El que ella creía un don nadie

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By:  AgüitaUpdated just now
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Llevaban tres años casados. Cuando ella alcanzó el éxito, lo menospreció por vago e inútil y terminó pidiéndole el divorcio. Lo que ella no sabía era que todo lo que tenía se lo había dado él.

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Chapter 1

Capítulo 1

—Diego, esto es el acuerdo de divorcio que preparó la Sra. Sánchez. Fírmalo.

En la oficina de la presidenta del Grupo Cúspide, la secretaria Sofía dejó un papel sobre el escritorio.

Frente a ella, sentado, había un hombre de aspecto sencillo y rasgos distinguidos.

—¿Divorcio? ¿Qué quieres decir? —Diego Fuentes frunció el ceño con extrañeza.

—Diego, ¿todavía no lo entiendes? El matrimonio entre tú y la Sra. Sánchez ha llegado a su fin. Ahora ustedes dos ya no pertenecen al mismo mundo. Tu existencia, para ella, es solo un estorbo —dijo Sofía sin ningún reparo.

—¿Un estorbo?

Diego arrugó el ceño:

—¿Así que eso es lo que ella piensa de mí?

Cuando se casaron, la familia Sánchez estaba en su peor momento, con deudas hasta el cuello.

Fue él quien los ayudó a salir del apuro.

Y ahora, después de haber logrado riqueza y posición, Valeria Sánchez quería apartarlo de su lado.

—Puedes verlo así —respondió Sofía, levantando la barbilla con soberbia, y señaló la revista sobre la mesa. En la portada aparecía una mujer de belleza arrebatadora.

—Diego, mira el titular de esta revista. En solo tres años, la Sra. Sánchez ha amasado una fortuna de más de cien millones de dólares. No solo ha creado un milagro, sino que se ha convertido en la presidenta más cotizada de todo Ríogrande. Con su belleza y su capacidad, está destinada a alcanzar la cima, ¡admirada por todos! ¿Y tú? Solo eres un tipo común y corriente, sin nada especial, que no está a su altura. Así que espero que tengas un poco de autoconocimiento.

Al ver que Diego no respondía, Sofía frunció el ceño y añadió:

—Sé que no te resignas, pero así son las cosas. Tal vez en el pasado ayudaste a la Sra. Sánchez, pero en estos tres años ya te ha pagado todo lo que te debía. Ahora, eres tú quien le debe a ella.

—¿Acaso el matrimonio es solo un negocio?

Diego respiró hondo, conteniendo las emociones:

—Si va a haber un divorcio, que Valeria venga a hablarlo conmigo en persona.

—La Sra. Sánchez está muy ocupada. No hace falta molestarla por algo tan insignificante.

—¿Insignificante?

Diego se quedó atónito, y luego soltó una risa amarga:

—¿Ah, sí? ¿Entonces para ella el divorcio es solo una nimiedad? ¿Ni siquiera tiene tiempo para verme y cruzar unas palabras? Vaya… ahora está realmente inalcanzable.

—Diego, ya que hemos llegado hasta aquí, no perdamos más tiempo.

Sofía le deslizó el documento:

—Si firmas, te quedas con el coche, el departamento y además recibes ochocientos mil dólares de indemnización. ¡Eso es dinero que jamás ganarías en toda tu vida!

—Ochocientos mil no está mal, pero… no los necesito. Si quiere divorciarse, que venga ella en persona. Si no, no firmo —dijo Diego con frialdad.

—¡Diego! ¡No te aproveches!

Sofía golpeó la mesa y alzó la voz:

—No digas que no te advertí. Con el poder y la posición que tiene la Sra. Sánchez hoy, divorciarse de ti sería pan comido. Pero ella valora los viejos tiempos y quiere darte algo de dignidad. No te pases.

—¿Dignidad?

A Diego le resultó casi irónico.

Pensó para sí mismo: “Si ni siquiera se digna a aparecer para hablar del divorcio, ¿de qué dignidad me habla? Y si realmente apreciara los viejos tiempos, no estaría soltando amenazas así.”

—Creo que no hay nada más que hablar.

Sin ganas de continuar, Diego se levantó para irse.

—¡Diego! ¡Tú...!

Cuando Sofía estaba a punto de estallar, una mujer hermosa entró por la puerta, con un largo vestido negro que marcaba su cintura esbelta y su figura escultural.

Parecía un hada salida de un cuadro: piel de porcelana, facciones perfectas, silueta impecable, envuelta en un aura fría y distinguida. Era deslumbrante.

—Por fin te dignas a aparecer.

Al ver a aquella mujer de belleza sin igual, Diego sintió una mezcla de emociones.

Llevaban tres años casados, y siempre se trataban con respeto, aunque con distancia. Sin embargo, al final todo terminó así.

Incluso, ni siquiera sabía qué había hecho mal.

—Perdón, tenía algo que hacer y llegué tarde —dijo Valeria, tomando asiento con su habitual indiferencia.

—Vaya, Sra. Sánchez, siempre está tan ocupada… tan ocupada que hasta para divorciarse tiene que enviar a alguien en su lugar —comentó Diego.

Al oírlo, Valeria frunció ligeramente el ceño.

Pero no se molestó en explicar, y dijo:

—Ya que estoy aquí, vayamos al grano. No voy a andarme con rodeos. Esta vez, soy yo quien te ha fallado. Dejémoslo en buenos términos. La casa y el coche se quedan para ti, además de ochocientos mil dólares como compensación. Esa es mi oferta.

Dicho esto, dejó una tarjeta sobre la mesa.

—¿Crees que los sentimientos se miden con dinero? —preguntó Diego de repente.

—¿Te parece poco? Bien… dime lo que quieras y, si está en mi mano, te lo daré —respondió Valeria con total serenidad.

—Parece que no entiendes mi punto. Bueno, te lo pregunto de otra forma: ¿el dinero y el poder son realmente tan importantes? —preguntó Diego con perplejidad.

Valeria se acercó a la ventana panorámica, mirando la ciudad de acero y concreto que se extendía a sus pies, y dijo con firmeza:

—Al menos para mí, ¡sí lo son!

—Pero ya tienes suficiente dinero para vivir holgadamente el resto de tu vida. ¿Vale la pena?

—Diego, esa es justamente la diferencia entre tú y yo. Nunca entenderás lo que realmente pasa por mi cabeza —dijo Valeria, negando con la cabeza y con decepción.

Habían llegado a este punto no solo por la diferencia de estatus, sino también por la brecha en sus mentalidades.

Y, sobre todo, ella no veía en él ningún futuro.

—Es cierto… ¿cómo iba a saber lo que piensas?

Diego soltó una risa amarga:

—Yo solo estaba ahí para hacerte de comer cuando tenías hambre, para traerte abrigo cuando tenías frío, para llevarte al hospital cuando te enfermabas. Nada más.

—Ya no tiene sentido hablar de eso ahora —dijo Valeria, con un destello de complejidad en la mirada, que pronto se tornó en determinación.

—También es verdad.

Diego asintió sin objetar, y luego preguntó:

—He oído que últimamente andas muy cerca del hijo de los García. ¿Es por él?

Valeria iba a decir que no, pero tras pensarlo un momento, terminó asintiendo:

—Puedes verlo así.

—Bien, entonces te deseo felicidad.

Diego sonrió con levedad y firmó el acuerdo de divorcio.

Sin dudar, sin titubear. Solo con el desencanto.

Irónicamente, ese día era su aniversario de bodas.

Casarse y divorciarse el mismo día. Qué ridículo.

—No necesito el dinero ni nada de eso, pero quiero que me devuelvas el jade. Es la única herencia que me dejó mi madre, y también el símbolo de la nuera de los Fuentes —dijo Diego, señalando el collar en su cuello.

—De acuerdo.

Valeria asintió, se quitó el colgante de jade y se lo entregó.

—A partir de hoy, no nos debemos nada.

Diego se colgó el jade al cuello y se levantó para irse.

En ese momento, su mirada ya no era amable, sino fría y distante.

—Sofía, ¿crees que hice lo correcto? —preguntó Valeria con cierta turbación.

Aunque ella había pedido el divorcio, al llegar a este punto se dio cuenta de que no se sentía nada feliz.

—¡Claro que sí!

Sofía asintió enfáticamente:

—Usted tiene derecho a buscar su felicidad. El Diego de ahora no está a su altura. Solo la estorbaría en su camino. Usted está destinada a ser la mujer más poderosa de Ríogrande.

Valeria no dijo nada. Solo miró aquella espalda solitaria y sintió un dolor extraño en el pecho como si algo importante se estuviera desvaneciendo lentamente…

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