.

Jonás se apartó ligeramente.

—No hagas esto.

Elise lo miró con una expresión difícil de interpretar.

—¿Hacer qué?

—Comportarte como si nada hubiera ocurrido entre nosotros.

La sonrisa de ella vaciló.

—No he olvidado lo que ocurrió.

—Yo tampoco.

Por un momento, el ruido del vestíbulo pareció alejarse.

Elise bajó la mirada hacia su boca.

Jonás lo advirtió.

—Elise…

Ella lo besó.

No fue un beso tímido ni un saludo confundido. Elise le sujetó la solapa del traje y lo besó como si tuviera derecho a hacerlo, como si los años transcurridos no hubieran existido.

Jonás tardó un instante en reaccionar.

Un instante suficiente.

Cuando finalmente la apartó, escuchó el primer destello de una cámara.

Después, otro.

Y otro.

—¡Jonás! ¡Jonás, por aquí!

Él se volvió de golpe.

Al otro lado de la entrada, dos fotógrafos y un reportero se acercaban con sus cámaras levantadas. Uno de ellos pronunció el nombre de Elise. Otro preguntó si había terminado su matrimonio con Victoria Smith.

Jonás sintió que la sangre se le helaba.

—No hagan fotografías —ordenó.

La petición provocó una nueva ráfaga de destellos.

Elise se quedó inmóvil a su lado.

—Jonás, yo…

—No digas nada.

Él la tomó del brazo y la condujo hacia un pasillo apartado, mientras el personal de seguridad intentaba contener a los periodistas.

—¿Estás loco? —espetó Jonás en cuanto quedaron fuera de su alcance.

Elise lo miró, pálida.

—No sabía que hubiera fotógrafos.

—¿Y crees que eso cambia algo?

—No pretendía…

—¡Basta!

Jonás se pasó una mano por el cabello.

Había negociado adquisiciones millonarias, soportado amenazas de accionistas y defendido decisiones que podían costarle años de trabajo. Sin embargo, en cuestión de segundos, una fotografía podía convertirlo en el protagonista de un escándalo que arrastraría a WallaceCorp y a Victoria.

Sacó el teléfono.

Tenía seis llamadas perdidas de su asistente.

La séptima entró en ese momento.

—Dime que no han conseguido las fotografías —dijo sin saludar.

La respuesta llegó desde el otro lado.

Jonás cerró los ojos.

Ya era demasiado tarde.

ictoria despertó a la mañana siguiente con el teléfono vibrando sobre la mesita de noche.

Kelly seguía dormida en la habitación contigua.

Victoria contestó sin mirar la pantalla.

—¿Sí?

—Señora Wallace, soy Daniel, del departamento de comunicación corporativa. Disculpe que la llame tan temprano.

La formalidad de su voz la puso en alerta.

—¿Qué ocurre?

Hubo una pausa.

—Necesitamos informarle de una situación relacionada con el señor Wallace.

Victoria se incorporó.

—Habla.

Daniel le explicó que varios medios habían conseguido fotografías de Jonás besando a Elise durante una recepción empresarial. Algunas redacciones ya habían solicitado declaraciones y otras estaban ofreciendo las imágenes a distintos portales.

Victoria permaneció en silencio.

—¿Las fotografías son auténticas? —preguntó finalmente.

—Sí, señora.

Cerró los ojos un instante.

—¿Jonás está informado?

—Sí. El equipo legal está intentando evitar la publicación.

Victoria se levantó de la cama y se acercó a la ventana.

No preguntó si el beso había sido un error. No preguntó cuánto tiempo habían estado juntos ni si Jonás había pasado las últimas dos semanas con Elise.

Había problemas más urgentes.

Si aquellas fotografías se publicaban, no solo aparecerían en las páginas de entretenimiento. Los medios económicos también podrían cuestionar la estabilidad del matrimonio que ambas familias habían presentado como una alianza estratégica. Los accionistas harían preguntas. Los competidores aprovecharían el escándalo.

Y cada respuesta podría terminar afectando a su empresa.

—Envíame los nombres de los medios que tienen las imágenes —ordenó—. También quiero saber quién está negociando con ellos y cuánto piden.

—Señora, el departamento legal…

—El departamento legal puede trabajar en paralelo. No quiero que nadie haga declaraciones en mi nombre sin consultarme.

Colgó.

Kelly apareció en la puerta, todavía despeinada.

—¿Qué pasó?

Victoria le mostró la pantalla.

Kelly leyó la noticia que comenzaba a circular en las redes sociales, todavía sin las fotografías publicadas.

—No puede ser.

Victoria recogió su ropa.

—Sí puede.

—¿Qué vas a hacer?

—Evitar que esto se convierta en un espectáculo.

Kelly la observó mientras se abrochaba la camisa.

—Victoria, él te ha puesto en esta situación.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué vas a ayudarlo?

Victoria se volvió hacia ella.

—No estoy ayudándolo a él. Estoy protegiendo lo que también es mío.

Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, supo que no eran toda la verdad.

Porque podía proteger a la empresa sin proteger a Jonás.

Y, sin embargo, estaba a punto de hacerlo.

A las diez de la mañana, Victoria tenía sobre la mesa los nombres de los medios, las ofertas económicas y las condiciones para retirar las fotografías de circulación.

No se trataba de una cantidad pequeña.

El equipo de comunicación le había recomendado esperar. El departamento legal quería revisar cada opción. Jonás, por su parte, llevaba una hora llamándola.

Victoria rechazó la última llamada y marcó el número de su abogado.

—Quiero que contacten con todas las redacciones que tienen las imágenes. Negociaremos la retirada y la no publicación, siempre dentro de lo que permita la ley.

—¿Está segura de que desea asumir personalmente el coste?

Victoria miró las cifras.

—Completamente.

—La suma podría aumentar si los medios perciben que existe urgencia.

—Entonces no les demos la impresión de que la hay.

Cerró la carpeta.

—Y quiero los acuerdos por escrito. No pagaré por una promesa verbal.

Una hora después, había autorizado el pago para cerrar las negociaciones con los medios que aceptaron retirar las fotografías y no volver a difundirlas conforme a los acuerdos alcanzados.

No lo hizo por celos.

No lo hizo para proteger los sentimientos de Jonás.

Lo hizo porque sabía que, en el mundo en el que se movían, una imagen podía destruir años de trabajo antes de que alguien tuviera oportunidad de explicar lo sucedido.

Aun así, cuando vio la transferencia confirmada, sintió una irritación que no tenía nada que ver con el dinero.

Había tenido que pagar para resolver un problema que no había provocado.

Y el hombre responsable todavía no había sido capaz de llamarla para explicarse.

Jonás llegó a la casa poco después del mediodía.

Encontró a Victoria en el comedor, con la computadora abierta y varios documentos extendidos sobre la mesa.

Ella no levantó la cabeza cuando él entró.

—¿Ya lo resolviste? —preguntó Jonás.

Victoria terminó de escribir antes de responder.

—Las fotografías no se publicarán en los medios con los que hemos llegado a un acuerdo.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué hiciste?

Ahora sí, Victoria levantó la mirada.

—Lo que tú debiste haber hecho antes de permitir que una situación privada se convirtiera en un problema para nuestras empresas.

Jonás apretó la mandíbula.

—No te pedí que pagaras nada.

—No. Tampoco me advertiste de que ibas a aparecer besando a tu antigua prometida delante de la prensa.

—Fue un error.

Victoria soltó una risa seca.

—Qué palabra tan conveniente.

—Elise me besó.

—¿Y tú no tuviste nada que ver?

Jonás guardó silencio.

Victoria cerró la computadora.

—No necesito que me expliques tus sentimientos por Elise. No me interesan. Pero sí necesito saber si eres capaz de mantener tus asuntos personales fuera de una alianza empresarial que también me pertenece.

—No volverá a ocurrir.

—Eso dijiste, supongo, cuando decidiste que podías desaparecer durante dos semanas sin avisarme.

—He tenido mucho trabajo.

—Todos tenemos trabajo, Jonás. La diferencia es que yo no puedo desaparecer y esperar que tú te encargues de las consecuencias.

Él apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Cuánto pagaste?

Victoria lo miró con incredulidad.

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Quiero saber cuánto costó.

—Lo suficiente para que la prensa no convierta tu vida sentimental en una crisis empresarial.

Jonás se enderezó.

—No tenías que hacerlo.

—Ya me lo has dicho.

Victoria recogió los documentos y los guardó en la carpeta.

—Lo que todavía no has hecho es darme una explicación.

—No hay nada que explicar.

Ella se quedó quieta.

Por primera vez, su expresión perdió toda cortesía.

—Entonces escucha bien lo que voy a decirte. Puedes besar a Elise, ignorarme durante semanas y actuar como si nuestro matrimonio fuera un documento que solo recuerdas cuando necesitas algo. Pero no volverás a obligarme a pagar por tus errores mientras tú te escondes detrás de esa arrogancia.

Jonás la observó sin responder.

Subió sin esperar respuesta.

Jonás permaneció en el comedor.

Sobre la mesa había quedado una copia del acuerdo con los medios. La cifra que Victoria había pagado estaba subrayada en tinta azul.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 16 · La única salida

    Victoria no se movió. Sintió el golpe donde estaba previsto, en el esternón, y mantuvo la espalda recta con un esfuerzo que le hizo temblar la mandíbula.—Cállate —dijo Jonás.No gritó. Lo dijo en voz baja, con una frialdad que hizo que Aaron dejara de sonreír un instante.—Solo digo lo que sé.—Cállate, Aaron.Jonás tomó a Victoria del brazo con suavidad y la hizo girar hacia la salida. Caminaron sin mirar atrás. Detrás de ellos, Aaron comentó algo en voz alta que no alcanzaron a entender, y Elise no dijo nada.En el coche, Jonás no arrancó. Sostenía las llaves sin usarlas.—No sé qué nombre dice —dijo.—No me lo digas.—Victoria…—Hoy no. —Miró por la ventanilla. Un jardinero rastrillaba hojas junto a la verja—. Si es verdad, no quiero saberlo en un aparcamiento. Dímelo el miércoles.—¿El miércoles?—Cuando haya pasado el martes.Jonás tardó en responder.—El miércoles.Encendió el motor. No arrancó. Se quedó mirando el volante.—Si quieres irte —dijo—, lo entenderé. No es tu pelea.

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 15· La cena

    Jonás pasó la tarde en la torre, con el contrato alemán abierto sobre la mesa.Siempre había sido su refugio. Podía pasar doce horas rodeado de cláusulas, de cifras, de plazos, y salir de allí sabiendo exactamente quién era. Esa tarde no funcionó. Leyó tres veces el mismo párrafo sobre garantías de continuidad y no recordó una sola palabra.A las nueve de la noche contestó el mensaje de Elise. ¿Dónde?Ella eligió un restaurante pequeño que habían frecuentado cuando todavía hacían planes. Le dio la mesa del fondo, la de siempre, y pidió el vino sin mirar la carta.—No quiero que te enfades —empezó—. Quiero que me escuches.Jonás la escuchó. Elise le dijo que Aaron la tenía atrapada, que le había quitado cosas, que había aceptado todo por miedo. Se le llenaron los ojos de lágrimas y no las secó. Le dijo que esa noche en el hotel había sido lo más difícil de su vida, y que no esperaba que él la perdonara.—¿Qué pasó? —preguntó Jonás.—¿No lo recuerdas?—No.Elise bajó los ojos.—No quise

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 14 · Lo que no recordaba

    Nadie habló. La fotografía seguía sobre la mesa, y Victoria sintió, con una claridad humillante, que todos en esa habitación evitaban mirarla a ella.—Señora —dijo Martin, sin atreverse a alzar la cabeza—. Lo siento. Usted no merece esto.—Gracias —dijo Victoria. Su voz salió más fina de lo que quería.Jonás dejó la fotografía.—No vas a ir a prisión.—Hijo…—No vas a ir. —Se volvió hacia la ventana—. Lo resolveré de otra forma.—Tu padre me pidió una sola cosa cuando se fue —murmuró Martin—. Que no te dejara solo. Y llevo seis semanas siendo exactamente lo contrario.Jonás cerró los ojos un segundo. Victoria vio el gesto y supo que esa frase iba a seguir en él durante años.Jonás frenó a los cinco minutos, en un arcén junto a un poste de madera. No apagó el motor. Se quedó con las manos en el volante, mirando la carretera.—Te conté lo del bar —dijo—. No te conté lo que vino después.Victoria esperó. Había aprendido a esperar. Esta vez, esperar le dolía de otra manera.—Cuando firmé

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 13 · Debajo de la lámpara

    Terminaron el café de pie, uno frente al otro, en la cocina. Mary, que había bajado en bata y se había detenido en la puerta al ver sus caras, volvió a subir sin hacer ruido.—Voy a ir a verlo —dijo Jonás.—Iremos.—No.—Jonás.—Es mi familia. Es una conversación que tengo que…—Anoche me pediste que dejara de hacerlo todo sola. —Ella sostuvo su mirada—. Esa frase tiene dos direcciones. Si yo no actúo sin ti, tú tampoco sin mí.Él abrió la boca. La cerró.—Hay una condición —añadió Victoria—. No lo acusamos. Preguntamos. Si Martin es el único culpable, lo sabremos por lo que diga. Si no lo es, y lo acusamos, quien lo puso ahí cortará el hilo y habremos perdido lo único que tenemos.—¿Y si se lo ha buscado?—Entonces tendrá tiempo de decirlo.Jonás asintió. Sacó el teléfono, marcó un número que se sabía de memoria y esperó.Contestaron al primer tono.—Hijo.La voz de Martin sonaba tranquila. Demasiado. No la de un hombre al que despiertan de madrugada, sino la de alguien que lleva tod

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 12: El nombre

    Victoria no pronunció el nombre esa noche. Lo escribió en la última línea del cuaderno, lo miró un rato y cerró la tapa.Tenía una regla antigua: nunca acusar a nadie por la espalda de una hora. La hora era solo un dato. Lo que necesitaba era un segundo hilo que lo sostuviera, y mientras Jonás dormía en el sofá del salón, o fingía dormir, repasó todo lo que sabía.Las cuatro y cuarenta se las había dado a una sola persona, en un pasillo de la torre, entre dos reuniones. Martin le había apretado el codo con esa manera paternal que usaba con quienes consideraba de la familia. «Estás pálida, hija», le había dicho. «Cuídate. Los dos os estáis consumiendo.» Ella había pensado que era una frase amable.Tres semanas atrás, él había ido a la casa a entregar los últimos regalos de boda, que seguían llegando a la oficina. Mary lo había hecho pasar al estudio de Jonás para esperar. Se quedó solo diez minutos mientras ella servía café.Diez minutos. Victoria lo había olvidado porque no había moti

  • El precio de ser tu esposa.   Capítulo 11: La prueba

    Jonás la encontró en la cocina a las seis y media, descalza, con el teléfono boca arriba sobre la encimera como un objeto sospechoso.—No dormiste —dijo él.—Tú tampoco.Era cierto. Tenía la camisa de la noche anterior, sin planchar, y los ojos de quien ha pasado horas repasando una conversación. Victoria deslizó el teléfono hacia él sin decir nada. Jonás leyó el mensaje. Lo leyó una segunda vez. Después dejó el aparato con una precisión que dio más miedo que si lo hubiera arrojado.—Yo dije eso.—Lo sé.—En el estudio. A ti.—Lo sé.—No hay nadie más que…—Mary duerme en el ala de servicio, a cuarenta metros —dijo Victoria—. Patrick no estaba. El personal de seguridad solo vigila el perímetro. Eso es lo que sé. Lo que no sé es si hay un aparato en el estudio, si alguien escucha por otro medio, o si alguien me lo contó a mí… —Se detuvo.—O a mí.—O a ti.Jonás se apoyó en la encimera, frente a ella. No hubo reproche. Hubo cansancio, y detrás de él una especie de calma ominosa.—Anoche

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status